Cárceles de mujeres
Capítulo VIII
SE HALLABAN ya en el mes de diciembre y hacía demasiado frío para que pudieran verse junto al cañón. Pero ninguno de los dos quería tropezarse con las miradas de censura de las dignas jóvenes de la YWCA, aunque en el edificio de YW se encontraba el único salón confortable de todo el recinto universitario, no el Social Hall, con sus sillones Morris, sus fotografías de las clases anteriores, llenas de anteojos y de tristeza, sino la cafetería de la YW, con sus pequeñas mesitas de metal, adornadas con flores, en las que se podían ver cuadros tan eróticos como el de la profesora de geología convidando a té y bollitos de canela al pastor de la Primera Iglesia Universalista, o a la directora del departamento de educación física, una joven vigorosa a la que, según se decía, habían visto fumar cigarrillos en el salón de Mouquin’s, en Nueva York, sentada a una mesita de un rincón tomando Coca Cola y Narbisco Wafers y riendo las gracias de un atrevido vendedor de tejidos de la ciudad de Point Royal.
A Ann y Hargis les habría gustado aquel café, pero no podían aguantar el ruido de las conversaciones. Estaban demasiado absortos en sí mismos. Y
por eso se citaban en la sala de espera del edificio donde vivía Ann, una habitacioncita situada en el sótano, en la que había un radiador enorme y herrumbroso y ocho incómodos sillones.
—¡No puedo soportar este agujero! —decía secamente Hargis—.
Vayámonos de excursión al campo el sábado por la tarde.
—Eso va contra el reglamento, Glenn.
Le había perdonado su cobardía, eran amigos de nuevo, y se comprendían perfectamente, pero Ann no le aceptaba ya como superior; le llamaba «Glenn» y se negaba a saludarle.
—¡Oh, que se vaya al diablo el reglamento! —quejóse él.
—Muy bien. Pero no quiero que me expulsen. Demasiadas preocupaciones tengo ya.
—No tienen por qué expulsarte…; mejor dicho, por qué expulsamos.
Mira, corderita, el sábado pasado subí al Monte Ahora y vi que en la cumbre hay una casucha…, una cabaña de troncos… sin puerta. Es un lugar espléndido para encender lumbre y comer lo que llevemos… Yo llevaré las cosas necesarias para la comida… porque si tú lo hicieras las chicas se pondrían a curiosear y te asaetarían a preguntas. ¡Vamos! ¡Alejémonos de este maldito convento y seamos seres humanos! Creo que voy a dedicarme a la publicidad. Estoy harto de ser profesor: uno no puede decir lo que piensa. Tengo una amigo, un compañero de colegio, que ha llegado a ser uno de los anunciadores más importantes de Chicago. ¡Quiere que trabaje con él! ¡Oh, salgamos el sábado! ¡No tienes por qué tener miedo de mí, Annie, aunque nos encontremos solos!
—¡No lo tengo! ¿En el Monte Abora?
—Sí. Sube por el camino de Letticeville; yo te esperaré junto a la vieja iglesia de ladrillo, el sábado a las doce en punto. ¿Quieres?
Una cabaña de troncos, una hoguera en pleno monte, la vista del valle desde la cumbre de la montaña, el huir de las miradas inquisidoras de las demás estudiantes… La cosa era muy atractiva y Ann vaciló sólo un segundo antes de contestar afirmativamente:
—Muy bien. El sábado a las doce. Buenas noches.
¡Que si le tenía miedo! ¡Santo Dios! Y, sin embargo, el burlón, el frívolo, tenía los ojos brillantes y las manos carnosas.
Hasta entonces, nunca le había visto con traje de mezclilla inglés, color verde de hierba. Es decir, la tela era casi inglesa, porque procedía de Marshall Field’s, de Chicago, y junto con la corbata de seda naranja, le daba un aspecto muy mundano y artístico. Con voz vibrante de orgullo él dijo que su mochila era una auténtica rucksack alemana y —¡lejanos horizontes encerrados en un trozo de lona!—, que la había llevado en la Selva Negra.
La llevaba con ligereza. Su traje de mezclilla le hacía parecer más fuerte que nunca; caminaba con paso elástico, cantando. A pesar de su espléndido atavío, de su aire europeo, no se puso a discursear con frase altisonante mientras seguían el camino. La elevó a su altura —como si ambos fueran estudiantes o miembros de la facultad— y se puso a hablarle con intimidad de los morales vestidos que usaba la presidenta, de las miradas tiernas, bobaliconas y ansiosas que el reverendo señor Sogles, profesor de la Universidad, dirigía a la atractiva instructora de educación física. ¡El pobre reverendo tenía una esposa inválida, pero la desdichada era muy paciente!
Y también le contó que se decía que la esposa del profesor Jaswitch —
de francés y español—, era quien le escribía las conferencias y le corregía los ejercicios de las alumnas.
—Es una mujer muy inteligente. ¡Pero dicen que bebe cocktails! —dijo Ann. Le daba vergüenza gozar contando chismes… pero, como es natural, eso no le impedía seguir gozando de ellos.
—¿ Cocktails? ¿Y se puede saber mi valiente Ann, qué tienen de malo los cocktails? Me gustaría poder saborear algunos ahora.
—¡Pero…, pero… si destruyen el tejido cerebral! ¡Está científicamente probado! ¡Puede encontrarlo en todas las fisiologías!
—Te felicito por haber leído todas las fisiologías. ¿También las rusas y las españolas?
—¡Oh, ya sabe lo que quiero decir!
—¡Desde luego! Pero ¿lo sabes tú? En realidad, un cocktail te iría bien.
Podría hacerte olvidar tus entusiasmos sin sangre por cosas que realmente no importan; ¡podría convertirte en un ser alegre y casi humano! ¿No te gustaría vivir, aunque no fuera más que por una vez… amar, luchar? ¿No te gustaría?
Su insistencia le producía el mismo afecto que si le hundieran un dedo entre las costillas. Se sentía incómoda, inquieta.
Pero, aparte de eso, la había abandonado su ligereza profesional y no se mostraba demasiado ardiente.
Aquello parecía el escenario de una película del Oeste, o de una novela del rudo e hiperviril campesino que secuestra a la frágil doncellita ciudadana y consigue que le guste su secuestro.
La cabaña era una auténtica cabaña de troncos sin desbastar, unidos entre sí con argamasa. El suelo era de madera y el mobiliario se componía de un par de camastros, un fogón herrumbroso y una mesa colocada en el centro de tal modo que si uno se sentaba ante ella podía ver, a través del hueco de la puerta, el prado pedregoso, cubierto por medio palmo de nieve y, allá abajo, el valle, con las manchas negras de los abetos. Ann sólo se había alejado unos cien metros del recinto universitario de Point Royal, pero le parecía estar viviendo una vida de frontera tan vigorosa como el frío y perfumado aire de las montañas.
¿Y Hargis?, ¿no reunía en sí las virtudes del explorador romántico y del viajero culto?
—¡Vamos! —le desafió él—. ¡Ahí hay un montón de ramas y leños…; lo reuní el otro día, y tengo que reconocer que lo hice con la generosa esperanza de que Ann compartiera el fuego conmigo! ¡Vamos, muévete! Sé útil y enciende el fuego; toma los fósforos, mientras yo voy sacando las cosas.
Pero era su parte culta la que sacó del rucksack una botella junto con los bocadillos, los huevos duros y la cafetera.
—Pero ¡si es vino! —exclamó ella, maravillada.
—¡Claro que lo es! ¡Rudesheimer legítimo!
—No creo…, no recuerdo haber visto antes una botella de vino. Sólo en los cuadros…
—¿Quieres decir que no has probado nunca el vino? —dijo Hargis.
—No nunca. He tomado unos cuantos vasos de cerveza en las jiras alemanas de mi pueblo, aunque nunca me gustó mucho. Pero… ¡vino!
—¿Ofende eso a tu crónico sentido moral?
—No. Me gustaría beber un poco. Claro está que va contra el reglamento. Pero —agregó amablemente—, también lo es el estar aquí con usted, Glenn.
—¡Exactamente, querida!
Ann decía la verdad; no había probado nunca el vino. Aparte de la cerveza, sus aventuras alcohólicas se habían limitado a la cucharada anual de whisky caliente que le daban para curarle el resfriado. En 1910, ocurría lo mismo con la mitad de las estudiantes y hasta con los estudiantes masculinos más serios y menos populares. Más el péndulo iba a oscilar febrilmente, como todo lo americano —en realidad, los péndulos en América no son por lo general péndulos, sino pistones—. Hacia 1915, los excelentes vinos de California habían comenzado a triunfar y los norteamericanos habían comenzado ya a beberlos. Mas, no obstante, en 1920 las muchachas eran como Ann: no conocían el vino, aunque diferían de ella porque conocían la ginebra y el alcohol puro mezclado con azúcar quemado y llamado whisky. Hacia 1930, la prohibición a pesar de sus defectos, había demostrado ser una bendición, porque les había enseñado a las mujeres americanas a beber vino con los hombres, como han hecho siempre las mujeres europeas; y habían enseñado a beber no sólo a estudiantes aventureras, sino a las esposas más dignas, a las serias profesoras de las universidades y a las filantrópicas más devotas, como la superintendente Ann Vickers, LL. D.
Acompañando al vino y envueltas con mucho cuidado, cuando Ann las fue a tocar, él exclamó como una mujer: «¡Oh, tenga cuidado con ellas!».
Hargis había llevado dos finas copas de alto pie.
Después de comer un bocadillo, Ann probó el vino y lo encontró ligeramente insulso, con sabor a vinagre. Se sintió decepcionada. ¿Era aquello el néctar, las gemas líquidas que empujaban a la mujer hacia lujosos pecados? Hubiera preferido tomar una leche malteada.
—¿Otro vaso, Annie?
—No, gracias. Creo que tengo que acostumbrarme al gusto para apreciarlo.
—¡Oh, vamos! ¿Después de que lo he traído hasta aquí? ¡Claro que tienes que acostumbrarte a él! Bueno, es lo mismo. ¡Así me tocará más a mí, querida!
Ann le agradeció que no insistiera. El vino fresco le había producido un agradable calorcillo en el estómago. Se sirvió medio vaso, y Hargis tuvo el inesperado buen sentido de no hacer comentario alguno. Sentíase caliente y feliz; el valle, blanco y vigoroso, resultaba encantador en su silencio, y Hargis le hablaba en voz baja de los cenadores cubiertos por parras que hay a orillas del Rin.
Se sentaron en el banco que había junto a la mesa, de cara a la puerta.
Después de comer, sin hacer comentario alguno, él le entregó un cigarrillo.
Por décima vez ella intentó fumarlo y, por décima vez, no le gustó, aunque pensó que formaba parte de todo aquel encanto: del vino ligero, las distantes colinas, la cabaña escondida, las viñas del Rin inundadas de sol y, después de tantas caricias y mimos femeninos, un Hombre.
Cuando le echó un brazo por la cintura y atrajo su mejilla hacia su hombro, Ann no se sobresaltó; lo encontraba cómodo y agradable. Se acurrucó contra él, gozando del calor de su traje. Pero le disgustó que le levantara la mejilla para besarla.
Aunque no era muy experta, había asistido a demasiados bailes y paseos en trineo para ser completamente inocente.
«¡Oh, Dios mío!, pero ¿es que todos los hombres tienen la misma técnica? ¿Es que son todos iguales? ¿Todos esperan que una se muestre sorprendida y se deje conquistar, del mismo modo que los gatos persiguen a los ratones, y cada uno de ellos piensa que es el primer gato que ha descubierto un ratón? Ahora el muy idiota, bajará el brazo y se pondrá a acariciarme».
Así fue.
Ella se irguió furiosa de que, al revelarse como un simple Modelo T de la producción en masa él la tratara también como a un simple mecanismo al que había que ajustar como un carburador, o al que se podía comprar como un galón de gasolina. De un manotón le apartó el brazo, en el momento en que la mano de él se disponía a acariciarla.
—¡Oh, déjeme en paz!
—¡Pero Ann!… Pero, ¡Ann mía! Quieres echarlo todo a perder pensando disparates, cuando nos sentimos tan felices, juntos los dos… lejos de la Universidad…
—¡Disparates! —Ann estaba furiosa—. ¡No me importa que intente seducirme (aunque no debe hacerlo)! ¡Pero es ya demasiado mayor para adoptar ese aire de niño ofendido!
—¡No intentaba seducirla!
—¿No?
—¡Me dan asco las monjas de la Universidad, con sus libros, sus comités y sus cánticos inocentes! ¡Tenéis las mismas emociones que un niño de diez años! ¡No sabéis bien cuánto me asqueáis! ¡Os mantenéis alejadas de la vida, hasta que lográis casaros con un hombre de buena posición, y os vais a un hotelito con puerta principal de cristal! Cuando podríais vivir…; gozar del mundo entero…, de la Grecia purpúrea, la dorada Italia…, la nebulosa Inglaterra…
—No veo qué tiene que ver el que la seduzcan a una con visitar la Grecia purpúrea y la nebulosa Inglaterra. ¡Me figuro que será un medio nuevo de pagar a Cook’s!
—¡Todo tiene que ver! ¡Más de lo que te imaginas! Las mujeres que no tienen miedo, que pasan por intensas e incesantes experiencias emotivas, no se quedan para siempre en un suburbio. Conocen todo el mundo, no como lo conoce un turista, sino comprendiéndolo, formando parte de él, viven donde quieren y son dueñas de sus destinos. Te burlas de mí, tratas de hacerte la graciosa cuando yo te ofrezco no sólo la sabiduría y la gracia de Europa, sino otras cosas que no tiene el europeo, que son patrimonio exclusivo del hombre americano…, la lealtad, la confianza, la bondad y…
¡Eres una idiota!
Con gran asombro suyo, Ann se sintió estrechada y besada con tal fuerza, que estuvo a punto de ahogarse. Entonces dejó de despreciarle, de ser racional y altanera, y sus labios cobraron súbita vida.
—¡Oh, por favor! —le rogó.
—¿No quieres ser una mujer de veras, en vez de un fonógrafo educado?
¿No quieres tener sentimientos, sentir el placer, en vez de morirte de timidez dentro de tu bata escolar?
—Sí…, pero no estoy dispuesta…
—¡Ofendida como una chicuela de la escuela dominical!
—¡No estoy ofendida ni mucho menos! ¡Santo Dios, vivimos en una época moderna! ¡No estamos en mil ochocientos noventa! ¡He estudiado biología! Pero estas cosas no se hacen a la ligera. ¡Tendría un amante si deseara lo bastante a alguien!
—¡No lo tendrías! ¡Tienes demasiado miedo!
La besó de nuevo, furioso, bruscamente. Ann se cegó un momento, se sintió conmovida y como un seco estuario en el que irrumpe briosa la marea. Y de pronto, la exageración de Hargis la dejó fría y vacía. Él era demasiado realista para ser real.
—¡He dicho que me deje en paz! —le exigió.
Él la soltó y se quedó mirándola con los ojos esperanzados de un niño ansioso, seguro de que al fin y al cabo van a llevarle al circo, y luego le dijo:
—¡No tienes pasión!
—¡Oh, sí, claro que la tengo! Ya que hablamos con tanta franqueza le diré que, hace un momento, me sentí realmente conmovida hasta que usted decidió probar el papel de hombre de las cavernas. ¡Déjese de tonterías, doctor Hargis!
—No tienes pasión. Por tus venas corre tinta de imprenta en vez de sangre. ¡Eres demasiado «superior» para encontrarte con un hombre en su propio terreno! ¡La mujer americana bien educada no es en realidad más que una monstruosidad biológica! ¡No tiene ni un átomo de sana y espléndida pasión!
—¿No se le ha ocurrido pensar que puedo ser apasionada con otros hombres y no con usted? Posiblemente no es el varón heroico y tentador que usted se figura. En una ocasión me habría gustado caer con el hijo de un zapatero que trabajaba en una tienda de comestibles. Él sí que es un hombre. ¡Pero usted… con sus ademanes de conquistador convirtiendo sus lecciones de historia en actitudes elegantes! ¡Preferiría ser educada por el portero de Anthony Hall!
Él metió bruscamente la cafetera en el rucksack, se echó la mochila a la espalda y se alejó a grandes zancadas sendero abajo sin volver ni una sola vez la cabeza.
Ann quiso llamarle. No quería que la sedujeran… al menos, entonces…; pero él era su mejor amigo… y aun en sus peores momentos, más cálido y sólido que cualquiera de las muchachas.
Le llamó débilmente «Glenn», peto era ya demasiado tarde.
Él se había perdido de vista.
De repente, Ann se sintió conmovida por el muchachito pueril, tan orgulloso de su comida, de su mochila europea, de su cafetera de cobre y de su vino, demasiado caro para su sueldo de profesor.
«A lo mejor tenía razón. A lo mejor no quise más que dármelas de virtuosa», se dijo la moral jovencita que había desafiado al seductor.
Y de pronto, sus esfuerzos por descubrir lo que realmente pensaba, se perdieron en una gris e inmensa soledad, y el valle que se extendía a sus pies se volvió también gris, frío y solitario.
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