Cárceles de mujeres
Capítulo XXXIX
EL SÁBADO 29 de marzo, a medianoche, partieron en el automóvil hacia el valle de Virginia, decididos a emplear la magia de la velocidad para empujar al calendario hacia la plena primavera. Habían cenado tarde, bien, descansadamente, como antiguos amantes, ellos, que no habían conocido todavía más que cuatro besos y una cena en la mesa de la cocina.
Por lo general, a Ann le inquietaban sensatamente los autos demasiado rápidos, pero aquella noche, con una confianza en Barney Dolphin que parecía basada en años y años de experiencia, durmió feliz y tranquilamente durante el viaje. En su sueño, las ciudades, los pasos a nivel y los ruidosos túneles no eran más que visiones que se desvanecían rápidamente. Una vez se despertó al oír voces coléricas. Barney discutía con dos enormes policías del Estado. Entre sueños, a Ann le pareció que él se echaba a reír y les ofrecía a los policías unos billetes y un trago del frasco que llevaba. Luego, el encuentro volvió a hundirse en las nieblas del sueño. Nunca supo dónde se habían quedado: Nueva Jersey, Pensilvania, Delaware o Ultima Thule. Se sentía caliente y cómoda bajo la doble manta y él nunca se cansaba de que ella le apoyara la cabeza en el hombro, que se movía constante y rítmicamente, al mismo compás que la mano que empuñaba el volante.
En medio de la noche, percibió una vez una vocecita, probablemente la de Annie Vickers, de Waubanakee, que decía, llena de confianza, a su padre, su compañero de viaje:
—Me gusta. Todo esto es muy agradable. Me gusta mucho —y entonces se dio cuenta de que un brazo la estrechaba un momento.
Se despertó, asustada, con la sensación de que había cesado el agradable vaivén, el arrullador zumbido. Se irguió sobresaltada. Estaba sola en el
asiento y el auto se había detenido en una dudad. Por un medio completamente misterioso había llegado a una calle estrecha, curva, como rara vez son las calles de Nueva York; una vía estrecha y desconocida, abierta entre los altos edificios de oscuro ladrillo. Parpadeó y todo su cuerpo reclamó ansioso la tranquilizadora presencia de Barney. Se frotó los ojos, miró en torno suyo, observadoramente, y decidió que se hallaba delante de una casa de comidas. Y Barney salía de ella en aquel momento, con una bandeja en la mano, sonriendo con ligera ironía. Con intensa gratitud, Ann aceptó la tosca taza de porcelana, llena del café mejor y más caliente de la historia.
—¿Dónde estamos? —murmuró, medio dormida de nuevo.
—En Baltimore, vida mía. La ciudad natal de Mencken y del camarón…, aunque uno no tenga nada que ver con el otro.
—¡Hum! Qué bueno es el café. Bésame.
Luego, inmediatamente, se hallaron frente al Hotel Mayflower, en Washington —aunque Ann no podía comprender cómo diablos el hotel se había colocado al lado de su auto—, y Barney le dijo:
—¡Ahora vamos a desayunarnos en serio y a bañarnos, amada mía, mi gatita, mi gatita dormilona!
Pero cuando él le decía ésas cosas, lo hacía de un modo ligero que no recordaba en nada a Russell.
La levantó en brazos y rió:
—No estoy muy seguro, pero creo que debemos detenernos aquí, dormilona. Cuando lleguemos a Stanton vas a estar convertida en un crío.
Ahora nadie diría que tienes más de diez años. Me detendrán por secuestrarte, ¡y ya verás cómo mi caso lo juzga un juez republicano!
¡Despiértate, querida! ¡Vamos a tomar waffles! ¡Y tostadas con miel!
Al mediodía llegaron al pueblecito de Captain’s Forge, a una posada de ladrillo, con un pórtico blanco, situada sobre una alegre colina que dominaba un valle lleno de arroyuelos y callados campos. En otros tiempos había sido una plantación; los campos de césped estaban cubiertos de junquillos y asfódelos; y en la pared de la salita, sobre la blanca chimenea,
se veía la espada de un general confederado. Les dieron un departamento compuesto de un enorme dormitorio, una salita con muebles tapizados de crin y retratos en marcos ovales, y una galería desde la que se veía el jardín plantado de césped y bordeado de rododendros. Después de la casa de su padre, en Waubanakee, a Ann le pareció que aquél era el primer lugar al que se podía llamar, con verdad, un hogar.
Comieron en abundancia pollo frito con frituras de maíz y guisantes frescos, y durmieron toda la tarde; durmieron en una inmensa cama de nogal oscuro, cuya cabecera estaba adornada con talladas nueces, guirnaldas y rosas; el sol que entraba por las rendijas de la celosía, rayaba de oro la penumbra del cuarto.
Los días que pasaron en Captain’s Forge, fueron superficialmente dulces y perezosos. Enseguida se dieron cuenta de que era una estupidez pensar que iban a volver el lunes, y se dedicaron a poner largos y mentirosos telegramas, hablando de los vagos asuntos que les impedían volver a Nueva York antes de una semana.
Se pasearon, nadaron, hicieron excursiones. Jugaron, aunque los dos estaban bastante desentrenados, unas partidas de tenis, rápidas, duras, furiosas. Una vez, en uno de sus paseos, se llegaron hasta Richmond y pasaron la noche en un club elegante y dorado; pero, por lo general, se contentaban con estar el uno junto al otro, y aspirar el aire del campo, el perfume abrileño de la tierra. Ann volvió a leer a John Howard, a Elizabeth Fry, a Beccaria —los Wesleys y los Erasmo de la reforma de las prisiones—
y Barney gruñó:
—No sé cómo demonios se me ocurrió la idea de dejar de aprender italiano clásico; el único italiano que sé ahora es due bananas y cuánto costa la multa, para dedicarme a jugar al rummy con los líderes de Tammany. De todos modos, Dios sabe lo que se hace. Si me hubiera dedicado por entero a los libros, puede que a estas horas fuera decano de una facultad de Derecho, o juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, y entonces no te habría conocido nunca, y te confieso que me gusta mucho más besarte que mover en la sombra muñecos de la justicia.
¡Gurrumph!
Se dedicó a leer La Figlia di Jorio, sentado en un sillón de mimbre de los que había en la galería y teniendo al lado, en una mesita de hierro, un sifón, una botella de un estupendo whisky y una caja de cigarros, mientras Ann, en bata de brocado y zapatillas, leía por tercera vez La Montaña Mágica, dejándola de cuando en cuando sobre su regazo para mirar contenta a Barney o para contemplar, sin verlo, en un éxtasis de felicidad, al verde valle que se extendía ante ellos.
Russell Spaulding, un hombre a quien estaba unida por su matrimonio, recordaba asombrada Ann, hablaba siempre, en sus momentos de ligereza amorosa, de «jugar» a cosas, de «pretender», y se entregaba a esas diversiones de un modo tan histérico que a Ann le resultaba tan embarazoso como el ver bailar a un hombre gordo en una colonia de desnudistas.
Barney Dolphin no había empleado probablemente la palabra
«pretender» desde que tenía trece años, cuarenta años atrás, y, en su retórica, el verbo «jugar» se aplicaba solamente a las cartas, el golf y el béisbol. Y, sin embargo, era Barney el que sobresalía en los dulces y secretos juegos de los enamorados: el que pretendía que ella era una ninfa que huía; el que pretendía que ella no iba a acostarse cuando él lo hacía, sino que se iba a pasar la noche leyendo, como él no la acostara a la fuerza.
Pero lo hacía de un modo grave y no aceleraba el juego con sus bromas, sino que lo dejaba deslizarse en una nueva y lenta idiotez. Barney podía permitirse el lujo de ser grave. Tenía la suficiente energía para no necesitar el ser ruidoso.
Pero lo que más la atraía, lo que más le gustaba, era el hecho de que los dos podían comprenderse instantáneamente, sin decir una palabra, con un solo coup d’oeil. Un día fueron a una reunión de una atractiva secta, la de la Unión Episcopal Evangélica Pentecostal de los Nuevos Santos en la Palabra Viva. El pastor, durante el día un excelente carpintero, cansado sin duda de los mismos pecados y los mismos miembros de su congregación, compuesta de veintidós almas excitables, se alegró muchísimo de ver a Barney y a Ann entre sus fieles.
—Y quiero deciros que las ropas finas y el vivir en las ciudades no van a salvar a las gentes de su perdición más de lo que las ha salvado la ropa de trabajo —vociferó.
Barney le miró un instante y los dos gozaron compartiendo su risa, sin tener que reír, sin tener que contarse chistes, como habría hecho Russell…
«¡Oh!, ¿por qué no puedo dejar de comparar a los dos hombres? —se riñó a sí misma—. ¡Es pueril! ¡Hacer comparaciones! Y eso no es justo para ninguno de los dos».
Pero la verdad es que se sentía increíblemente feliz y que una gran parte de la felicidad humana consiste en hacer comparaciones con los días más tristes; se goza más del descanso de una cama caliente al recordar el frío que se ha pasado por el camino.
Increíble, inmoralmente feliz y especialmente feliz, porque sabía que Barney lo era igualmente.
Había una tercera persona que estaba siempre con ellos: Pride, su hija.
Desde luego, Ann no hizo nada por impedir que Pride surgiera finalmente de la nada. Ahora veía inevitablemente a Pride como hija de Barney. ¿Cómo era posible, pensaba con desdén, que una niña como Pride pudiera tener por padre a Lindsay Atwell, a Russell Spaulding, a Lafe Resnick, a Glenn Hargis, o aun a Adolfo Klebs?
—¡Tendré a mi hija, como tengo a mi hombre!, —juró—. Una mujer trabajadora tiene derecho a tener a su hija y a su enamorado. Aunque bueno, no creo que tenga ningún derecho en particular. Probablemente no haya
«derechos», solo la posibilidad de tener buenas glándulas y buena suerte.
Pero sea cual sea la filosofía del asunto, ¡voy a tener, Barney y yo vamos a tener, a nuestra hija! [1]
Habían ido a la ciudad más cercana para comprar revistas. Sin mirarle una vez siquiera, hablando rápida y seguidamente, Barney le dijo:
—Me figuro que debes saber la verdad acerca de esa investigación de la legislatura. Probablemente empezará en cuanto volvamos a Nueva York.
Exageré un poco cuando dije que era completamente inocente. Pero eso no quiere decir que en los casos criminales no haya sido excepcionalmente escrupuloso, excepcionalmente cuidadoso. Nunca me he dejado vencer por el aburrimiento, por la rutina. Pero ha habido casos civiles que… eran simplemente batallas entre dos bandas de guerrilleros, o de ¡oh!, realmente la justicia no estaba de ninguno de los dos lados; bandidos, disfrazados de magnates de la industria; y, en esos casos, he sido algunas veces culpable, aunque creo que sería muy justo decir que he sido lo suficientemente realista para ponerme del lado de los que me eran más simpáticos. Nunca he aceptado un soborno. He aceptado buenos informes, como por ejemplo, el recorrido de las nuevas líneas de ferrocarriles, y he aceptado puestos en los Consejos de las compañías. Pero nunca sobornos… Aunque no creo que eso disminuya mi culpabilidad. Quizá para lo único que sirva es para demostrar mi cobardía. No tienen nada contra mí. Podrán molestarme, eso sí. Y… como me halagaba el pensar que a lo mejor podrías preocuparte por mí, quiero que sepas, mi vida, que no seré el desgraciado chivo emisario, sino más bien el pícaro de la ciudad, el villano astuto, el villano cínico y sonriente. ¿Te importa mucho?
Tristemente, Ann se dijo que aquel hombre al que amaba por encima de todo, representaba la vulgar y cínica falta de honradez en los funcionarios públicos que ella había combatido con más pasión que nada en este mundo.
Y se lo dijo así, con toda claridad, pero no quiso oír lo que se decía.
Vio a Barney difamado por la prensa, traicionado por sus colegas políticos, más pillos aún que él, perdiendo su graciosa seguridad en sí mismo, encaneciendo, preguntándose si debía dimitir y, en el caso de que dimitiera, pensando qué hacer para ir consumiendo los insulsos días de su vida.
—¡No! ¡No! —gimió, agarrándole desesperadamente del brazo—. ¡No te harán nada! ¡Refórmate si quieres, pero no dimitas! ¡No dimitas! ¡Les diremos que se vayan al diablo!
Él volvió la cabeza y le sonrió, agradecido.
Por primera vez se había puesto a hablarle de Mona, su esposa.
Se hallaban en la oscuridad, sentados en la galería, fumando; el perfume de las lilas y de la hierba húmeda se mezclaba con el olor del tabaco rubio.
—A veces me pregunto si habrás pensado que yo he tenido muchos asuntos amorosos. Pues bien, sí, los he tenido. Creo que eso lo sabe todo el mundo. Nunca he tratado de ocultarlo; en realidad, nunca he ocultado nada.
Y no me arrepiento. Creo que nunca me he arrepentido de lo que he hecho.
Si me arrepiento ahora es por una cosa: porque, a lo mejor, dudarás de mí cuando te diga una cosa, que es la pura, la absoluta verdad; que tú eres la primera mujer que he amado definitivamente, de un modo espiritual, y decididamente, de un modo físico; y que si tú lo quisieras, trataría de traer conmigo mi libro de cheques, y tú y yo saldríamos de aquí mañana para no volver más; seguiríamos adelante hasta llegar a una plantación de cocos en Tahití. He conocido a muchas chicas lindas que me divertían cuando no podía soportar la perfección de Mona. Es como una dorada silla Luis XVI, y un patán grosero como yo tenía que sentarse erguido en ella, noche tras noche. Por eso, de vez en cuando salía y me buscaba un almohadón agradable, para sentarme cómodamente con las piernas cruzadas y…
—¡Pero, querido!, ¿en qué clase de mueble me convierto yo en tu metáfora? ¿En un colchón Simmons?
—¡No! ¡En un trono…, pero con tapizado moderno! Lo que quiero decir es lo siguiente: ninguna persona en sus cabales podría encontrarle un defecto a Mona. Es virtuosa, es hermosa, es callada. Habría sido una de las mejores abadesas de toda la Cristiandad. ¡Y en siete minutos es capaz de convertirme de una persona normalmente decente y competente, en un vagabundo, torpe y malhablado! Le perdona a uno por lo que pueda hacer, antes de que lo haya hecho, y luego, lo menos que se puede hacer para contentarla, es seguir pecando. ¡Es tan hermosa! ¡Y, oh Dios mío, yo me siento tan feliz aquí, contigo!… Mona vuelve a América en junio. Me asusta un poco. Voy a verte todos los días, y la mayoría de las noches, hasta entonces. ¿Quieres? ¿Me dejas que te vea?
—Sí, todos los días…, todas las noches —contestó Ann, apagadamente.
Entre sueños, un pájaro nocturno gorjeó tres notas.
No tuvieron más que una pelea, y muy viva: fue cuando él se burló diciendo que Ann «mimaba» a sus presos. Ella ganó la pelea. Antes de que terminara, él reconoció mansamente que no se había preocupado mucho de los presos a los que, durante tantos años, enviaba al presidio sin darles ninguna importancia, y acabó prometiéndole, no de muy buena gana, que haría una inspección de las prisiones.
—¡Sí, y debería haber tenido el suficiente sentido común para no haber hablado de eso! —dijo después.
Volvieron lentamente a Nueva York, saturándose del aire primaveral; llegaron allí a la hora de la cena, y como él tenía aquella noche un compromiso que de ninguna manera podía romper, no dejó el piso de Ann hasta el día siguiente, a las diez de la mañana.
Ann se sentía tan orgullosa y tan feliz durante el día, que tenía deseos de mostrarse bondadosa con alguien, aunque en torno suyo no hubiera nadie dispuesto a tolerar sus bondades. Telefoneó a Russell diciéndole que había vuelto y le dijo que sí, que de muy buena gana cenaría con él.
Russell se alabó ruidosamente de su éxito de hotelero y la llevó a cenar a Pierre’s. Pero cuando volvieron al piso, después de cenar, su animación y jovialidad desaparecieron, y con cierta timidez y rubor, intentó hacerle el amor. Se le veía tan puerilmente solo, tan transparentemente ansioso de amor, que, desde la altura de su gran felicidad, Ann miró hacia él, se compadeció y le dejó quedarse. Russell creyó, y casi estuvo a punto de decírselo, que su sabiduría y magia amorosa fueron lo que los exaltaron así aquella noche. ¡Había creído que él era su esposo!
Cuando se fue, a la mañana siguiente —Ann casi lo echó, con la excusa de que tenía que llegar pronto a la oficina—, ella se sentó en una silla y se dijo amargamente: «¡Soy una cualquiera! ¡No debo volver a hacerlo! Serle infiel tan pronto a Barney con ese muñeco humano, con ese tal Spaulding, y todo con el manido pretexto de no “herir sus sentimientos”».
«¡Uff! ¿Cómo habré podido soportarle alguna vez? No lo haré más…
¿Por qué no habrá telefoneado él?».
Un día entró en la sala del tribunal donde Barney iba a juzgar un caso, y se sentó en las últimas filas de asientos, cerca de la puerta. Entre los abogados de la defensa, que estudiaban sus papeles y charlaban ante la larga mesa, Ann reconoció con cierto miedo a Reuben Solomon, el más famoso abogado de Nueva York. ¿Podría su Barney vencer a un luchador tan feroz?
El ujier pidió a los asistentes que se levantaran. Ann se puso en pie de un salto, orgullosa de pagar su tributo a su hombre, a quien todos, hasta el mismo Reuben Solomon, tenían que saludar en pie; y se sintió aún más orgullosa al ver entrar a Usía, al ver la toga de seda negra que Barney llevaba con descuido sobre su elegante traje azul marino.
Estudió la sala del tribunal. Era una sala ahogada y fea, con paredes pintadas de oscuro y manchadas de humedad, una de las cuales recordaba el mapa de África. El único adorno lo constituían las dos fasces doradas que había detrás del alto sitial del juez. Pero a Ann le pareció una sala alegre y bonita.
Entonces llamó su atención una escaramuza entre Su Señoría el juez Bernard Dow Dolphin y el gran Solomon.
—Nadie mejor que el Tribunal sabe que las preguntas de mi docto contrincante son absolutamente impropias.
—Señor Solomon, ¿necesito recordarle de nuevo que esto no es su despacho, sino un tribunal del estado de Nueva York? Si se olvida de ello de nuevo, tendré el placer de ponerle una multa por desacato al tribunal. Siga adelante, señor Jackson.
¡Su Barney!
Al salir del tribunal, se dio cuenta de que conocía íntimamente a dos jueces. Lindsay Atwell había sido nombrado recientemente juez del Tribunal Supremo de Nueva York, más ella no había vuelto a acordarse del asunto hasta entonces. Lindsay no era más que un sueño borroso y carente de importancia.
Veía a Barney todos los días, aun el mismo día en que Mona volvió de Europa.
Él iba a recibirla al muelle a las once, y después iría con ella en auto a Long Island. A las tres de aquella tarde, la secretaria de Ann, la bulliciosa señorita Feldermaus, entró excitadamente en su despacho.
—¡Uf, doctora, no sabe quién ha venido a verla! ¡El juez Dolphin, del Tribunal Supremo!
Barney no había ido nunca a verla al Hogar Industrial y le había telefoneado lo menos posible; cuando lo hacía, usaba el nombre supuesto de
«señor Bannister». Porque las prisiones de mujeres se parecen a la YWCA, a las escuelas elegantes y a los restaurantes lésbicos en sus cálidas amistades, sus odios furiosos, su insaciable curiosidad y sus incesantes chismes.
—¡Oh, sí, el juez Dolphin! ¿Le acompaña la doctora Malvina Wormser?
—dijo Ann afablemente, mirando un informe del taller de costura, con más interés del que el documento merecía—. ¡Uuh…, hágale entrar! ¿Dijo que quería?
—¿Cómo está, doctora Vickers? —dijo al entrar.
Barney tenía un aspecto grave y severo. Llevaba una chaqueta azul marino, con dos filas de botones, un cuello de pajarita, una corbata negra, de aire particularmente moral, y unas gafas ridículas, con gruesa montura de concha. Y, además, llevaba bastón.
Ann le adoró… Era un hombre vestido tan correctamente como el que más. Llevaba su traje de sarga azul casi con la misma elegancia con que había usado en Virginia un viejo suéter y unos pantalones deportivos, manchados de grasa.
Ann despidió con un gesto a la señorita Feldermaus, para librarse de su curiosidad devoradora.
Barney la besó apresuradamente, mientras ella murmuraba:
—¡No…, no! —y le devolvía el beso.
—No pude hacerlo —dijo—. Hablo de Mona. Estaba decidido a mostrarme cordial, hasta enamorado. Pero cuando bajó del barco, me miró
como perdonándome; ¡Dios mío, qué cortés es!, y me dijo: «Espero que no te molestará demasiado el que haya vuelto tan pronto». Yo le contesté que tenía una sesión del tribunal… y me vine aquí. Ahora me voy. No quería más que verte un minuto, ya comprendes lo que digo, ¡beber un trago de tu persona, y no sabes la falta que me hacía ese trago! ¿Cenamos a las seis?
¿Eh? ¡Claro que sí! A las seis, en el Brevoort, y luego que Dios tenga compasión de mí, pero no tendré más remedio que ir a Long Island y comer hielo picado.
Abrió la puerta, y agregó en beneficio de Dios sabe cuántos oídos atentos y virginales:
—Sí, siento mucho tener que enviársela. Pero creo que usted puede reformarla. Siento en el alma no tener tiempo para poder ver parte de la prisión. Buenas tardes, doctora Vickers.
Y se marchó.
Ann se rió de sus gafas, de su presencia, que ya nada podría borrar de aquella oficina. Y luego quiso llorar ante la tragedia de la Buena Esposa, que soportaba la maldición de un esposo de barba roja, la tragedia del esposo de barba roja que sufría por tener una esposa pura, de ideas elevadas, frugal e imbécil, y la tragedia de Ann Vickers, que tenía muchas probabilidades de perecer aplastada entre los dos, mientras escuchaba, como una tortura más en el momento de su muerte, los lloriqueos del pequeño Russell Spaulding.
Tres semanas y media más tarde, Ann estaba segura de que iba a tener un hijo.
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