Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 5 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo IV

«¡ODIO la casa de los Evans! ¡Lo tienen todo tan brillante! ¡Me gusta más esto!», exclamó furiosa Ann, después de dejar a Ben y penetrar en el cómodo aunque deslucido saloncito de los Vickers… Gastada alfombra de Bruselas; Cristos de Hoffman; viejos libros de texto, obras de Walter Scott, de Dickens y de Washington Irving, la serie de los «Escritores ingleses», The Jungle, The Bird’s Christmas Carol y Cruderís Concordance; un sofá adornado con borlas y cojines y una alacena colocada en la pared, las zapatillas de su padre, con las iniciales bordadas.

—¡Me gusta esto! ¡Da tal impresión de seguridad! —dijo Ann, y subió a su cuarto.

Se quitó despreciativa su espléndido vestido de organdí. Pero era demasiado cuidadosa para hacer algo tan melodramático como desgarrarlo o tirarlo al suelo. Lo colgó cuidadosamente, alisando la falda, apreciando con los dedos la suavidad y frescura de la tela.

Se cepilló el cabello, mulló la almohada, pero no se acostó. Se puso su albornoz —porque, en 1906, los Vickers no se permitían el lujo de usar batas—, se sentó en una silla de alto respaldo y recorrió la habitación con solemne mirada, como si fuera la primera vez que la veía.

Era una habitación pequeña, pero su limpieza y su falta de muebles la hacían aparecer más grande. Ann odiaba las aglomeraciones de muebles. En su dormitorio no había montones de programas de baile manchados por las moscas, colgados, con su lapicillo y todo, sobre el espejo del tocador. Ni instantáneas hechas en la playa, durante las últimas vacaciones; ¡ni siquiera una sola bandera de la Universidad de Yale o de Illinois!

Un estante con libros de Hans Christian Andersen, Water Babies, Lays or the Andent Rome, David Copperfield —robado de la colección de su padre—, la Quest of the Golden Girl de La Galienne, la Biblia de su madre, un libro acerca de las abejas, Hamlet y Kim, todos ellos muy gastados por la lectura. Un tocador con un cepillo, un peine y un abrochador colocados con simetría sobre el tablero —como muchas personas aventureras y desarregladas, Ann, dondequiera que estuviese, arreglaba sus efectos con más precisión que las gentes sedentarias, cuyo miedo a la vida sólo es igualado por el descuido con que organizan sus habitaciones—. Una camita estrecha y severa, con un detalle que revelaba un sentimentalismo femenino: una almohadita adornada con cintas. La silla de respaldo alto. Un dibujo de carbón, medianamente malo, reproducción de Sir Galahad, de Watt. Una ventana grande y, por lo general, abierta. Una alfombra de retazos. Y paz.

Aquella habitación se parecía a Ann. Desde la muerte de su madre, nadie le había dicho cómo debía ser la habitación de una señorita bien educada. Ella misma la había arreglado a su modo. Pero, sin embargo, al mirarla ahora, igual que si se mirara a sí misma, la encontraba extraña, desconocida, increíble.

Se habló a sí misma.

Verdad es que excepto en algunos detalles, Ann Vickers, a los quince años, era igual que sería a los cuarenta. Pero no es menos cierto que no podía hablarse con la misma severidad y acritud que a esa edad. Su monólogo era nebuloso; sus emociones, inarticuladas. Más si sus emociones se hubieran podido traducir en palabras, se habría dicho lo siguiente, mientras permanecía sentada en la silla, envuelta en su albornoz y con las uñas hundidas en las palmas de las manos:

«Amo a Dolph. ¡Oh, Dios mío, cómo le amaba! Aunque en realidad no lo amaba de un modo muy correcto. Cuando me ocurrió aquella cosa tan rara, y papá me dijo que no me preocupara, yo deseaba que me besara él.

¡Oh, vida mía, cómo te quería! Eras tan maravilloso…; ¡tenías un cuerpo tan esbelto y tan duro, y buceabas tan bien! Pero no eras bondadoso. Yo creí que hablabas en serio, cuando me hablaste esta noche, debajo del abeto.

¡Pensé que lo decías en serio! Que yo no era simplemente una chica fuerte, buena para los deportes, pero a la que nadie podía amar.

»Nunca tendré un verdadero novio. Creo que soy demasiado violenta.

¡Oh, no quiero serlo! Ya sé que soy yo la que planea todos los juegos, pero no es porque me guste. Es que no puedo cerrar la boca. ¡Y los demás son tan condenadamente estúpidos!… ¡Dios mío, perdóname por haber dicho

“condenado”…, pero es que lo “son”!

»Ben sí que me amaría. ¡Es tan bonachón!

»¡No quiero que me ame ningún mocoso! ¡Yo soy yo! Voy a conocer el mundo entero… Springfield, Joliet. ¡Y a lo mejor, hasta Chicago!

»Me parece que si alguna vez me ama alguien tan fuerte como yo, me tendrá siempre un poco de miedo.

»No, Dolph no me tenía miedo. ¡Me “despreciaba”!».

De pronto, y sin razón aparente, comenzó a leer el Salmo veinticuatro en la Biblia de su madre, un libro encuadernado en piel negra y rozado por los bordes; su voz, clara y articulada, se elevó al recitar el cántico:

¿Quién subirá al monte del Señor? ¿O quién podrá estar en su santuario? El que tiene puras las manos y limpio el corazón; el que no ha recibido en vano su alma, ni hecho juramentos engañosos a su prójimo.

Éste es el que obtendrá la bendición del Señor y la misericordia de Dios, su Salvador. Tal es el linaje de los que buscan el rostro del Dios de Jacob.

Levantad, ¡oh, príncipes!, vuestras puertas y elevaos vosotras, ¡oh puertas de la eternidad!, y entrará el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria? El señor de los ejércitos; ése es el Rey de la gloria.

Su padre llamó a la puerta y le preguntó, con tono preocupado:

—¡Ann! ¡Annie! ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?

En aquel momento ella odiaba a los hombres, excepto al Rey de la gloria, al que le habría sacrificado todos los sonrientes Adolfos y todos los padres complacientes del mundo. Sentíase salvaje, más se limitó a decir cortésmente:

—¡Oh, no! Lo siento, papá. Estaba leyendo… ¡ah!… ensayando algo que vamos a representar. Siento muchísimo haberte despertado. Buenas noches, querido.

—¿Te divertiste en la fiesta?

Ann, que mentiría siempre como un caballero, le contestó con voz cariñosa:

—¡Oh, muchísimo! ¡Buenas noches!

«Sí, tengo que dejarlo. Nunca les gustaré a los muchachos que me gustan. ¡Y vaya si me gustan! Pero tendré que contentarme con ser yo misma un chico.

»Y no quiero serlo.

»¡Pero tengo que hacer algo! “Elevaos vosotras, ¡oh puertas de la eternidad”!

»Era tan fuerte. ¡Y tan esbelto!

»¡Oh, él!

»Nunca volveré a rebajarme a querer a alguien.

»Ese cuadro no está del todo derecho.

»¡Las chicas como Mabel! ¡Ésas sí que se pegan a los muchachos!

»¡No volveré a darles otra oportunidad, no volveré a darles a los chicos otras oportunidades de que se rían de mí, por haber sido franca y decente con ellos!

»Elevaos… Voy a acostarme».

Aunque le veía con frecuencia en la tienda de comestibles, adonde se había retirado tranquilamente al dejar los arduos estudios de la Escuela Superior, y aunque por aquel período los componentes del grupo comenzaban a convertirse en parejas aisladas, Ann perdió definitivamente todo interés por Adolfo Klebs.

—¡Diablos, qué rara es Ann Vickers! —observaba Mildred Evans—.

¡Está loca! Dice que no quiere casarse, que quiere ser médico, abogado o qué sé yo. ¡Está loca!

¡Oh, Mildred, qué juiciosa eras, qué juiciosa eras! Hoy, casada con Ben,

¿no tienes acaso la mejor radio de la ciudad? ¿No escuchas los programas de Amos’n’Andy, o la sabiduría de Ramsay MacDonald, retransmitida desde Londres? ¿No tienes un Buick, mientras la doctora Ann Vickers va de un lado a otro en su viejo Ford? ¿No juegas al bridge con la gente más escogida, mientras ella juega al chaquete con un hombre silencioso? Buena Mildred, juiciosa Mildred, que nunca intentaste enfrentarte con el mundo que te rodeaba, porque sabías que te vencería.

Buenas noches, Mildred. Ya terminé contigo.

La nochebuena en que Ann cumplía los diecisiete años, fue una Nochebuena de tarjeta postal. Cuando se encaminó hacia la iglesia, para asistir a los ejercicios de la escuela dominical, las cálidas luces de las casas vecinas se reflejaban en el nevado camino, surcado por las huellas de los trineos, parecidas a dos líneas de pulido acero. La luna, muy alta, despedía una claridad helada; las ramas de los abetos, cubiertas de nieve, dejaban escapar un sonido ligero y cristalino, y por todas partes había una atmósfera de fiesta.

Ann estaba absorta y ocupada…, demasiado ocupada para dedicar la debida atención a los vestidos y a la elegancia, como había hecho en sus vanidosos quince años. Le habría gustado tener algo más elegante que su blusa de seda escocesa y le fastidiaba el grueso vestido de paño que le había comprado su sensato padre, pero… ¡Oh, bueno!, sus días frívolos se habían terminado.

Era la profesora de la clase intermedia para niñas, en la Primera Iglesia Presbiteriana, clase de la que anteriormente había sido maestra la señora Fred Graves, que descansaba ahora en el cementerio de Greenwod, y que un día había expulsado a una niña llamada Annie Wickers, por el desdén con que tomaba la necesidad de disciplinar a las mujeres. Las niñas de la clase intermedia iban a ejecutar la cantata, «Oíd cómo cantan los ángeles heraldos», y Ann tenía prisa, porque su presencia en la iglesia era muy necesaria, porque tenía que encargarse de dirigir los ejercicios, y quería que su clase impresionara al auditorio.

La iglesia tenía aire de fiesta cuando llegó a ella. Las ventanas dejaban escapar una luz dorada y la puerta estaba alegremente encuadrada por un arco gótico de madera. En el pórtico de la iglesia se hallaban todos los niños que, aunque tal vez descuidaran un tanto sus deberes religiosos durante cincuenta semanas al año, habían asistido a la escuela de un modo edificante durante las dos últimas.

El interior de la iglesia se había convertido en una caverna verde y cristalina. Las piadosas inscripciones de las paredes, los «Bendito sea el Nombre del Señor» y «¿Quieres salvarte?», estaban casi ocultos por guirnaldas de acebo. Pero lo más esplendoroso de todo era el árbol de Navidad que había sobre la plataforma. Tenía tres metros de altura y estaba iluminado con velas y adornado con ángeles de cartón, porque en el día de Nochebuena la Iglesia Presbiteriana se permitía el lujo de ser tan romana como para admitir ángeles al lado del Niño Dios. Velas que brillaban sobre el fondo verde oscuro; velas, blancos ángeles, bolas plateadas y gran cantidad de nieve, hecha de copos de algodón. Al pie del árbol había unas medias destinadas a los niños de la Iglesia Presbiteriana, aun para aquellos que habían sido calvinistas convencidos hasta dos semanas antes; eran unas medias de almidonado tul y cada una de ellas contenía una naranja, una bolsita de confites secos, incluso de menta, y con letreros rojos, en los que se leían inscripciones tan adecuadas como «¡Ven, Niño!», tres nueces del Brasil, un folletito con el Evangelio según San Juan, y un regalo; una trompetita de hojalata, un pito o un mono de algodón.

Todo esto lo había comprado el nuevo pastor, el joven reverendo Donnelly, con el dinero de su sueldo de mil ochocientos dólares anuales…, cuando le pagaban. El joven pastor no era muy sensato. Asustaba a los adolescentes, incluso a Ann Vickers, con el espectáculo de un Dios viejo y colérico que los espiaba, y trataba de sorprenderlos en sus pequeñas maldades. Y sus sermones eran muy aburridos, desesperadamente aburridos. ¡Pero era tan bondadoso, tan entusiasta! Y fue el reverendo Donnelly en persona —conocido en el pueblo por el señor Reverendo—, el que salió al encuentro de Ann:

—¡Señorita Vickers! ¡Cuánto me alegro de que haya llegado temprano!

¡Estoy seguro que vamos a tener una maravillosa Nochebuena!

—Así lo espero. ¿Está lista mi clase? —preguntó la enérgica Ann.

Los ejercicios marcharon a las mil maravillas: la oración, el cántico Venid todos los fieles, cantado por el coro y la congregación, la canción cómica del doctor Brever, el dentista; la cantata, que Ann dirigía vivamente con su batuta, y al fin llegó el punto verdaderamente importante de los ejercicios: la distribución de las medias de Navidad, efectuada por Santa Claus, muy arrogante y benévolo con su casaca roja y sus nevadas patillas.

En la vida privada, Santa Claus era el señor Bimby, el que tocaba el clarinete y trabajaba en la tienda de tejidos «Eureka».

El señor Bimby habló así:

—Ahora bien, niños y niñas…; he… he venido desde muy lejos, cruzando el hielo y la nieve y… he… los ventisqueros del Polo Norte, porque me he enterado de que los niños de la Iglesia Presbiteriana de Waubanakee eran particularmente buenos y hacían lo que les mandaban sus padres y profesores y, por eso he dejado de acudir a mis citas con el Papa y el rey de Inglaterra y demás gentes importantes, para venir a veros personalmente.

Ann Vickers, como participante en el festival, estaba sentada en uno de los bancos de delante. Con cierta inquietud vio que una de las velas colocadas en las ramas bajas del árbol se ladeaba. Se riñó a sí misma por su tontería, pero no pudo seguir escuchando con la debida atención el humorístico discurso del señor Bimby, el cual proseguía, jovial:

—Ahora bien, yo creo que ha habido alguno que no ha sido todo lo bueno que podía haber sido. Y, a lo mejor, muchos de vosotros no habéis asistido con la frecuencia debida a las clases de la escuela dominical. Yo sé que en mi clase…, es decir, he recibido un mensaje telefónico de mi amigo Ted Bimby, profesor de la clase Superior de muchachos, y él me ha dicho que, a veces,’ en las buenas mañanas del verano…

La vela se doblaba, como una mano cansada. Ann apretó nerviosamente los dedos.

—… algunos muchachos preferían irse a pescar en lugar de escuchar la Palabra del Señor, y todas las lecciones que podéis aprender de los ejemplos de Jacob y de Abraham y de los sabios…

La vela había llegado a los copos de algodón. Instantáneamente, el árbol se incendió y quedó envuelto en grandes llamaradas.

El reverendo Donnelly y Santa Claus Bimby se quedaron mirando con la boca abierta. Fue Ann Vickers la que saltó a la plataforma, empujando hacia un lado a Bimby.

Los niños habían empezado a gritar, poseídos del irrazonable terror de la infancia, y luchaban por alcanzar la puerta.

Ann agarró la alfombra verde que adornaba la plataforma del púlpito y la arrojó sobre el árbol incandescente, mientras con las manos abatía las llamas que la alfombra no alcanzó a cubrir, y mientras su cuerpo cubierto de quemaduras le dolía como un diente enfermo.

—¡Oh, Dios mío! —exclamaba furiosa, en un tono que hacía que la frase sonara peor que «¡Oh, mil diablos!».

En el momento en que perdió el conocimiento pudo aún darse cuenta de que el fuego había sido extinguido y de que el doctor McGonegal arrojaba sobre el árbol su abrigo de piel de coatí. Ann esperaba que el abrigo no se quemaría.

Ann permaneció dos semanas en cama. El doctor McGonegal le aseguró que no le quedaría cicatriz alguna, salvo una o dos señales muy borrosas en las muñecas. Y durante aquellas dos semanas, se vio convertida en heroína.

El reverendo Donnelly iba todos los días a visitarla. El señor Bimby le llevó un valioso collar de cuentas. Su padre le leyó en voz alta David Harum. El Intelligencer de Waubanakee la comparó con Susan B. Anthony, la reina Isabel y Juana de Arco.

Pero lo que más la emocionó fue la visita de Oscar Klebs, su homérico ceño, su barba blanca, su muda desesperación.

El profesor Vickers, alborotado e incrédulo ante una visita tan proletaria, introdujo al anciano, diciendo con acento falsamente alegre.

—Otra visita para ti, querida.

La autoridad que le confería el ser una heroína, dio a Ann, frente a su amable pero severo padre, un valor que hasta entonces había demostrado

raras veces. Se atrevió a hacerle salir de la habitación, con un movimiento de cabeza casi conyugal, y de ese modo se halló sola con Oscar.

El anciano se sentó junto a su cama y le dio unas palmaditas en la mano.

—Se portó muy bien, señorita. ¡Y no crea que soy tan estrecho de criterio que pienso que todo eso ocurrió porque se trataba de una iglesia!

¡No, no lo creo así! Pero, por favor…, mi pequeña Ann, ¡no les deje convencerla de que es una heroína! La vida no es el heroísmo. Es el pensamiento. ¡Dios la bendiga, señorita! Y ahora me voy.

Aquélla fue la visita más corta de todas las que tuvo. Durante una semana, libre del deber de ser diligente e importante, al tratar asuntos sin importancia, Ann permaneció en la cama, pensando… y, hasta aquel día, aquélla fue la única semana que tuvo tiempo para pensar.

Le parecía estar viendo constantemente a Oscar Klebs, sentado al lado de su cama, pidiéndole que pensara.

«¡Um… huu! ¡He gozado demasiado con la idea de ser una heroína! —

se decía—. ¡Apagué el fuego antes de darme bien cuenta de lo que hacía!

¡Sí, así fue, querida! ¡Pero el señor Bimby y el reverendo Donnelly estaban asustados y tú no! Pero ¿qué importa? Lo que pasa es que tú te mueves más aprisa que la mayoría. ¡Y, sin embargo, no conseguiste que Adolfo se enamorara de ti!

»¡Oh, Dios mío, hazme sensata, no permitas que me envanezcan demasiado los aplausos!

»¿Quién subirá al monte del Señor? ¿O quién podrá estar en su santuario? Aquel que tiene limpias las manos y puro el corazón.

»¡Pero, diablos, yo fui la que apagó el fuego mientras todos los hombres estaban mirándolo con la boca abierta!».

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