Cárceles de mujeres
Capítulo XLII
TODO el mundo le había dicho que los primeros dolores de parto estarían separados entre sí por espacios de una hora, es decir, todo el mundo menos la doctora, que le había dicho:
—¡Dios mío, yo no sé lo distanciados que estarán entre sí! Pero no te preocupes. Ya los reconocerás cuando empiecen, ¡vaya si los reconocerás!
Tienes ya lista tu habitación en el hospital. Puedes llegar allí en veinte minutos, y yo estaré allí en media hora.
Ann estaba dormida, a eso de las tres de la madrugada, cuando la despertó un dolor que parecía una explosión de dinamita dentro de su vientre. Nunca había creído que pudiera existir un dolor semejante. A su lado, el dolor de muelas, el dolor de oídos, el terrible dolor que le había producido una pierna que se rompió de niña, no eran más que ligeros dolorcillos. El dolor la ahogaba, la asfixiaba y ella se dejaba tragar por él.
Se alegró: «¡Ya viene! ¡Pride va a nacer! ¡Y yo dejaré de ser un almohadón de plumas y me convertiré de nuevo en un ser humano!».
No podía soportar que Russell estuviera con ella; que, aparentemente, tuviera derecho a tocarla; aun en medio de su dolor, tuvo tiempo para pensar, maravillada: «¡Esposo… amante! ¡Qué imbécilmente empleamos las palabras!». Tenía que llamar a Russell, tenía que levantarse, tenía que ir al hospital, tenía que ir pronto… No. El dolor se había ido; era como si una fresca brisa hubiera reemplazado a la niebla; todavía tenía una hora de descanso y no tenía necesidad de llamarle aún. Y mientras buscaba débilmente y a tientas su reloj, en el preciso momento que lo miraba, sobrevino el segundo dolor, siete minutos después del primero.
Ann se sentó en la cama y gritó:
—¡Russell! —dejando de una vez toda fantasía.
Él entró, grueso y amarillento, vestido con el pijama de franela, de un verde desteñido, que le gustaba usar en las noches de invierno; y se mostró tan bondadoso, tan rápido y tan serio, que Ann lo encontró simpático.
«¡Demonio de hombre, si al menos fuera más constantemente desagradable, la vida sería mucho más sencilla!». Y en un minuto, y al parecer a la vez, había llamado a la doctora Wormser, y al portero nocturno, que fue a buscarles un taxi, mientras Ann permanecía en la cama, sintiéndose lo suficientemente cuidada para poder entregarse de lleno a la agonía de sus dolores, que se sucedían, regularmente, cada siete minutos. En medio de su dolor se había desvanecido toda sensación de dignidad. Ann se retorcía, tiraba de la sábana, sacudía la cabecera de la cama, agarrándola febrilmente, y escuchaba su propia voz, que gemía con tono agudo de espanto.
El paroxismo del dolor la cegaba demasiado, y cuando se pasaba se sentía demasiado débil y sudorosa para darse bien cuenta de lo que ocurría.
Más tarde creyó recordar que Russell y la criada la habían levantado de la cama, le habían puesto una bata, un abrigo y unas zapatillas y, echándole un chal por encima de los hombros, la habían llevado entre los dos hasta el ascensor, la habían metido en el taxi y la habían hecho subir la escalera del hospital. Ligeramente aturdida, vio que Malvina Wormser se encontraba ya allí, mágicamente.
Luego, los dolores comenzaron a venir con intervalos de tres minutos.
Ann se halló retorciendo la mano de una fuerte enfermera, a la que debía de hacer mucho daño, y, finalmente, el dolor la anestesió de tal modo que se convirtió para ella en un huracán incesante, en el que se hundió, sin sentir ya los dolores separados.
Pero, sin embargo, aquello era distinto de un simple dolor. No experimentaba la sensación de desperdicio, de futilidad, que otros dolores intensos le habían producido. Su dolor actual tenía sentido, porque iba a producir una nueva vida. Aunque su cuerpo le doliera horriblemente, haciéndola gritar como una niña, su espíritu triunfaba.
Aquél era un martirio no en aras de una causa estúpida, sino de la Vida, para crear el milagro de los milagros. Oyó que Malvina repetía dulcemente:
—Aguanta… trata de mantenerte despierta; ya te daré un poco de anestesia cuando llegue el momento; aguanta. ¡Prueba! —y obedientemente, venerando a Malvina, se esforzó por cumplir sus órdenes hasta el glorioso momento en que oyó decir afablemente a Malvina—: Pueden llevarla ya.
Ann creyó que iba cantando en voz alta. Creyó que Barney estaba allí y que ella levantaba su pasada mano para saludarlo. Pero lo que vieron las enfermeras, lo que vio Russell, lloroso y alterado, fue una mujer pálida y despeinada, cubierta por una manta, inmóvil y silenciosa, en la camilla.
Salió al fin de la niebla, de las borrosas sombras grises en las que flotaban las caras de Oscar Klebs, Glenn Hargis, Lil Hezekiah, Eleanor Crevecoeur y Barney Dolphin. Al parecer, se hallaba en cama, en una habitación blanca y desnuda, y sentada a su cabecera se veía una mujer de delantal blanco y almidonado uniforme de percal azul. Se sentía aturdida, perpleja.
Tenía que pensar bien lo que era aquello. Lo haría en seguida, pero antes tenía que descansar. Volvió a salir de la niebla, e instantáneamente, orgullosa de sí misma por ser tan aguda, comprendió que se hallaba en la habitación de un hospital.
Tenía la boca seca. Trató de levantar una de las manos, se la llevó al vientre, se frotó los labios y, despierta ya del todo, se dio cuenta de que ya no era una botella llena de agua caliente sino que, de un modo milagroso, había recobrado su esbeltez y su dureza, que al fin había dado a luz a Pride.
—¡Oh! ¡Oh, enfermera, dígame! Cómo…
—¡Espléndido! Todo fue a las mil maravillas.
—Mi hija…
—¡Ha tenido usted un niñito precioso!
—¡No diga tonterías!
Entonces entraron a su hijo.
Le dijeron que era un niño fuerte y hermoso, que pesaba cerca de cuatro kilos, pero a Ann le daba miedo tocarlo, tan absurdamente frágil le parecían sus diminutos bracitos y la naricilla roja y aplastada. No estaba demasiado
rojo ni arrugado, aunque, desde luego, no era un niño de cuento de hadas, con cutis de leche y hojas de rosa. Su cráneo estaba cubierto por una pelusilla fina y pálida, que con el tiempo se convertiría en un mechón de rojos cabellos.
—¡Oh, mi joven feniano! ¡Mi irlandesito! ¡Vida mía! —así fue como saludó Ann a su hijo.
Pero no había nada de frágil en el modo en que el hijo de Barney Dolphin se agarró a sus pechos, exigiendo lo que de derecho le correspondía.
Al cabo de dos días, Ann llamaría estúpido a todo el que dijera que ella había preferido una hija.
Al cabo de cuatro, estaba ya planeando sus estudios en Columbia, Berlín y la Sorbona.
Pero como nunca había pensado en su nombre, excepto Pride, perdía al llamarle parte de su seguridad, parte de su orgullo materno.
Cuando el primer día, bien entrada ya la tarde, Russell se presentó radiante en la habitación —el niño había nacido a las once y, desde entonces, había estado recibiendo felicitaciones telefónicas y convidando con champaña en los speakeasies a los magnates de la industria hotelera o de las caridades organizadas—, le preguntó:
—Bueno, bueno, ¿fue todo bien? Has tenido poquísimos dolores.
—¡Ah, conque sí!
—Bueno, sea como fuere… tú ya sabes lo que quiero decir. He estado viéndole. Creo que se parece un poco a mí —y Russell era tan moreno como rojo el niño—. Ahora viene la gran pregunta, ahora que tenemos este espléndido hijo, ¿cómo vamos a llamarle? Te dejaré que hables la primera.
¿Has pensado algún nombre?
—¡Oh…, en realidad, no he decidido nada!
—Muy bien, escucha, no hago más que sugerirlo, no tienes que tomarlo en serio si no quieres, pero, ¿qué tal te parecería llamarle como su papá…
Russell Spaulding Júnior?
Ann estaba demasiado furiosa para poder hablar. Se quedó mirándolo, pensativa, o al menos eso creía ella. Comprendió que Russell estaba empezando a creer que el niño era hijo suyo; que dentro de unos cuantos
meses estaría absolutamente convencido; que, legalmente, el niño era un Spaulding; y que nadie podía ser más testarudo que un hombre débil como Russell, una vez que se le desafiaba. Y por eso, aunque tenía ganas de lanzar una maldición, le contestó con toda amabilidad:
—Nunca me gustó mucho eso de Júnior. Es un nombre que confunde. Y
el niño corre siempre el peligro de quedar oscurecido por su padre, de no ser una cosa extraordinaria.
—Sí, quizá tengas razón. Bueno, ¿qué te parece si le llamáramos Henry Ward Beecher Spaulding? Creo que es un nombre muy distinguido y, más adelante, él podría decir que le llamaran «Ward» o «Beecher», dos nombres muy bonitos, si no le gustase que le llamaran «Henry», y además, eso sería un tributo adecuado al gran hombre que lo llevó. Está en peligro de ser olvidado en estos días de mezquino sensacionalismo, cuando no se busca más que la publicidad. Claro está que yo soy agnóstico, como tú, pero respeto la hermosa y firme espiritualidad de nuestros antepasados.
—Pero Russell —dijo ella débilmente—, creí que al leer la vida de Beecher, que ha escrito el capitán Hibben, habías comprendido que Beecher era un charlatán, no el jefe espiritual que… —tragó saliva, pero siguió adelante valientemente— que a nosotros los liberales nos gustaría honrar.
—¡Todo eso no son más que calumnias! ¡Hibben no sabía de lo que hablaba! La verdad es que yo soy un pariente lejano de Beecher, creo que era primo cuarto de mi madre, y por eso sé que era uno de los pensadores más grandes, más valientes, y más rectos de nuestra época. Sí. Henry Ward Beecher. Ése será el nombre del niño.
—Lo pensaré. Estoy terriblemente agotada, querido. Quizá fuera mejor que me dejaras descansar un poco.
—¡Claro que sí! Bueno, volveré esta noche, antes de las diez. ¡No hay que descuidar a la Niñita, ahora que nos ha dado un hijo tan hermoso!…
Ward Beecher… ¡Creo que debería ir a la universidad de cualquier Estado del Oeste Medio, donde reina esa democracia que no existe en las malditas universidades del Este! ¡Te aseguro que yo me alegro mucho de haber estudiado en Iowa!
Ann hizo arreglos secretos con su enfermera, para que cuando Russell fuera a verla antes de las diez, permaneciera en la habitación el menor tiempo posible.
La enfermera lo hizo así.
Cuando Russell hubo huido ante esa severidad que sólo tienen los policías de tránsito estadounidenses, los secretarios de los ministros británicos y las enfermeras, Ann le dio a su hijo —¡su hijo!— de cenar, luego se acurrucó en la cama para disfrutar de un buen sueño, y no se durmió. Echaba de menos algo. No quería reconocer que a quien echaba de menos era a Barney.
Estaba mirando la puerta, cuando vio que ésta se movía lentamente, como si nadie la empujara, y Barney apareció en el umbral, sonriendo. Se acercó rápidamente a ella, se sentó en el borde de la cama, la alzó, mientras ella le tendía los brazos y luchaba por sentarse y la besó, sin decir palabra.
Cuando dejó caer su cabeza sobre la almohada, Ann se sintió completamente curada.
—¡Los santos en persona han velado por ti! —le dijo—. Todo el día he estado telefoneando a Malvina Wormser. Sabía que era un niño diez minutos después de su nacimiento. Y he estado escondido en un portal, enfrente del hospital, hasta que vi salir a Spaulding y estuve seguro de que no volvería. ¡Pero no voy a seguir escondiéndome así!
—¿Cómo entraste, fuera de las horas de visita?
—Soborné a dos personas, amenacé a otras dos y requebré a dos más: la mezcla perfecta. Y, por si la necesitaba, en el bolsillo llevo una carta de Malvina Wormser.
—¿Has visto a nuestro hijo?
—¡Claro que sí!
—¿Lo encuentras bien?
—¡Maravilloso!
—Tú conviniste conmigo en que querías una niña. ¿No te importa que sea un niño?
—Te mentí. Siempre quise un niño. ¡Mi único hijo! Y escúchame bien.
No pienso cedérselo a ningún maldito Russell.
«¡Es tan conmovedor!».
—… y no pienso cederte ni un minuto más a Russell. No sé lo que voy a hacer, pero… Ya hablaremos de eso más tarde, cuando estés más fuerte…
¡Te amo!
—¡Vida mía!… ¿Qué nombre le vamos a poner?
—Matthew. Como mi padre. No, no era el tabernero; ése fue su padre; mi padre era algo peor: era contratista de puños pesados, gran sentido del humor y absoluta falta de ética, un Lincoln de West Street. Además, Mat es un nombre bueno y decente para un chico.
—¡Sí! Mat Dolphin, mi hijo… ¡Le tengo ya miedo! ¡Mat! ¡Qué caída!
Cuando era niña, pensaba que si alguna vez tenía un hijo, le pondría un nombre bonito o romántico, un nombre como los que ponen los novelistas: Peter, Raoul o Noel, especialmente si había nacido en verano; Geofrey o Denis. ¡Y ahora se llama Mat! ¡Y le adoro… al nombre y a ti! ¡Qué maravilloso traje! Nunca te lo había visto. ¿Inglés?
—Hecho aquí. Brezo, de la isla de Mull. ¿Huele bien? Mira.
—Maravillosamente. Una vez, un hombre me invitó a recorrer con él los campos de Escocia.
—Sí, a Lindsay le gustan mucho, o al menos, eso dice. Pero te prevengo que, en realidad, no anda nunca más de ocho kilómetros por día.
—¡Bárbaro! Tú siempre sabes demasiado. Si estuviera casada contigo, no me sería posible recibir a nadie después de las diez de la noche.
—¡Puedes estar segura de ello! El otro día vi a tu amigo Lindsay.
—Muy bien. Quédate con él. Yo estoy enamorada de un feniano salvaje y no quiero tratar con hombres respetables. ¡Lindsay! Ni siquiera recuerdo el nombre. No recuerdo ningún nombre… —y bostezó, con un enorme bostezo—. No recuerdo ningún nombre, excepto los de Barney y Mat.
—Ahora vas a dormirte.
—Quédate sentado junto a mi cama un minuto. Arrima una silla y siéntate a mi lado. Aunque no sea más que un minuto. Y cógeme de la mano.
Segura, protegida y caliente, Ann no tardó ni un segundo en dormirse.
Una hora, quizá dos horas más tarde, se despertó al oír que entraba la enfermera y percibió su exclamación ahogada, en la que se mezclaba el horror profesional y el sentimentalismo personal. Barney la tenía aún
agarrada de la mano y, a la débil luz de la habitación, pudo verlo sentado rígidamente, masticando un cigarro apagado. Su brazo, gimió Ann, tenía que dolerle de un modo abominable.
—¡Pobrecito mío, ahora vete y descansa!
Por toda despedida, Barney se limitó a besarla en los ojos, cargados de sueño, en silencio.
«¡Y yo que solía pensar en mis épocas feministas —caviló antes de dormirse de nuevo— que el lado físico del amor, los besos, las caricias, los abrazos, eran algo vulgar, bueno solamente para los chicos de las escuelas superiores, las lecheras, las solteronas cursis, las gentes que cantaban canciones dónde se hablaba de la luna y del mes de junio! ¿Agarrarse de la mano? ¡Algo vulgar! Yo iba a tener un idilio muy espiritual. Me iba a sentar frente al amado y me iba a poner a discutir la creación de la fábrica de gas municipal, o algo por el estilo. ¡Pero mi idilio es espiritual! ¡Y, en este día particular, la mano de Barney me parecía como la mano protectora de Dios!».
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