Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 26 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo XXV

«NO HAY vagabundos; no hay más que hombres que vagabundean», dijo Josiah Flint. Y tampoco hay doctores, nada más que hombres que estudian medicina; no hay autores, simplemente hombres que escriben; no hay criminales, no hay presos, sino simplemente hombres que han hecho algo que en aquel momento se considera como una infracción de la ley, y que, como consecuencia de un veredicto incierto de un juez —que no es tal juez, sino simplemente un hombre que juzga de acuerdo con lo que le afectan la digestión o las tonterías de su mujer—, han sido enviados a la cárcel.

Así, pues, Ann se encontraba entre mujeres que no eran simplemente presas y celadoras, sino variables seres humanos, y no se pasaba las veinticuatro horas del día presenciando horrores. Como la cárcel del condado de Tafford, la penitenciaría era incómoda y fútil, pero no mágicamente distinta de otros monumentos de la estupidez humana. Era más incómoda que los dos modernos reformatorios para mujeres que Ann conocía, pero no más fútil. Era muy poco peor que otras instituciones a las que se lleva a las gentes por el delito de haber nacido, como, por ejemplo, una mina de Pensilvania y las cabañas que la rodean, una ciudad algodonera de Carolina, o un speakeasy de Nueva York, atestado de mujeres inteligentes que se emborrachan para no suicidarse. Ann acabó tomando con cierta naturalidad sus horas más desagradables. Como dicen las personas desidiosas, se «acostumbró a las cosas que la rodeaban». Dormía, se desayunaba, trabajaba, se peleaba, leía el diario, cenaba y dormía con esa aceptación mecánica del ambiente que hace que la humanidad pueda soportar la vida en una trinchera, en un igloo del Polo Norte, en un

sanatorio de tuberculosos, o en una casa donde vive una mujer malhumorada, sin volverse completamente loca.

De no haber sido por esta curativa y humana complacencia, Ann podría muy bien haberse vuelto loca, porque durante los quince meses que estuvo allí vio suficientes horrores: celdas con aire viciado, cucarachas, ratas, piojos, pulgas y mosquitos. El castigo del calabozo, donde las presas yacían en el frío suelo de cemento, sin mantas ni más ropa que un camisón, y tomando solamente dos rebanadas de pan cada veinticuatro horas. Un comedor plagado de moscas, que cubrían con sus jeroglíficos el hule de la mesa. Alimentos que no sabían a nada, llenos de gusanos y de escarabajos.

Ropa interior tan áspera como un saco, tiesa por el sudor después de trabajar en el taller. El hecho de que el hermoso gimnasio de la señora Windelskate estuviera siempre cerrado y no se usara nunca, excepto cuando el capitán Waldo lo encontraba conveniente para celebrar conferencias con las prostitutas que había en la cárcel. El taller de camisería, con maquinaria anticuada y peligrosa y una oscuridad que acababa con la vista. Silencio durante veintitrés horas al día —sólo se permitía hablar una hora después de la cena, mientras se paseaban por el patio de ejercicios—, aunque, como es natural, la regla se desobedecía, golpeando en las paredes por la noche, y murmurando con un lado de la boca durante el día, ya que es el deber, el orgullo y el placer de todo preso transgredir todas las reglas de la prisión, del mismo modo que el deber, el orgullo y el placer de todo carcelero es conseguir que se cumplan. La única diferencia es que los carceleros no celebran sus triunfos callada y decentemente, como los presos, sino con porras y látigos y arrebatando a los reclusos el privilegio de escribir cartas o pasearse por el patio y, entonces, los penados, naturalmente dolidos ante tal injusticia, siguen desobedeciendo las reglas, con mayor orgullo aún.

Cuantos más castigos se les imponen, hay más cosas que castigar y la filosofía general del asunto es la de un idiota que espanta las moscas.

Si Ann se acostumbró a todo aquello, como uno se acostumbra al cáncer, a lo que no se habituó nunca fue a que su estudio de la prisión se viera obstaculizado por la rústica socarronería con que el capitán Waldo adornaba su crueldad. Había esperado poder hablar con las presas de Copperhead, ver lo que ellas pensaban de la cárcel, tal y como lo había

hecho en Green Valley. Pero la más estricta de las reglas de toda prisión era la de que los oficiales no podían hablar con ningún preso, más que para darle órdenes, o solamente en los casos de presas que estaban al servicio de la cárcel, como Birdie Wailop.

Ann había aguardado el momento de conocer a la señora Jessie Van Tuyl, la líder obrera encarcelada por la atrocidad metafísica de su

«sindicalismo criminal», del mismo modo que habría aguardado el momento de conocer a Jane Addams. La primera noche que pasaba en la cárcel, se encaminó alegremente hacia la celda de la señora Van Tuyl, pero la señora Bitlick la detuvo y le dijo que no se podía hablar con las penadas.

—¡Ya que está tan educada y todo lo demás, podría estudiar su reglamento!

Aquello le pareció una idea excelente. Como su compañera de armas, Birdie, tenía que saber cuáles eran las reglas que había que desobedecer. Y

se pasó su primera noche en Copperhead, leyendo humoradas como la siguiente:

El único fin de esta institución es permitir que los delincuentes reformen de tal manera sus costumbres, que puedan volver a ocupar un puesto digno y feliz en la sociedad. Por esta razón, el preso debe obedecer las reglas, no simplemente porque son unas reglas, sino porque le servirán para crearse una personalidad más completa y mejor.

—El doctor Slenk, o cualquier otro miembro de la YMC, es el que ha escrito esto. El capitán Waldo no ha gozado nunca de esta clase de humorismo —murmuró Ann.

No os olvidéis nunca de que el hacer ruido en las celdas por la noche es, no solamente una seria infracción a las reglas de la prisión, sino también una seria molestia para vuestros compañeros. Si no apreciáis esta oportunidad de callada medicación, para recobrar vuestro puesto en la sociedad y ante los ojos de vuestro Hacedor, recordad que hay otros que sí la aprovechan, y que el egoísmo es la base de todos los crímenes.

Ningún crimen es más grave que el de romper, marcar o deteriorar de cualquier modo los muebles de vuestra celda, la maquinaria del taller, o

cualquier objeto propiedad de la prisión. Recordad que el Estado ha hecho muchos gastos para proporcionaros todo lo necesario.

Con la hipocresía que en todas las prisiones se emplea como medio principal para adquirir una personalidad más completa y mejor, hipocresía que Ann iba aprendiendo con tanta rapidez como cualquiera de las presas, se dio cuenta de que podía evitar la regla que impedía hablar con las penadas si halagaba al capitán Waldo y conseguía un permiso especial. El método tenía sus defectos. El capitán Waldo le estrechaba la mano, sugería paseos nocturnos y la miraba con obscenidad. Pero, arreglándoselas para no estar nunca sola en el gimnasio o en el dormitorio cuando él iba a inspeccionarlo —al capitán Waldo le encantaba inspeccionar y mejorar el departamento femenino, especialmente el baño—, Ann siguió su camino, preguntándose cuándo la pillarían y la fusilarían, como a cualquier espía.

Con el pase especial que él le había dado pudo, al cabo de una semana, visitar en su celda a Jessie Van Tuyl.

Esperaba ver a una personaje, a una Juana de Arco, a una oradora. La señora Kaggs la dejó entrar en la asfixiante celda. La luz era tan mala, que Ann no vio nada más que una presa como otra cualquiera: el uniforme que parecía un trapo de rejilla; los cuadrados zapatones. Cuando la señora Van Tuyl, que leía sentada en su taburete, alzó la cabeza, el cabello le cayó en mechones sobre la ardorosa frente y Ann vio su cara surcada por gotas de sudor. Y lo que resultaba más grotesco de todo era ver un par de elegantes anteojos en aquella sucia penada. Ann tardó varios minutos en fijarse en la frente amplia, los ojos serenos, la boca bondadosa, el seno maternal. Un uniforme de Copperhead Gap, una celda de Copperhead, en una noche de julio, podían convertir en una vagabunda hasta a la misma Jessie Van Tuyl.

—Pero ¡si es Ann Vickers!, ¿verdad? ¡Me estaba preguntando si vendría o no! ¡Ann, querida, éste es el momento mejor que tengo desde hace varios meses! He conocido un poco a Mamie Bogardus, y a Malvina Wormser y…

—¡Eh, Van Tuyl! —era la celadora de noche, la Kaggs, que había permanecido escuchando junto a la puerta de barrotes—. ¡La señorita

Vickers es un oficial de la prisión! ¡No puede de ninguna manera llamarla por su nombre, por muy bien que la conociera cuando estaba fuera de aquí!

—¡Señora Kaggs! —La voz de Jessie Tuyl era mucho más áspera que la de la celadora de noche—. Esa pobre Inch está enferma de nuevo. Ya les he dicho que es una psicópata… que tendría que estar en Brisbane. Insisto en que el doctor venga a verla esta misma noche.

—¡El doctor no puede perder el tiempo con esa ladrona negra y loca!

Probablemente se está haciendo la enferma.

—¡Ya ha oído lo que he dicho! ¡Ya verá lo que les cuento a los periódicos cuando salga de aquí!

—¡Oh, usted no hace más que hablar de lo que va a contar cuando salga de aquí! ¡Eso es lo que dicen todos los presidiarios! Buscaré el médico, pero no porque usted lo haya dicho. ¡Iba a hacerlo de todos modos! ¡Ahora, señorita Vickers, recuerde que no puede pasar más de media hora aquí! —y la señora Kaggs se alejó de allí, como una gallina ofendida.

Jessie Van Tuyl se echó a reír:

—¡Si esa mujer supiera cuánta razón tiene! Yo consigo que hagan unas cuantas cosas amenazándola con la publicidad de los periódicos; pero, en realidad, cuando salga de aquí… ¿habrá algún periódico que considere más importante el hecho de que la esclavitud y la tortura siguen existiendo en los Estados Unidos que el informar al público del último partido de béisbol o del resfriado de Coolidge? ¿Le importa que la llame «Ann»? Soy una de esas radicales a quienes les gusta ser amigas de todo el mundo. Si fuera metodista, llamaría a todo el mundo «hermana». ¡Oh, Ann, querida, querida mía! ¡Déjeme que charle! Durante siete meses, excepto el visitante que me consienten una vez al mes, durante media hora, y con un guardián delante, no he hablado ni oído hablar más que de los bichos que hay en la comida, de que le han pegado a la Inch hasta que se desmayó, de que las sifilíticas usan el mismo baño, de que las tuberculosas no pueden coser muy deprisa;

«la conversación de las almas condenadas, en el infierno». Y pelea tras pelea con la tal Bitlick siempre que trato de darle parte de mi comida a una muchacha muerta de hambre. ¡Esto es lo que me hicieron por haber dicho que los obreros tenían derecho a unirse! ¡Eso! Ahora cuénteme alguna noticia, algún escándalo, ¡el último rumor! Soy como un prisionero entre

los hielos del Ártico, a quien viene a rescatar un aviador… ¿Qué hace Malvina? ¿Cree que vamos a reconocer a Rusia? ¡Cuántas ganas tengo de volver al hermoso mundo, de permanecer cinco minutos respirando el aire fresco y mirando y mirando un abeto y luego lanzarme a la primera y espléndida pelea que venga a mano!

—¿La muchacha que está enferma…?, ¿la Inch? ¡Oh, es una criminal terrible! Es una negrita, nacida en una cabaña donde su madre vivía en el pecado… un pecado bastante frecuente. Es una verdadera psicópata. Tiene un nombre delicioso. Eglantine Inch. Trabajaba en casa de un rico plantador de tabaco de Pearlsburg. Ganaba tres dólares por semana. Su novio necesitaba más dinero, como es natural, para pagar los plazos de su automóvil. La Inch robó un diamante que valía quinientos dólares, lo vendió por cinco, y la condenaron a cinco años. Claro está que no los vivirá.

Tiene todo lo que una muchacha puede pedir para arrepentirse y volverse virtuosa. Seguramente el Señor, que se preocupa mucho de los gorriones, pero singularmente poco de los presos, le ha enviado por sus pecados un poco de asma y, en mi opinión, de sífilis. El doctor no se ha decidido aún a hacerle una reacción de Wassermann. No es mala persona el doctor, pero es un alcohólico terrible… ¡Por eso está aquí, cumpliendo su condena, como usted y como yo!

»¿Que por qué no la mandan al hospital? Porque, querida mía, hay un hospital bastante decente para los hombres, o al menos eso es lo que me han dicho, pero ninguno para las mujeres, porque no hay sitio; ¡la camisería, tan altamente provechosa, ocupa tanto espacio!… Y porque dentro de diez años esperan tener un hermoso infierno sólo para las mujeres; así que, ¿por qué peocuparse en introducir mejoras? No, todas las mujeres enfermas son atendidas en sus celdas, donde se les sirve la misma comida grasienta que tomamos en el comedor, sólo que, claro está, más fría y servida más tarde.

»¿Que qué sabe el capitán Waldo del doctor Slenk para tenerle tan propicio? Nada; en realidad, Slenk es uno de esos canallas amables que

siempre da la razón al que chilla más que él. Me la daría a mí, igual que se la da al capitán —al viejo, honrado, asesino y obsceno capitán—, si viniera a verme a mí. El doctor Slenk no es doctor en medicina, como él ha hecho creer a la mayoría de las gentes de esté Estado. Es veterinario, fue tratante en caballos y estudió en la universidad un año de osteopatía. ¿Que cómo entró aquí? ¡Dando la razón a todos! ¡Besando los pies a los demás! ¿No le besó los suyos? ¡Si fue casi amable conmigo, una criminal! Luego, además, tiene un hermano que es un rico contratista… Ha construido parte de esta prisión.

»¿Sobornos? ¡Claro que los hay! Todas las camisas y ropa interior que se hacen aquí, los alambres de púa y los utensilios de cocina que se hacen en el departamento de los hombres están contratados por firmas que no tienen nada que ver con la prisión, que compran nuestro trabajo por cuarenta y cinco centavos diarios, y venden sus mercancías bajo etiquetas falsificadas, para que el comprador no sepa que proceden de una penitenciaría. Es un buen negocio para ellos. Y en cuanto a los oficiales de aquí, yo no tengo pruebas, pero me han dicho que el capitán Waldo, con dos mil trescientos dólares anuales y el mantenimiento, posee un Packard, es dueño de dos pensiones en Timgad Springs, y su hijo se educa en Yale. Y la señora Bitlick y la señorita Peebee, que es la capataza y la celadora del taller, son socias de un salón de belleza —¡socias, dije; nada de clientas!—

de Pearlsburg. Y, desde luego, la forma en que Peebee nos obliga a que realicemos nuestras tareas, a fin de que les hagamos ganar más dinero a los contratistas, la forma como llama a los guardianes para que nos abofeteen y nos lleven al calabozo, si no las tenemos pronto, parece indicar que hay en eso algo más que su normal amor por la tortura: ¡debe de haber una inspiración más elevada: el dólar! Desde luego, los contratistas, teniendo en cuenta que consiguen la fuerza motriz gratis, y el trabajo casi lo mismo, ganan de un modo escandaloso, y el capitán Waldo y Slenk, o la Bitlick y Peebee, comparten esas ganancias, o son aún más imbéciles de lo que yo creo. ¡Oh, que el Señor me bendiga! ¡A veces, temo que esta prisión me amargue un poco! Escuche, Ann, oído que viene la Kaggs, siga en su

puesto, no abra la boca, quédese; el mundo la necesita como testigo, no me creerán a mí, una famosa roja, ¡pero a lo mejor la escuchan y la creen a usted!

—¡A lo mejor! ¡Buenas noches, querida!

Los días de Ann no estaban dedicados por completo a observar crueldades y hablar de ellas. Tenía un empleo. Le llevaba los libros a la señora Bitlick; había aprendido a hacerlo en el settlement de Rochester y, sea como fuere, lo hacía mejor que la Bitlick, que no podía sumar siete y siete más seis y conseguir dos veces seguidas que resultaran veinte. Por la noche daba clase de cocina, enseñaba a las presas a servir la mesa, a limpiar la habitación y a hacer trabajos finos de costura, aparte de las clases de la tarde, cuando enseñaba a leer, a escribir, aritmética, una geografía muy elemental y un poco de historia a las mujeres, que en su tercera parte no habían pasado del tercer grado y que, en su quinta parte, eran analfabetas.

La señora Bitlick se quejaba de que era «un desperdicio de tiempo el que la legislatura quisiera que aquellas ladronas y mujerzuelas aprendieran cosas en los libros. Mucho mejor era que trabajaran en el taller de camisería, para que pudieran conseguir buenos empleos cuando salieran, ganar doce dólares por semana y ser respetables». Pero la señora Windelskate y cierto número de pastores y editores habían insistido en que las presas fueran educadas hasta el cuarto grado, y los legisladores habían escuchado de muy buen grado a tan sabios consejeros.

Ann ayudaba a supervisar la comida, lo que quiere decir que, a fuerza de riñas, consiguió que las que trabajaban en la cocina lo hicieran con cierta limpieza. No le asombraba su alegre suciedad; trabajando en las settlement había aprendido que la limpieza no es una cualidad innata sino, después del yachting, la forma menos natural y más cara del lujo.

Trabajando hasta sentir como hueca la cabeza, encerrada en su oficina, en las clases y las cocinas, no podía ver —y se daba cuenta de ello— ni una tercera parte de lo que ocurría en la prisión. Era como si viviera en una de esas viejas y grandes mansiones, situadas al borde de un arrecife, y tan amadas por los autores ingleses de novelas detectivescas, en las que se

asesina a personas que están encerradas en sus habitaciones, se oyen gritos en los vacíos desvanes y por la madrugada se perciben cautelosas pisadas, mientras la heroína se estremece en su cama y se pregunta si aquello es realmente agradable.

Una vez, en el corredor, vio que dos guardianes arrastraban hacia el sótano a una muchacha que gemía, a una tal Gladys Stout, una prostituta.

Una hora más tarde, vio a Gladys subir tambaleándose. Tenía la blusa destrozada y un sangriento arañazo le cruzaba los hombros. Ann le preguntó qué era aquello a la celadora del taller, a la señorita Peebee, pero la damita no sabía nada… ¡oh!, nada.

Ann no había encontrado aún el camino que conducía al calabozo —el

«Agujero»—, cuatro celdas completamente a oscuras, como tumbas cubiertas, situadas en una cripta, debajo del sótano, de donde ella había oído subir gemidos de loca.

Se acostumbró a ver las muchachas en «la solitaria». Estas celdas eran como celdas ordinarias, es decir tan desagradables como las demás, pero separadas de ellas. Las muchachas que no terminaban sus tareas diarias en el taller, que contestaban a los guardianes, que hablaban en el comedor o en el camino de las celdas al taller, eran encerradas allí un día, una semana, un mes, comiendo nada más que pan y agua, sin poder hablar ni una hora por día, sin cartas, sin libros. Así se las perfeccionaba generalmente y se las adaptaba para volver a la sociedad, reduciéndolas a una callada y aterradora estupidez.

Si Ann veía tan poco, ¿qué verían, se preguntaba, los visitantes que recorrían una vez por semana la prisión, guiados por los guardianes, gozando de la emoción de contemplar verdaderos criminales? Una de sus tardes libres, después de haberse quitado el detestable uniforme, se unió al grupo que recorría la prisión. Hasta entonces no se había dado cuenta del palacio en que vivía. Iba al lado de una muchacha joven, que se parecía a Gladys Stout y que decía, riendo estúpidamente:

—¡Oh, mira aquel tipo de la mandíbula grande… apuesto cualquier cosa a que es un asesino! —el tipo era, en realidad, un mecánico dental que, al verse sin trabajo y con la esposa enferma, había robado un poco de oro.

Un guardián buen mozo y jovial les mostró los jardines con sus macizos de rosas, el vestíbulo estilo Ritz del edificio de la administración, el majestuoso despacho del alcaide, las celdas de los hombres y la tejeduría, que era moderna y casi limpia —el guardián no les mostró la anticuada fundición—, la biblioteca de los hombres, una hermosa habitación que contenía varios libros de sermones y las novelas de Zane Grey, Harold Bell Wright y Temple Bailey; la magnífica capilla de mosaico y el campo de ejercicios de los hombres, con sus impresionantes paralelas y sus máquinas de remar, que los presos podían manejar tres horas por semana, siempre que hubieran observado a la perfección todas las reglas.

—¿Verdad que no tratamos tan mal a los penados? —dijo el guardián cuando los acompañó de vuelta hasta la puerta.

—¡Desde luego que no! ¡Dios mío! ¡Afuera hay muchas personas

«decentes» que se alegrarían de tener ventajas como éstas! —dijo un bautista.

—Pero ¿no nos va a mostrar el departamento de las mujeres? —

preguntó otro visitante.

—Se está reparando, así que no podemos mostrarlo —dijo el guardián

—, pero es tan bueno como éste. Las mujeres tienen un gimnasio, una hermosa biblioteca, una gran clase, un comedor muy elegante. ¡Igual que una universidad!

—¡Si quiere saber mi opinión —dijo un presbiteriano—, me parece que tratan demasiado bien a esos criminales!

—Bueno, quizá tenga razón. Pero somos severos con ellos. Les enseñamos lo que es la disciplina. Nada de tonterías. ¡Oh! ¡Gracias! —dijo el guardián, al ver que un episcopal le daba una propina.

Ann pudo echar una mirada al taller de camisería, situado un piso más abajo que las celdas, entrando ocasionalmente en él, como una intrusa. La señorita Peebee, la capataza, la miraba furiosa y le hablaba como si estuviera pronunciando un sermón a la señorita Peebee tenía una clase pequeña, de muchachas serias, inclusive Birdie Wallop, a las que enseñaba la Biblia todos los sábados por la tarde. Pero Ann siguió avanzando.

Hasta entonces no había visto nunca un lugar en el que se careciera tan completamente de orgullo del trabajo, de la satisfacción de haber terminado una tarea, del compañerismo entre las obreras. La prisión enseñaba a las presas que, por muy peligroso que fuera el crimen, no había nada peor que el trabajo disciplinado.

Las máquinas de coser eléctricas que había en el taller, eran máquinas anticuadas. Las agujas no estaban protegidas; las mujeres se atravesaban con frecuencia las manos. La larga y ruidosa sala estaba iluminada solamente por dos pequeñas ventanas, situadas muy altas, y por bombillas de luz mortecina; y en cuanto a la ventilación… brillaba por su ausencia.

Las mujeres se desmayaban con frecuencia junto a las máquinas y se les hacía recobrar el conocimiento por medio de agua fría y fuertes sacudidas.

No se permitía ninguna conversación, excepto con la capataza y para asuntos de trabajo. La señorita Peebee se sentaba en una alta plataforma y golpeaba el suelo con un delgado bastón. Con frecuencia tenía que hacer uso de él para corregir a la negra Eglantine Inch, a quien le encantaba cantar. Los labios de Eglantine se movían a veces, cuando cantaba para sí misma, cubierta por el ruido de las máquinas, y entonces la señorita Peebee pensaba que estaba hablando con la muchacha que tenía a su lado y bajaba a corregir la falta, azotándole los brazos. Pero Eglantine tenía suerte; rara era la vez que la enviaban a la «solitaria»; era una obrera demasiado rápida, y producía demasiadas camisas para los contratistas, a pesar de sus ataques de asma.

Pero Josephine Filson, una asesina que había matado a su hijito ilegítimo, estaba siempre en apuros. Era muy lenta, se distraía, y nunca lograba enorgullecerse de su trabajo con las camisas; y en su caso, la lentitud era inexcusable, porque, como decía la señorita Peebee, ¿acaso no había sido maestra de escuela y había tenido mejores oportunidades que las demás?

Ann entró una vez en el taller a la hora de cerrar, y el silencio que reinó en él al pararse las máquinas, le hizo el efecto de un golpe físico. La mayoría de las presas fueron saliendo, pero las que no habían terminado sus tareas permanecieron en la sala, para que las riñeran. Habían llamado a un

guardián masculino, que llevaba una porra de plomo. La señorita Peebee agitaba su bastoncito y le gritaba a Josephine Filson:

—¡Es el segundo día que no terminas el trabajo! ¿No te da vergüenza?

¡Llévenla a la «solitaria»!

—¡Oh, no, «por favor», señorita Peebee —rogó la Filson—; traté de terminarla… pero me dolía la cabeza!… Mañana haré mi tarea…, ¡le juro que la haré! ¡No me mande a la solitaria! Allí no nos permiten leer, y yo estoy por la mitad de un libro muy bonito que habla de un lord y…

La señorita Peebee le ladró al guardián:

—¡Llévesela a la solitaria!

El hombretón vestido de azul avanzó, bostezando. Filson gritó, se agarró con sus dedos marchitos, de uñas rotas, a una máquina de coser. El guardián la arrancó de allí de un tirón y se la llevó, mientras la señorita Peebee le decía a Ann:

—¡Qué idea! ¡Pensar que puede holgazanear y luego irse a leer! Le juro que…

Aquella noche, Ann obtuvo del capitán Waldo permiso para visitar a la Filson en su celda solitaria.

Era igual que la celda que ocupaba todos los días, pero no tenía otro alimento que pan y agua, y estaba desprovista de los tesoros que le permitían seguir viviendo su condena perpetua. Un par de zapatillas, una postal con una vista de Pearlsburg, un metro de cinta roja y un trozo de paño, robado del taller de camisas.

—Perdóneme si me he mostrado ruda —dijo Josephine Filson—, creí que era como las demás celadoras, señorita Vickers, que no vienen más que a reñirme porque no hice mi tarea; hoy la hice, pero la pobre Eglantine Inch me robó unas cuantas de la pila, y no pude quejarme de ella porque está loca, la pobrecilla.

»Antes trataba de ser una buena cristiana y de temer a Dios. Pero ahora que estoy aquí y que veo que la señorita Peebee, la señora Bitlick y el doctor Slenk dicen todos ellos que son buenos cristianos y enseñan en la escuela dominical, prefiero ser como la peor de todas las mujeres que hay

aquí: Kittie Cognac, que vende cocaína. ¿Cree que los predicadores sabrán mucho? Ellos nunca han pasado nueve días tirados sobre un suelo de cemento, en una celda oscura… Entonces rogaba y le pedía a Dios que viniera a salvarme, pero nunca me contestó.

»Sí, he tenido un hijo y no estaba casada. Era maestra en Coon Hollow.

Tenía dieciséis alumnos y ganaba veinticinco dólares por mes, y casa.

Aquello era muy alto…, hacía mucho frío. A veces, yo me levantaba a las seis y tenía que atravesar la nieve, encender el fuego y barrer la escuela. No me importaba; tenía alumnos muy buenos. ¡Había un chico muy guapo y muy inteligente, al que yo daba clase por la noche y que ahora está en la Universidad del Estado y progresando de veras! Me gustaba enseñar. Como habrá visto, no soy bonita. Los muchachos no me prestaron nunca mucha atención cuando era más joven. Nunca me hicieron caso. Pero mis alumnos sí me lo hacían y muchas veces me llevaban regalos, flores y cosas así. A mí me encantaba enseñar.

»Pero nunca tuve novio… hasta entonces. Llevaba dos meses viviendo en el North Road (ya sabe por dónde se sube desde el Hollow), ¡oh, claro está!, usted no conoce Coon Hollow; es muy bonito. Yo solía pensar que sus colinas eran como un templo. Bueno, al principio vivía en casa de Ad Titus, y Ed, el hijo mayor de Ad, un muchacho muy alto y fuerte, pero que no tenía más que veinte años, solía acompañarme y bailar conmigo. Yo nunca fui muy amiga de fiestas, pero me gustaba bailar. Es una sensación tan agradable… Todos los músculos se mueven con tanta suavidad… ¡Es mejor que montar a caballo! ¡Qué extraño resulta hablar en esta celda de bailar y montar a caballo!

»Pues bien, Ed se había peleado con su novia —ella era Lora Dimond, la que vivía en la Forja de Johnson—, y como es natural, como se encontraba en una edad muy romántica, pensó que tenía que buscarse enseguida otra: “No seas tonto”, solía decirle yo por las noches, cuando estábamos en la cocina de Ad; era una habitación grande y muy hermosa, con una antigua chimenea, y todo estaba tan limpio… ¡Dios mío, la señora Titus se hubiera muerto si hubiese visto todas las cucarachas que hay aquí!

Yo le dije a Ed: “Trabaja bien y algún día serás banquero o abogado, y entonces podrás elegir la muchacha que más te guste, ya lo verás”. Bueno,

pues conforme hablábamos, más decidido parecía a enamorarse de mí; ¡de mí, tan vieja, tan fea, tan estúpida y doce años mayor que él! Me reí de él, pero una noche, cuando sus padres no estaban allí, y los dos estábamos divirtiéndonos, mientras el perro ladraba, Ed me agarró por la cintura y me besó muy fuerte —nunca he podido comprender por qué lo hizo—; me pareció que iba a desmayarme. Hasta entonces nunca me habían besado en serio. Y yo me volví loca. Día y noche no podía pensar más que en él, aunque estuviera en la escuela, dibujando un mapa de Europa para los alumnos; antes me encantaba dibujar mapas, con lápices rojos, verdes y amarillos, y sabía muy bien la geografía; podía recordar muy bien muchas cosas, como, por ejemplo, los ríos de Rumania, y hacía que a los chicos les gustase la clase, porque toda mi vida deseé viajar y ver sitios nuevos; solía leer la National Geographic en casa del doctor, a quien se la mandaban todos los meses, y así podía hablarles a los alumnos de Venecia, de los canales y de todo lo demás, y creo que a ellos les gustaba. Pero, como decía, estaba dibujando un mapa y de repente me ponía a pensar en Ed, en sus grandes manos, en su voz. —¡Dios mío!, era tan profunda—, y en el modo cómo reía, y en que se le podía pegar en el pecho todo lo que una quisiera, sin hacerle el más mínimo daño.

Y, sea por lo que fuere, yo no podía pensar que aquello era malo; me parecía como si hubiera encontrado un tesoro escondido, y no hacía más que pensar en las cosas tan hermosas que iba a hacer con él.

»Y por eso, la noche que él pasó conmigo, le aseguro honradamente que no me pareció mal; ¡éramos tan felices y nos amábamos tanto! ¡Oh, claro está que aquello me sorprendió y me asustó un poco! Pero, de todos modos,

¡me hacía tan feliz el pensar que estaba haciéndole feliz a él!; y poco a poco, llegó a gustarme; ¡había estado tan hambrienta de amor y —¿verdad que es raro?—, sin embargo, no sabía realmente lo que era el amor!

»Y luego, cuando me mudé a casa de Bart Kelley y después a la de la anciana señorita Clabeers, seguía viviendo a dos kilómetros o cosa así de la casa de Ad, y Ed me visitaba por las noches y ululaba como un búho, para que yo saliera, y luego nos íbamos al bosque, agarrados de la mano y cantando viejas canciones, o pensando en el medio de conseguir algún dinero para casarnos y marcharnos a California.

»Él trabajaba para su padre, pero pensaba que lo mejor era dejar su trabajo y buscarse un empleo en cualquier garaje, para que pudiéramos casarnos. Era muy buen mecánico, pero no sé por qué no podía encontrar empleo. Yo le dije: “Vamos, no seas tonto, Ed; soy muchísimo más vieja que tú”, pero él me dijo…, (¡oh!, fue tan cariñoso conmigo), me dijo: “Jo, tienes mucha más gracia que cualquiera de las otras muchachas”. ¡Oh!, y creo que lo decía en serio. Me gusta pensar que lo decía en serio.

»Solíamos jugar a una cosa: alzábamos los ojos y mirábamos hacia las estrellas, a través de los árboles —yo traté de estudiar un poco de astronomía, pero no lo hacía muy bien—, y entonces pensábamos. ¡Dios mío!, a lo mejor son mundos como éste, pero miles de veces mayores, y las gentes que los pueblan miden mil metros de altura. “¡Piensa, Ed! (yo solía decir): Si tuviéramos una vista lo suficientemente aguda, a lo mejor podríamos ver esas ciudades de oro. Mira aquella estrella…, ¡nada se interpone entre ella y nosotros!”. Ya sé que no era más que una solterona estúpida y ridícula, enamorada de un muchacho tan joven que casi podía ser mi hijo. Debía de ser verdaderamente cómico. Hablar de ciudades de oro, situadas en las estrellas… cuando iba a tener un hijo.

»Cuando me di cuenta de ello y se lo dije, él estuvo muy cariñoso y me hizo muchos mimos. Si estuviera aquí, ¡gracias a Dios no está!, mataría al capitán Waldo y a ese guardián pelirrojo. Más ninguno de los dos teníamos dinero… Yo había ahorrado sesenta dólares, pero le había comprado con ellos un reloj de oro con cadena y le había pedido que les contara a sus padres que se lo había encontrado en la carretera.

»Y así, pues, mientras buscábamos algún medio de salir del paso, llegaron las vacaciones de verano. Yo, por lo general, trabajaba en el verano en la Notch House, ayudando a servir las mesas, pero como iba a tener el niño y casi todos los días estaba enferma, me fui a vivir con el tío Charley, un diácono metodista; era un hombre muy bondadoso, y aunque sospechó lo del niño, no me echó a la calle. Pero su segunda esposa se dio cuenta de aquello y le amenazó con enviarme a la cárcel, así que Charley tuvo que dejarme marchar, y entonces los padres de Ed se enteraron también, y se pusieron muy furiosos y enviaron a Ed a Pearlsburg; hasta llegaron a llamar

a un agente de policía para hacer creer a Ed que le mandarían a un reformatorio si no se iba de allí para siempre.

»Ed me escribió. Quería que fuera a reunirme con él. Me dijo que ya nos las arreglaríamos de algún modo. ¡Y yo tenía muchas ganas de ir…; me volvía loca pensando en él y en el niño, viviendo todos juntos en una casa con cuadros y dando paseos los domingos! Pero entonces… yo vivía con unas gentes, en las afueras del pueblo; el tío Charley les había pagado mi alojamiento. Entonces, la mujer de Charley, el pastor y otras cuantas personas, se me echaron encima y me convencieron de que iba a arruinar la vida de Ed, si me casaba con él, y, no sé, quizá tuvieran razón, y yo no quería, sin duda, hacer eso.

»Así, pues, me escapé para que Ed no pudiera encontrarme y le estropeara la vida. Me fui a las montañas. Viví un tiempo en casa de una familia; eran unos pobres ignorantes, pero fueron muy bondadosos conmigo. Luego seguí adelante. Pensé que podría llegar a un hospital…; había oído decir que, a veces, tienen gratis a los pobres. Pero el niño llegó antes de lo que esperaba. Lo tuve en la montaña y no me ayudó nadie más que una negra vieja que vivía allí —tenía noventa años y no podía servirme de mucho—, y como tenía tan poca cosa, yo no pude aceptar nada de lo que me daba y seguí adelante, con el niño en brazos, hasta que llegué a una cabaña vacía, y entré en ella para… no sé para qué; creo que no me daba muy bien cuenta de lo que hacía. Quizás estuve allí cuatro o cinco días, y cuando salí el niño estaba muerto, caído en un charco. De veras, no sé si yo lo puse allí o fue alguien que pasaba por el camino. ¡Pero entonces vino la policía y dijo que yo era una asesina! ¡Yo! Y el juez, el juez Tightam, un disoluto famoso en todo el Estado —creo que hasta usted misma ha tenido que oír hablar de él-SI, dijo que mi caso era aún peor porque yo tenía un puesto honorable y de responsabilidad, y me condenó a cadena perpetua.

Aun entonces, yo no me daba bien cuenta de lo que ocurría… de que no iba a salir de aquí en toda mi vida.

»Pero ahora, Ed, se ha casado y tiene dos hijos. El tío Charley me escribe diciendo que le va muy bien.

»Pero… usted, que es una de las celadoras…, ¿no podría arreglar las cosas para que yo pudiera pasearme por el campo, aunque no fuera más que

una vez, aunque sólo fuera una hora?

Cuando Ann salió de la celda de Josephine Filson, le pareció ver a su hija Pride.

«Por eso estoy aquí. Por eso tengo que permanecer aquí. Yo también he matado a mi hija», se dijo.

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