Cárceles de mujeres
Capítulo IX
ANN NUNCA había tenido mucha conciencia de su propio cuerpo.
Era un conocido al que veía con frecuencia, no un amigo íntimo. Le había conocido agradablemente cansado después de un partido de baloncesto o de un paseo, descansando suavemente en la cama, bajo las mantas, en las noches de invierno, gozando con el pan caliente y la leche fresca o haciéndole perder el respeto de sí misma, al ponerse enfermo. Pero la mayoría de las veces le había servido bien, sin exigir gran cosa.
Ahora no hacía más que exigirle, que exigirle de modo ineludible.
Las caricias de Hargis habían despertado su cuerpo, haciéndole desear sus derechos, sus posibilidades de placer. Ann yacía insomne por la noche, después de recibir con irritación más que normal, las «buenas noches» de Eula, pegajosas como la miel, suaves como el cold cream. Le dolían los riñones y el pecho, y en medio de su desfallecimiento le cruzaban por el cerebro tentadoras imágenes de Glenn Hargis; recordaba sus grises ojos, que desafiaban su placidez; sus manos, no blandas y gordezuelas, sino con los duros nudillos marcándose bajo la piel; su pecho sólido como un barril de roble; su piel, no blanda como el polvo de talco, sino ligeramente áspera, como la corteza de la haya. Permanecía despierta en su camita de hierro, con los brazos cruzados debajo de la cabeza, las manos bajo la almohada, mirando hacia el techo y anhelando la presencia de él.
Constantemente se repetía el mismo cuento de hadas, sin palabras: Eula desaparecía de modo milagroso y ella se despertaría para ver entrar a Glenn, un Glenn que no se excusaba ni trataba de mostrarse un dominador hombre de las cavernas. Él se acercaría a la cama, se sentaría en el borde y murmuraría:
«Pase lo que pase, nos necesitamos el uno al otro… ¡estamos los dos tan solos, tan llenos de anhelos!».
El doctor Hargis podría haberla conquistado en cualquier momento del mes siguiente a la jira en el Monte Abora. Pero no dio muestras de estar enterado de ello.
Ann no iba ya a su oficina, no hablaba con él después de la clase, no se paseaba con él. En clase, él la fastidiaba con su rencor de niño pequeño, haciendo que todas las alumnas hablaran de ellos. Se burlaba del entusiasmo con que contestaba a las preguntas.
—¿Quieren hacer el favor de prestar un poco de atención, señoritas? La señorita Vickers va a compartir su exaltación con nosotros. No creo que la intuición inspirada sea el mejor método de establecer un hecho histórico, pero puedo estar equivocado.
Le reñía con dureza cuando separaba mal los infinitivos en sus temas.
Ann vio que él no tenía otra cosa que reprenderle y, desdeñosamente, siguió separando mal los infinitivos, aun cuando se había dado cuenta de lo horrible que resultaban así.
Hasta que desapareció su apasionamiento y volvió a dormir con sueño tranquilo como el de una gatita, Ann no quería dar crédito a la mezquindad de la venganza de Glenn. Si hay algo más asombroso que el ver a una persona falsear espectacularmente su propia naturaleza, es verla en todo momento consecuente con ella, sin el más ligero y humano desliz. Ann le había supuesto débil, pero original; y entonces descubrió que, en su obstinado despecho, al negarse a ser galante él se mostraba tan fuerte como una mujer venenosa que se cree ofendida.
Una vez se enfureció abiertamente con él. Hargis había estado diciendo que los siervos medievales estaban mejor que el trabajador «libre» de la época actual; y entonces ella se dio cuenta de algo que no había advertido en la primera conferencia: de que a él no le indignada realmente la inseguridad y la pobreza de los obreros, sino que, por el contrario, los despreciaba y los tenía por imbéciles naturales, dignos sólo de vivir en la esclavitud.
—¿Quiere decir, doctor Harris —protestó, mientras toda la clase asistía contentísima a aquella pelea entre los supuestos novios—, quiere decir que
no hemos progresado en absoluto hacia un Estado razonable…? ¿Que la lucha de los obreros y sus liberadores ha sido una farsa…? ¿Qué hay de Wolfex, Tone, Cromwell, Washington, Debs y Marx?
—¡Oh, claro que hemos progresado, mi querida señorita Vickers, si es que usted cree que el presidente Taft es mejor que la reina Isabel, Howard Chandler Christy mejor que Leonardo da Vinci y William Jennings Pryan un filósofo más edificante que Maquiavelo! De gústibus… Nunca me atrevería a discutir sus opiniones. ¡En mi humilde cerebro no conservo nada más que hechos!
Algunos profesores universitarios solían hablar así, empleando frasecitas hechas como el de gústibus. A lo mejor, todavía existen algunos ejemplares de esa clase.
Antes de la llegada de la primavera, Ann consiguió olvidarle fuera de las horas de clase. En el último año de estudios, como no daba clase con él y no le veía nunca más que en los tés de la facultad, dedicó toda su pasión a diversas actividades de un aspecto vagamente social.
Como había abandonado todos sus quehaceres religiosos, la YWCA, los Voluntarios Estudiantiles, los rezos en común y el decorado de la capilla, su alma, activa y extrovertida, su alma a lo Teodoro Roosevelt, exigía otras cruzadas, y Ann se entregó a ellas con toda la ilusión, la veneración, el amor por los ceremoniales familiares y la creencia de que podía proteger y cambiar el mundo, que había llevado antes a la religión.
Se entregó en cuerpo y alma al Club Socialista, que estaba en bastante mal estado; y dedicándose ella misma a buscar nuevas socias, consiguió doblar el número de sus miembros. Luego, con rasgo triunfante, regaló a la biblioteca de la Universidad un retrato de Eugene V. Debs, y la presidenta, una anciana astuta y cínica, estropeó su actitud de desafío haciendo que lo aceptaran y lo colgaron en uno de los corredores de la parte de atrás, adonde nunca iba nadie. Después de la graduación de Ann, el marco se empleó para un retrato de la reverenda Mary Wilkerbes, misionera.
Se introdujo también en la Sociedad de Debates, y en el último año siguió un curso de oratoria pública.
Su apostasía religiosa y los rumores de su intimidad con el doctor Hargis la habían enemistado con todas las idealistas damiselas que no
formaban parte del Club Socialista. Y aunque en los últimos y más sentimentales meses de su amistad con Glenn había estado segura de que la nombrarían presidenta de la clase, ni siquiera se había presentado su candidatura. En la Sociedad de Debates se la recibió con una frialdad que la asustó un poco; Ann, que había sido directora de una clase, sentía ahora el mismo temor que la muchachita que una vez se quedara mirando desde lejos farolillos japoneses el día de la fiesta de Mildred Evans.
Pero cuando se probó a las oradoras para ver quién iba a constituir el cuadro de debates, Ann sobresalió enseguida.
Siempre había sido una oradora ardiente, convencida de que tenía algo importante que decir; había sido siempre lo suficientemente crédula para gozar de los aplausos y enardecerse con ellos. Unas cuantas lecciones de oratoria pública la enseñaron a mantenerse más erguida, más tranquila y a agregar a su natural vehemencia un cúmulo de gestos imbéciles que —sin razón aparente, a no ser que fueran directamente heredados de una madura y útil brujería— enloquecían al auditorio. Aquella ciencia nueva, unida a su natural disposición, la convirtió en una magnífica polemista, y la Sociedad la eligió directora del cuadro que, como una gran aventura, fue al Norte a debatir con el famoso e invencible cuadro de la Universidad Femenina del Southern New Hampshire, acerca del tema: «Resolver si la Iglesia es más importante que la Escuela». Ann, que creía que la Escuela era lo más importante, estaba encargada de defender lo contrario. ¡Un verdadero viaje de piratas, con dos muchachas espléndidas y sin que nadie las acompañara!
¡Fueron a despedirlas hasta doce personas y les regalaron flores, una caja de un kilo de bombones Park y Tilford y un ejemplar del Life! ¡En el tren había hombres desconocidos que las miraban interesados, haciéndolas reír en común deleite! ¡Y la dulce seriedad con que planearon la estrategia del debate! Luego, nuevas ciudades, el aire fresco de las tierras altas, la emoción de la llegada y en la estación, para darles la bienvenida, un grupo, aún mayor que el que las había despedido, compuesto de dieciséis chicas maravillosas, de la UFENH. ¡Dos lujosos dormitorios con baño privado, en el edificio de la fraternidad! ¡Y un auditorio enorme de doscientas estudiantes, pero todas generosas y amables!
Después que las otras muchachas hubieron expuesto en lindas frases sus discursitos en favor de la Iglesia o de la Escuela, como niñitas bien educadas en una clase de alocución («¿no creéis, mis queridas amigas, que la verdadera cuestión es que la iglesia y nuestro pueblo, a pesar de lo querido que es para nuestro corazón y nuestra mente, no es más sagrada que el recuerdo de la abnegada maestra de nuestra escuela?»), después de aquellas frases rosas y violetas del pensamiento, Ann se desató y, olvidándose por completo de que era una señorita, pregonó con acento tonante, un acento que estuvo a punto de convencerla a ella misma, las glorias de la Iglesia, inspiradora de las Cruzadas, arquitecto de los edificios más maravillosos del mundo, profeta que había enseñado a las escuelas la base moral indispensable en toda enseñanza, fundadora de nuestro perfecto gobierno democrático. Y que había abierto los ojos a los paganos que se inclinaban ante ídolos de piedra y madera.
—¡La Escuela, sí, es como nuestra hermana mayor, bondadosa y leal, pero la Iglesia es nuestra madre, la que nos dio la vida y todo lo que tenemos en el mundo! Perdonadme, ¡oh!, perdonadme si me olvido del decoro propio de todo debate; perdonadme si hablo con demasiado acaloramiento, pero ¿quién puede mostrarse tranquilo y decoroso cuando la gente analiza, cuando critica, cuando se burla de nuestra propia y santa madre?
Los aplausos estallaron como truenos, el invencible cuadro de las UFENH fue vencido y Ann fue invitada de honor en la casa de la fraternidad, donde se les ofreció un espléndido banquete a base de café, emparedados de lechuga y tomate, y huevos con salsa picante. Y a la semana siguiente, el retrato de Ann apareció en la primera página del Weekly Point Royalist, y la invitaron a que pronunciara discursos en la Sociedad pro sufragio femenino de Torrington y en la Sociedad de jóvenes de la Iglesia de los primeros discípulos de Amenia.
Pero su animosa defensa de la Iglesia le trajo algunas complicaciones.
Las directoras de la YWCA se lanzaron sobre ella, como gatitas sobre una pelota de tenis, y le preguntaron por qué no volvía a la YW teniendo tal cariño por la Iglesia. Cuando ella rehusó, con voz ligeramente débil, la señorita Meulah Stoleweather, consejera universitaria de la YW, protestó:
—Después de todo, Ann, tú estás realmente con nosotras. ¡Te aseguro, querida, que te conozco mejor de lo que te conoces tú! ¡En el fondo eres una verdadera cristiana… más cristiana de lo que tú crees! ¿No te oí decir al despedirte, «que Dios os bendiga»? ¿Ves cómo te conozco? ¡Ya volverás a nosotras!
Y Ann recobró así su respetabilidad. Pero no estaba contenta. Las noches en que deseaba con toda su alma verse estrechada por unos brazos masculinos, habían despertado en ella algo que ahora no podía contentarse con comités y palabras untuosas. Estaba furiosa porque no la habían elegido presidenta de la clase… «aunque, como es natural, ella no quería un puesto tan molesto como el de presidenta. Pero era el principio lo que le interesaba.
Estaba bien. ¡Ya verían lo que era bueno! ¡Cuándo saliera de la Universidad se convertiría en algo más grande, más popular y memorable que una simple y estúpida presidenta de clase!».
Su último año transcurrió en una furia de popularidad, en una vorágine política, y en él Ann reconquistó todo lo que había perdido por su apostasía y por el rumor de que el doctor Hargis la había dejado plantada. Su habitación —una habitación para ella sola, sin que la perfumara aquel año,
¡gracias a Dios!, la presencia de ninguna Eula Towers— se convirtió en el punto de cita de todas las polemistas, las economistas, las futuras trabajadoras de las settlement houses[8] y otras intelectuales de Point Royal, quienes, al apurar sus limonadas calientes, solucionaban las cuestiones del sufragio, la paz mundial y el problema de los salarios.
Visitaba a muchachas que le eran antipáticas. En el recinto universitario se mostraba blandamente amable con muchachos cuyos nombres apenas recordaba. Trabajaba especialmente para la Sociedad de Debates. Y un día destrozó a toda la Universidad con la asombrosa proposición de que debían proponer un debate a las estudiantes de Vassar, quienes consideraban a Point Royal en la misma categoría que las escuelas agrícolas, las academias católicas y los institutos para aprender a embalsamar. La discusión se efectuó dos años más tarde, pero Ann no estaba ya en la Universidad.
Sólo Dios sabe el efecto, bueno o malo, que aquel último año de dictadura ejerció sobre las posteriores empresas políticas de Ann. No he pretendido ni por un momento que la pequeña Ann de Waubanakee no
estuviera a esas alturas algo manchada, pero la joven atropellada y aturdida a que había cedido el paso obtenía cada vez nuevos poderes y tal vez habría llegado a convertirse en una mujer cínica y pomposa, a no ser por su incidente con la grotesca Pearl McKaig.
Pearl era la mejor estudiante de la clase, después de Ann. Era una chiquilla delgada, menudita, pedante, con unas cejas unidas; una criatura malhumorada, agria y precoz, dos o tres años menor que las demás estudiantes de su curso. Se lanzaba sobre la ciencia con la misma avidez con que el borracho apura un whisky gratis, y sus compañeras se reían de ella, la mimaban y la odiaban por su cándida franqueza.
Había intentado formar parte del cuadro de debates y había fracasado —
uno de sus pocos fracasos, ya que nunca se había dedicado al deporte—.
Los discursos que había pronunciado en las pruebas eran tan estadísticos como un termómetro y tan secos como la harina. Pero seguía frecuentando la asociación, y sus pálidos ojos miraban con adoración a Ann cuando ésta hacía juegos malabares con las palabras; ingresó en el Club Socialista y asentía extasiada a las frases de Ann, al oírle decir que todas ellas pertenecían a la casta superior y más culta y que su deber era ayudar a las obreras menos afortunadas que ellas. Y cuando Ann, al pasar junto a ella, la saludaba con amable ademán, Pearl se ruborizaba de contento.
Y no obstante fue esa misma Pearl McKaig la que entró en la habitación de Ann en el momento en que ésta se disponía a salir para asistir a una reunión vernal de la Sociedad pro plantación de árboles en la Universidad, donde Ann iba a pronunciar unas breves palabras, se dejó caer en el sillón Morris, se la quedó mirando hasta que a Ann le entraron ganas de chillar, y luego se tocó la insignificante barbilla y exclamó:
—Ann…, ahora hablas con mucha más facilidad que la primera vez que te oí hablar en la YW, hace dos años.
—¿Sí?
—Con mucha mayor elocuencia. Ahora sabes muy bien cómo impresionar al auditorio.
—¡Oh, es que…!
—Y te interesan muchas más cosas. Ya no eres una muchachita pueblerina. Pero yo, en cambio, creo que lo sigo siendo.
—Bueno, claro está…
—Podrías ser una gran mujer…, una mujer famosa en toda la nación.
—¡Oh, no digas tonterías, querida!
—Entonces, Ann… ¿por qué te has vendido? ¿Por qué quieres ser popular aun entre las chicas más estúpidas de la Universidad?
—Bueno, la verdad…
—¡Tienes que escucharme, porque te quiero! Y porque soy la única que se atreve a decirte estas cosas…, ¡quizá la única que se da cuenta de ellas!
Cuando renunciaste a tu puesto en la YW, yo estaba presente y te admiré, oh, de todo corazón. Me salí también entonces… aunque no se lo dije a nadie y me limité a dejar de ir. ¡Y me figuro que, como se trataba de mí, nadie se fijó en ello! Estuviste magnífica. Y ahora sales con las directoras de la YW, les gastas bromas, les das palmaditas en la espalda y les haces pensar que, en tu interior, te arrepientes de haberte salido, aunque no puedes volver por hacer honor a tu palabra. Y te estás volviendo pomposa. Sí, es verdad. Te pareces al reverendo doctor Stemoe, que llama a todo el mundo
«hermana» y mentalmente da palmaditas a la espalda. ¡Eres pomposa! ¡Y
afable! ¡Eres toda amabilidad con los hombres, y más aún con las mujeres!
¡Suave! ¡Intrigante! ¡Dominadora! ¡Ingeniosa! ¡Y tan chistosa, cuando interiormente estás de un mal humor de todos los diablos! ¡Inteligente y viva! ¡Y falsa! ¡Oh, Ann, no te vendas! Y no creas que eres tan importante… eres demasiado importante para tapiar tu corazón, pensando en eso. Y ahora sé que no volverás a hablarme más… Pero, de todos modos,
¡si supieras cuánto te quiero!
Y Pearl huyó de la habitación, gimiendo.
Ann Vickers no acudió a la reunión ni pronunció unas pocas y bien elegidas palabras. Permaneció sentada en medio de la oscuridad, con el corazón oprimido.
«Es verdad —se decía—. Ahora necesito de nuevo mi religión, para rezar pidiendo humildad. Probablemente no la conseguiré nunca, porque, probablemente, nunca la tuve. Pero después de esto… Si al menos pudiera
“matar! a esa chicuela con su frente enorme y su pedante rectitud, por haberme hecho dudar de mí misma; de todos modos, después de esto quizá
sea menos claramente ofensiva. ¡Humildad! Bienaventurados los pobres de espíritu, porque…”»,
Pero hasta su graduación, y aun después de ella, permaneció extrañamente silenciosa; rehusó un puesto de auxiliar de Ciencias Económicas en la escuela veraniega de Bryn Mawr, y fue a trabajar en una fábrica de lanas de Fall River, donde vio que las mujeres educadas sabían menos acerca de la vida, del amor, de la maternidad, del cansancio, del hambre, de las asociaciones obreras y del medio de ocultar ladrillos para romper ventanas durante las huelgas, que las mestizas que trabajaban en ella.
Y de ese modo aprendió a ser humilde, a tener la humildad suficiente para abrirse camino en un mundo que por igual la alababa y despreciaba.
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