Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 11 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo X

EN LOS diez años que siguieron al de su graduación, en 1912, Ann tuvo una extraña variedad de empleos. Durante un año hizo estudios de enfermera en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, como una base para sus trabajos sociales, que, inevitablemente, el día en que las mujeres votaran, habían de conducirla a la política. Sus amigos le decían que debía ingresar en una escuela graduada o en una escuela para trabajadores sociales, leer libros y escuchar conferencias acerca de los necesitados; pero ella prefirió aprender con los ojos, las manos y las narices, desde luego con las narices, algo acerca de los doloridos cuerpos de las personas con quienes tendría que entendérselas.

Como la campaña pro sufragio femenino se hallaba en todo su apogeo, Ann se convirtió en una de las organizadoras del Comité Central de Nueva York, y desde allí la enviaron a cierta ciudad de Ohio, a la que llamaremos Clateburn para disfrazarla. Ann era la mejor de aquella tripulación de jóvenes piratas y, ¡vaya si eran piratas! Unos años antes de que se organizara el agresivo Partido Nacional Femenino, con sus bulliciosas revueltas y sus constantes invasiones de las sagradas oficinas de los senadores, había en varias ciudades americanas grupos de diablesas jóvenes encargadas de amargarles la vida a los diputados que durante muchos años habían gozado de sus cómodos asientos, desde los que decían que las mujeres eran las salvadoras y las creadoras de la raza, las preservadoras de la cultura y la buena educación, y las inspiradoras de todo lo que el hombre tenía de noble, pero que su delicada frescura —aunque estuviera a prueba de las pilas de lavar, de los pañales y de cuidar a los pollos—, desaparecería en la horrible sordidez de una mesa electoral; que, desde luego, las mujeres

debían votar «algún día», pero aún no. El «algún día» de los diputados tenía, por lo visto, la misma fecha que el «algún día» en que Gran Bretaña llegaría a la conclusión de que la India era capaz de gobernarse por sí sola

—y Norteamérica pensaría lo mismo de las Filipinas—; el día en que los patronos darían gozosos a los obreros no asociados el mismo salario que a los miembros de algún sindicato, en que los matrimonios dejarían de pelearse, en que desaparecerían la prostitución y el amor por las bebidas fuertes, en que los profesores tendrían el mismo conocimiento de la vida que el conductor de un camión, en que los perros nacerían limpios y los gatos jugarían tiernamente con los ratones.

El local central de las sufragistas de Clateburn se hallaba en una antigua residencia, construida hacia 1880, conocida por el nombre de Fanning Mansión. Era una casa grande y espantosa revocada con yeso castaño cruzado de líneas blancas, que servían no tanto para imitar la piedra como para simbolizarla. El adusto pórtico tenía unas columnas de estilo jónico de madera recubierta con pintura sobre la que se había pulverizado arena, de modo que parecían de color de lija castaño, y que maltrataban grandemente las yemas de los dedos de los muchachos de la Western Union, cuando aguardaban en la puerta para entregar un mensaje, porque las sufragistas, en sus momentos desocupados, solían enviarse las unas a las otras agitados telegramas. El tejado era plano y tenía una comisa de cinc prensado.

La Fanning Mansión parecía un viejo hospital, pero era aún menos acogedora.

Las inmensas salas de alto techo, donde la voz sonaba a hueco, estaban llenas de escritorios y mesas atestadas de aburridos folletos sufragistas y sobres que había que enviar. En el tercer piso había unos dormitorios de techo abuhardillado, que en otra época habían pertenecido a los criados de los Fanning y que ahora estaban ocupados por cuatro sufragistas, entre las que se contaba Ann.

La emperatriz y jefe supremo del local central de Clateburn, ya fuera por las grandes sumas con que había comprado su importante papel, o por su extraordinaria energía, era la señora Ethelinda St. Vincent, una dama corpulenta y decidida, que usaba sombreros color de púrpura y tenía un pecho que parecía un saco de trigo. Eleanor Crevecoeur, una de las

empleadas del local central, decía que la señora St. Vincent había sido simplemente Ethel Peterson, hija del socio de una firma de plomeros, hasta que se casó con St. Vincent, quien, aunque fabricaba cuerdas, era un aristócrata, lo que quería decir que había estudiado en una universidad del Este, que su familia vivía en Clateburn desde hacía dos generaciones y media y que la fábrica de cuerdas no había sido fundada por él, sino por su padre.

La señora St. Vincent tenía la costumbre de pasarse por el local central después del teatro —ella lo llamaba «después del teatro», aunque la maliciosa Eleanor suponía que lo que quería decir era «después del cine»—, y si a las once de la noche encontraba a las muchachas charlando y sin hacer nada les gritaba:

—Señoritas, ¿creen que el sufragio no es más que un empleo, como trabajar en una oficina, y que deben estar pendientes del reloj?

Pero nunca hubo quien le pegara, porque las sufragistas habían leído el Evangelio de San Lucas, capítulo cuarto, versículo 37: «Perdona y serás perdonado».

La señora St. Vincent había recibido en su casa de estilo georgiano, situada en St. Botolph Avenue, a las más famosas oradoras sufragistas, incluso una inglesa con un auténtico título nobiliario, y la atmósfera intelectual que había creado en torno a ella le había valido el ser elegida miembro del Club Musical Fénix de Clateburn.

Pero la verdadera dueña y señora del local central era la secretaria a sueldo, la señorita Mamie Bogardus, a quien todas las sufragistas y gran parte de los habitantes de Clateburn llamaban «La Furia», y la prensa de Ohio la «Carrie del Sufragio Nacional[9]».

La señorita Bogardus era, de pies a cabeza, la personificación de la sufragista batalladora, tal y como la pintaban las caricaturas de las revistas cómicas. Era una solterona alta y desgarbada, con ojos feroces y voz aguda, alta y vibrante —¿qué habrá sido de esas hurañas amazonas de antes de la guerra de 1914?—. Era insolentemente agresiva o absolutamente temeraria, según el punto de vista del que la juzgara. Si pensaba que los concejales no se portaban como era debido, no había temor ni respeto por su dignidad de magistrados que la contuviera; acudía a sus reuniones y les reprochaba su

conducta en voz muy alta, dando números. Si veía que un hombre trataba mal a un niño, un caballo o un violín, se lo decía así sin el menor reparo. A los cincuenta años de edad era, casi seguramente, doncella; no fumaba ni bebía y solía decir con frecuencia y delante de todo el mundo que todos los hombres —desde los siete años en adelante— eran tan torpes como los perros, tan sucios como los monos, tan tiránicos como los osos y tan brutos como los conejillos de Indias. Vestía las ropas más extraordinarias de todo Ohio. Un traje sastre de marcado corte masculino y zapatos planos, usaba blusa de seda amarilla con botones escarlata —es decir, cuando no le faltaban—, turbantes de doradas telas chinas, siempre torcidos y abollados y, por lo menos, una docena de collares baratos, de cuentas de vidrio o discos de madera. Sus escasos vestidos de noche o fiesta eran de crepe de Chine, de un violento carmesí o un pálido lavándula, siempre deslucidos, y las faldas le colgaban desigualmente y le hacían arrugas en las caderas.

Todo el mundo se preguntaba dónde conseguiría aquellos vestidos, ya que ninguna modista era capaz de hacerlos así, y dado que la señorita Bogardus era tan torpe como un minero cuando tomaba una aguja entre sus dedos grandes y con manchas de hígado.

Trataba con aspereza a las sufragistas jóvenes. Las reñía mucho más que la voluptuosa señorita Ethelinda St. Vincent, y además, como estaba casi todo el tiempo con ellas, tenía más ocasiones de reñirlas. A las siete de la mañana las hacía salir de la cama y las reñía cuando se iban a acostar, medio muertas de sueño, a las doce de la noche. Recibía con gesto adusto a los escasos jóvenes que iban a visitarlas, y con una voz tan suave como el amoníaco les preguntaba si fumaban. Se quejaba si las muchachas se vestían con decencia, diciendo que aquel dinero debía ir a parar a la Causa, y se quejaba aún más si no iban exquisitamente limpias y arregladas, porque eso podía «producir mala impresión». Según ella, todo lo que hicieran o dejaran de hacer «producía mala impresión».

Cuando Ann Vickers llegó a Clateburn, le horrorizó de tal modo aquella belicosa furia, que estuvo a punto de dejar el empleo.

Y, al cabo de quince días, comprendió que la señorita Mamie Bogardus era la más valiente, la más honrada, la más bondadosa y la más melancólica de las mujeres que había conocido. Si era agresiva, era porque estaba

convencida de que la mayoría de los hombres y de las mujeres se dejan tratar mal por cobardía o pereza; si iba sucia y desaliñada, era porque estaba entregada en cuerpo y alma a su trabajo. Aunque hacía trabajar sin piedad a sus ayudantes, era la primera en defenderlas, como Ann descubrió al oírla responder con aspereza aun a la rica e influyente señora St. Vincent.

—¡Deje de molestar a mis chicas; bastante las molesto yo!

Y cuando alguna de ellas estaba realmente enferma, la señorita Bogardus era la que la hacía quedarse en cama y le subía una taza de caldo, aunque no estuviera especialmente bien preparada.

El público, la prensa y hasta algunas de las simpatizantes del sufragio, y todos los hombres que discutían llenos de húmeda sabiduría frente a las puertas de los bares, decían que la señorita Bogardus era sufragista porque no había podido cazar a un hombre; que algo quería, pero que ese algo no era el voto.

Ann sospechaba que aquello era verdad, como también lo era que la señorita Bogardus no se había dado cuenta de ello y, por lo tanto, no podía sufrir por el hecho de que no hubiera podido hallar un hombre lo suficientemente listo para comprender su lealtad, su profunda honradez y una pasión demasiado tempestuosa para adornarse de rosadas delicadezas.

Y Ann comprendió también que si la señorita Bogardus estuviera casada y fuera madre de diez robustos hijos, sería igualmente una luchadora, padecería igualmente hambre y sed de justicia.

Ann recordaba bien la historia americana —un tema poco popular en la prensa de Clateburn, excepto cuando se trataba de los ases del béisbol, de Jorge Washington o del desarrollo de la industria del automóvil—, y veía en la señorita Bogardus a la abuela pionera, con un niño en un brazo y en el otro el rifle para defenderse de los indios.

Además de la señorita Bogardus y de Ann, había en la Fanning Mansión otras dos empleadas más: Eleanor Crevecoeur y Patricia Bramble.

Las dos eran para Ann románticas y cariñosas compañeras de armas.

Para describir a Pat Bramble en cualquiera de sus aspectos, habría de sacar la palabra «primorosa» del desván a que la ha relegado la falta de uso.

Primorosa, sí, como salida de las páginas de una novela victoriana. Igual que Little Nell, que la señorita Nickleby y que la Rosa de Harry Maylie, con la diferencia de que tenía el vocabulario de un cargador de muelle, el desenfado de un sacerdote elegante, la jovialidad de un soldado irlandés al pelear con los policías, al menos durante las revueltas sufragistas, y la honradez de Mamie Bogardus. Pero era pequeña y lo suficientemente esbelta para alegrar hasta unos ojos tan exigentes como los de Dickens; tenía el cabello dorado y las mejillas como pétalos de rosa y en privado fumaba cigarrillos de rosadas puntas, mientras que Eleanor lo hacía en una pequeña pipa.

Eleanor Crevecoeur era el misterio de la Fanning Mansión. Ann Vickers resultaba complicada solamente cuando el ambiente en que vivía chocaba con sus deseos de franqueza, eficiencia, bondad y libertad sexual; la señorita Bogardus era tan vulgar como cualquier mujer de la frontera; Pat Bramble tenía un fondo de sólida vulgaridad bajo su aire delicado; pero Eleanor Crevecoeur tuvo siempre una doble personalidad, que se dividía no solamente en dos fracciones reconocibles, sino a veces en tres, en cuatro y hasta en una docena.

Tenía veintiocho años. Ann veintitrés y Pat diecinueve. Era alta y delgada como un cuchillo; tenía las piernas delgadas, los pies estrechos y afilados, manos delgadas y venosas al extremo de unos brazos tan frágiles que parecía que el viento iba a quebrarlos, y una cara morena y animada, con una nariz larga y corva. Pero no tenía nada de fea; había en ella demasiado fuego, demasiada voluntad; los hombres la rodeaban y reían en cuanto Eleanor se dignaba sonreírles una vez.

El mayor de los misterios que la envolvían, era el de su origen. Podía imitar a Pat Bramble en sus blasfemias y su sana ordinariez, pero en ella ambas cosas nunca parecían del todo naturales. En los círculos sufragistas de Clateburn se decía que Eleanor procedía de una noble familia francesa; que había habido un marqués de Crevecoeur que se había casado con una muchacha bella y salvaje, hija de una princesa india y un general inglés.

Ni Ann ni Pat sabían si aquello era o no verdad. Lo único que sabían de la infancia de Eleanor era que procedía del Canadá y que durante algún tiempo se había educado en un convento de monjas. Sospechaban que la

leyenda de su nobleza tenía su origen en el hecho de que, en una ciudad como Clateburn, compuesta de Smiths, Browns y Robinsons, de Müllers, Schwartzes y Hauptschnagels, de Jones, Lewis y Thompsons, y de Cohens, Levys y Ginsbergs, el nombre de Crevecoeur resultaba aristocrático. Ann lo miró en el diccionario, y con aire de importancia anunció a Pat que significaba realmente, «despecho, dolor del corazón», y que con seguridad era algo muy romántico. Pero Pat lo miró en un diccionario mayor y le anunció groseramente a Ann que crevecoeur, significaba también «una variedad francesa de ave doméstica, con alto copete y una cresta que forma dos cuernos…».

Había otra muchacha que, aunque no vivía en la Fanning Mansión, pasaba con ellas casi todas las veladas. Era Maggie O’Mara, organizadora de la Unión de Camareras y Lavadoras de platos, profesión que ella misma tenía. Era sonrosada y de ojos brillantes, y tenía los brazos como los de una lavandera. Además, era una ruidosa y convincente oradora callejera y, como ella decía, naturalmente tan ordinaria como Pat y Eleanor fingían ser.

Las cuatro muchachas, Ann, Pat, Eleanor y Maggie O’Mara formaban un grupo que, por causas que más adelante se dirán, fue muy pronto conocido en todo Ohio como «el Pelotón de la bola y la cadena».

Su vida privada —aunque en realidad casi no tenían vida privada, aparte de seis o siete horas de sueño en camas frías o solitarias, un teatro una vez por semana y un baile, higiénicamente salpicado de conversaciones liberales, una vez al mes— no se veía nunca libre del picante tema de la Mujer y las mujeres; de los derechos de la mujer, y de la superioridad de la mujer con respecto al hombre, tanto en inteligencia constructiva como en resistencia física al dolor y al cansancio.

Guisaban sus comidas y se las comían en la vieja cocina de la Fanning Mansión, una caverna de piso de piedra que daba a un patio decorado con álsines, girasoles y arcaicos montones de cenizas y latas. Debían hacer la comida por turno, pero por lo general quien la hacía era Ann, ayudada por Maggie O’Mara, que iba a verlas como invitada y se quedaba como ama de

casa. Y también era ella, o ella y Maggie, la que limpiaba la pila y los caminos de linóleo del piso y la que lavaba los trapos de rejilla.

Ann silbaba mientras hacía esas cosas. Le gustaba trabajar con las manos, como le había gustado cuando hacía sus estudios de enfermera y de pequeña cuando cuidaba de su distraído padre. Y siendo casi una enfermera, era la que sabía hacer mejor las camas y, noche tras noche, volvía a rehacer el aristocrático aunque revuelto lecho de Eleanor Crevecoeur, cuya única idea acerca de tal menester era sacudir un poco las mantas y sábanas, estirar la colcha, palmear un poco el colchón, y dar por terminada su labor.

Pero en la Fanning Mansión, Ann sólo podía considerarse como un individuo en los momentos dedicados a las tareas domésticas. Fuera de aquellos momentos, no era más que un miembro de un movimiento, un soldado en un atestado cuartel, una conjunción de una frase larga y especialmente complicada.

Las otras, aun la misma Maggie O’Mara, no se ofendían, al parecer, por no ser más que simples unidades en la masa colectiva; no parecían tener ni siquiera la ambición de llegar a ser algún día jefes de aquella colectividad.

Pero Ann, que pronunciaba discursos cuando se lo pedían, que dirigía sobres cuando se lo ordenaban, que ridiculizaba a los hombres cuando era oportuno, seguía siendo aún la Ann Vickers de Waubanakee, una mujer libre de los bosques y el río, un bandido solitario que, de niña, había querido socializar el crimen, con tal que la dejaran ser a ella el dictador.

El «Pelotón de la bola y la cadena» abandonaba solamente el tema de la Mujer por las noches, cuando después de las doce, sentadas al estilo turco en el suelo o sobre las camas, mientras la señorita Bogardus dormía al otro lado del hall, hablaban del Hombre.

En 1914 y 1915, aunque la primera guerra mundial había comenzado ya, y aunque un genio anónimo había inventado ya el Sexo, la palabra no se empleaba aún de un modo popular y en grandes cantidades. Maggie y Eleanor, eso sí, hablaban con franqueza del sueño comunal, Pat empleaba las sagradas palabras como expletivos y Ann se había liberado de las reticencias de Waubanakee, pero ninguna de ellas creía que podía discutir libremente cualquiera de las conversaciones de salón de quince años después. Pero no se sabe si sus emociones privadas eran distintas de las de

1930, ya que lo único que conocemos son sus ansiosas preguntas y sus inquietos deseos de confesarse.

Pat, que se veía asediada por los escasos hombres que eran lo suficientemente atrevidos para invadir la Fanning Mansión con motivos sociales, era tan frígida como un capullo de rosa, o al menos así lo sospechaba Aun. Maggie O’Mara se echaba a reír cuando hablaban de aquello y decía:

—Sois como niñas a pesar de toda vuestra educación. ¿Qué sabéis de amor?

Eleanor exclamaba:

—¡Me aburrís las dos! ¡Sexo! Ninguna sabéis ni una palabra acerca de eso. Para vosotras no significa nada. ¡Las sufragistas odiamos a los hombres! ¡Desde luego! ¡Y os apuesto cualquier cosa a que era como yo, de joven! Oh, las jovencitas como es debido no se enamoran apasionadamente de los hombres. ¡Ni mucho menos! No debemos hacer experimentos; debemos cruzar nuestras blancas manos y aguardar a que aparezca un hombre y nos guiñe el ojo. ¡Diablos! Bueno, Ann ¿cuál es tu confesión? ¿Es vulgar como la de Maggie, inhumana como la de Pat o loca y absurda como la mía?

—¡No… lo… sé! ¡De veras que no lo sé! —balbució Ann.

Desde el episodio de Glenn Hargis, había deseado con toda el alma huir de cualquier manía que oscureciera sus claros y alegres ojos. Y por eso, cuando acudían hombres a la Fanning Mansión, para beber té frío y tomar bizcochos de la panadería, o por las noches para ayudar a llenar sobres o conferenciar acerca del modo de reunir fondos —hombres dignos de encomio, borrosos hombres de negocios arrastrados por esposas feministas, clérigos liberales y por lo general solteros, profesores, muy viejos o muy jóvenes, de la Universidad de Clateburn y políticos oportunistas que pensaban en el probable porvenir de aquellos votos femeninos—, las que los recibían y a veces bailaban con ellos a los acordes de un fonógrafo, eran Pat y Maggie y las estudiantes que las ayudaban en sus ratos libres, mientras que Ann y Eleanor desaparecían o permanecían sentadas en un rincón.

«Algún día, un hombre el que a mí me gustaría besar, como Adolfo, va a querer besarme a mí, como Glenn Hargis, y entonces me olvidaré de todas las estadísticas sobre los salarios de las obreras y le besaré con tanto ardor que el mundo desaparecerá en cenizas. ¿O seré también un témpano, como Pat?», se decía Ann, preocupada.

Trabajaban duramente, como los marineros durante una tempestad, como los estudiantes en época de exámenes. Se miraban entre sí y sonreían, cuando las desaliñadas amas de casa les decían:

—¡Si se casaran, como yo, y tuvieran que lavar, cocinar y cuidar de los hijos, si tuvieran que «trabajar» como yo, no tendrían tiempo de pensar en si debíamos votar o no!

Las enviaban a que pronunciaran discursos en clubs femeninos, clubs masculinos de las iglesias, el WCTU o el DAR y a incesantes reuniones sufragistas, en salas estrechas, donde se resfriaban fácilmente por falta de ventilación. Solas, o al mando de escuadrones volantes de trabajadoras aficionadas, por lo general muchachitas elegantes que coqueteaban y reían y no aumentaban gran cosa la dignidad de la causa, hacían campañas para reunir fondos o procurarse ayuda de los políticos. Visitaban hermosas casas particulares, pisitos pobres, lavaderos chinos, elevadores de granos y despachos de bolsistas millonarios en los que, algunas veces, se encontraban con empleadillos de aspecto débil, que les sonreían y decían con voz dulzona:

—¡Vamos, dennos un beso y verán cómo se les quitan las ganas de votar!

Y a veces encontraban a un esposo analfabeto —¡extrañas palabras!—, el cual reconocía que a él le parecía muy bien el que las mujeres votaran, pero que estaba en contra del «sufragio» que él identificaba con los tés de la Fanning Mansión que interrumpían el trabajo de su mujer, y una vez —

¡cosa aún más rara!—, una esposa persiguió a Ann con una escoba cuando ésta pidió permiso para hablar con su esposo.

¡Márchese de aquí! ¡Las conozco muy bien a todas las de su clase! No va a quitarme a mi esposo con todos sus arrumacos y… ¡Todas son unas

cualquiera! ¡Márchese!

De las cuatro muchachas y la señorita Bogardus, Ann era quien por lo general escribía las notas publicitarias que enviaban constantemente a los periódicos: notas acerca del extraordinario éxito que había tenido la reunión de Old’ Fellows Hall, acerca de la simpatía con que la había tratado el senador Juggins, de la llegada a Clateburn del famoso reverendo doctor Ira Weatherbee quién había «aceptado la invitación» —hecha revólver en mano

—, para dirigirse a las damas de la Iglesia Cristiana de Sycamore Avenue.

Eleanor Crevecoeur escribía una prosa más lúcida y atractiva que la de Ann, pero, probablemente por ese motivo, no podía escribir las notas para la publicidad con la ligereza y la falsa alegría propia de tal arte. A lo mejor, sus años de la Sociedad de Debates le habían dado a Ann la debida facundia. El caso es que se convirtió en una eficaz y popular propagandista y que, más adelante, prestó servicios a varias causas por medio de su pluma, escribiendo para los diarios dominicales artículos llenos de estadísticas, elegidas con piadosa discriminación. Escribía con pasión acerca de los males del mundo, pero nunca pudo comprobar por qué un adjetivo era más indicado que otro; y, años más tarde, ya en Nueva York, se sentía herida y hasta algo melancólica, cuando sus amigos periodistas le decían que era una mujer encantadora, pero que sus artículos eran atroces.

Ann, Pat y Eleanor eran enviadas con frecuencia, y solas, a los pueblos vecinos, para ayudar a organizar las asociaciones sufragistas; las enviaban a ciudades pequeñas, desconfiadas y masculinas, donde el lugar de la mujer seguía siendo el hogar, lo que quería decir la cocina y el cuarto de los niños.

En ellas eran recibidas por agrias matronas que refunfuñaban.

—¡Bueno, bueno! ¡Me extraña mucho que el local central nos envíe una muchacha como usted, después de lo que hemos trabajado!

Con la ayuda de dos o tres de esas valientes soldados —quienes, como en la mayoría de los casos, eran las chifladas, las Mamie Bogardus y el horror del pueblo entero, podían ayudar muy poco— alquilaban el carro de un almacén, o un desvencijado automóvil, y pronunciaban discursos en las esquinas, mientras el auditorio se iba reuniendo lentamente, entre silbidos,

maullidos y chasquidos de labios, como si les enviaran besos. Y por la noche dormían en fúnebres camas de nogal negro, en los mal ventilados

«cuartos de invitados» de las Casandras locales. Por la mañana se desayunaban con tocino rancio y achicoria. Y, por la noche, cuando volvían en el tren local a la Fanning Mansión, con frecuencia en el acre salón fumador, volvían descorazonadas y vencidas y eran recibidas por la furiosa señorita Bogardus, que les gritaba:

—¿Qué hacen ahí sentadas? ¡Estamos muy retrasadas y hay que escribir muchos sobres!

A llenar, pues, los sobres hasta medianoche y, al día siguiente a partir de nuevo a un viaje por tierras hostiles y extrañas. Si en aquellos días Ann hubiera tenido tiempo de leer a Kipling, probablemente habría desgarrado el libro, al ver que daba por sentado que sólo el hombre —y aun así, sólo los británicos—, era capaz de realizar expediciones de castigo contra los nativos y hacer frente con seguridad a la multitud peluda y horrible. Pat Bramble y ella realizaban esas expediciones dos veces por semana y eso que a la vuelta no las aguardaba una comida abundante, un whisky y soda y un birlocho.

¡Sobres!

¡Sobres que llenar!

Sobres con el «NAWSA, 232, McKinley Ave., Clateburn, Ohio», impreso claramente con tinta de color azul pálido, en el extremo superior izquierdo. Sobres. Pilas de sobres. Cubriendo las mesas, junto a las guías telefónicas, las guías de la ciudad, libros de direcciones y listas de partidarios. Sobres que contenían peticiones de fondos, escritas con multicopista, peticiones que comenzaban con la frase: «Escriba a su diputado y senador», u otras que principiaban así: «Vote en las elecciones próximas a los candidatos que comprendan que las mujeres son personas»; sobres con folletines de cuatro hojas que le hacían recordar los de Waubanakee —sólo que en ellos, lo que iba a salvar y convertir en algo perfecto el mundo entero no era la Sangre del Cordero sino el voto femenino—, y sobres con gruesas tarjetitas en las que uno podía, si lo quería, meter una moneda de veinticinco centavos, cerrar el sobre humedeciendo el sello rojo, y enviarlo al local central de las sufragistas.

Ann —y con ella Pat, Eleanor y Maggie— creían que el voto era necesario para que las mujeres pudieran tomar parte en los negocios públicos y se vieran a la vez libres de la humillación de verse clasificadas ( vide cualquiera de los discursos que Ann pronunció en algún período) en la misma categoría que los niños, los idiotas y los criminales. Pero estaba cansada de llenar sobres. El sólo pensar en ellos la volvía loca. Años después de haber terminado por completo con el sufragio femenino, todavía se veía atormentada por la visión azul «NAWSA, 232 McKinley Ave., Clateburn, Ohio», y debajo de él el escudo oval de la Unión y el símbolo F16. Durante sus sueños, los sobres iban apilándose como montañas, hasta que al fin se derrumbaban, asfixiándola. Fe, esperanza y sobres eran las tres virtudes; y la mayor de todas ellas eran los sobres.

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