Cárceles de mujeres
Capítulo XXIX
BIRDIE WALLOP se hallaba en un apuro, a pesar de su habilidad para suavizar a la señora Bitlick y para divertir a la señora Kaggs. Birdie tenía lo que ella llamaba un «novio», aunque no era la única presa que tenía tal fortuna. Entre aquellas cien mujeres, separadas supuestamente de los hombres por paredes de ladrillo, barrotes de hierro y ventanas de vidrio deslustrado, el ansia de amor era más fuerte que las ganas de comer o descansar al aire libre. Ann oía a las mujeres en la hora de recreo que tenían después de la cena, cuando les consentían conversar mientras se paseaban por el patio cubierto de cenizas. Todas ellas hablaban siempre de los hombres, de lo que él había dicho, de cómo la había besado él, de lo generoso que era él en los restaurantes, de que estaban seguras de que él estaría aguardándolas a la salida de la prisión.
Y para ser aquello un retiro cerrado a los hombres, resultaba asombroso el que tantos hombres pudieran entrar en él. Los guardianes siempre estaban asomando las narices por el taller, sobre todo en aquellos días ardientes del segundo verano que Ann pasaba en la prisión, cuando, a causa del calor, las mujeres trabajaban vestidas con bastos trajes de algodón, desabrochados por delante. Los presos que trabajaban como obreros —los carpinteros, el plomero, el fotógrafo y el que tomaba las huellas dactilares— aparecían constantemente y, fuera por lo que fuera, no terminaban nunca su trabajo hasta que los guardianes los hacían salir a empujones, y durante todo el día se oían en el corredor murmullos, empujoncitos, risas ahogadas.
Pero Birdie Wallop era una de las pocas que tenía uno «fijo». Era un electricista, un excelente electricista, y un muchacho muy buen mozo, con bigote negro. Había sido también un excelente telegrafista y estaba
cumpliendo una condena de doce años por timador. Cuando Ann se lo encontraba en los corredores, él se ladeaba la grasienta gorra del uniforme, que llevaba con tanta gallardía como un casco de soldado, sonreía como si los dos compartieran un secreto y entonces el corazón de Ann latía apresuradamente.
Le habían dicho que los cables del corredor de las celdas de las mujeres estaban estropeados y él había trabajado allí todo el día; Birdie había pasado varias veces por el corredor, trayendo y llevando recados, o un café y aspirina para uno de los frecuentes y poco estéticos catarros de la señora Bitlick, y alguien le había visto hacerse guiños y dejarle notitas en los escalones de su escalera de mano.
Hasta que la señora Bitlick la pilló.
Hacía tiempo que la señora Bitlick se hallaba, afortunadamente, más allá de todo deseo sexual. Se decía que en sus tiempos había sido muy alegre, pero si era así, ahora estaba poniéndose en bien con Dios.
Bajaba por el corredor cuando vio que el electricista dejaba caer un paquetito y que Birdie lo recogía y se lo metía en el bolsillo. Echó a correr, sin hacer ruido con sus zapatos con suela de goma, agarró a Birdie de un brazo, tomó el paquete y lo abrió. Contenía dos cajitas de cigarrillos, dos librillos de fósforos y goma de mascar.
Ahora bien, la señora Bitlick se oponía virtuosa e indignadamente a que las mujeres fumaran. Y a la señora Kaggs le molestó igualmente la cosa, porque ella y Kittie Cognac tenían el monopolio de la venta de cigarrillos a las mujeres. Las dos se echaron encima de Birdie y la llevaron ante un tribunal de guerra, del que formaban parte la señora Bitlick, la señora Kaggs y dos o tres celadoras más, entre ellas Ann, aunque nadie la había invitado. La buena Kittie Cognac tomó también parte en él, como testigo.
Las celadoras se sentaron en las duras sillas del despacho de la señora Bitlick. Birdie permaneció de pie ante ellas, con sonrisa vacilante, tratando de ejercer sobre ellas su antiguo encanto. Tenía una mirada asustada.
—¡La he visto con mis propios ojos recibiendo cigarrillos! —dijo la señora Bitlick—. ¡Ahora tenemos que averiguar cómo entran en la prisión esas porquerías!
—¡Oh! —añadió la señora Kaggs.
—Y sospecho que ella es la que entra los estupefacientes.
Birdie gimió:
—Le juro que nunca…
—¡Cállate! —dijo la señora Bitlick—. Vamos a ver, Kittie, dijiste que tú sabías algo acerca de esto.
Kittie avanzó, con afectada elegancia.
—Vaya si lo sé. Birdie es la que ha hecho salir todas esas notas, ¡incluso la de esa tal Van Tuyl, donde se queja de las condiciones de la cárcel!
Encontré una en su celda.
Ann sabía que Birdie no había hecho salir todas las notas de la señora Van Tuyl, porque ella misma había hecho salir bastantes.
—Bueno, señoras, creo que hemos oído lo suficiente. ¡Esta misma tarde vuelves al taller de camisería, Birdie… y yo le diré a la señorita Peebee que se encargue de hacerte cumplir con tu labor!
—¡Oh, por favor, señora Bitlick, por favor!
Eso fue lo único que pudo decir Birdie. Las tres celadoras la arrastraron hacia el taller.
Ann oyó decir que el amable electricista estaba encerrado en una celda húmeda y oscura.
La misma tarde de la ruidosa degradación de Birdie, Ann fue a visitar al doctor Slenk a su casa particular, una majestuosa mansión cuya sala estaba adornada por una radio, un diván, un armarito para whisky y dos escenas invernales pintadas por un ex penado y donde la nieve brillaba gracias al polvo de mica.
—Doctor Slenk, ¿se ha enterado de que Birdie Wallop, nuestra mensajera, ha sido enviada de nuevo al taller de camisería?
—Sí, me han informado de ello.
—Desearía… Es una buena chica de veras. Estoy segura de que tengo alguna influencia sobre ella y creo que podría conseguir que me prometiera no distribuir más cigarrillos ni llevar notas, y me parece que cumpliría su promesa.
—En realidad, no puedo intervenir en las cosas que ordena la señora Bitlick. Tengo una confianza absoluta en ella. Y, si me permite que lo diga, no me parece muy leal que haga usted esto a espaldas suyas.
—¡Oh! ¡La lealtad! ¡Creo que también debo tener alguna lealtad con esas pobres presas! —Ann hablaba con desesperación. Era la primera vez que trataba de hablar en serio con el ligero doctor Slenk—. No he acusado nunca a una presa. No me parece justo. Pero cuando una de ellas se aprovecha de las demás… Mire, doctor Slenk; por favor, escúcheme. ¡Yo sé lo que pasa! ¡La causa de la mitad de los disgustos que tenemos aquí es esa tal Cognac! ¡Es una verdadera mala persona! Vende estupefacientes y cigarrillos, y les arregla las cosas a las pervertidas…
El pequeño veterinario se puso en pie de un salto, tiró su excelente cigarro en la chimenea eléctrica y exclamó:
—¡Basta ya! ¡Nunca hasta ahora he oído a una mujer que tuviera la poca vergüenza de mencionar esos temas! Y, mi querida jovencita —su voz tenía la odiosa amabilidad de una solterona, maestra de la escuela dominical
—, ¿cómo está tan bien enterada de todas esas cosas?
Por primera vez desde que estaba en Copperhead Gap, Ann perdió total y hermosamente el dominio de sí misma:
—¡Basta ya! ¡No crea que puede salirse con la suya con hacer esas acusaciones! ¡Me encantaría que las hiciera ante un tribunal! No voy a quedarme aquí mucho tiempo…
—¡No, no creo que deba quedarse!
—… y a lo mejor le hago un favor impidiéndole un escándalo público que los haría salir de esta prisión a usted, a la tal Bitlick y a su «capitán».
Waldo. ¡Ha ocurrido otras veces y usted lo sabe! Aquí hay beneficios ilícitos, crueldades, perversiones, toda clase de cosas horribles. Yo podría arreglar las cosas y salvarlo a usted, porque si llegan a saberse no volverá a tener otro puesto político, mi buen hombre. Sugiero que retire a Kittie Cognac y la envíe al taller, que ponga a Birdie Wallop de nuevo en su sitio y luego, que nombre trust y jefe a una mujer que es más inteligente y más honrada que nosotros dos juntos… ¡Jessie Van Tuyl! Ahora bien, ¿quiere considerar esto, o prefiere que vaya a los diarios y empiece mi campaña?
El doctor Slenk se hundió en la silla. Sus delicadas piernas, cubiertas por pantalones planchados a diario por un preso que le servía de ayuda de cámara, temblaban nerviosamente. El hombrecillo no se mostraba muy valiente cuando no le protegía algún dragón como el capitán Waldo o la señora Bitlick.
—¡Oh! ¡Eso es imposible! —gimió con voz aguda—. ¡Haré lo que pueda acerca de Birdie; haré que la señora Bitlick vuelva a ponerla en su sitio después que la haya castigado! Y le diré que no de tanta libertad a esa Cognac. ¡Pero la Van Tuyl!
Aquella tarde, a las cinco, la señora Bitlick y Ann se hallaban en el despacho. Ann estaba sumando unas cifras. La punta de su lápiz producía un ligero chirrido al recorrer las columnas de cifras, escritas sobre el papel que había en la mesa. La señora Bitlick estaba leyendo ostensiblemente el informe de la celadora de la cocina, pero no movía los ojos de un punto de él, mientras pensaba en algo que Ann adivinaba. Los pensamientos de la señora Bitlick eran casi visibles: círculos danzantes de odio, truenos y rayos, y temblorosas masas de niebla, color de estiércol.
«Van a echarme, —se dijo Ann muy contenta, mientras seguía sumando
—. ¡Veré a Lindsay, a Malvina y a Pat! ¡Daremos una fiesta en casa de Malvina!».
Durante los catorce meses que llevaba en Copperhead Gap, casi no había tenido tiempo de escribirles, pero le parecía que siempre la acompañaban, convertidos en sombras.
Las máquinas del taller de camisería, situado debajo del despacho, se detuvieron de golpe y reinó un profundo silencio. Enseguida se oyó un confuso griterío, que iba en aumento. La señora Bitlick salió corriendo, seguida de Ann. Kittie Cognac se unió a ellas en el corredor y las tres corrieron hacia la puerta del taller de camisería.
Mientras las obreras, que se disponían a salir, vacilaban, con embarazo, la señorita Peebee sacudía a Josephine Filson y gritaba:
—¡Tampoco has terminado tu tarea esta vez! ¡Haré que la celadora jefe te mande a la solitaria por diez días! —y la Filson gemía:
—¡No, no, por favor!
Filson se libertó y pegó a la señorita Peebee, brutalmente, en los ojos y en la larga nariz. La señorita Peebee la golpeó en la cara con su bastón largo y delgado, y gritó:
—¡Los guardianes! ¡Llamen a los guardianes!
La señora Bitlick oprimió el botón del timbre y, con Kittie a los talones como un belicoso setter inglés, corrió hacia la Filson.
Birdie Wallop se separó de la columna de mujeres, corrió hacia las dobles puertas, las cerró con llave, tiró ésta debajo de una máquina eléctrica de coser y gritó:
—¡Chicas! ¡Vamos! ¡Vamos a matarlas! ¡Matemos a Peebee! ¡Matemos a Bitlick!
La revuelta comenzó instantánea, confusamente. Más tarde, nadie pudo decir qué había ocurrido. Pero una masa de mujeres se echó sobre la señora Bitlick, la señorita Peebee y Kittie, y comenzó a tirarles del pelo, a desgarrarles las blusas, a darles bofetadas, obligándolas a retroceder hacia un extremo de la habitación, mientras los guardianes gritaban y golpeaban la cerrada puerta.
Ann pensó veinte cosas confusas en un segundo. Alegremente se habría unido a las que pegaban a Bitlick, Peebee y Kittie. Pero no quería ir a la cárcel; no, eso no podría soportarlo. Pero ¿no debía…?, ¿no era una cobarde? Pero ¿y su lealtad al uniforme? ¿Y aquella revuelta no era acaso lo peor que podían hacer las muchachas para solucionar sus asuntos? ¿Y
Bitlick, Peebee y Kittie no las vencían a todas ellas, y con mucho, en cuanto a valor físico? Porque las tres mujeres, con la espalda contra la pared, luchaban ferozmente, pegando a su vez, sin un gemido, sin pedir perdón, arañando, dando patadas y arañazos, digna contrincante cada una de ellas de tres de aquellas esclavas, privadas desde hacía tiempo del aire y la comida necesarios.
En medio de la confusión irrumpió una nueva figura, hablando con voz clara, tan valiente como la Bitlick; era Jessie Van Tuyl, que gritaba:
—¡Deteneos! ¡Deteneos, muchachas! ¡No sirve de nada! ¡Se vengarán más tarde! ¡Y no es justo… setenta contra tres! —Con su vigoroso cuerpo,
Van Tuyl escudaba a la agotada Peebee…, a quien odiaba más que a nadie en este mundo.
Los pensamientos de Ann desaparecieron en medio de la excitación; se mezcló en la revuelta, decidida a proteger a las revoltosas, protegiendo a las celadoras. Trató de pasar entre las presas. Tomó por el brazo a una de ellas que iba a tirar una llave inglesa.
Y la presa, una recién llegada, gritó:
—¡Aquí hay otra! ¡Matémosla!
Una penada más veterana —una gruesa mujer montañesa, tan robusta como el capitán Waldo, una ladrona verdaderamente célebre de cerdos, pavos y carros de granjas— le contestó:
—¡No! ¡Es la señorita Vickets! ¡Es buena! —y, metiéndose a Ann debajo del brazo, la Boadicea montañesa la apartó de allí como si fuera un cerdo, la aplastó contra la pared, lejos de la revuelta, la sujetó con una mano, mientras con la otra trataba de tirar husos de hierro a las celadoras, por encima de las cabezas de las penadas.
—¡Haga que paren! ¡Haga que paren! —le rogó Ann—. ¡Van a castigarlas de un modo terrible!
—Sí, eso creo. Pero, de todos modos, como también las castigarán ahora, más vale que antes se diviertan un poco. Creo que quieren matar a la señora Bitlick —rumió Boadicea.
«No le falta del todo razón», se dijo Ann.
La puerta cedió a los golpes, y el capitán Waldo, seguido de media docena de guardianes con rifles, porras y palos, entró en el taller y enseguida empezaron su tarea, algo espantoso y sistemático. Aplastaban las narices. Rajaban los cráneos, mezclando el cabello con la sangre. Las presas escupían sangre. Se rompían muñecas y se ennegrecían ojos. Algunas mujeres se retorcían en el suelo.
El capitán Waldo se encargó personalmente de la enorme mujerona que sujetaba a Ann, dándole un terrible puñetazo en la mandíbula, rompiéndola y haciéndole perder dos dientes.
—¡Esos dos dientes no le van a doler más! —gritaba alegremente, cuando contaba luego lo ocurrido.
Era un veredicto difícil, hasta para un político como el doctor Slenk.
Podía, y así lo hizo, quitar por un mes la hora diaria de recreo y conversación a las setenta mujeres que trabajaban en el taller; verdad es que las revoltosas sólo habían sido unas treinta, y que el resto habían permanecido atrás, acobardadas. Pero, en justicia, como explicó el doctor Slenk a las celadoras y al capitán Waldo, debían reducir sus raciones a pan y agua durante un mes y enviar al calabozo a la mitad de las revoltosas. ¡En realidad, dijo con un dejo de su antigua y ligera jovialidad, no importaba mucho qué mitad iba! Pero en el calabozo sólo había cuatro celdas, y en cuanto a la comida, si las penadas ayunaban como realmente se merecían, no tendrían la fuerza suficiente para realizar sus tareas en el taller de camisería, y ¿no debían los oficiales hacer un favor a los buenos contratistas que pagaban al Estado cuarenta y cinco centavos diarios por obrero? Pero lo que no dijo entonces, ni en ninguna otra ocasión, fue lo que pagaban los buenos contratistas al doctor Addington Slenk.
—Está bien, más si yo fuera el jefe de la prisión, las dejaría que se murieran de hambre y las obligaría de todos modos a terminar su tarea.
¿Recuerda lo que dicen los policías de Nueva York?: «Hay una gran cantidad de leyes en la punta de una porra». ¡Pues bien, las holgazanas se animan mucho cuando se encuentran ante una tira de cuero mojado! —rió el capitán Waldo.
Ann experimentó entonces una terrible admiración por la señora Bitlick.
Estaba algo asustada y había pedido que se estacionara un guardián cerca de la puerta del taller. Pero tuvo el valor suficiente para convenir con el capitán Waldo en que lo mejor era dejar que las mujeres se murieran de hambre durante un mes.
El doctor Slenk se opuso a ello, aunque excusándose. ¡Conocía a los contratistas mejor que ellos! Y él era el encargado de disminuir delante de los periodistas la importancia de la revuelta. Los castigos severos aumentarían esa importancia. No. Se limitarían a quitarles el recreo diario durante un mes, a alimentarlas con pan y agua dos días, a azotar a seis de las mujeres y a encerrar a cuatro durante quince días en las celdas oscuras.
Las cuatro elegidas fueron Birdie Wallop, Josephine Filson, una contrabandista de licores de Pearlsburg y la ladrona de cerdos que había protegido a Ann.
Ann gritó:
—¡No pueden hacerle eso a la señorita Filson! ¡La matarán! ¡No es una mujer fuerte! ¡Y Birdie no es mala…; no es nada más que una chiquilla revoltosa!
Todos se volvieron hacia ella, como autómatas en una exhibición de figuras de cera.
El doctor Slenk se sentía valiente, ahora que tenía a su lado al capitán Waldo y a la señora Bitlick.
—¡Señorita Vickers! ¡Estaba esperando y deseando que usted abriera la boca! ¡En realidad, es un asunto grave el decidir qué responsabilidad la cabe en este villano e inexcusable ataque…, a usted y a esa tal Van Tuyl!
¡Creo que ya hemos soportado bastante su cultura de Boston y su sociología! He estado reflexionando si no ha llegado ya el momento de llevarla a un tribunal, acusándola de fomentar el desorden. ¿O prefiere dimitir ahora mismo?
—¡No! ¡No puede llevarme a un tribunal! —Ann se sintió súbitamente animada por el odio—. ¡Me encantaría que lo hiciera! ¡Ya me encargaría yo de que en el tribunal hubiera muchos periodistas, no solamente los representantes de la prensa local!
—Si piensa por un minuto que les tenemos miedo a los diarios… —dijo el verdadero amo de la cárcel, el capitán Waldo—. ¡Pero ya hablaremos de eso más tarde! Una cosa más, doctor. ¿No podemos dar con un medio de meter en el calabozo a esa Van Tuyl, perdónenme, señoras, se me escapó, en vez de la contrabandista? La contrabandista no es mala chica…; simplemente, un poco ruda. ¡Pero no predica el amor libre, el anarquismo y la revolución como esa Van Tuyl!
—No. Me gustaría hacerlo —suspiró el doctor Slenk—. Pero le diré lo que vamos a hacer. ¡Vamos a poner en la misma celda que la Van Tuyl a esa negra loca que está siempre gritando, y creo que de ese modo estará lo bastante ocupada para no pensar más en revueltas!
Ann se dio cuenta de que su labor había terminado completamente, aunque no la hubieran echado. Le quitaron sus clases; no le permitieron hablar con ninguna presa, y no podía ir a ninguna parte, excepto a su dormitorio —donde la señora Kaggs y la otra celadora ni siquiera le dirigían la palabra—, y al despacho de la señora Bitlick, para las cuentas.
No vio cómo azotaban a las seis mujeres. Se figuró que las habrían azotado en una habitación que había al lado del calabozo, un subsótano que había debajo de la sala de las ejecuciones, debajo de la horca. Pero tenía que bajar a ver a las cuatro mujeres encerradas allí. La escalera que llevaba desde la horca al calabozo estaba vigilada por un guardián especialmente hosco. Ann fue de un lado para otro, furtivamente, como si fuera una criminal y tratara de escaparse. En las penitenciarías se aprende a ser cauteloso, ya sea uno preso político o criminal, empleado u oficial. Una noche, ya muy tarde, cuando Kittie Cognac daba cabezadas en un extremo del corredor y la señora Kaggs roncaba en el otro, Ann lo atravesó de puntillas y bajó la escalera de caracol que llevaba a la habitación de la horca. No se veía al guardián por ninguna parte, pero vio unas nubecillas de humo. El guardián se había ido detrás de la horca, para fumar cómodamente un cigarrillo. Ann bajó los estrechos escalones que llevaban al subsótano.
La puerta de abajo no estaba cerrada con llave. ¡No hacía falta! Ann entró en una habitación que parecía un agujero hecho en un bloque de cemento; no había más puertas que la que le había servido para entrar y otra, más baja, situada enfrente de ella; no había ventanas; la habitación se ventilaba por cuatro agujeros, de unos quince centímetros cuadrados, situados en el techo… o sea en el suelo de la sala de ejecuciones. Una débil bombilla. En el centro de aquel cubo de cemento había un poste de madera con brazos de cuyos extremos pendían unas esposas.
El poste de los azotes.
El poste estaba salpicado de sangre seca.
Huyó de él y corrió hacia la otra puerta. Estaba cerrada, pero tenía la llave puesta. Aterrada, desesperada (¿y si ellos la dejaban allí al darse cuenta de que había entrado?), penetró en un pasadizo abierto en la roca,
húmedo, pegajoso, que estaba completamente a oscuras. Era grotescamente melodramático e increíble.
Ann siguió adelante, alumbrándose con su linterna eléctrica. Tuvo que inclinarse y, de cuando en cuando, se daba contra las pegajosas rocas de los costados. Al cabo de diez pisos, el pasadizo desembocaba en algo que parecía una novelesca cueva de piratas: el «Agujero». Era una cámara de unos dos metros y medio de altura, sin ventanas, completamente a oscuras, hecha de piedra o ladrillo, con un húmedo suelo de cemento. En uno de los lados había cuatro celdas. Ninguna de ellas tenía cama ni sillas. Todo el moblaje lo constituía un orinal, una manta delgada y sucia y una taza para el agua —taza que se llenaba una vez al día e iba acompañada de dos rebanadas de pan—; en la celda no había otra cosa, a no ser que uno se molestara en incluir a un ser humano con los restos de una alma inmortal.
La primera a quien iluminó la linterna de Ann fue a Josephine Filson.
Se había salido a medias de la manta y yacía sobre el húmedo y helado piso de cemento, con los brazos extendidos, como crucificada. Su curiosa respiración parecía un gemido de tortura.
—Tiene pulmonía —dijo Ann.
Apresuradamente, como en busca de ayuda, iluminó la celda siguiente, y la criatura que yacía en ella dio un salto y se agazapó, arañándose las sucias mejillas y gimiendo. Ann no la reconoció al principio. Aquello era un animal enjaulado, un subanimal, de ojos fieros y estúpidos y cabellos sucios y desgreñados.
Ann vio entonces que era Birdie Wallop.
Birdie no podía ver, porque la deslumbraba el blanco resplandor de la linterna. Se puso a gritar.
—¡Oh, no! ¡Haré cualquier cosa! ¡Pero no denunciaré a nadie! ¡No sé nada de la Van Tuyl ni la señorita Vickers!
—¡Chist! ¡Birdie! ¡Es la señorita Vickers… Ann!
—¡Oh, Dios mío! ¿Ha venido a sacarme de aquí? ¡Voy a volverme loca!
¡Estoy loca!
—Estoy tratando de sacarte ¡Birdie! ¿Qué es lo que le pasa a la señorita Filson?
—Creo que se está muriendo. No pudo soportar los latigazos. Se desmayó dos veces. Nos azotaron a todas. Nos desnudaron hasta la cintura… los guardianes. Nos ataron a un poste, con los brazos en cruz y nos azotaron con una correa que tenía agujeros. ¡Mire! —su «¡mire!» era un verdadero gemido. Se arrancó la blusa. Tenía la espalda cubierta, no de moretones, sino de llagas chorreantes de pus—. Y todos los días nos atan a las puertas, durante seis horas, con los brazos estirados. Al poco rato parece que los brazos son de fuego. ¡Dios mío, una no piensa más que en beber! Jo se pasaba todo el tiempo llorando, excepto cuando se desmayaba. ¿Sabe lo que voy a hacer? —la tranquilidad de Birdie era anormal, como el epicentro de un huracán—. Cuando salga de aquí voy a asesinar a alguien. ¡Eso es lo que nos han hecho! ¡No voy a ser honrada! ¡Voy a matar! Pero Jo… creo que nunca saldrá de aquí, nunca…
Ann se volvió y quedóse mirando la puerta, aún abierta, en cuyo umbral brillaban dos linternas.
Luego oyó la voz de un guardián, invisible detrás del foco de luz.
—¿Qué diablos está haciendo aquí? ¿Cómo llegó hasta abajo?
La voz del doctor Sorella:
—Está bien. Yo le dije que viniera. ¡Márchese!
Cuando el guardián se hubo ido, Sorella se acercó, quejoso:
—¡Ann! ¡Dios mío! ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿No sabe que le andan buscando las vueltas? ¡Ya encontrarán algún medio de acusarla de algo…
de hacer que la echen de aquí!
—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! ¡Mire! La señorita Filson está gravemente enferma.
—Sí. Tiene pulmonía. Yo ordené que la sacaran de aquí. ¡Lo ordené!
¡Yo! Pero no hicieron caso de mi «orden». Slenk y la Bitlick querían hacerlo. Estaban asustados. Pero Dringoole se opuso. Dijo que si moría, ella tenía la culpa. Dijo que ella era la causante de lo ocurrido…, ¡además de Birdie y de usted! Déjeme que la mire.
Abrió la puerta de la celda de Filson, escuchó su respiración y salió riendo tan histéricamente como Birdie.
—¡Orden! ¡Yo di una orden! ¡Voy a dar otra! —a la luz de la antorcha de Ann sacó un frasco del bolsillo y apuró un trago—. ¿Quiere beber un
poco? No, ¿eh? Es una muchacha sensata. Yo estoy bebiendo toda la noche.
Estoy tan borracho que ni siquiera van a hacer caso de lo que yo diga, y no querrán evitar que esta mujer muera. Venga, salgamos de aquí. ¿No quiere beber un poco?
Ann sí quería beber. Pero no bebió.
Cuando salían del calabozo, Birdie les gritó:
—¡No me dejen aquí! ¡Está tan oscuro!… ¡Me da mucho miedo! ¡Voy a volverme loca!
Ann prescindió de todas las reglas.
Subió a su habitación, se quitó el odioso uniforme, se vistió ropas de cristiana, dejó una nota en el escritorio de la señora Bitlick, diciendo que
«se ausentaba por unas cuantas horas», e hizo que el guardián de la puerta de entrada le preparara uno de los coches de la prisión. Sabía que a las ocho y siete de la mañana había un tren para Pearlsburg.
A las once y media tomaba un taxi en la estación de Pearlsburg y se dirigía a la cómoda y respetable residencia de la señora Albert Windelskate, del Comité de las prisiones del Estado.
Le había telefoneado desde la estación.
El chateau de los Windelskate era un edificio de ladrillos y piedra caliza, con ventanas enrejadas, separadas por una columnita y adornadas con escudos heráldicos.
Una doncella, que la miraba con desconfianza, la hizo pasar al salón, tan grande, tan magníficamente amueblado que parecía el vestíbulo de un hotel, o quizá la exposición de una casa de muebles. La señora Windelskate estaba leyendo La Casa de los muertos. Alzó los ojos casualmente y dijo:
—¿Sí? —amablemente, pero se veía que temblaba con contenida furia.
Ann iba ya prevenida. Comenzó a hablar, con toda la amabilidad que le fue posible.
—Le pido perdón por haberme presentado sin anunciarle mi llegada. Y
le ruego que me escuche. En Copperhead Gap hay unas cuantas cosas que sólo puede saber quién está dentro, y ahora mismo nos encontramos en una
terrible situación que afecta la vida de dos, posiblemente de cuatro mujeres…, ¡sus vidas, no otra cosa!
La señora Windelskate no pudo contenerse más, y no en balde se ha dicho que las furias del infierno no pueden compararse con la furia de la esposa de un prestamista que trata de aparecer respetable:
—¡Mi… querida… señorita! ¡Sé muy bien todo lo que ha hecho!
¡Absolutamente todo! ¡Me lo ha contado personalmente el doctor Slenk, a quien conozco y en quien confío, a quien hemos recibido en nuestra propia casa! ¡Y también me ha hablado la señora Bitlick! ¡Cómo ha podido engañarme de ese modo! ¡Sé que es íntima amiga de Jessie Van Tuyl… la comunista, la atea, la anarquista, la revoltosa! ¡No me cabe la menor duda de que usted es una propagandista, pagada por Moscú, que se ha introducido en nuestro medio como una espía, como una serpiente! ¡Ya sé que es capaz de mentir y de dar informes falsos! ¡El doctor Slenk me ha prevenido! He citado ya a los periodistas para hablarles y encargarme de que las mentiras que usted intenta propagar no logren esparcir su veneno socialista…
Y muchas cosas más, muchas más.
Ann no le contestó tampoco con demasiada suavidad.
Y durante media hora, el horror de todo aquello estuvo a punto de convertirse para ella en un melodrama cómico, porque, aguardando en el hall de entrada y asomando de cuando en cuando la cabeza, se hallaban la doncella, un enorme jardinero negro y un policía uniformado… que había ido a proteger a la señora Windelskate contra Ann Vickers.
«¡Mañana iré a ver al gobernador en persona! —se juró Ann mientras aguardaba en la estación—; pero esta noche volveré a Copperhead Gap.
Voy a ver si puedo hacer algo… No, no puedo hacer nada».
Miró a los pasajeros que aguardaban en la estación, al Gran Pueblo Normal, los Sanos y los Seguros, los Hombres y las Mujeres de la Calle, la Espina Dorsal de la Democracia, los Electores de Gobernadores y Presidentes, los Herederos de Todos los Siglos, los Sucesores de los Reyes y los Sacerdotes, los Señores del Universo. Viajantes de comercio con
carteras, rubicundos y joviales, o impasibles y correctos. Las esposas de los tenderos y los empleados de Banco, que iban a pasar una semana con la tía Molly, mujeres buenas y limpias que nunca habían mentido ni dañado conscientemente a nadie. Robustas mujeres campesinas, fuertes y bondadosas, con cestas de comidas. Un sacerdote, con su hermoso breviario rojo y negro, que contenía palabras íntimas para dirigirse al Dios Todopoderoso, y un joven y vivo predicador progresista leyendo el Christian Century. Un hombre alto y vestido de negro, quizás un juez, con los párpados arrugados a fuerza de sonreír y de leer libros.
«¡Sí, a vosotros es a quienes estoy hablando! —gritó Ann, aunque siguiera en silencio—. ¡A vosotros, las buenas gentes, las gentes sólidas, las gentes de responsabilidad! ¡Vosotros, y no los políticos o los criminales, sois los que tenéis la culpa de que unos cuantos tontos, unos cuantos sádicos tengan poder sobre miles de hombres, de que los torturen en la oscuridad, porque vosotros no lo sabéis, no os importa, no queréis escuchar lo que dicen!».
El guardián de la puerta de entrada del departamento de mujeres, un mocetón bastante amable, le dijo a Ann al verla entrar:
—¿Cómo está? ¿Ha estado viajando? Hoy se murió una mujer…; una presa, creo que llamada Filson.
Ya en su dormitorio, vestida de nuevo con el uniforme de la prisión, Ann pensó por primera vez que no tenía ni idea de lo que podía hacer para ayudar a Birdie. Ver al gobernador…
«Oh, sí, iría a verle. Pero ¿serviría de algo?».
También se dio cuenta de que estaba hambrienta. No se había desayunado más que unas cracker Jack y una Coca-Cola que había tomado en el tren, no había comido y era demasiado tarde para cenar.
Se sentía absolutamente agotada.
En aquel momento entró en su habitación la sucesora de Birdie, otra contrabandista de licores, la cual en opinión de Jessie Van Tuyl, era una soplona.
—¡Oh, señorita Vickers! La señora Bitlick quería saber si había vuelto o no. ¿Cenó ya? ¿Se ha enterado de lo de Jo Filson? ¡Verdad que fue una lástima! La pobre señora Bitlick lloró y se disgustó muchísimo; hizo que sacaran a Jo del «Agujero» y la llevó a su propia habitación y entonces —
agregó, indignada—, Jo dio media vuelta y se murió, sin hacerle caso. Pero no me envían por eso. El que me envía es el capitán Waldo. El médico de la cárcel, el doctor Sorella, se ha puesto enfermo también. Entre nosotras, le diré que lo que debe tener es un ataque de delirium tremens y no hace más que llamarla. Han llamado a otro médico, un doctor de la ciudad, pero, por lo visto, él no puede hacer nada y quiere que vaya a ver si le ayuda a tranquilizar un poco a Sorella. ¿No quiere venir? ¡El otro doctor dice que hace usted mucha falta!
—¡Claro que voy!
La mensajera condujo a Ann, cortando por pasillos y escaleras, a la otra sala del edificio, donde se hallaba el hospital de los hombres, la sala de consulta, la de operaciones, lo que se llamaba el «laboratorio» y el departamento privado del doctor Sorella, compuesto de dos habitaciones. El departamento daba al «laboratorio», una habitación chica y sucia que contenía un microscopio barato, unos tubos de ensayo rotos, botellas de reactivos vacías en su mayor parte, una bicicleta, una maceta de geranios, secos ya, y dos pares de chanclos. La mensajera empujó ligeramente a Ann hacia el living del doctor Sorella. En él había una cama estrecha, cubierta con un viejo tapiz turco, de imitación; una estufa, un sillón Morris con una pata rota y atada con un cordel, una mesa de roble, dos sillas llenas de libros de medicina, y en un estante una colección de las obras de Stevenson. La habitación estaba bastante limpia y Ann se imaginó que el doctor Sorella la había limpiado él mismo la noche anterior, para calmar el frenético insomnio que le producía la futilidad.
—¡Por aquí! —dijo con voz dulzona la mensajera, poniendo una mano en el brazo de Ann, con ofensiva intimidad y empujándola hacia la puerta del dormitorio.
Las ropas del doctor estaban tiradas por el suelo y sobre el tocador de pino se veía una botella de whisky vacía, pero que aún goteaba.
El doctor Sorella yacía atravesado en la cama, con la cabeza colgando sobre uno de los costados. Llevaba una camisa sin cuello y estaba cubierto únicamente por una sábana manchada. Parecía muerto. Pero respiraba, con una respiración silbante y apagada, como la de Josephine Filson. Su frente brillaba de sudor.
—¡Pero!… ¿Dónde está el otro doctor…, el doctor del pueblo? —
preguntó Ann.
—Creo que ha entrado un momento en el hospital. Voy a buscarle —
dijo la mensajera.
Ann no experimentó ningún asco. El doctor Sorella no parecía sino simplemente borracho perdido; deliraba ligeramente, debía de tener una fiebre muy alta. Ann se inclinó sobre él, le tomó el pulso, luego mojó una toalla en una jarra de agua y se sentó al borde de la cama, para humedecerle la frente. ¿Por qué no volvería el maldito doctor de afuera? Sorella se agitaba entre sueños y estuvo a punto de caerse de la cama. Ann se inclinó sobre él y trató de levantarlo. Él luchó con ella. Ann tuvo que sujetarlo con fuerza, que abrazarlo…
¡Bang! La luz de una linterna le dio en la cara y, cuando alzó el rostro y miró hacia la puerta, vio una máquina fotográfica, un grupo borroso de caras: Slenk, ligeramente azorado, el capitán Waldo, sonriendo con toda la boca, dos guardianes, el fotógrafo de la prisión y la mensajera; y todos reían burlonamente.
—¡Bueno, bueno, muchachita, ya me figuraba que vendría a hacerle unos cuantos cariñitos a su amor! —dijo entre carcajadas el capitán Waldo
—. ¡Qué lástima que hayamos tenido que interrumpirlos!… ¡Snarkey!
Váyase y tráigame la prueba lo antes que pueda. Tiene que ser una fotografía preciosa para el salón de cualquiera. Anita y el doctor abrazándose y ¡él medio desnudo!
Tuvieron suerte. La fotografía, según se veía en las pruebas —que vieron todas las celadoras, incluso Ann, además de Slenk y el capitán— era aún mejor de lo que el capitán Waldo esperaba. A Ann se la veía claramente; se distinguía su perfil, su uniforme. La cara del doctor Sorella
estaba oculta entre sus pechos; Ann le estrechaba entre sus brazos, aparentemente loca de amor.
—¡Y tenemos testigos! —dijo amablemente el doctor Slenk—. ¿Hace falta que perdamos más tiempo? ¿Quiere dimitir ahora? ¿O prefiere que envíe una copia al gobernador? Es un hombre que tiene un gran sentido del humor. Le encantaría mostrársela a todo el mundo…, incluso a los periodistas.
—¡Oh, no!… ¿Sacarán a Birdie de la celda oscura? ¿Sacarán a las tres?
—Sí, estoy dispuesto a hacerlo. ¿Qué?
—¡Oh, dimito! ¡Pero quiero ver antes a Birdie! ¡Y a Jessie Van Tuyl! ¡O
si no, prefiero que me juzguen!
—¿Ahora? ¡Por Dios!… —rugió el capitán Waldo.
El doctor Slenk levantó su cuidada manecita:
—Sí, hasta llegaremos a hacer eso. Quiero que la señorita Vickers se lleve a su casa una impresión agradable de nosotros.
«Estoy seguro de que cuando tenga más experiencia, no seguirá» siendo tan espléndidamente teórica. ¡Vindon! Que saquen a las tres mujeres del
«Agujero». Que vuelvan al trabajo. Lleve a la Van Tuyl al gimnasio. Deje que la señorita Vickers le hable. Porque, Vickers, ¡ahora no nos importa un pito lo que usted pueda hacer!
El capitán Waldo miró con admiración a su jefe, al darse cuenta de que, a pesar de la dulzura de su naturaleza, el doctor Slenk sabía luchar mejor que todos ellos contra el crimen y el radicalismo.
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