Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 21 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo XX

DURANTE dos años, Ann Vickers fue residente-jefe de una settlement house, en Rochester. Aparentemente, había tenido éxito; se la invitaba para que hablara en clubs femeninos, en iglesias y en escuelas de muchachas, acerca de temas tan variados y desprovistos de significación como «Los métodos de americanización», y «El valor del folklore europeo en la educación de los inmigrantes»; porque en Rochester había una protectora del settlement de Ann, una anciana rica, tan liberal que consentía que los gitanos húngaros bailaran danzas gitanas de Hungría, con tal que estuvieran al mismo tiempo dispuestos a aprender el manejo de una registradora «National» y un automóvil «Ford». Cuando Ann tenía veintinueve años, la Universidad de Rochester le concedió el título honorario de licenciada en filosofía. Y figuró en el sexto lugar de la lista anual de «Las diez mujeres más útiles de Rochester» publicada en el Times-Register. En su settlement house, ciento sesenta y siete europeos aprendían el inglés para poder leer las historias de asesinatos y adulterios que se publicaban en los tabloids; y doscientas setenta y una muchachas aprendían a coser y a cocinar, para poderse hacer más tarde sus vestidos en casa, a un costé superior solamente en un sesenta por ciento SI a lo que valían los mismos trajes en una tienda de ropas hechas, y a preparar por quince centavos una nutritiva sopa vegetal para cuatro personas que, por lo menos, les habría costado unos diez centavos en cualquier almacén.

Y, no obstante, durante aquellos dos años, y también durante el último que pasó en la Corlears Hook House, Ann no hizo más que dudar del valor de aquel trabajo. Era demasiado parroquial. Afectaba solamente a unas cuantas personas, y dejaba que los demás barrios que carecían de un

settlement —lo que ocurría en casi todos ellos— se vieran privados de los recreos, educación, auxilios y consejos que el settlement podía dar. En realidad, Ann decidió que no era mucho más valioso que el antiguo sistema parroquial, donde la hija mayor del vicario —la que nunca se casaba—, se divertía llevando carbón, mantas y mermelada a los enfermos de la parroquia que se habían mostrado más obsequiosos con el vicario y el squire.

En la versión moderna de aquello, la settlement house, el muchachito judío de grandes ojos negros, mendaz y pegajoso, que llevaba regalos a los jefes y recitaba siempre el «Saludo a la bandera» en las reuniones de los boy-scouts, era siempre el que obtenía los pantalones nuevos, los restos del helado y, más tarde, la beca en la escuela dental; mientras que el chiquillo hosco a quien sólo le gustaba tallar madera y que le dejaran en paz, no obtenía absolutamente nada.

La settlement house, en opinión de Ann Vickers, no era nada más que un lugar de juegos, y mucho peor organizado que los lugares de juegos de la municipalidad. Tenía el olor acre de la caridad. Enseñaba, pero no enseñaba bien. Los maestros profesionales de las escuelas municipales eran mejores y mucho más pacientes que los entusiastas voluntarios —tan parecidos a los profesores de la escuela dominical donde Ann había estudiado de niña—, quienes con muy buena intención y mayor ignorancia enseñaban durante un año a los judíos italianos pobres la historia de Jorge Washington, la partida doble en la contabilidad y a cepillarse los dientes. Las escuelas nocturnas lo hacían mejor. Los jóvenes ambiciosos —los únicos merecedores de atención— aprendían mejor por sí solos.

Así pues, para Ann, el único mérito de las settlement houses era el haber dado origen a organizaciones tan impersonales y eficientes como la Asociación de Enfermeras Visitadoras Lilian Wald, y la moderna caridad organizada.

¡Oh, la caridad organizada tenía muchos defectos…, muchísimos!, suspiraba Ann. Había demasiados expedientes. Muchas veces se daba más importancia a los informes completos sobre las familias pobres, que al remedio de esa pobreza. Y los que trabajaban en aquellas cosas acababan endureciéndose por su constante familiaridad con la desgracia. Pero lo

mismo les ocurría a los cirujanos, y nadie sugería que la cirugía debía ponerse en manos de las solteronas compasivas o de las abuelas de la parroquia. Al menos, la caridad organizada era impersonal. Ayudaba a las gentes que lo necesitaban, no a las que eran amigas de los jefes, o sonreían con más simpatía. No estaba limitada a un solo distrito; en el mejor de los casos, servía para toda una comunidad. Y no trataba de que las víctimas se convirtieran en poetas, cocineros, contrabandistas de licores o bailarinas clásicas —aspiraciones delicadas y santas que no debían ser tratadas a la ligera por los extraños—, sino de que tuvieran comida, zapatos y dinero para pagar el alquiler.

Ann estaba tan harta de su vida en las settlement houses, como lo habría estado Juana de Arco de la vida en un convento elegante. Le hastiaban aquellas casas de cultura y consuelo, que elevaban sus edificios de ladrillo rojo y estilo gótico, entre los speakeasies[17], los lavaderos y las carnicerías judías, irguiendo el estandarte de su sonriente mojigatería entre unas gentes que, trágicas o alegres, vivían y hacían salchichas, el amor o chistes de un modo mucho más real que ellos. Le había molestado obedecer las reglas —

y aun desobedecerlas— cuando era una ayudante; fingir que le gustaba compartir con sus compañeros un plato de cordero, duro y frío; que no había estado fumando, cuando su dormitorio estaba lleno de humo; entusiasmarse, año tras año, con las notas de Ikey, aunque su éxito se fuera retrasando de un modo curioso y aun pudiera dejar la tienda de pescado frito y obtener su doctorado en Naturoterapia.

Pero aún era peor el ser residen te-jefe. No experimentaba ningún placer secreto en dejar de cumplir sus propias reglas; en denunciar a una compañera por haber fumado, cuando ella había estado haciendo lo mismo.

Ni tampoco podía evitar ahora la compañía de los Protectores, las mujeres ricas, los clérigos joviales, los corredores de Bolsa con anhelos estéticos y los banqueros filósofo-anarquistas, los cuales proporcionaban los fondos para el settlement, y, por lo tanto, compraban por un precio inferior al que se paga en otras épocas por una robusta esclava negra, el alma y el cuerpo de la residente-jefe.

Con el horror con que un niño recuerda el campamento donde, durante un espantoso verano, se había visto obligado a mostrarse atlético, musical,

alegre y lleno de virtudes cívicas, bajo la severa mirada del profesor, anémico, pero vigoroso, con shorts y gafas, Ann recordaba los años de comidas en común, los manteles de algodón, los platos de hierro esmaltado y las solteronas del settlement contando entre risitas una historia, en la que el ingenio masculino de la casa se había atrevido a usar la palabra

«maldito».

« Settlement house! —gemía Ann—. ¡Un sitio dónde se enseña a escribir cuentos a muchachas que podrían construir aviones! ¡Dónde se enseña la alfarería a lituanos que han nacido para ser excelentes granjeros, y a los nietos de famosos talmudistas a imitar los modales de los miembros de un Country Club! ¡Dónde se enseña a tejer cestas como uno de los mejores medios de ganar el cielo! ¡Dónde se anima a los conductores de camiones a convertirse en quiroprácticos!».

Sabía que estaba cansada y que no era justa. Recordaba los nombres de grandes personas, de grandes obras: una investigación sobre las pulgas y el tifus, campañas para conseguir más lugares de recreo para los niños y contribuciones al alivio de la pobreza. Pero la maldad fundamental de las settlement houses, decía —y de pronto extendía aquel juicio a todas las

«obras caritativas» de todas las épocas, tanto las de la Iglesia como las del Estado—, residía en el aspecto que más se alababa en los sermones optimistas, en los artículos entusiastas de las revistas, y en las torpes razones de los benefactores bien intencionados: la de que, como se decía siempre en esos artículos y sermones, «reunía a los pobres y a los ricos, y de ese modo la gente próspera se hacía más compasiva al ponerse en contacto con la pobreza y comprender que detrás de una camisa tosca puede ocultarse un corazón muy noble, y los pobres tenían una oportunidad de aprender y mejorarse, por aquel contacto amistoso con quienes podían instruirlos y ayudarlos».

«¡Desde luego!», pensaba Ann, que en aquel momento se sentía revolucionaria.

¡Sí, sí! ¡Hinchad los egos insignificantes de las personas caritativas!

¡Dadles una buena oportunidad de exhibirse! ¡Hacedles que se sientan seres superiores en relación con los desgraciados! ¡Y animadlos a que cuiden de los pobres de mil modos prácticos y agradables!

En una asamblea de agencias sociales celebrada en Nueva York, Ann conoció a Ardence Benescoten.

En Nueva York se decía que la señorita Benescoten había heredado de su padre, el minero, cincuenta millones de dólares; en realidad, no había heredado más que diecisiete. El que fuera minero no quería decir que se ensuciara y arriesgara la vida bajando a una mina. En realidad, las había visitado muy pocas veces. Lo que hacía era permanecer en su oficina de Nueva York, pensando en los diversos medios de echar de ellas a los curtidos mineros que las habían descubierto y que habían ido a ver a uno de los amables y elegantes agentes de Benescoten, para pedir que los ayudara.

A los cincuenta años seguía aún soltera; pero por lo visto, no le importaba.

Vivía con una amiga suya, profesora de canto, que había sido en su época una soprano famosa. La señorita Benescoten era famosa por su generosidad.

Daba discretos donativos e infinidad de consejos a las misiones protestantes en España y a las misiones católicas en Nebraska, a un hogar para viudas de oficiales confederados, y a otro para estudiantes negros, a un refugio para perros y a un pequeño museo al que acudían tres o cuatro personas por mes, para estudiar las monedas de Creta y Lesbos. Su nombre aparecía en los periódicos, por lo menos, dos veces por semana, como Mecenas del arte mexicano, o cualquier otra cosa por el estilo; y por lo menos una vez al mes, su fotografía aparecía en las secciones en fotograbado de esos mismos periódicos, ya fuera poniendo alguna primera piedra o —cuando abandonaba de mala gana sus humildes obras de caridad y ocupaba por un momento el lugar que le correspondía en la mejor sociedad— en el jardín de su Schloss bávaro, rodeada de sobrinas y sobrinos, tales como Thornton Benescoten, el famoso jugador de Polo, Nancy Benescoten, la divorciada, y Hugh Harrison Benescoten, el juez.

La señorita Benescoten se encontró con Ann en un comité y le dijo:

—Ayer oí su interesante discurso acerca de las clínicas dentales. Tiene sentido común, querida. Venga usted a comer hoy a mi casa.

El comedor de la señorita Benescoten era oscuro y casi tan grande como una estación. La comida estaba compuesta de cosas que Ann no conocía ni

de nombre, aunque más tarde supo que eran huevos de chocha, fiambre de faisán, vinagreta de espárragos y bar-le-duc.

—La he estado observando a usted durante la reunión, señorita Vickers.

Y he estudiado su historia en la Corlears House, en Rochester, en Clateburn; sí, hasta en aquella cárcel de no sé dónde. Yo me encargo de hacer mis propios donativos. Creo que es más práctico que la mayoría de esas instituciones. (Un poco más de heidsieck para la señorita Vickers, Stone). No me gusta verme atada por reglas estúpidas. Yo ayudo a los que encuentro divertidos. Sí, es un modo divertido de ser caritativa. No las hago de un modo penoso…, es algo distinto, ¿me comprende?

Y así fue cómo, de repente, Ann dejó de trabajar en el settlement y se convirtió en limosnera de aquella Gran Duquesa moderna.

Ann tenía un elegante y pequeño despacho, negro y plata, en el tercer piso del chateau Benescoten, en Riverside Drive; en el despacho había un dictáfono, una mecanógrafa y cuatro teléfonos: uno, público; uno exterior, pero privado; uno que se comunicaba con la centralilla de la casa, atendida por un lacayo, y otro que comunicaba directamente con las habitaciones de la señorita Benescoten.

Tenía algunas obligaciones rutinarias y la principal de ellas era leer o tirar a la papelera las cartas o telegramas que pedían dinero, y recibir o echar a las visitantes que acudían con el mismo fin. Después de una mañana de leer el correo, interrumpida de cuando en cuando por llamadas telefónicas de personas misteriosas que «tenían que ver personalmente a la señorita Benescoten…, no le llevará más que un minuto…, no puedo explicarme muy bien por teléfono», Ann sintió una gran compasión por la señorita Benescoten y una gran indignación mezclada de sorpresa por la gran cantidad de personas que querían que les dieran algo a cambio de nada. En el correo de aquella primera mañana, compuesto de doscientas cartas, figuraban una voluble y suplicante carta de la viuda del carpintero de un pueblo, quien escribía diciendo que tenía lo suficiente para vivir, pero que le pedía a la señorita Benescoten tuviera la bondad de llamar a su hija

—incluyendo el dinero para pagar el viaje— y adoptarla socialmente.

«Estoy segura de que a ella le agradará ayudarla en la casa todo lo que pueda. No ha aprendido a cocinar, pero la ayudará con mucho gusto en cualquier otra cosa, exceptuando, claro está, el lavado o el planchado, porque son trabajos muy duros para una muchacha tan bien educada como ella, que lee el francés como yo el inglés». Otro pedía un piano de concierto para una muchacha que llegaría a ser «un prodigio musical si alguien le ofrecía una oportunidad». Siete cartas pidiendo que acabaran de pagar otras tantas hipotecas; Diecisiete pidiendo préstamos monetarios, que serían pagados dentro del mes, escritas todas ellas por personas intachables, quienes, si la señorita Benescoten «insistía», le darían como garantía objetos tan variados como «un antiguo reloj de pie qué tiene sabe Dios cuántos años», una confitería en Hohokus, un anillo de boda o una biblioteca teológica.

Un joven que, según el «Profesor Otto Staub, el mejor profesor de música de Memphis, y además autor y conferenciante», dibujaba tan bien como Frederick Remington y Franz Hals, decía que necesitaba cinco mil dólares para ir, a París a continuar sus estudios: «Le ruego que me conteste cuanto antes, porque estoy trazando ya mis planes».

Una muchacha de dieciocho años le confesaba que:

… aunque el mundo entero me ha combatido y ha tratado de aplastarme, yo he luchado también contra él. ¡Nada me detendrá! Estoy hecha para el triunfo. Lo he leído en mis estrellas, sí, en mis estrellas.

¡Voy a ser una triunfadora! Voy a ser la autora más famosa de los Estados Unidos. Ahora bien, me figuro que recibirá muchas cartas de

“desconocidos” pidiéndole ayuda, y probablemente su secretario las tirará todas al cesto de los papeles, pero yo no le pido su ayuda. Ni un préstamo. Mi proposición es la siguiente: si me adelanta 3000 dólares —

tres mil—, terminaré el libro —una novela—, que ya he comenzado a escribir. Tengo un argumento espléndido, no empleado hasta ahora, he estudiado a mis personajes, etcétera. Si lo hace así, cuando se publique la novela ¡le pagaré el doble! Como ve, no le pido ningún favor, y creo que

¡ni aun con sus acciones, sus bonos, etc., puede hacer una inversión mejor que ésta! Además, según tengo entendido, usted es una persona muy caritativa y, al hacer esto, ayudará al mundo desorientado, dándole

una nueva Voz, ya que mi novela no es simplemente una historia, sino que contiene además una espléndida moraleja y da soluciones para muchos de los problemas que ahora preocupan al mundo. Yo sé que es una gran persona, a la que no ata ningún convencionalismo social, así que envíeme un cheque por valor de 3000 dólares —tres mil— a vuelta de correo y, desde luego, si quiere enviarme una cantidad mayor, ¡yo no me ofenderé por eso! No haga caso de mi chiste. P. S. No sé muy bien por qué, quizá sea una cosa psíquica, pero a mí me parece que la conozco personalmente y creo que en cuanto nos viéramos nos llamaríamos la una a la otra Ardence y Alys, aunque usted sea mucho mayor que yo. No se olvide de lo que le pido, ¡y sería una sorpresa tan agradable que me lo enviara a vuelta de correo!

Y cartas de cincuenta y dos organizaciones dedicadas a ayudar a la humanidad por todos los medios conocidos, desde el estudio de la numerología a la reducción del precio de los pasillos de linóleo.

Pero la carta de la anciana con el esposo inválido, parecía auténtica. A pesar de toda su experiencia, Ann no estaba lo suficientemente endurecida para no sentirse conmovida por aquellas líneas temblorosas escritas sobre un papel barato, con pálidas rayas azules.

Ann se preguntó si un bolchevique verdadero y ortodoxo «libre de toda divergencia ideológica», despreciaría más a Ardence Benescoten por creer que el cielo la había elegido para distribuir aquellos diecisiete millones, o a los autores de las cartas, por humillarse de aquel modo ante ella. Ann contestó doce de las doscientas cartas y guardó seis para enseñárselas a la señorita Benescoten.

Ann tenía que ver a la señorita Benescoten todas las mañanas, a las once. Había supuesto que hallaría el tocador de la gran filántropa tan oscuro como la celda de una monja. No era así. Cruzó un saloncito particular, estilo Adams, y entró en un enorme dormitorio, rosa y marfil. Había en él una cama inmensa, adornada con ninfas doradas en las columnas; sillas de petit point; una chimenea de mármol rosa y un tocador que parecía una droguería. La señorita Benescoten estaba echada en una chaiselongue, fumando un cigarrillo y divirtiéndose con su amiga y compañera, la exdiva madame Carrozza.

—¡Oh, Nalja!, ésta es mi nueva secretaria, la señorita Vickers…, una muchacha encantadora.

Madame Carrozza le dirigió una mirada furiosa.

—¿Puedo molestarle unos minutos, o prefiere que vuelva, señorita Benescoten? He terminado las cartas. Creo que estos seis casos merecen la pena de ser investigados, especialmente el de la anciana con el esposo enfermo.

—¡Oh! —la voz de la señorita Benescoten no tenía nada de tierna ni de filantrópica—. Pensé que le había hablado claramente, Ann. No tiene que hacer caso de los individuos… excepto, claro está, de los que son verdaderamente divertidos, como, por ejemplo, aquella muchacha…,

¿recuerdas, Nalja?…, aquella chica tan divertida que tenía unas ideas tan extraordinarias acerca del cristal negro…, aquélla a la que pusimos una tienda de decoración. Pero estos pobres viejos…, me dan mucha lástima; son muy desgraciados. Pero deben dirigirse a sus parientes. Nosotros sólo podemos encargarnos de las causas coordinadas, dirigir hacia algún fin nuestros esfuerzos, ¿me entiende, Ann?

La confiada Ann tardó tres días en descubrir que no era la limosnera de la Gran Duquesa; que a la señorita Benescoten le tenía absolutamente sin cuidado la caridad; y que el único papel que ella desempeñaba allí era el de procurar a la señorita Benescoten publicidad periodística, con motivo de sus poco caritativas caridades. Medio kilo de caramelos para cada una de las diez mil muchachas de una fábrica; sí, eso era una caridad divertida y una verdadera «noticia periodística», con fotos de la señorita Benescoten, la famosa Carrozza y la princesa Frangipani entregando las doscientas primeras cajas desde un camión de la Glasstop Kandy Ko. Y los caramelos no habían costado, como dijeron los periódicos, cinco mil dólares.

Ardence era tan buena negociante como su padre; hablándoles de la publicidad que aquello les proporcionaría, había comprado el lote entero a las Glasstop Ko., por setecientos ochenta dólares. Y no eran diez mil cajas; eran simplemente seis mil.

¿Qué publicidad, qué sensación de poder se obtenía en pagar el interés de la hipoteca de la pobre señora Jones, que vivía en un pueblecito de Connecticut? Pero Ardence dio mucho dinero para el Pueblo Inglés para Muchachas Artistas —una colonia muy alegre, con sus rojos tejados— y cuando lo inauguró a los acordes de una orquesta sinfónica que Ann le había conseguido gratuitamente, los periódicos dominicales de Nueva York le dedicaron una página entera, la Sociedad de Artes Gráficas le concedió una medalla, y la Asociación para la desurbanización de las creaciones estéticas le entregó un hermoso pergamino.

Ann tenía que escribir de modo agradable diversas noticias acerca de la última caridad de la señorita Benescoten, llevarlas en persona a los directores de los diarios dominicales y decir, sin darle importancia:

—¡Oh, a propósito, aquí tengo unas fotografías nuevas! —y mostrarles todas las que había tomado aquella semana. «La señorita Ardence Benescoten, la heredera del magnate minero, inaugura una clase nocturna para las lavanderas. De izquierda a derecha; la señorita Benescoten; Rev.

Dr. Slough, Obispo de Alaska; Bill Murphy, de la Unión de obreros de lavaderos».

A veces, Ann se sentía como una invitada en casa de la señorita Benescoten; otras, como una criada intelectual. Durante días enteros no veía a Ardence más que unos momentos y comía sola en el «Cofee Pot» de Broadway; luego, de repente —obligándola a romper una cita con Pat Bramble—, le ordenaba que asistiera a una solemne comida para que la señorita Benescoten la luciera delante del rector de alguna universidad, de un penalista, de un psiquiatra suizo, o de cualquier otro bienhechor de la sociedad a quien aquel día quería impresionar con su sabiduría y su cristalería veneciana.

Ann vivía en un hotel, triste y pequeño, como el Hotel Edmond, pero lo suficientemente grande para recibir en él a sus amigos: Pat Bramble, la doctora Wormser y dos o tres residentes que había conocido en el Corlears Hook. Era un hotel muy barato. Ann sabía que sus días con Ardence estaban contados, y quería ahorrar. Ardence era generosa en cuestiones de

dinero; Ann ganaba ocho mil dólares por año, y en Rochester sólo había ganado tres mil, más la habitación y la comida. Le gustaba gastar el dinero; miraba los escaparates donde se exhibían zapatos de piel de serpiente y sombreros de Talbot. Pero no los deseaba tanto como medio año de vagar al azar o de quedarse donde quisiera, lejos de las oficinas y de «los ficheros de casos», repletos de dolores humanos reducidos a unas pocas cifras. Quería averiguar de nuevo si existía una persona llamada Ann Vickers, una persona capaz de amar, de enfurecerse y de cometer tonterías, o si ya no quedaba nada más que un clasificador humano, conocido por la señorita Vickers.

Siguió en su puesto, mimando a los egipcios, y preguntándose todo el tiempo si la tan alabada actividad de Moisés no habría sido simplemente una sucia estratagema oriental. Pero todas las semanas metía en el Banco otros noventa dólares. No pasaba día sin que tuviera deseos de marcharse; ni un minuto en el que no pensara que debía permitirse el lujo de irse antes de que la echaran. En casa de la señorita Benescoten había mil motivos de irritación. Ardence le hablaba con sequedad y acritud y, en los días en que se admiraba a sí misma como una bienhechora de la humanidad, se mostraba tan pegajosamente dulce como un plátano demasiado maduro.

Tenían reyertas. El mayordomo de Ardence —un verdadero Stilton importado—, no estaba nunca seguro de si Ann era una criada o una señora.

Tampoco lo estaba Ann, pero a ella le importaba mucho menos que al mayordomo. Y la señorita Benescoten tenía una secretaria particular, para su correspondencia privada, además del departamento de Caridad y Publicidad, dirigido por Ann, y dicha secretaria era indudablemente una señora. La llamaban «secretaria social», era hija de un almirante y no hacía más que hablar de él a Ann. Cuando entraba en la habitación de la señorita Benescoten y se encontraba con Ann diciéndole a Ardence que, como hacía un mes que tenía esperando al Hogar para empleados postales respetables, ya era hora de que les diera una respuesta, la secretaria social cruzaba corriendo la habitación, besaba la gordezuela mano de Ardence, miraba furiosa a Ann y gemía:

—¡Oh, señorita Benescoten, la hacen trabajar como una negra! ¡No les deje que la fastidien de ese modo, querida!

Había dos cosas que le impedían marcharse a Ann: su cuenta del Banco

—sana y consoladora como la mayoría de las cosas sórdidas— y la presencia ocasional de Lindsay Atwell.

Lindsay estaba casi calvo, y tenía en el arco de la nariz una honda señal producida por las gafas con montura de concha que usaba para leer. Pero, sin embargo, resultaba bastante joven, con su aspecto de jugador de tenis, su estrecha cintura, sus claros ojos, su gris bigote militar y su tez rubicunda.

Su calva no era pálida y brillante; estaba tostada por el sol y tenía unas cuantas pecas que le agraciaban. Olía a aire libre, lo que no tenía razón de ser, ya que, aunque de cuando en cuando se diera un paseo de cuarenta manzanas, no le gustaba exhibirse en el parque montando a caballo entre los imitadores yanquis y semitas de Rotten Row. Y sus vacaciones tampoco estaban especialmente dedicadas al golf, ni al camping heroico, entre capas de bálsamos y mosquitos; al menos, él le había dicho que se había pasado sus vacaciones en un jardín de los Adirondacks, leyendo a Conan Doyle.

Ann pensaba que debía tener cuarenta y siete o cuarenta y ocho años.

Lindsay Atwell era el abogado de Ardence Benescoten, el miembro más culto y menos ruidoso de la firma Hargrave, Kountz, Atwell y Hargrave.

Durante varias semanas, Ann estuvo segura de que pertenecía a la vieja escuela: a Harvard, al Racquet Club y al Century Club; que, de niño, había pasado los veranos en Bar Harbour, y que su familia era conocida desde los tiempos de la Colonia de Plymouth. No acertó más que en una cosa: Lindsay había estudiado en la Facultad de Derecho de Harvard. Por lo demás, había nacido en Kansas, había estudiado en la Universidad de Kansas, y había pasado los exóticos veranos de su niñez pescando sapos en las ciénagas de la pradera y leyendo a Walter Scott y a Víctor Hugo.

—Pero serví a mi país heroicamente durante la guerra —decía él—; trabajaba en la Fiscalía General y a veces no salía de la oficina hasta después de las seis de la tarde.

En cuanto a su familia, llegaba hasta la época del hombre de Cro-Magnon, pero su genealogía no llegaba más que hasta su abuelo, que había sido un granjero de Ohio, muy estimado de todos, hasta el día en que no

pudo pagar su hipoteca. En una palabra, Lindsay era el típico neoyorquino bien educado.

Hablaba esmeradamente, pero a Ann no le parecía en ningún momento pomposo.

La veía con bastante frecuencia, porque la agrupación de las parcelas de tierra del Pueblo Inglés para Muchachas Artistas dio origen a muchos litigios y la señorita Benescoten consultaba muchas veces a Lindsay acerca de si debía contratar a un buen arquitecto o a un arquitecto famoso.

Atwell visitó un día a Ann en su oficina, y suspiró:

—Le aseguro, señorita Vickers, que es inútil… La conozco hace mucho tiempo y sé que es inútil tratar de convencer a nuestra Ardence de que debe tomar a Tipple, porque es un hombre que tiene ideas y sabe lo que hace.

Pero es un desconocido y el señor Tuftwall es una de las glorias de la profesión, desde que realizó aquella maravilla del Falcony Building Towers… Es decir, todo menos el plan general y los detalles, que, como es natural, se lo encargó a otro. Y además, tiene su propio agente de publicidad, un agente verdaderamente entusiasta, no tan reacio como usted, que gozaría en cooperar con usted en su tarea de conseguir propaganda gratis tanto para el señor Tuftwall como para Ardence. ¡Es necesario que se dé cuenta de que, en esta época moderna, hasta la belleza puede servir para un fin práctico!

Ann bajó la cabeza, se quedó mirando a Lindsay Atwell con la boca abierta y exclamó:

—¿Quiere decir que usted también se ha dado cuenta de lo que busca Ardence?

—¡Chist! ¡Después de eso, la creo capaz de criticar al presidente Wilson y hasta a la «Christian Science»!

Por lo tanto, cuando iba a ver a Ardence, Atwell pasaba luego por el despacho de Ann y los dos hablaban de James I Joyce y de otras conversaciones corteses y poco comprometedoras, y una vez él la llevó a comer a Sherry’s. Fue el día de otoño en que, después de haber sido reñida por la señorita Benescoten, la cual pensaba que Ann desperdiciaba demasiado tiempo ocupándose en un bogar de vendedores de periódicos,

demasiado bien organizado para proporcionar ya publicidad, Ann dejó su empleo a las tres de la tarde, seis meses después de haberlo aceptado.

A las cuatro se hallaba en una agencia de viajes.

Tres días más tarde, un sábado a medianoche, salía para Inglaterra, sin pensar más que en llegar hasta el muelle de Plymouth.

Lo que más le emocionó de la salida no fue la ménagerie que iba a despedir a los pasajeros, con flores, besos y ginebra, porque ya estaba acostumbrada a las volubles multitudes del East Side. Fue la sensación de poder y seguridad que daban los largos y curvos lados del barco, las paredes de acero pintadas de blanco el monstruoso e imperioso rugido de la sirena.

¡Poder! No un poder astuto y engañoso como el de la señorita Benescoten, sino la potencia clara del acero y el vapor… ¡E Inglaterra estaba tan cerca, que se llegaba a ella en menos de una semana!

Bajó y se encontró con el asombroso y concreto lujo de su camarote, rosa y gris.

Pat Bramble, algo cansada, pero siempre correcta, con un sencillo abrigo de alto cuello, hecho de conejo blanco, la doctora Warmser, la señorita Dantzig, del settlement de Rochester, la señorita Edes y el doctor Wilson, de la Corlears Hook House, habían acudido a despedirla, cubriendo su camarote, entre gritos y risas, de ramos de rosas, bombones y ejemplares de Moon Calf y The Age of Innocence. En la puerta del camarote, le sonreía Lindsay Atwell.

—¡Oh, cuánto me alegro! —murmuró una virginal Ann—. ¿Cómo se enteró de que me marchaba?

—No era difícil de adivinar para un intelecto tan profundo y legal como el mío. Oí decir sil mayordomo de Ardence que usted se marchaba hoy a Europa, y éste es el único barco que sale esta noche. Ann, deseo que lo pase magníficamente. ¡Haga algo por mí! Vaya a Cornualles. Hay allí un pueblo perfecto, St. Mawgan, en el Valle de Lanherne… ¡un pueblo viejo, tranquilo, oculto entre los árboles y con una torre perpendicular que es más vieja que América! Luego cruce Newquay, y siéntese en Pentire Head, cubierto en verano de hinojo dorado. El mar tiene allí un extraordinario y

hermoso tono de púrpura. Yo solía pasarme allí horas enteras, con la cabeza apoyada en la mochila. Ya me lo contará todo cuando vuelva. ¡Buena suerte!… ¡Que Dios la bendiga!

Se marchó; uno de los camareros gritaba:

—¡Vaaamos a salir! ¡Todo el mundo abajo!

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