Cárceles de mujeres
Capítulo XL
ESTABA completamente decidida a tenerlo. Quizá porque como iba a cumplir los cuarenta años, aquélla era su última posibilidad de tener un hijo.
Ann no trató de adoptar una actitud virtuosa y meritoria. Simplemente, iba de un lado a otro, cantándose a sí misma: «¡Voy a tener a Pride! ¡Voy a tener a mi hija! ¡Voy a tener una hija de Barney!».
Tardó un mes en decírselo a Barney, porque quería estar completamente segura.
Él exclamó:
—¡Estoy encantado! ¡Encantado! ¡Es decir, si a ti no te importa!
—¡Nada de eso! Quería tener un hijo tuyo. Lo quería con toda el alma.
—¿Tienes miedo?
—En absoluto. Soy tan fuerte como un buey.
—Entonces estoy simplemente loco de contento. Nací para ser patriarca.
Y tú, la madre de una tribu. Si te hubiera conocido veinte años atrás, tendríamos diez hijos, diez verdaderas fieras, una granja con mil acres de terreno, y siete mil libros, y yo sería casi una persona decente, en vez de ser un alto funcionario. ¡Ann! ¡Nuestro hijo!
Se hallaban en el pisito de Ann. En los últimos tiempos, preferían pedir al restaurante del hotel que les subieran unas chuletas y una ensalada, ante el peligro de encontrarse con los amigos de Mona y tener que soportar su hostil curiosidad.
Barney apartó con el pie la absurda mesita de juego donde habían cenado y luego encendió un cigarro. Ann le miraba. Después de su alegría y de su entusiasmo, él se había vuelto súbitamente serio, como cansado.
—Ann. Óyeme bien. No estoy especulando. Te lo propongo seriamente.
¿No crees que ahora, cuando estamos esperando a nuestro hijo, debemos dejarlo todo, y marcharnos juntos los tres? ¡Piensa en los sitios adónde podríamos ir: a París, al Tirol, a Argelia, a Bali, a Devonshire, a Cuba; a cualquier parte! Yo tengo el dinero necesario para cuidar de las dos familias. Mis hijas son ya mujeres. No me necesitan. Además, son demasiado elegantes, y piensan que yo soy un ordinario, sin duda con alguna razón. Trataría de que Mona se divorciara de mí, pero si no quisiera…, ¿qué nos importaría? Piensa en una villa en las colinas de la Riviera, en el desayuno en la terraza, en vez de que tú te pases el día peleándote con la hermana Keast y yo en la ahogada sala de un tribunal, rodeado de políticos gordos que acuden a pedirme favores. Y no seríamos unos simples desterrados, que quieren huir de la realidad. Yo podría haber sido un erudito; puedo tratar de recobrar el tiempo perdido. Al cabo de seis meses leería de nuevo a Dante y a Ariosto. Y hay cientos de cosas que tú no sabes y que podrías aprender allí, hija mía: a conocer la pintura, la música, la escultura, la arquitectura; ¡eres tan ignorante como un conejo! Y cuando nuestro hijo creciera oiría hablar de otras cosas que no fueran la radio y el béisbol. Lo digo en serio. ¿Por qué no? Creo que nunca he hecho nada que merezca la pena. En realidad, nunca he oído hablar de un juez que lo hiciera; no son más que actores que declaman los papeles escritos por las legislaturas, que son unos dramaturgos infames. Me figuro que tú habrás hecho algo. ¡Quizá sí! Pero ¿no has hecho ya lo que te correspondía?
¿Tienes que dedicarles tu vida entera a las Kitties Cognac? Yo podría marcharme dentro de dos semanas, si tú quieres. ¡Vamos! Di que sí.
—Barney, no se me ocurre una sola razón para negarme, pero sé que no podemos hacerlo. Quizá sea porque los dos somos personas muy activas.
Tenemos que realizar alguna labor, aunque nos parezca ligeramente fútil.
Diríamos que nos contentábamos con estudiar a Ariosto, tomar lecciones de música y explorar en Creta. Pero no sería así. Nos volveríamos inquietos, nostálgicos, querríamos desahogar nuestra nostalgia peleándonos y, a lo mejor, yo te perdería así. Creo que, probablemente, la única probabilidad de no perderte es tener un empleo, ser alguien aparte de «esa maldita mujer que está siempre en mi habitación». Y a mí me gusta mi trabajo y a ti te
gustará el tuyo, una vez que pase esa maldita investigación y tú te sientas más tranquilo. Kittie Cognac es una novela de la que no he leído más que tres cuartas partes. Quiero leer el resto. Y en realidad, he conseguido que la número tres mil novecientos veintiuno, Sallie Swenson, alias Cohén, deje de tomar heroína. Y… ¡no puedo irme! Hagamos el propósito de encontrarnos dentro de un año en Italia y pasar allí un mes. Pero no nos quedemos allí, convirtiéndonos en sombras. Somos demasiado gordos, demasiado sonrosados…, no haríamos buenas sombras. ¡Oh, querido, tengo tantas ganas de irme contigo! Pero no puedo. Y tú tampoco. ¡Tú, con tu cara rara, tu absurda barbita roja y esa atroz reputación de Casanova, que tanto adoro!
Pero hasta más de medianoche, mientras daba vueltas en la cama, desgraciadamente sola, viendo a los dos en una villa amarillo limón, sobre una playa de arenas plateadas, no recordó que ninguno de los dos había pensado siquiera en un hombre llamado Russell Spaulding.
«Que los que Dios ha desunido desde un principio, no sean reunidos por hombre alguno, ni siquiera por un pastor», se dijo piadosamente.
Y ella, la perfecta protestante, tardó más de una semana en darse cuenta de que a Barney, que se sentía orgulloso de conocer a obispos y tratar con cardenales, tendría que haberle costado un terrible esfuerzo el hablar de divorciarse y volverse a casar. Probablemente nunca podría comprender la magnitud de lo que él le había ofrecido entonces… la vestidura, el velo mismo que envolvía su alma.
Le habló a la doctora Wormser de su hijo.
Se hallaban sentadas en el mismo piso, en el mismo lugar frente a la chimenea, donde trece años atrás Ann le había confesado a Malvina sus amores con Lafayette Resnick. Pero la actual Ann Vickers difería mucho de la anterior.
Era una mujer radiante, resuelta, casi exagerada en su alegría, así que Malvina no tuvo que mostrarse compasivamente tierna.
—¿Qué? ¿De nuevo? ¡Dios mío, Ann, eso va a convertirse en una costumbre! ¿Quién es el padre esta vez? ¿Russell o el juez Dolphin? ¿O es
que te has dedicado a frecuentar malas compañías?
—¡Nunca le he dicho una palabra acerca del juez Dolphin! —protestó Ann.
—No, ¿eh? Bueno, pero he visto cómo le miras. Le echabas unas miradas indecentes. Lo mismo podrías haber cantado Tristan e Isolda en la iglesia de John D. Rockefeller.
—Bueno. Como quiera. De nada vale mentir al médico de la familia.
—¡No, Dios mío, ni tampoco sirve de nada decirle la verdad! El médico de la familia, es, por definición, una persona con tal reputación de idiotez, que los clientes esperan que crea que los efectos de una juerga de cinco días no son más que «un ligero ataque gástrico, doctor». ¿Piensas seguir adelante y tener ese hijo? Yo lo haría si…
—¡Tenerlo! ¡Claro que sí! ¡Estoy loca de contenta! ¡Me parece que ando por las nubes!
—¿Sí? ¡Qué descubrimiento más interesante! Me deberías permitir que mandara una nota al Journal of the American Medical Association o al Christian Science Monitor. ¡Oh, querida, no pongas esa cara de ofendida!
Pareces como un niño al que riñen cuando él pensaba que había sido muy bueno… ¡Te tiembla el labio inferior! Me alegro tanto como tú, y apuesto cualquier cosa a que Barney se ha alegrado también. ¿Es así?
—Dice que está «loco de contento».
—¡Vaya si puede estarlo! ¡Oh, no, me olvidaré de que soy feminista!
Me gustaría haberlo pescado yo, aunque en mis días no me faltaron hombres agradables…, así que no tengo que quejarme. Pero me parece que tú venías a charlar. Me siento como si fuera la abuela de la niña… ¿Vas a llamarla Pride?
¡Claro que sí!… Sí, quería consultarle un problema. ¿Debo decirle a Russell que el hijo no es suyo?
—¿Podría haber sido él el padre?
—Sí, es posible. Con su deliciosa vanidad, estará seguro de que lo es.
—Entonces, no se lo digas.
—¿Por qué no?
—¿Por qué? Dios mío, ¿por qué? ¿Quién va a ganar con eso, excepto tu propio ergotismo, que tú confundes con un elevado sentido del honor? ¿De
qué te servirá a ti? ¿De qué le servirá al niño? ¿Le servirá algo a Barney el que Russell se convierta en enemigo mortal suyo? ¿De qué le servirá a Russell? Y, especialmente, ¿de qué le servirá a Pride el que esto se sepa, para que ella se entere algún día de ello? No hay que decir, ¿por qué no?, amiguita mía, sino ¿por qué?
—Porque Russell se enterará y entonces se pondrá furioso, sufrirá más.
Yo no soy una buena mentirosa. ¡Cómo me gustaría serlo! Y además, que con él no me parece justo: es como quitarle un bombón a un niño. Podría mentirle a Barney o a usted… Pero quizá tenga razón. Lo pensaré.
Y por eso, cuando salió de la casa de la doctora Wormser, llamó por teléfono a Russell, desde la farmacia de la esquina. No eran más que las diez.
—¡Oh, sí, ven, por favor, ven! —le rogó él.
Salió a recibirla, diciéndole:
—Mira, querida, tengo aquí unos cuantos amigos: Townsend Beck, el doctor Martin, Julia Casey y un par de personajes de la industria hotelera.
Townsend, ¡maldito sea, se cree tan ingenioso!, ha estado tratando de tomarme el pelo porque tú no estabas aquí. Le dije que ibas a volver, ahora que la dirección del hotel se había instalado por fin en Nueva York, y por eso me alegré tanto cuando me llamaste. ¿Vas a volver para siempre?
—Quizá. Ya veremos.
«Russell sería un buen padre para Pride. Quiere a los niños. Jugaría con ella…, la dejaría que se le montara en la espalda. Los niños no encuentran pesada su timidez, ni aun sus pequeñas moralidades. Le leería en voz alta.
Hasta le cambiaría los pañales. Nunca sería severo como Barney, no se emborracharía… ¡Cómo echo de menos a Barney! ¡Y eso que lo vi al mediodía!».
Pensó todo esto rápidamente, mientras seguía a Russell y se quitaba el abrigo.
—¡Señoooras y caballeros, tengo el gran placer de presentarles esta noooche a un raro y celebrado animal, mi esposa, y anuuunciar que la doctora Ann Vickers Spaulding…!
«¡Santo Dios! ¡Me figuro que, legalmente, yo soy la señora Spaulding!».
—… ha convenido con este vuestro humilde servidor, el presidente de esta reunión, que no le gusta nada, pero que nada, el experimento de que una pareja de casados viva en distintos departamentos, por muy atareados que estén los dos y… aunque tengan distintas ocupaciones y que, por lo tanto, la arriba citada doctora Vickers y su maridito van a vivir juntos de ahora en adelante!
Muchos aplausos de los concurrentes, sentados en sillones, divanes y en el taburete del piano.
Russell estaba lleno de alegría y autoridad. Su incursión por el campo del comercio le había asegurado aún más en su idea de que era un hombre de mundo y, con mayor firmeza de la que antes mostrara al hablar de los bonos de carbón o de los billetes para la Pensión Municipal, se puso a hablar entonces de los misterios de la industria de los hoteles baratos: del costo de los diez mil metros de tela de algodón para sábanas, del gran valor de la gelatina en los postres del hotel, del problema de impedir que los vagabundos haraganearan en el vestíbulo, del mismo problema con respecto a los lavabos y cuartos de baño, del valor de los carteles de propaganda cerca de las estaciones de ferrocarril, o en los caminos frecuentados por las caravanas de turistas. Habló con tanta sabiduría como un arqueólogo o un osteólogo, y cuando los invitados se marchaban, uno de los «personajes de la industria hotelera» se llevó a Ann a un rincón y le dijo:
—Russell ha aportado una gran cantidad de ideas nuevas a nuestra profesión, se lo aseguro. Aunque no tenga un puesto de tanta importancia como el suyo, debe alegrarla mucho tener un esposo con una imaginación tan creadora.
Él siguió hablando con autoridad, aun después que se hallaron solos, sin darse cuenta de que había caído en una emboscada y de que estaba indefenso…
—¡Siéntate y vamos a hablar un poco, Anita mía! ¡Bien, bien! ¡Estoy hablando como un poeta! Escúchame: he reflexionado mucho y ahora sé cuál es la falta que he cometido. Nunca he aplicado a mi vida privada los principios de dominio que, modestia aparte, me han proporcionado tanto
éxito en mis trabajos caritativos y en los negocios. Yo trataba de convencerte, en vez de insistir, aun en los casos en que estaba seguro de tener razón; y, como es natural, una mujer animosa como tú desprecia a los hombres que no toman la iniciativa. Te aseguro que he aprendido muchas cosas en los negocios; he visto lo que es la realidad, y me he dejado de teorías, ¡tú me dejaste porque me dediqué a ellos! ¡Es lo más sensato que he hecho en mi vida! Ahora bien… Dejémonos de palabras, de «síes», de
«buenos» y de «peros», y decidamos que lo único normal y sano para un matrimonio es vivir juntos, ¡claro que sí! Y si tú no puedes dirigir la casa y seguir con tu trabajo, ¡manda al cuerno tu empleo! Yo puedo mantenerte, aun con la crisis. Voy a convertirte en una mujer nueva. Si te quedaras en casa, descansaras como es debido y vieras las cosas con su debida perspectiva, no te tomarías tan en serio. ¡Bueno!, ¿qué te parece mi proposición?
—Lo siento mucho, Russell, pero antes tenemos que hablar de una o dos cosas —tiró el sombrero sobre el diván, se sentó en un sillón y encendió un cigarrillo. Uno debía buscar la comodidad, aun en el infierno. Él permaneció en pie y la miró radiante y sonriente, como un hombre que va a reconquistar a su Adorada, al parecer rebelde y caprichosa, pero que, en el fondo de su corazoncito, lo adora con toda el alma.
—Hay ciertas razones Russell, que me impulsan por el momento a compartir tu casa y tu comida…
—¡Oh! ¡Qué frase tan horrible! Debes ser un poco más romántica…
—… pero tenemos que hablar del asunto basándonos en la realidad.
Russell, ¡voy a tener un hijo!
—¿Eh? —por lo visto él recordaba aquella noche casual de hacía dos meses y medio, porque su cara resplandeció de alegría—. ¡Eso es algo espléndido! ¡Estoy simplemente encantado, vidita mía! ¡Oh, Dios mío, siempre tuve tantas ganas de tener un hijo! —y corrió a tirarse en el suelo, a los pies del sillón, besándole la mano con gran cantidad de vehemencia y babas—. ¡Un hijo! Un hijo con quien jugar, al que veremos crecer, al que enseñaremos… ¡quizás evitemos que cometa algunos errores que nosotros hemos cometido! ¡Será una excusa y una razón del trabajo que hago! ¡Lo
enviaré a Princeton! ¡Nuestro hijo! ¡Y yo que creía que nunca ibas a querer tener un hijo!
—¡Russell! Me cuesta trabajo decirte esto. Quizá cometa una estupidez al decírtelo, pero no es nuestro hijo.
—¿Qué quieres decir? ¿De quién es?
—Bueno, por encima de todo, mío.
—¿Quién es ese hombre? ¿Cuánto hace que estás embarazada?
—Poco más de dos meses.
—Entonces… Vamos a ver… ¡Entonces podría muy bien ser hijo mío!
—¡Oh, sí, podría ser! Pero lo más probable es que no lo sea.
Escúchame, Russell; no consentiré que me interrogues, que me amenaces, ni me convertiré en el auditorio de una escena dramática. El niño es mío y siempre lo será. Ya sé que no tengo ni el más mínimo derecho a pedirte nada. Puedes abandonarme en la nieve, pero sería algo ridículo, porque estamos en el mes de junio, puedo pagarme un taxi y tengo un piso bastante bueno. Soy incorregible. Voy a tener un hijo y estoy contenta de ello. Y, a propósito, ya que hablamos de ello, mi hijo será niña, no niño. Pero debe tener un hogar. Yo creo que tú serás un buen padre. Y una niña debe tener algún padre. ¡Aunque la niña es mía y siempre lo será! ¡Soy matriarcal. Tú no tienes la más mínima obligación, el más mínimo deber. Pero acabas de decirme que me quieres y que quieres tener un hijo! ¿Me aceptas, a mí y a mi hijo, de quién sólo sabrás que es hijo mío?
—¡Santo Dios, Ann, dadas las circunstancias, creo que no deberías hablar como una solterona púdica que pone en su lugar a un mandadero!
—Sí, creo que me he excedido un poco. Es que… Es que no es fácil hablar de esto con naturalidad. ¡No creo que sea una situación que se dé todos los días!
Se echaron a reír. Aquello era mejor. Pero él recobró instantáneamente su seriedad.
—No diré que eso no me ha dolido, Annie. Esperaba que algún día, por lo que fuera, tú querrías tener un hijo mío. Y al principio te mostrabas apasionada. Y luego…, no sé qué es lo que hice; ¡oh, querida, nunca lo comprendí!, ¡te volviste tan fría, tan hastiada de mí, tan irritante! ¡Oh, querida, no sabes lo que sufrí! En parte por ti. Y en parte porque siempre
tuve deseos locos de tener un hijo… Muchas veces he recortado las fotos de niños que aparecían en la revistas femeninas y las he guardado en mi escritorio. Siempre me imaginaba a mí mismo volviendo a casa por la noche y siendo recibido por un hijito que se me acercaba tambaleándose; yo le tomaba en brazos, le subía en alto y decía: «Papá…».
El hombre sudaba al descubrir su dolor.
Ann se fue a vivir con él, para que Pride tuviera un padre, después de pasar quince días en compañía de un Barney malhumorado y extrañamente silencioso.
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