Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 36 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo XXXV

Espirales, estrellas, rayos, zigzags…

CHARLA.

charla radical, charla progresiva, charla liberal, charla seria, charla inspiradora,

como la de Roget, del Thesaurus,

gritar, rugir, alborotar, aclarar, alborotar, aullar, mugir, chillar, exclamar, gemir, silbar, vociferar, levantar la voz, alzar la voz, llamar, cantar a gritos, gritar, exclamar, rasgar el aire; gritar con toda la fuerza de la voz, como, en un partido radical, en un partido radical, en un partido radical, como, de,

Tom Mooney libertad condicional Stalin

esterilización de los incapaces, ¿incapaces para qué?

kulaks

Gastonia

homosexualismo

comisión, forma de gob.

Haití, condiciones en

Nicaragua, condiciones en

sindicalismo

China, condiciones en

Silesia Superior, condiciones en

Liberia, tierra noble de los libres, condiciones en

homosexualismo

pena capital

limitación de la natalidad

patrón oro

glándulas

Sacco y Vanzetti

Ramsay MacDonald

Senadores, condiciones de

AF de L

AF de Matty Wool.

igualdad social

igualdad de raza

qué es la igualdad

homosexualismo

Mayoría Comunista en el Parlamento, no tiene ninguna probabilidad sin Bill Foster, pero si Bill Haywood hubiera vivido,

homosexualismo, condiciones del, prejuicios contra, ¿por qué no?

Tom Mooney

tarifas, abajo con las tarifas industria del acero, condiciones en ninguna condición en homosexualismo Rand School

enfermedades sociales —¿por qué sociales?

Macedonia irredenta, ¿dónde está Macedonia?

México irredento

la JAB de la AICP y el COS

la ILD

la LID

la AAAA

no, nunca la AAAA

la TUUL

la LIPA

la NAACP

la Unión de Libertades Civiles Americanas

el gremio de teatros

Clarence Darrow

Freud

Adler

Jung

Bertrana Russell

John Dewey

Al Smith

Sam Gompers

el Frente Unido

la Colonia del Llano

Mooney y Billings

no, nunca Billings y Mooney

condiciones

CHARLA

como,

para,

gritar, rugir, bramar, ladrar, chillar, bostezar, refunfuñar, aullar, balar, cacarear, graznar, tragar, apurar, cuchichear, silbar, explotar como CHARLAR,

con,

cualquier clase de gentes, con cualquier clase de modales, interesadas en Reformar al Mundo, tanto sea por una animada moralidad, el magnífico placer de armar jaleo, el aumento de los salarios, o el deseo, tan común entre las mujeres muy ricas, de ver a los rebeldes sabios, amables y

obsequiosos, en sus mesas y desde luego, todos los partidarios de la Justicia, como,

los editores de diarios revolucionarios

los agitadores comunistas que se encuentran en libertad bajo fianza los estadísticos

los presidentes de uniones de obreros de la confección instructores de Columbia

miembros de la Liga de Lucy Stone

periodistas socialistas de periódicos republicanos

esposas de banqueros que se vengan de sus esposos, poniendo en libertad bajo fianza a los comunistas y dándoles champaña cuando lo que necesitan es un buen puré, necesitan un buen puré, tanto los banqueros como los comunistas necesitan un buen puré, pero las esposas de los banqueros, las alegres esposas de los banqueros, prefieren que las ahorquen antes de servir puré

es mucho mejor, tra la, tra la, tra la la, que los mayordomos sirvan una y otra vez champaña a los pobres Bolos, cabildeos sobre Rumania, la Dakota del Norte, las canciones folklóricas, los navajos, el vegetarianismo, los cantos de los pájaros, y el enseñar escultura a pequeños judíos inteligentes, para que más tarde puedan emplear sus conocimientos, tra la la, en cortar trajes para caballeros extranjeros (1) con barbas (2) con barbas y todas estas gentes filantrópicas y reformadoras llenas, no de ginebra, como en las fiestas literarias de Greenwich Village, sino de CHARLA.

Ann recordó las conversaciones sostenidas aquella noche, en una fiesta densamente poblada de radicales y progresistas, mientras yacía en su cama, al lado de la de Russell —ella había querido una habitación para ella sola, pero Russell dijo que aquello era «mucho más alegre». Y sus recuerdos no volvían a ella en forma de sonidos, sino como figuras llameantes que pasaban delante de sus cerrados párpados.

A pesar de sus años de «trabajos sociales», sólo tenía unos pocos amigos íntimos. Pero Russell era el Beau Brummell del liberalismo. Tenía que oír muchas voces. Sufría si no le invitaban a todos los acontecimientos

públicos, y más aún si no lo reconocían todas las celebridades… de su mundo.

Porque hay muchas clases de celebridades, así como hay muchas clases de ocupaciones. Sólo unos pocos son universalmente célebres: en 1932, por ejemplo, sólo eran famosos en todo el mundo el coronel Lindbergh, George Bernard Shaw, el Príncipe de Gales, el Káiser, Freud, Einstein, Hitler, Mussolini, Gandhi, Hindenburg, Greta Garbo, Henry Ford, Stalin y, más que ninguno de ellos, Al Capone; pero de los catorce, cinco serían olvidados para 1935. Más hay ingenieros famosos entre los ingenieros; doctores cuyo historial de operaciones es conocido por los médicos de Kamchatka y París; tintoreros cuya aparición en el escenario, durante la Asamblea Nacional de los Lavaderos, hace que sus partidarios se levanten y los aplaudan histéricamente; hay autores cuyos nombres siguen siendo familiares a los críticos de libros, hasta un año después de su muerte. Así, pues, en los círculos reformistas, el hombre que estableció el sufragio libre en Nebraska y la mujer que fue por un año juez del tribunal de menores de Miami, son conocidos literalmente por docenas de personas y Russell se moría porque le vieran en compañía de tales maestri. Asistía a los banquetes. Presentaba a los oradores. Firmaba peticiones al Congreso para abolir la pobreza y el pecado. Gozaba por ser uno de los setenta vicepresidentes honorarios de asociaciones para rescindir las leyes azules, o sacar de la cárcel a todos los amotinados honrados que habían sido detenidos por pegar a los policías. Y, en los ratos libres que le dejaban esas actividades estelares, le gustaba simplemente salir.

A Ann también le gustaba salir, ir al teatro, a los conciertos, o pasar una hora tranquila junto a la chimenea de la doctora Wormser. Pero a Russell le encantaba ir a los sitios donde había conversaciones, animación y se daban soluciones vocales a lo insoluble. Nada de emborracharse, de vivir una vida bohemia. En aquellas reuniones no hacía falta la ginebra. Se divertían lo bastante hablando de la maldad de los prósperos kulaks rusos, y de la virtud de los prósperos granjeros de Dakota.

En una de esas veladas de diversión espiritual, Ann volvió a ver a Pearl McKaig, aquella muchachita delgada y seria, con la frente igual que un huevo duro, que en la Universidad de Point Royal la había censurado una vez por ser demasiado amable y dada a la política; ¡a Ann le extrañaba ahora tanto el que la torpe e ingenua Ann Vickers de aquellos días hubiera podido parecerle a alguien, aun a la misma Pearl, demasiado suave y condescendiente! Pearl había llegado a Nueva York para dedicarse a los trabajos sociales; había sido propagandista de las cooperativas y, después de la guerra, propagandista de Macedonia; luego se había tirado de cabeza al pozo y se había vuelto completamente comunista. Ahora era organizadora de la Liga pro Unión de las Uniones Obreras, rival comunista de la Federación Americana de Trabajadores; predicaba el comunismo desde cualquier parte, ya fuera una caja de jabón como el estrado del auditorio de una iglesia de Kansas City; escribía para el Daily Worker, explicando que todos los socialistas y liberales eran agentes secretos de J. Pierpont Morgan; y llevaba siempre el mismo traje de lana, medias de algodón, zapatos Ground Gripper y una chaqueta de imitación de gamuza, cerrada con un cierre relámpago. Pearl pensaba que los trajes de noche, las iglesias, James Branch Cabell, la carne, el tener criados, Walter Pater, Herbert Hoover, Clarence Darrow, los zapatos de charol, los cigarros, el vino, el ir de pesca, Joseph Hergesheimer, el Hotel Ritz, los camarotes de primera clase de los barcos, Oswald Garrison Villard, las acciones de las fábricas de acero, Trotski, el Príncipe de Gales, el Times, el Evening Post, el Sun y el Herald Tribune de Nueva York, Heywood Broun, la ropa interior de seda, las boquillas para cigarrillos que estuvieran hechas de cualquier cosa que no fuera papel, el Japón, las sociedades caritativas, las historias picantes, los diamantes, Aucassin and Nicolette, Harvard, el polo, William Randolph Hearts, el impuesto único, Ramsay McDonald, el golf, la Navidad, Velázquez, el rouge, Tolstoi, las sales de baño, Peter Kropotkin, los aguacates, el Saturday Evening Post, los banqueros, los abogados, los doctores, el tomar sol, excepto cuando era con algún fin, Evelyn Waugh, Polonia, H. G. Wells, los pañuelos de hilo, el levantarse después de las seis de la mañana, los Pullman, la New Republic, los anglicanos, los partidarios de la Christian Science, el Redbook, el Cosmopólitan, el New Yorker, H. L.

Mencken, Jonh D. Rockefeller, primera, segunda y tercera serie, Will Rogers, todos los automóviles, excepto los Ford y los Chevrolet de segunda mano, Dean Kirchwey, el Yogue, la Tribune de Chicago, el cardenal Hayes, Jane Addams, la Asociación Nacional pro mejoramiento de los negros, Palm Beach, la ruleta, la ginebra, las trufas, las batas, excepto las que tenían aspecto de manta, los taxis y la doctora Ann Vickers, eran igualmente burshui, viciosos, individualistas, anticuados y, en general, traidores a los obreros y a la URSS.

—¿Sigue intentando ponerle un parche a su sistema capitalista, reformándolo? —le preguntó a Ann con la fría seriedad de una diaconisa—.

Me figuro que reservará las más oscuras celdas de castigo para los presos políticos.

—¡Puede estar segura de ello! —dijo Ann, con la belicosa idiotez que las almas químicamente puras como la de Pearl despiertan en los seres humanos.

Durante su luna de miel, Ann le había sugerido a Russell que, ya que los ingresos de los dos se lo permitían, debían alquilar una casita en los suburbios y tener un hogar, en vez de posarse en cualquier lado, como los demás cuervos de Manhattan.

—¡Oh, no, creo que te equivocas, querida! —protestó Russell—.

Perderíamos el intercambio intelectual de la ciudad. ¡Es tan importante para nosotros! Piensa que, por ejemplo, en una velada en casa de Maurice Steinblatt te encuentras con gente que puede hablarte de los segadores negros, de las islas Lipari y del escándalo de los títulos extranjeros. ¡Oh, no! ¡En los suburbios no viven más que los que juegan al bridge!

Ann no había jugado al bridge en su vida.

Pero, en un breve segundo de deslealtad, se preguntó si el bridge no resultaría descansado después de haberse pasado el día tratando de convencer a unas cuantas mujeres descarriadas de que la borrosa decencia de una prisión modelo, era más agradable que los speakeasies.

Alquilaron un piso, porque era grande y barato, en una casa antigua, casi prehistórica, construida en 1895, y que tenía una fachada adornada con alminares y arcos moriscos. Se hallaba junto a una extensión del ferrocarril elevado de la Sexta Avenida, lo que, junto con los tranvías, los autos, los camiones y los carros de los lecheros, hacía que Ann se despertara sobresaltada por las noches como si sintiera que un leopardo arañaba las paredes del campamento. Además tenía cucarachas y olía a muros húmedos y a alfombras de coco.

Pero el living tenía nueve metros de largo, cinco metros de altura y era un lugar soberbio para celebrar reuniones radicales, o aun liberales, que son más grandes, aunque no tan ruidosas. Entre Ann y Russell reunían unos mil cien libros, divididos entre sociología, poesía y novelas policíacas, y la pareja hizo con ellos un sabio despliegue. En aquella soledad intelectual uno podía hasta imaginarse que no pasaban por allí los trenes elevados…

hasta que pasaba uno.

Allí Ann oía océanos, cataratas y torrentes de charla, pero no podía distinguir un torrente del otro.

Las paredes estaban cubiertas con un papel que imitaba piel, dividido en paneles por listones de pino pintados con optimismo de oscuro, para imitar la caoba. Pero no podían permitirse el lujo de cambiarlos, y Ann descubrió que a Russell le gustaba el aire señorial de la Sexta Avenida.

En uno de los rincones había una alcoba que era casi una habitación aparte. Cuando alquilaron la casa, Ann vio que él la miraba melancólicamente y luego le decía:

—Querida, quédate con ella para tu despacho.

—No. Quédate tú con ella, Ignatz. A mí me gusta más trabajar donde hay luz y aire. Y en casa no hago gran cosa, como no sea leer.

Tiernamente, ligeramente divertida, Ann le veía introducir a los visitantes en lo que a veces llamaba su «cubil», otras su «despacho» y otras su «oficina»», y Ann estaba segura de que, si no hubiera sido tan pequeña, la habría llamado su «estudio». En las pocas veladas que no encontraba excusa para salir, y no conseguía que fuera nadie, se retiraba a ella, con un gesto secreto, excitado y juvenil, y Ann lo veía pegar sellos en su álbum.

Era un coleccionista devoto. Tenía montones de catálogos, perfectamente

misteriosos para Ann, acerca de los Charkari pictóricos, los triángulos, los sellos recargados, las hojas perforadas, los de correo aéreo. Los miraba a través de un cristal de aumento, y saltaba en su asiento, se rascaba una oreja y chascaba la lengua al encontrar tesoros en los sellos que tenía delante. Les enseñaba a las visitas su álbum de sellos, del mismo modo que su hermano Henry, en Siracusa, mostraba a sus amigos su álbum Kodak, con las fotos del júnior desde la edad de un año a la de doce.

En agosto, cinco meses después de su matrimonio, y una semana antes de las vacaciones de verano, que Russell había insistido en pasar con los miembros de la Conferencia política progresista, en un campamento radical de los Adirondacks, Ann recibió noticias de Pat Bramble, que seguía en New Rochelle:

Querida Annie:

¿Qué tal te resulta el estar casada? ¿Por qué no vienes a verme, un fin de semana? Las cosas «gehen nicht bien bei» negocios. En esta ciudad hay un agente de propiedades llamado Lester Pomeroy, un verdadero Babitt, un Babitt alto, delgado, alegre, tonto y bondadoso, que me está quitando todos los clientes. Será tonto, pero así hay que tratar a las personas que quieren un palacio de setenta y cinco mil dólares con un acuario con peces dorados, por sólo treinta y cinco mil, pagando de una vez, seiscientos dólares y un cigarro. Me quitaba todos mis negocios así que me casé con él. Ven a vernos. Si hace falta, trae también a Russell.

Cariños

Pat.

Ann fue. Pero no llevó a Russell.

Pat y el alegre señor Pomeroy se habían instalado en una convencional y altamente confortable casa de estilo colonial, con chintzes, sillas largas, un estante para libros, gramófono, una cocina con azulejos de color y nevera eléctrica, un pequeño prado de césped, con un macizo redondo, lleno

de dalias, y un garaje para dos autos. Pat llevaba una bata transparente y floreada, y tenía una expresión de alegría, casi estúpida.

—¡Oh, Ann! —exclamó—. ¡Soy la mujer más feliz del mundo!, ¡mi marido me adora! Cree que soy una combinación de señora Browning y Mary Pickford. Vamos a tener hijos, si es que no soy demasiado vieja para eso. Pero, Annie, lo más importante, a pesar de todo, no es el amor. Es simplemente la sórdida vulgaridad de sentirse protegida: me refiero al dinero. El no tener que levantarse temprano todas las mañanas y salir corriendo a la oficina, para luchar con unos cuantos hombres endurecidos.

¡Ahora, puedo quedarme en la cama lo que quiero y, si me parece bien, hacer que la criada me entre el desayuno! Y he descubierto que, durante todos estos años, el interés que yo sentía por las propiedades suburbanas, era, en realidad, que yo deseaba una casa, sartenes nuevas y brillantes cuartos de limpieza, ¡para mí! . Y a lo mejor, el interés que tú te tomas por los presos no es, en realidad, más que un oculto anhelo de tener hijos.

Déjame que te enseñe la casa. Como vendedora, diría que no es nada más que regular, pero como dueña de casa, me parece el Castillo de Windsor.

Mas no te creas que no hago nada. Conozco a las mujeres algo mejor que Lester Pomeroy, y sé cómo hay que venderles las cosas. El martes último vendí una casa y me gané una buena comisión. Pero el no tener que hacerlo… es estupendo. ¡Ven, vamos a ver mi cabaña!

Aunque Ann no podía mostrarse tan sentimental como Pat acerca de la mantelería de hilo ruso, del secador de gas o de las nuevas colchas de las camas, no por eso dejaba de desearlas con toda su alma.

Se sentaron a descansar en el jardín, silenciosas, tumbadas en sillas de mimbre. Ann pensó amargamente que era una delicia no tener que escuchar la charla atropellada e intelectual de Russell.

Por la noche los visitaron unos vecinos, gentes serias y agradables, y todos tomaron bocadillos y cerveza, y jugaron al bridge.

Ann se acostó en un dormitorio fresco y alegre y se puso a escuchar el plateado río del silencio. Los insectos tocaban apagadamente su orquesta, pero sólo servía como una especie de fondo que hacía resaltar aún más la quietud.

Una vez se había enfurecido virtuosamente con los supuestos artistas que hablaban de que oían los colores, olían los hexágonos y sentían la fresca y suave sensación del sonido de las flautas, pero durante los dos últimos meses había visto claramente el ruido de la ciudad, el incesante rugido de la noche, como un puerto oscuro y maldito, donde ardían sus barcos.

Se despertó en medio de los cantos de los pájaros, en una mañana clara que no manchaba la grasa del elevado.

«Pride y yo tendremos una casa así», se dijo.

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