Cárceles de mujeres
Capítulo XXVI
—NO ME gusta decir esto acerca de una delincuente profesional, pero le juro que Kittie Cognac es una soplona y una espía —se quejó Birdie Wallop—. Cuando hable con ella, señorita Vickers, asegúrese bien de que no le dice nada que no quiere que sepa la señora Bitlick. Yo sé muy bien que Kittie fue la culpable de que el doctor Sorella se llevara un buen disgusto por haberle dicho que aquí dejaban que la Filson se muriera de hambre. ¡Si alguna vez quiere criticar (y le aseguro que a veces eso es una gran cosa), vaya y cuénteselo a Jessie Van Tuyl! La tal Van Tuyl es una gran persona. Cuando hablo con ella casi me entran ganas de volverme decente.
Pero luego voy y oigo a la señorita Peebee, y me pone tan furiosa que entonces me entran ganas de salir y vengarme de la población entera de este maldito Estado, por haberme encerrado aquí con Peebee, Bitlick y Kaggs…
Ahora que, en honor de la verdad, tengo que decir que fue Kittie Cognac la que nos enseñó a llamar a Peebee «la Perra Piadosa», en vez de la «Pobre Boba», como nosotras la llamábamos antes.
Kittie Cognac —había sido bautizada «Catherine Meek», aunque lo más probable es que no la hubieran bautizado nunca— era una chantajista, timadora, corredora de estupefacientes, ladrona de hoteles, artista barata y otras cosas más. Su lugar no era aquella prisión, relativamente rústica. Pero, por lo que ella misma consideraba una broma de la suerte, Kittie, que había escapado de la policía de Chicago, Nueva York, San Francisco y Montreal, sin cumplir entre todas las sentencias más de dos o tres años de prisión, había secuestrado en Pearlsburg un niño absolutamente vulgar y, a pesar de
todas sus protestas de que era la esposa de un baronet inglés —a quien el tribunal llamó «Su Gracia»— y de que su amado padre estaba moribundo, fue sentenciada a dieciséis años de cárcel. A pesar del uso generoso que hacía de su dinero entre los parientes de los miembros del Departamento de libertad condicional, parecía que Kittie iba a tener que cumplir, por lo menos, cinco años de su sentencia, aunque el niño que ella secuestrara había dejado casi de despertarse gritando por la noche.
Kittie Cognac tenía treinta y cinco años, voz de terciopelo, cabellos de color de caoba y unas manos como las de Diana.
Según sus propias y diversas confesiones, había nacido en lowa, Texas, Irlanda, Nueva York y Londres. Un día le dijo a Ann que conocía muy bien Londres; Su Gracia, su esposo y ella, se habían paseado muchas veces desde Saville Row hasta Buckingham Palace, y aunque no conocía personalmente al Rey, había cambiado muchas sonrisas con él en las carreras de Brighton, Cornualles, en el norte de Londres.
Era la principal trusty[21] de la prisión, no simplemente porque con el dinero que recibía misteriosamente todos los meses, regalaba bombones y medias de seda a las celadoras, y cigarros puros y revistas francesas muy divertidas a los hombres, sino porque era la única penada que sabía mandar de un modo competente. La señora Kaggs, la celadora de noche, decía admirativamente que Kittie no tenía más que mirar a Eglantine Inch para producirle un ataque de epilepsia. Aquello era verdad. Kittie podía hacerlo, y lo hacía. Kittie era ya ayudante oficial de la señora Kaggs; en realidad muchas veces era toda la vigilancia nocturna; dejaba que la señora Kaggs durmiera, lo tenía todo en perfecto orden y todavía le sobraba tiempo para recibir al capitán Waldo en el gimnasio. Contra todas las reglas, Kittie llevaba zapatos de tacones altos y un collar de perlas, y su uniforme de percal azul estaba nuevo, no recordaba en nada a un trapo y le llegaba nada más que hasta las rodillas.
—Usted y yo no nos encontramos en nuestro elemento en una cárcel tan rústica como ésta, señorita Vickers —dijo dulcemente Kittie, sentada sobre
una mesa que había al extremo del corredor de las celdas, balanceando las piernas y haciendo un prohibido café en una inconcebiblemente prohibida cafetera eléctrica de cristal—. Usted conoce Nueva York, pero estos patanes, sí, me refiero tanto a los guardianes como a las presas, ¡Dios mío!, no saben lo que es divertirse ni tratar con gentes bien.
»Por ejemplo, voy a contarle una cosa. Una vez tuve que salir de Chicago a la chita callando, porque tenían contra mí una orden de detención, por haber robado a un viejo pastor. ¡Santo Dios, aquella vez sí que me divertí! Yo tenía cierta casa en Chicago. Una vez veo en la estación un viejo pastor que estaba sacando un pasaje para KC y llevaba un fajo de billetes de Banco que habría ahogado a un caballo. Así que voy y me acerco a él y le digo que soy nueva en la ciudad y que como me he dado cuenta de que es un predicador, me gustaría que me dijera cuál es la mejor iglesia de Chi. Él me lo dijo, ¡vamos, era cosa de morirse de risa! Un par de años más tarde, fui a oír al viejo que me había recomendado, simplemente por divertirme; y, por hacer una travesura, saqué un billete de diez dólares de la bolsa de la colecta, mientras armaba mucho ruido metiendo un billete de uno. ¡Dios mío, cuánto me divertí! Pero a mí me parece bien el ir a la iglesia, y muchas veces me he peleado con los que se burlan de la religión.
Bueno, le di las gracias por lo bueno que era conmigo y le pregunté si quería ir un ratito a casa, mientras aguardaba su tren; le dije que vivía con mi madre, y que mamá estaba muriéndose de ganas de ir a la iglesia más elegante de la ciudad.
»Así que de una cosa pasamos a la otra y le hice subir a mi habitación.
Era un sitio muy elegante, un dormitorio salón la mar de bonito; no había otro sitio donde colgar la ropa más que en la cabecera de la cama, y yo había hecho colocar un panel corredizo, para que mi socio metiera por él la mano y fuera a registrar los pantalones del incauto. Así que le hice subir y… “¡Oh, Dios mío! ¡Mamá tiene que haber salido! Bueno, esperaremos”.
Y esto la hará reír, señorita Vickers. Yo no debiera ser tan franca con usted, pero he decidido reformarme y, como conozco la psicología, sé que el primer paso para reformarme de veras es contar la verdad a las autoridades,
¿no lo cree usted así? Yo habré sido una ladrona, pero ahora veo mi camino claro y nadie puede decir que, naturalmente, yo no haya sido siempre
honrada; ¡fue el ambiente y las circunstancias los que me hicieron mala!
Pero ya verá cómo esto la hace reír. Hice que el vejete se sentara, y ¡qué me ahorquen si no me puse a cantar himnos! ¡De veras! En Oklahoma, donde me eduqué, formaba parte del coro de la iglesia.
»Bueno, pues yo me senté en el brazo del sillón donde se había sentado el viejo y traté de animarlo un poco, a ver si se atrevía a hacerme una caricia, pero nada, no hacía caso…, sus días alegres se habían terminado.
Me tomó la mano, se puso a darme palmaditas y ¿qué se figura? ¡Comenzó a hablarme de su iglesia! ¿Se imagina algo por el estilo?
»Entonces se me ocurrió una idea. Era una noche muy caliente. Yo le sugerí que se quitara la chaqueta: en el bolsillo interior, dentro de un sobre, tenía una montaña de billetes. No, me dijo, no era cortés en presencia de una dama. Me entraron ganas de pegarle y gritar: “¡Oh, no se detenga por eso; yo no le exijo buenos modales… Lo único que me interesa es su dinero!”, pero adopté mi expresión más insinuante y le dije: “¡Pero tiene que quitarse la chaqueta, porque va a ayudarme a hacer un poco de
fudge[22]!".
»Yo tenía allí un hornillo eléctrico y algunos comestibles. Siempre lo encontré útil. Hacía que los imbéciles que me visitaban se pusieran a cocinar. Ésa es una invención mía, y espero que me lo reconocerán así.
¡Chicago May o Sophie Lyons no pensaron en algo parecido!
»Así que traté de hacerme la doméstica y saqué un poco de azúcar moreno y de manteca y le dije: “Cuando era una niñita en Oregón (creo que le dije Oregón o cualquier otro lugar que no había visto en mi vida).
Cuando era una niñita, mis cuatro hermanos y yo solíamos ir a casa de nuestro querido pastor para hacer un poco de fudge, y él se quitaba siempre la chaqueta y nos ayudaba. Así que si no lo hace, yo no me sentiré a gusto…, y ¡oh, cómo echo de menos en esta enorme y malvada ciudad los días de mi inocente niñez!”. Ya sabe, algo por el estilo, y mientras le sonreía como una gata.
»Como es natural, se lo tragó. Se quitó la chaqueta… pero, ¡se lo imagina!, el demonio de viejo la colgó en una silla que, por lo general, yo metía en el armario, para que no pudieran hacer eso. ¡No sabe cómo me enfadé! Pero fui justa; siempre lo soy; no censuré al viejo por haber puesto
allí la chaqueta; me eché la culpa a mí misma por no haber metido la silla; le dije que temía que la silla cayera, y le puse la chaqueta colgada de la cabecera, donde mi socio, después de hacer correr el panel, podía sacar la mano y quitarle el dinero, sin que nadie se enterara, y meterle en el bolsillo un sobre lleno de pedazos de papel, para que él no echara de menos su fajo de billetes si palpaba la chaqueta al salir.
»Bueno, el pobre viejo me daba un poco de lástima; gozaba haciendo el fudge, me dijo que hacía años que no lo probaba. Según parece, su frau estaba enferma y su vida hogareña era terrible. Pero… ¡Dios mío! ¡Cómo me aburría! ¡Yo comiendo fudge! ¡Me entraban ganas de pegarle! ¡Y habría seguido así hasta la hora de tomar el tren! ¡Si hasta quería que cantásemos unos himnos! Oh, y antes de que me olvide, lo más divertido de todo fue que, en cuanto hubimos hecho el fudge, el viejo insoportable —¿no es verdad que esos puritanos son odiosos?— fue y se puso la chaqueta de nuevo, con los trozos de papel de periódico en vez del dinero. ¡Pero vaya si me libré de él! Y ahora verá. Yo estaba segurísima de que no miraría la cartera hasta que estuviese sano y salvo en su tren. Pero él sospechaba de mí. Y dígame, ¿no le parece que para tanto hacerse el santo, eso demuestra que sus pensamientos no eran muy limpios? Por lo visto, en cuanto salió a la calle, mientras aguardaba el tranvía, ¡el condenado tacaño no quería tomar un taxi!, se le ocurrió mirar la cartera y entonces vio que en lugar de sus hermosos grabados, no tenía más que recortes de diarios.
»Bueno, yo ya estaba disponiéndome a marchar, ¡y oiga, esto sí que la hará reír!: estaba repitiendo uno de los himnos que había estado cantando con él, cuando entra en la habitación, furioso como un toro, ¡y tuvo el valor de amenazarme! ¡Y ahora sí que viene lo bueno! Me dijo que aquel dinero no era suyo; ¡que lo había reunido para construir una cocina y un comedor para su iglesia! ¡Y los policías me detuvieron y me llevaron a la comisaría!
»Bueno, pero todo salió bien. Yo había arreglado las cosas con un tipo que conocía para que me pusiera una fianza si alguna vez la necesitaba, en el entendimiento de que, cuando yo me marchara, le mandaría el dinero por correo. Y él lo hizo así; pero cuando llegué a Nueva York, me puse a pensar que el amigo que había puesto el dinero de la fianza era un hombre que tenía dinero de sobra y podía perder aquella cantidad, mientras que yo no
era más que una pobre muchacha que luchaba por salir adelante. ¿Y quién había hecho todo el trabajo en aquel caso? Yo, mientras que él se había limitado a dar el dinero. Así que, en pura justicia, yo no veía por qué había de devolverle su dinero. ¿No le parece que hice bien?
»¡Pero para que vea lo que son las injusticias de la vida! Yo pensaba que, con aquello, le daba una lección al pastor. ¿No le habían enseñado a que no hiciera caso de las mujeres desconocidas? ¿No merecía aquello lo que había perdido? ¿No me merecía los setecientos dólares que le había sacado… porque yo tuve que darle trescientos a mi socio, que no había hecho nada más que correr el panel y sacar la mano?
»Y entonces el pastor volvió a su pueblo y se murió. Los periódicos me echaron a mí la culpa; dijeron que lo había hecho por miedo al escándalo.
Pero ¿tenía yo la culpa?
»No sé aún muy bien lo que voy a hacer cuando salga de aquí. A lo mejor, me dedico al espiritismo. ¡Es un estupendo negocio! Pero no es nada malo, no vaya a figurárselo, hace la mar de bien. Claro está que una anda buscando su provecho, como en todo negocio, ¡pero no sabe lo que se consuelan algunas gentes, si se les dice que su tía María las está llamando desde el cielo!
»Y además, como es natural, yo creo en el espiritismo. ¿Usted, no? No, diablos, ya me lo figuraba que no creería. Eso es lo malo que tienen los espíritus apegados a la tierra. La señora Bitlick y el capitán Waldo son como ustedes. Son demasiado tontos, demasiado materialistas, para oír las voces del más allá. Pero yo me he consolado muchas veces en medio de mis grandes desgracias —ninguno de ustedes es capaz de comprender lo que yo he pasado—, hablando con el espíritu del general Grant o con cualquiera otra alma grande. Ésa es la verdadera razón que me ha traído aquí, porque los materialistas como usted y los jueces no pueden comprenderme. Sí, creo que no resultaría muy mal del todo como médium.
»Y por otra parte, también puedo escribir un libro acerca de lo mala que he sido, y de cómo me he arrepentido. ¡Aunque no lo crea, lo puedo hacer muy bien! Creo que he leído todo lo que merece la pena de ser leído. Le
apuesto cualquier cosa a que sé más acerca de Frank Harris, de Oscar Wilde y de Árthur Brisbane que cualquier profesor de universidad. Sí, por mí puede pensar lo que quiera, pero a mí me gustaría meterme en un negocio provechoso como las curaciones mentales o algo por el estilo. No sé lo que voy a hacer. A veces pienso que no he sido una buena mujer. Mi padre me odiaba. ¡Bueno, está bien, está bien! ¡Ya le enseñaré quién soy yo! Hace veinte años que ha muerto, pero, de todos modos, ¡ya le enseñaré quién soy yo! ¡Para ajustarle las cuentas, voy a vengarme en cualquier hombre al que pueda echarle la mano encima!
Ann apoyó la cabeza contra la pared del corredor.
«¡Así que hay presos que son tan viles como sus guardianes!».
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