Cárceles de mujeres
Capítulo XII
EL SIGUIENTE visitante no era ni tan distinguido ni tan amable como la doctora Malvina Wormser. Se trataba de una tal señorita Emily Allen Aukett, una de esas mujeres importantes de cuya importancia no se tiene más que una vaga idea. En las revistas sufragistas se la llamaba «autora, conferenciante y reformista», pero en la Fanning Mansión nadie sabía muy bien lo que había escrito, las conferencias que había pronunciado o cuáles habían sido las reformas por que había luchado, aunque el comité central de Nueva York la enviara para inspirar y animar a las trabajadoras locales.
Tenían instrucciones de cuidar de que la señorita Aukett fuese alojada y alimentada de modo agradable; se las previno de que acostumbraba tomar una cena caliente antes de acostarse, y de que iría en taxi, tanto a inspeccionar el campo de batalla, como para tomar el aire.
—¡Uff! ¡Cena caliente! ¡Taxis! ¡Para nosotras no hay más cena caliente que un buen vaso de agua caliente! —gruñó la señorita Bogardus a Ann—.
Usted y Eleanor se encargarán de acompañarla y de mimarla. Porque yo, como probablemente habrán observado ya, no respondo de no morderla alguna vez.
Emily Allen Aukett llevaba más brazaletes que Eula Towers, la de Point Royal, y estaba llena de zalameras sonrisas que ponían al descubierto todos sus dientes. Tenía treinta y cinco años a la luz artificial, y cuarenta y cinco a la del día. Era amable, pero también criticaba. Les dio a entender que la habitación que le habían destinado en la Fanning Mansión era horrible y el alimento de la Fanning Mansión un poco peor aún. Les sugirió que tomaran una «buena cocinera negra» para que hiciera la comida —¡ellas, que a menudo ni siquiera podían pagarse un pastel!
—¡Es tan refrescante el encontrarse aquí, en su sencillo y vigoroso Oeste Medio, después de haber estado en Nueva Inglaterra, Londres y París! —le decía a la señorita Bogardus, que había nacido en Maine.
A la señorita Bogardus no la habría importado aquello si la señorita Aukett hubiera electrizado a su auditorio en los dos discursos que pronunció
—uno en el Schützenverein Hall, y el otro en la Sociedad Literaria de Damas de la Oíd Elm Station, en el North Side. Pero la señorita Aukett era demasiado refinada para electrizar a nadie, y no lo suficientemente refinada para hacer otra cosa. Dijo algunas vaguedades castas acerca de las injusticias contra las mujeres, pero no había pensado en ninguna nueva, y todas, hasta la misma señorita Bogardus, estaban un poco hartas de las injusticias de costumbre. De lo que sí habló, voluble y sonriente, fue de lo relacionada que estaba con los grandes personajes del mundo, de la época en que había cruzado el océano con el general Wood y de las cosas ingeniosas que le había dicho cuando llegaban al muelle; y de las observaciones sobre la nobleza de la maternidad que le había confiado Elbert Hubbard.
Y por la noche, agotada por sus orgías de elocuencia, les hablaba con cierto mal humor mientras tomaba su cena caliente, que consistía en cacao, galletas recalentadas y miel, de la que Ann había privado a su persona, eternamente hambrienta.
—De veras, señorita Bogardus, no me gusta protestar; pero esa tal Aukett es insoportable —se quejaba Ann aquella misma noche, mientras la señorita Bogardus trataba de terminar a tiempo su editorial para la Ohio Suffrage Banner, que hubiera debido salir hacía tres días.
—Ya lo sé, muchacha; antes creía que toda mujer que creyera en el sufragio se había salvado, pero, por lo visto, apostamos como los hombres.
¿Qué vamos a hacer con ella?
—Ya sabe que las cuatro tenemos que ir a Tafford y tratar de organizar allí algo. Es el peor pueblo de todo el Estado. ¿Por qué no envía con nosotras a esa tal Aukett?
—Lo haré. Ahora vete a la cama, hija mía, y trata de… O no. Todavía no son las doce, Ann. Ya sé que estás cansada, pero la Randolph nos ha dejado plantadas esta noche y no ha llenado su pila de sobres. ¡Esas
trabajadoras voluntarias son horribles! ¿Quieres terminarlos, querida? Y a la señorita Aukett… y ¡le diré que va a quedar encantada de Tafford!
Tafford era una pequeña ciudad industrial, pero una ciudad antigua, con industrias de tres generaciones, relojes, rifles y máquinas de escribir, que exigían artesanos hábiles, cuidadosos y bien pagados, en vez de jornaleros polacos, checos o italianos recién llegados al país, y en la que faltaba ese socialismo común a todas las ciudades fabriles. Era como Hartford, Connecticut, o cualquier ciudad americana llamada Springfield, tan conservadora que parecía una de esas ciudades inglesas creadas en torno a una catedral. Tafford detestaba el sufragismo, particularmente el alcalde, el señor Snowfield, cuya esposa, una mujer de nariz ganchuda y vestido adornado de azabache, era la presidenta de la Asociación antisufragista de Ohio. Pero en Tafford contaban con una partidaria leal, una viuda llamada señora Manders, hermana espiritual de la señorita Bogardus, que luchaba por el voto, iba a la central de Clateburn a pedir oradoras, y a quien no se podía hacer callar, porque su padre había sido obispo metodista de Ohio y superintendente de una división del Ferrocarril Subterráneo, antes de la Guerra Civil.
La señorita Bogardus envió a Tafford a Emily Allen Aukett, dejándola a merced del honorable señor Snowfield y de la señora Manders; pero, como se compadecía de ella, envió graciosamente a Ann, Pat, Eleanor y Maggie O’Mara, para que le sirvieran de guardianes.
La señora Manders había alquilado la Gran Opera y cubrió Tafford de carteles, en los que se invitaba a los ciudadanos a escuchar a Emily Allen Aukett, «una de las más grandes pensadoras y autoras del mundo». Luego fue a esperarlas al tren de las cinco y dieciocho, paseó su aguda mirada sobre las cinco, tratando de descubrir cuál de ellas era la gran pensadora y autora, y torció el gesto con desdén, al ver que Emily avanzaba mostrando los dientes, tendiéndole las manos y exclamando con su voz dulce:
—Yo soy Aukett… estas chicas son mis lugartenientes… unas muchachas adorables… Me encanta el verme en esta activa ciudad del
Oeste Medio, tan vigorosa y sencilla, después de haber estado en París, Londres y Nueva York.
—No creo que la encuentre tan encantadora —dijo con voz aflautada la señora Manders—. Traté de comunicarme con usted mandándole un telegrama al tren. El propietario de la Gran Opera rescindió nuestro contrato. Parece que los antisufragistas le obligaron a hacerlo. Lo asustaron.
Hemos tratado de conseguir otra sala, pero no ha sido posible. Nos han fastidiado de veras.
—¿No podríamos dar un mitin en la calle, o en algún solar desocupado, señora Manders? Yo soy Ann Vickers, del comité central. Estamos acostumbradas a eso y estoy segura de que a la señorita Aukett no le importará.
—¡Oh, lo siento, pero sí me importa! —gimió la señorita Aukett, con tono menos dulce—. Me parece que en los mítines callejeros no se puede exponer de un modo razonable nuestro mensaje. ¡Y se habla ante gentes tan poco importantes!
La señora Manders —cuyo aspecto era tan maternal, tan gris y tan piadoso como el de cualquiera otra viuda de un diácono— dijo secamente:
—¡Pues creo que los únicos que oirán esta noche nuestro mensaje serán gentes muy poco importantes! Sí, sé dónde hay un buen solar desocupado; tiene un poco de barro, pero no hay ladrillos, así que los chicos no nos podrán tirar ninguno. Nos exponemos a ir a la cárcel. Es ya demasiado tarde para conseguir que el alcalde nos dé autorización para celebrar un mitin callejero. No es que legalmente lo necesitemos, pues un solar desocupado es propiedad particular. ¡Pero eso no va a detener a la policía de esta ciudad!
Ann, Pat y Eleanor lo aceptaron con la indiferencia de los mercenarios.
Maggie rió entre dientes. La señorita Aukett lanzó una exclamación ahogada. Luego, sonrió, pero de su sonrisa había desaparecido todo el oro y toda la benevolencia y cuando habló parecía que había comido algo mezclado con arena.
—Yo haré lo que pueda, por supuesto. Siempre lo hago. Pero me temo que estas jovencitas van a tener que luchar a puñetazos con el auditorio.
¡Están bastante acostumbradas a ello!
La señora Manders era una mujer de acción. Inmediatamente hizo que colocaran en la entrada de la Gran Opera un enorme cartelón, escrito a mano:
¡TAFFORD TIENE MIEDO A LAS MUJERES!
No nos dejará hablar esta noche, como habíamos anunciado, EN LA GRAN OPERA
ACUDID AL MITIN AL AIRE LIBRE QUE SE CELEBRARA
A LAS OCHO DE LA NOCHE EN LA ESQUINA
DE LAS CALLES BLAIR Y STAFFORD
Escuchad la sensacional verdad.
ESTA NOCHE - MIERCOLES
En la esquina del solar colocó a un niño, con un tambor, y a un cojo, veterano de la guerra con España, que tocaba una trompeta. Los dos se sentían orgullosos de su arte, y estaban deseosos de demostrarlo.
Cuando las cruzadas llegaron a las ocho menos cinco al lugar de la reunión, en el asmático Pope-Hartford de la señora Manders, el solar estaba completamente lleno. El auditorio no era hostil, como el respetable público de Symphony Hall de Clateburn; se componía en gran parte de desposeídos, de obreros sin trabajo, de fogoneros, de porteros, de peones y de lavanderas, y todos ellos admiraban el valor de aquellas damas bandoleras. Las aplaudieron jovialmente, mientras la señora Manders y las muchachas metían el auto en el centro del solar, sacaban los folletos y encendían una lámpara de gasolina. Pero a la débil y vacilante llama la multitud tenía un aspecto imponente; por todas partes se veían caras sin afeitar, gargantas arrugadas sobre camisas sin cuello, sombreros manchados de polvo de carbón o de cal, o las miradas atrevidas de las lavanderas.
Emily Allen Aukett se volvió hacia Eleanor, la única del grupo que parecía persona elegante, y le dijo con voz ahogada:
—¡Oh, son verdaderamente espantosos! ¡Por favor, convenza a la señora Manders de que son peligrosos! ¡Tenemos que marcharnos de aquí!
—¡Sí! Que os den el voto, muchachas. ¡Dadles un mal rato! ¡Viva el voto femenino! —rugía la multitud, mientras la señora Manders subía al asiento posterior del auto y alzaba las manos, pidiendo silencio.
—¡Nos van a linchar! —sollozó la señorita Aukett.
La señora Manders había hablado al auditorio como a vecinos suyos, Ann había comenzado su ya familiar —¡demasiado familiar!— exordio acerca de que las mujeres no pedían privilegios, sino una oportunidad para trabajar, cuando un auto de la policía dobló la esquina a toda velocidad, imperiosamente. Media docena de policías, mandados por un teniente, se abrieron paso entre la multitud, agitando sus porras.
—¡Gracias a Dios! —gimió Emily Allen Aukett; y la aristocrática Eleanor Crevecoeur se volvió hacia ella y exclamó:
—¡Imbécil! ¿Cuánto quiere que le demos para que se vuelva a Nueva York?
No es probable que, en medio de su terror, la señorita Aukett la oyera.
Abrió la portezuela del auto y salió de él, pegándose todo lo que pudo al fuerte teniente, cuando éste se acercó a uno de los lados del coche, y vertiendo sobre él el suave y reconfortante bálsamo de su sonrisa. El teniente no se fijó en ella. En aquel momento preguntaba a Ann, quien le miraba de arriba abajo, desde su puesto en la parte trasera del auto.
—¡Eh, usted señorita! ¿Dónde tiene la autorización para hablar en público?
—No la necesitamos. No necesitamos autorización alguna —dijo cortésmente la señora Manders—. Haga el favor de ocuparse en sus asuntos, teniente. Ésta no es una reunión callejera. Se celebra en un solar particular. No necesitamos…
—¡Diablos, vaya si necesitan permiso! ¿No ve que el público llega hasta la calle? Es una reunión callejera. ¡Vamos, a cerrar la boca y a salir de ahí, si no quieren que las metan a todas en la cárcel!
La educación de la hija del obispo se desvaneció, y la señorita Manders gritó a su vez:
—¡Meternos en la cárcel! ¡Hágalo! ¡Queremos que nos metan en la cárcel! —Eleanor, que sonreía fríamente, vio cómo Emily Allen Aukett se deslizaba detrás del teniente y después se perdía entre la multitud—. ¡Eso es
lo único que puede hacerles efecto a los brutos de que está compuesta la ciudad!
¡Ya la hemos oído bastante, señora Manders! Sé muy bien quién es.
¡Debía darle vergüenza de sí misma, una vieja, la hija del obispo, mezclándose con esas fulanas de fuera de la ciudad! ¡Una partida de rojas y de anarquistas! Si no estuviera relacionada con las mejores familias, la encerraba y, en cuanto saliera una palabra de su boca, me iba a ocurrir un accidente con la porra. Pero puede estar segura de que sus parientes no aguantarán mucho tiempo lo que está haciendo; yo sé lo que me digo.
Ahora… ¡Eh, muchachos! ¡Dispersen a esa gente! ¡Pilwaski! ¡Sube ahí dentro y lleva el auto hasta casa de la vieja…; usted, vaya también, Monahan, y encárguense de que esas furias no se les escapen por el camino!
Mientras Pilwaski se las llevaba en el auto, Ann vio cómo los policías trataban a una multitud que les pagaba para que velaran por el mantenimiento de la paz. Hubiera querido saltar del auto, matar a los policías, luchar y matar hasta que la mataran, pero el policía Monahan la sujetaba fuertemente y desde el auto vio algo que nunca pudo olvidar; algo que la convirtió para siempre en una revolucionaria fundamental, aun en los días en que llegó a ser una cautelosa empleada pública. Los ocho policías, con el corpulento teniente a la cabeza, se metieron entre la multitud. ¡Ocho contra quinientos! Si lo hubieran contado los periódicos, habría parecido heroico. Pero no lo era. Ann descubrió algo que más tarde le hizo imposible aceptar el pacifismo emotivo tan de moda en todas partes —excepto en Rusia y Japón—, desde 1920 a 1930. Descubrió que la masa desarmada no puede luchar contra un pelotón de hombres armados y disciplinados; y que ni la edad, el sexo, los argumentos, o las palabras dulces y razonables le libran a uno de las porras y los revólveres.
Los policías empezaron a avanzar entre la multitud, sencilla y sistemáticamente, golpeando cada una de las cabezas que se les iban presentando, lo mismo las de los trabajadores de cierta edad que las de los viejos, las mujeres o los niños de ocho años. Cuando alguien protestaba, le golpeaban dos veces, y le daban de patadas al caer retorciéndose sobre el fango. Cuando hubieron herido a más de la mitad del auditorio y todo el mundo huía, tropezando y empujando al que tenía delante, los ocho policías
agarraron por el cuello a las primeras ocho personas que encontraron, las metieron a patadas en el coche celular que había seguido al auto de la policía, y se alejaron ruidosamente del lugar.
Cuando el auto de la señora Manders, conducido por Pilwaski, se puso en marcha detrás del coche celular, Ann estiró el cuello para ver a los hombres con las frentes surcadas por un reguero de sangre que les caía hasta los ojos, cegándoles, caídos boca arriba sobre el fango, o alejándose de allí con paso vacilante, retorciéndose las manos y sollozando. En aquel momento dejó de ser una feminista para convertirse en una humanista, en el único sentido ortodoxo de tan trillada palabra.
Emily Allen Aukett había tomado un taxi y llegado antes que ellas a la casa de la señora Manders. Cuando llegaron estaba llorando junto a una maceta de geranios.
La señora Manders hizo como si no viera a Emily. Después de entrar en la salita, fuera del alcance de los oídos de Pilwaski y Monahan, declaró:
—Mañana por la mañana iremos a ver al alcalde y le pediremos permiso para hablar en la calle. No lo obtendremos. ¡Pero así algún día los ciudadanos se enterarán de quién es el dueño de las calles, además del agua y del gas! ¿Qué dice, señorita Vickers…, y ustedes, muchachas?
—¡Magnífico! —dijo a coro el Pelotón de la bola y la cadena.
—¡Oh, no! —gimió Emily Allen Aukett—. ¡Ya les previne lo que iba a ocurrir esta noche! ¡Ha sido tan poco decoroso!
Entonces habló la hija del obispo:
—¡Sí, y también lo es el dar a luz a un hijo, mi buena mujer! No tiene por qué preocuparse. Su tren sale esta noche a las once y dieciséis. Yo la llevaré en el auto a la estación. Ahora, las demás saldremos de aquí a las nueve de la mañana y…
Antes de que se fuera a la cama, la señora Manders telefoneó a la redacción de los periódicos de la noche y les dijo que al día siguiente, por la mañana, iba a ocurrir algo interesante en la escalinata del Ayuntamiento, y telefoneó luego a casa del alcalde, para decirle que las esperara a las nueve
y media. Por primera vez, las muchachas oyeron que la Boadicea metodista reía entre dientes y decía:
—¡Pero, señoría, me sorprende oírle hablar de ese modo, aunque recuerdo lo desagradable que era de niño, cuando tenía la costumbre de robarle las manzanas a papá y… —la señora Manders sonrió— estoy segura de que no faltarán los policías!
—Pero, gracias a Dios, yo no estaré allí —suspiró Emily Allen Aukett.
Cinco años más tarde, Ann iba a ver a la señorita Aukett en Nueva York, iba a tomar el té en su departamento de la calle Diez, y a descubrir que la señorita Aukett, tranquila y en su casa, era una mujer graciosa, divertida e inteligente y, lo peor de todo, que conocía en realidad a los personajes famosos de que había hablado. Ann suspiró: «¡Oh, uno nunca entiende a los demás, excepto a las personas que ha conocido el día antes!».
El que la señorita Bogardus, la áspera, fuera en realidad la más bondadosa de las mujeres; que Eleanor Crevecoeur pudiera ruborizar a Maggie O’Mara; que Glenn Hargis, el viril, fuera más débil que Eula Towers y más tímido que el reverendo profesor Henry Sogles, M. A.; el que la presuntuosa y cobarde Emily Aukett pudiera despreciar tan valerosamente la impopularidad; el que ella misma, Ann Vickers, sacrificara su vida y sus más ardientes ambiciones, a las reformas y mejoras sociales y, al mismo tiempo, se preguntara constantemente si merecía la pena el hacerlo…
¿Adónde iba a parar en su estudio de la humanidad?
Subieron con relativa mansedumbre la escalinata del Ayuntamiento, entre las macizas columnas que los habitantes de Tafford tenían por mármol macizo, pero que, en realidad, debido a un desgraciado accidente en las labores cívicas del partido de Snowfield, eran de piedra recubierta de mármol.
En las escalinatas las aguardaban seis periodistas.
—No puede entrar, señora —dijo el capitán de la policía a la señora Manders.
—Soy una ciudadana de Tafford, y exijo mi derecho a…
—¡Váyase a la calle y exija sus derechos desde allí! —dijo el capitán. Y
un policía las agarró del brazo, sin hacerles daño, pero con bastante rudeza.
La señora Manders, Eleanor, Ann y hasta la misma Maggie, lo soportaron con cierta calma, mientras Ann pensaba: «Podemos irnos a Clateburn en el tren de las tres. Creo que me tomaré un día de vacaciones para limpiar mi habitación y…».
Pero Pat Bramble, la pequeña y delicada Pat, se soltó a medias de las manos de los policías, bajó la cabeza y, como un carnero, la hundió en el vientre de uno de ellos. El policía aulló, le dio una bofetada y la agarró de la muñeca, retorciéndosela hasta hacerla gritar. Mecánicamente, sin pensar en ello, las otras tres muchachas, se dispusieron a cumplir con su deber, luchando con los demás policías, tratando de abofetearlos, mientras Ann recordaba a la anciana que las había reñido al salir de Symphony Hall y, reflexionaba fríamente, al mismo tiempo que trataba de soltarse de un policía: «No se han portado como señoritas, no… Ojalá saquen esto los fotógrafos; sería una publicidad estupenda para la Causa… No se han portado como señoritas, no se han portado como señoritas».
Y al llegar ahí mordió al policía.
Para Ann, el ser detenida en cualquier parte, por cualquier motivo, era algo tan imborrablemente vergonzoso como el ser sorprendida in fraganti delito de adulterio. Todo aquel que había sido detenido, aunque sólo fuera por una vez, era un «criminal», un ser esencialmente distinto de los demás, que hacía cosas espantosas sin motivo aparente y pertenecía al embrujado mundo de los tribunales y las prisiones, de las cámaras de tortura y las agonías de inhumanos delitos. Un criminal era algo tan embrujado como un fantasma; un juez o un carcelero, tan imponentes y tan poco vulgares como un sacerdote católico; y el edificio del tribunal o de la prisión, o de cualquier lugar relacionado con la detención, no estaba construido de ladrillos, madera o piedra, sino de un material leproso y extraterreno, que oscurecía el sol y el aire, y producía sueño.
No obstante, mientras las llevaban en el coche celular, con sus dos largos asientos cubiertos de un hule negro muy vulgar, y un grueso policía
de pie junto a la portezuela posterior, no pensó que se hallaba en un lugar embrujado y aterrador, sino simplemente en una incómoda camioneta
«Ford», con las cortinillas echadas. Y no se sentía, como debía sentirse, un criminal. Entonces se preguntó si los demás detenidos no se tendrían tampoco por criminales, sino simplemente por seres humanos, detenidos por torpes policías.
Estuvieron más de hora y media detenidas en una celda del tribunal municipal, y en la que había una prostituta, una ratera negra y una borracha.
Ninguna de ellas le inspiró horror a Ann. No creyó que la habían insultado
—a ella, una mujer respetable y culta— por encerrarla con aquellas desgraciadas; nada de eso. Pensó que no eran muy distintas de ella y que, probablemente, tenían tanta culpa de que las hubieran detenido como ella y la hija del obispo.
Y entonces fue cuando Ann, Pat, Eleanor y Maggie se ganaron el apodo por el que más tarde iban a ser conocidas: El Pelotón de la bola y la cadena.
Las llevaron ante un magistrado ni sádico ni humorista; un hombre grueso y vulgar, con un vulgar bigote castaño, que sentenciaba a los infractores con la misma falta de emoción con que comía su cerdo con habichuelas.
Las cinco mujeres, de pie ante el alto y grasiento pupitre del juez, fueron acusadas —con asombro de Ann y desdén de Eleanor— de alteración del orden, de haber empleado palabras soeces e insultantes, de haber hecho frente a la policía en el cumplimiento de su deber, y de haber sido causa de que se formaran grupos. Los cinco policías, cada uno de los cuales abultaba tanto como tres acusadas, declararon que «esas mujeres»
habían intentado atacar al alcalde cuando ellos les habían dicho que el alcalde no podía verlas, y se habían lanzado sobre los policías, los habían golpeado, los habían mordido y les habían hecho pasar muy mal rato.
El magistrado miró a la señora Manders y luego al policía que la custodiaba. Ann creyó ver que le guiñaba el ojo, al preguntarle:
—Pero esa señora de edad… ¡estoy seguro de que no secundó a las muchachas en su escandalosa conducta!
—No, Usía. Trató de impedirles que lo hicieran. Son forasteras… Dicen que han venido de Clateburn. Según parece, son anarquistas, sufragistas o
algo parecido, y creo que estaban tratando de engañar a la pobre anciana.
—¡Nada de eso! ¡SÍ ellas son culpables, yo soy el doble de culpable que ellas! —gimió la señora Manders.
—La señora Manders, absuelta. Las otras, condenadas a dos semanas de cárcel. ¡El siguiente caso!
—¡Exijo acompañar a esas muchachas! Es una vergüenza… —
¡Capitán! Saque de la sala a la señora. ¡He dicho que entre el caso siguiente!
Mientras el Pelotón de la bola y la cadena salía por la puerta posterior de la sala, Ann miró hacia atrás y vio que tres gigantescos policías, vestidos de azul, sacaban del tribunal a la señora Manders, la cual se resistía y pataleaba.
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