Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 2 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo I

UN RÍO de aguas amarillas que fluyen lentamente, unos sauces cuyas ramas se mecen a impulsos de la tibia brisa de agosto y cuatro niños que juegan a los grandes hombres, como lo hacen, sin duda, las personas mayores. Cuatro niños de voces agudas, inocentes, ardorosos, y que ni siquiera sueñan con las obligaciones y el cansancio que a los cuarenta y cinco años pesarán sobre ellos.

Los tres niños, Ben, Dick y Winthrop, que durante la última primavera habían tenido que soportar las lecciones de historia, trataban ahora de darles un empleo adecuado a la reina Isabel y a Colón. Pero no estaban de acuerdo acerca de quién debía representar a Isabel. Mientras discutían, una niña llegó cantando al bosquecillo de sauces, al rincón cubierto de hojas favorito de los niños.

—¡Mirad, ahí viene Ann Vickers; ella será Isabel! —exclamó Winthrop.

¡Oh, no! Lo echará a perder todo —dijo Ben—. Aunque creo que lo haría mejor que nadie.

—¡Ah, no vale! ¡No sabe jugar al béisbol!

—No sabrá jugar al béisbol, pero sin embargo le tiró una vez una bola de nieve al reverendo Tengbom.

—¡Sí, es verdad, ella fue quién se la tiró!

La chiquilla se detuvo delante de ellos, con los brazos en jarras; era una niña de hombros fuertes y piernas delgadas. Su única belleza, aparte de la frescura de su claro cutis, residía en los ojos, oscuros, asombradamente grandes y ardientes.

—Ven, vamos a jugar a Isabel y Colón —le pidió Winthrop.

—No puedo —dijo Ann—, estoy jugando a Pedippus.

—¿Y quién diablos es Pedippus?

—Pedippus era un viejo ermitaño. A lo mejor se llamaba Pelippus. Sea como fuere, era un viejo ermitaño. Antes había sido un gran príncipe, pero un día abandonó el palacio real porque se dio cuenta de que en él no había más que maldad, renunció a los placeres de la carne y se fue a vivir al desierto… y no comía más que avena y cacahuetes y cosas parecidas… y se pasaba todo el tiempo rezando.

—¡Qué juego tan feo! ¡Mira que comer avena!

—Le rodeaban las fieras del desierto, había gatos monteses y todo; pero él los domó y los acostumbró a que fueran a oír sus sermones. ¡Ahora voy a predicar a las fieras! ¡Había también unos osos gigantescos!

—¡Bah! ¡Ven y juega con nosotros a Isabel! —dijo Winthrop—. Te prestaré mi revólver mientras hagas de Isabel; pero después me lo tienes que devolver cuando me toque ser Colón.

Le dio el revólver, y la niña lo examinó críticamente. Nunca había tenido en sus manos la famosa arma, aunque en todo el pueblo no había un solo niño que no supiera que Winthrop poseía objeto tan notable. Era un verdadero revólver de calibre 22 y completo, aunque la verdad era que el cañón estaba tan lleno de óxido que no se hubiera podido meter ni un fósforo por su boca. Ann lo sacudió, fascinada, y algo nerviosa. El arma le hacía sentirse heroica, activa, y la privó inmediatamente de la casta autoridad de Pedippus.

—Muy bien —dijo.

—Tú serás Isabel y yo Colón —dijo Winthrop—; Ben, el rey Femando, y Dick, un cortesano envidioso. Tú ves que todos los tipos de la corte empiezan a meterse conmigo, a molestarme, y les dices que me dejen en paz y…

Ann agarró una rama de sauce rota. Con la mano izquierda la sujetó en torno a su cabeza, como una corona, mientras seguía empuñando el revólver con la derecha, y volviéndose hacia ellos les dijo con afectación:

—Arrodillaos, vasallos míos. No, Fernando, creo que tú puedes seguir de pie, ya que eres mi consorte… No, será mejor que te arrodilles también, por si acaso. Ahora decidme, Colón, ¿qué puedo hacer hoy por vos?

—Quiero descubrir América… Ahora tú empiezas a meterte conmigo, Dick.

—¡Ah, diablos, no sé qué decir!… No le escuches, Reina; es un tipo medio loco. No hay ninguna América. Y sus barcos caerán al abismo al llegar al extremo del mundo.

—¿Quién manda aquí, cortesano? ¡Yo! Tendrá sus tres barcos, aunque me cuesten la mitad de mi reino. ¿Qué pensáis, consorte?… Tú, Ben, me refiero a ti.

—¿Quién? ¿Yo? ¡Oh, a mí me parece bien, Reina!

—Entonces, dadle los barcos.

Amarrada a la orilla del río había una vieja barcaza que servía para el transporte de arena. Los cuatro chicos corrieron hacia ella. Ann los dirigía, revólver en mano. Al llegar a la barcaza exclamó:

—Ahora, yo seré Colón.

—No —protestó Winthrop—. ¡Yo soy Colón! ¡No puedes ser Isabel y Colón! Además, eres una chica. ¡Dame el revólver!

—¡Yo soy también Colón! ¡Soy el mejor de todos! ¡Vamos! ¡Pero si ni siquiera puedes decir los nombres de las carabelas de Colón!

—¡Claro que puedo!

—Muy bien, ¿cuáles eran?

—Pues, no recuerdo… ¡ni tú tampoco, marisabidilla!

—¡Oh, claro que sí! —exclamó Ann—. Eran el Pinto, la Santa Luchesa y… y la Armada.

—¡Diablos, tienes razón! Creo que ella debe ser Colón —intervino maravillado el destronado rey Femando y el gran navegante condujo su fiel tripulación a bordo de la Santa Lucía, saltando sobre el metro de agua fangosa, de un modo que no tenía nada de femenino ni de delicado.

Colón se dirigió a la proa —si es que una barcaza de extremos iguales posee tal cosa— y, sirviéndose de la mano como pantalla, miró hacia lo lejos y gritó:

—¡Muchachos, se acerca una gran tempestad! ¡Halad la vela mayor!

¡Arriad las demás velas! ¡Mil rayos, cómo truena y relampaguea! ¡Avanzad intrépidamente, mis valientes, que vuestro capitán os echará una mano!

Entre todos arriaron las velas antes que el huracán abatiese al gallardo barco. Aquél —al que quizás ayudara con sus saltos y sacudidas la tripulación, situada en un costado de la barcaza—, amenazaba con hundir la desgraciada carabela, pero los tripulantes se comportaban noblemente. No cabe duda de que contribuía mucho a alentarlos el gallardo ejemplo de su comandante, el cual se mantenía con la pierna derecha extendida hacia delante, una mano sobre el pecho y sosteniendo con la otra el revólver, mientras exclamaba:

—¡Bang, bang, bang!

Pero la tempestad seguía siendo imponente.

—¡Cantemos una canción para demostrar que poseemos corazones intrépidos! —ordenó Colón, y comenzó a cantar su balada favorita: Jingle bells, jingle bells,

Jingle all the way.

Oh! What fun it is to ride,

In a one-horse open sleigh[1] .

La tempestad cesó.

Los viajeros llegaban ahora a la isla de Watling. Al mirar más allá de las aguas turbulentas, hendidas de cuando en cuando por un sollo, Ann divisó a los salvajes que vagaban por la orilla.

—¡Mirad los crueles pieles rojas, ocultos entre las palmeras y las pagodas! —les advirtió Colón—. ¡Debemos prepararnos a vender caras nuestras vidas!

—Así lo haremos —asintió la tripulación contemplando boquiabierta las hierbas que cubrían la orilla.

—¿Qué os creéis que estás haciendo, chicos?

La voz era absolutamente extraña.

Se volvieron y vieron que un niño desconocido los contemplaba desde la orilla. Ann le miró con vivo interés, porque parecía salido de las páginas de un libro de cuentos. Ann no sentía ningún respeto por camaradas como Ben o Winthrop y, excepto en el arte del béisbol o en escupir, sentíase tan

hombre como ellos. Pero aquel muchacho desconocido, tal vez unos dos años mayor que ella, era un dios, un guerrero, un líder, una amenaza, un esplendor; tenía los cabellos rizados, los hombros anchos, la cintura estrecha, una sonrisa cínica en los labios y la nariz fina y desdeñosa.

—¿Qué os creéis que estáis haciendo, chicos?

—Estamos jugando a Colón. ¿Quieres jugar? —a la tripulación le sorprendió la mansedumbre de Ann.

—¡Bah! ¡Jugar! —el desconocido saltó a bordo con un salto ágil, mientras que a los otros les había costado mucho trabajo saltar a la barcaza

—. Déjame ver esa arma —y empuñó con desenfado el revólver que Colón le ofrecía con toda reverencia. Abrió el tambor y luego miró el interior del cañón—: Esto no sirve para nada. Voy a tirarlo por la borda.

—¡Oh, por favor, no lo hagas! —gimió Ann antes de que Winthrop, el dueño, tuviese ocasión de enfurecerse.

—Muy bien, chica. Quédate con él. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Adolfo Klebs. Mi padre y yo acabamos de llegar a la ciudad. Él es zapatero y, además, socialista. Vamos a establecernos aquí si no nos echan.

En Lebanon nos echaron. ¡Ah! ¡A mí me asustaron! «Si me toca, le doy una patada en el ojo», le dije al policía. No se atrevió a tocarme. Bueno, vamos a jugar a Colón. Yo seré Colón. Dame de nuevo el revólver. Ahora, chicos, alineaos a un costado del buque. ¡Ahí viene una partida de pieles rojas en sus canoas!

Ahora el que gritaba «bang, bang, bang», era Adolfo; Colón, mientras, introducía en América la cultura europea, matando a los primitivos americanos, y de todos sus partidarios no había ninguno más leal ni ruidoso que Ann Vickers.

Hasta entonces, Ann no había encontrado nunca a un muchacho que le pareciera superior a ella, y al rendir sus armas, experimentaba mayor satisfacción que en su anterior supremacía.

En Waubanakee, ciudad situada al sur del estado de Illinois, el padre de Ann Vickers desempeñaba el cargo de superintendente de las escuelas y era conocido como «el Profesor». Su posición le convertía en una de las

personas más notables de la localidad, junto con los tres doctores, los dos presidentes de los Bancos, los tres abogados —uno de ellos juez de paz—, el propietario del Boston Store, y los ministros episcopales, congregacionalistas y presbiterianos.

Físicamente, Waubanakee no interviene mucho en la historia de Ann. Al igual que muchos americanos que van de la calle Mayor a la Quinta Avenida, a la Avenida Michigan o a la calle del Mercado, y a diferencia de muchos ingleses y europeos de provincias, Ann después de la infancia, no conservó vínculo alguno con su ciudad natal y no volvió a ella después de la muerte de sus padres; no sentía deseos de adquirir allí una mansión para coronar su carrera, ni soñaba, como un procónsul anglo-indio, con ser enterrada en el cementerio del pueblo.

Sin embargo, aquella pequeña ciudad, sus costumbres y los principios paternos intervinieron en todos los actos de su vida. El código de su padre lo constituían la sobriedad, el trabajo honrado, la puntualidad en el pago de las deudas, la lealtad hacia los compañeros y amigos, así como el desdén por el dinero no ganado —una vez se había negado a aceptar el legado procedente de un tío al que despreciaba— y un orgullo que no le dejaba intimidarse ni amenazar a nadie. Y por eso, en Nueva York, donde los gorrones y los aduladores, los alegres mentirosos y los pequeños comediantes, no faltaban ni aun entre los trabajadores sociales y los hombres de ciencia, aquel código la obsesionaba, aunque no la entristeciera, ni la hiciera sentirse «freudiana…» y, por mucho que se riera de sí misma, se inquietaba si el día cuatro no había pagado todas sus facturas.

Una vez, en una conferencia, oyó decir a Cari Van Doren que, antes de que hubiera salido de su aldea natal de Hope (Illinois), tenía ya la impresión de haber conocido a todas las personas con las que más tarde había de relacionarse. Ann le dio la razón. El carpintero sueco de Waubanakee, a quien ella había oído hablar de Swedenborg, sólo en el tono de su voz difería del gran duque ruso a quien había de conocer en Nueva York treinta años después, y al que oiría discutir de metafísica con torpeza y ligereza a la vez.

Sí. Ann tenía tan profundamente arraigado en el corazón a Waubanakee, que toda su vida clasificó ingenuamente a sus amigos en buenas o malas

personas tan implícitamente como lo hacía su maestra de la escuela dominical, en la iglesia presbiteriana de Waubanakee. Había un muchacho encantador, ingenioso, alegre, que pertenecía a los mejores círculos de Nueva York, y que nunca devolvió el dinero que «pedía prestado» ni acudía con puntualidad a sus citas. ¡Muy bien! Pero, para la pequeña Ann Vickers, que nunca desapareció del todo en la personalidad de la gran reformadora doctora Ann Vickers (Hon. LL. D.)[2] aquel muchacho era malo, tan malo como lo era su padre, el borracho impenitente de Waubanakee.

Era un prejuicio del que nunca pudo arrepentirse del todo.

Su tradición americana era lo suficientemente antigua para que no le importara su origen provinciano, del mismo modo que un primer ministro inglés no se avergüenza de su origen escocés, o un presidente del Consejo francés de haber nacido en Provenza. Hasta aquella época, los americanos inteligentes y con cierta experiencia del mundo consideraban elegante decir que el sentirse orgullosos de Arkansas era insular y «chauvinista» o, por el contrario, jactarse de sus perfecciones rústicas. Pero Ann —y con ella unos ciento veinte millones de americanos— tuvo la suerte extraordinaria de vivir en aquel momento magnífico, aunque terrible, en que los Estados Unidos comenzaron torpemente a darse cuenta de que no eran los hijos legítimos de Europa, sino los orgullosos dueños de su propia casa.

Las muchachas americanas, ambiciosas y emprendedoras como Ann, se sienten unidas por lazos muy débiles a sus ciudades natales y hasta a sus familias, a no ser que éstas tengan un origen reciente, judío, alemán o italiano. Y como han perdido la riqueza y la seguridad que proporciona la solidaridad de la familia europea, se encuentran también libres de los incestos espirituales y sociales propios de esa clase de parentescos.

Pero, ya en Manhattan, Ann se alegraría un día de haber formado parte, por intermedio de su padre y Waubanakee, de la colonia burguesa que, hasta 1917, constituyó la única América.

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