Cárceles de mujeres
Capítulo II
WAUBANAKEE no se preocupó gran cosa de la llegada del nuevo zapatero remendón, Oscar Klebs, padre del atractivo Adolfo.
En la época de la infancia de Ann, los pueblos de la pradera, desde Zanesville a Dodge City, no se habían enterado aún de que formaban parte del ancho mundo. Se sentían aislados y, en realidad, lo estaban.
Y no les parecía mal que alguien fuera alemán —holandés decían ellos
—, como Oscar Klebs.
—¡Diablos! Hay algunos holandeses que son muy buena gente, tan buenos como usted y como yo. Por ejemplo, el sacerdote de la iglesia católica alemana. Claro está que gran número de sus feligreses son granjeros holandeses, brutos como el que más, pero él es una gran persona, y dicen que estudió en Roma y en otros sitios por el estilo. Pero, créame, le gustan tanto los malditos europeos como a mí. Ahora ese zapatero holandés, ese tal Klebs, dicen que es socialista, y yo le aseguro que en nuestro país no hay lugar para estos locos que no piensan más que en tirar bombas y arrasarlo todo. ¡No, señor, aquí no hay sitio para ellos!
Desgraciadamente, el único zapatero remendón que había en la ciudad era un yanqui borracho, a quien no era posible confiar un par de zapatos para que les pusiera medias suelas para el baile del IOOF, el sábado por la noche; irritados y de mala gana, los buenos burgueses de Waubanakee se vieron obligados a confiar sus arreglos a un hombre tan anarquista que aun en el mismo bar de la taberna de Lewis y Clarke, insistía en que los Stoke y los Vanderbilt no tenían derecho a sus fortunas.
Pero estaban furiosos con él.
El señor Evans, presidente del Banco Lincoln y Douglas, le dijo con impertinencia.
—Mire, Klebs. Ésta es una tierra llena de buenas oportunidades, y no nos gusta que los europeos decadentes, y hasta podría decir que degenerados, traten de enseñarnos lo que debemos hacer. En este país, un hombre que sabe trabajar bien se hace rico y, si usted me lo permite, señor, agregaré, sin ofenderle que si no ha prosperado, nosotros no tenemos la culpa.
—¡Diablos, señor, tiene razón! —dijo el criado de Lucas Bradley.
El profesor Vickers quedó ligeramente asombrado al ver que Ann le llevaba sus zapatos de diario y le decía:
—Papá, estos zapatos necesitan medias suelas.
Por lo general, Ann no se daba cuenta de que las suelas estaban gastadas, de que le faltaban botones o de que llevaba el pelo sin peinar.
—¡Bien, bien, veo que mi hijita está aprendiendo a cuidar sus cosas!
¡Me parece muy bien! Sí, llévalos mañana a arreglar. ¿Has preparado ya tu lección para la escuela dominical? —dijo él con la candidez benigna y la falta de consecuencia propia de todos los padres.
Todo esto ocurría un domingo, al día siguiente de la aparición milagrosa de Adolfo Klebs, el rey-Colón. El lunes por la mañana, a las ocho, Ann fue al nuevo taller de Oscar Klebs, situado en el antiguo local de la Chic Jewellery Store. En el estante situado encima del banco del zapatero, había una hilera de zapatos con ese aspecto curiosamente humano que suelen conservar los zapatos vacíos: los zapatos nudosos del campesino, cubiertos de arrugas, de polvo y cansancio; los zapatos de baile de la equívoca modista del pueblo, rojos y relucientes en la parte de arriba, pero rozados y gastados en la de abajo. Ann no vio nada de eso. Se quedó mirando a Oscar Klebs con la misma atención con que había mirado a su hijo Adolfo. Era el anciano más hermoso que ella había visto en su vida; tenía la barba blanca, la frente hermosa y despejada y una piel de delicada textura, surcada de venillas azules.
—Buenos días, señorita —dijo Oscar—. ¿En qué puedo servirla?
—Hágame el favor de ponerles medias suelas a estos zapatos. Son mis zapatos de diario. ¡Llevo puestos los de los domingos!
—¿Y por qué usa un par distinto los domingos?
—Porque es un día divino.
—¿Y no son divinos todos los días para los que trabajan?
—Sí, eso creo… ¿Dónde está Adolfo?
—¿Se ha detenido alguna vez a pensar, señorita, en que el sistema capitalista es enteramente erróneo? ¿En que usted y yo tenemos que trabajar durante todo el día y Evans, el banquero, que no hace más que recibir nuestro dinero para volver a prestarlo, es rico? No conozco todavía su nombre, señorita, pero tiene los ojos hermosos, inteligentes. ¡Piense en lo que le digo! ¡Un nuevo mundo! Pedirle a cada uno lo que puede dar, y darle todo lo que necesite. ¿Le gusta eso, señorita? Nein? ¿Un Estado en el que todos trabajemos, los unos para los otros?
Aquélla era quizá la primera ocasión en que una persona mayor hablaba con Ann Vickers de igual a igual; era la primera vez en la vida que la invitaban a meditar sobre un problema social más importante que, por ejemplo, la cuestión de si las niñas debían o no tirar los gatos muertos a los solares.
La niña —¡era tan inocente, tan pequeña, tan ignorante!— se sentó en actitud pensativa, con la barbilla apoyada en la palma de la mano y se enfrentó por primera vez con las terribles dificultades del pensamiento abstracto.
—Sí —dijo, y agregó—: Sí.
Y luego, una idea atravesó como un relámpago por su cerebro:
—¡Así debe ser! ¡No debe haber ricos ni pobres! ¡Muy bien! Pero, señor Klebs, ¿qué debemos hacer? ¿Quiere que empiece a hacer algo ahora?
Oscar Klebs sonrió. No era un hombre sonriente…; sufría como han sufrido siempre los santos, porque el Hombre no se ha convertido en Dios.
Pero esta vez sí que sonrió y se traicionó a sí mismo echándose a reír y diciendo:
¿Hacer? ¿Hacer, señorita? ¡Oh, me figuro que se limitará a seguir hablando de ello, como yo!
—No —dijo ella, entristecida—. ¡Lo que yo quiero no es hablar!
¡Quiero que Winthrop Zeiss tenga una casa tan hermosa como la del señor Evans! ¡Diablo! Winthrop es mil veces mejor que él. Quiero… ¡Caramba, señor Klebs, yo quisiera hacer muchas cosas en esta vida!
El anciano se quedó mirándola, en silencio:
—Las harás, querida, ¡que Dios te bendiga! —dijo él… el ateo. Y Ann olvidó preguntarle por el maravilloso Adolfo.
Pero volvió a ver a Adolfo, y con frecuencia.
El taller de Oscar Klebs se convirtió en su lugar favorito; la atraía más que la estación, donde todas las tardes, a las cinco, se reunían los niños para ver pasar el «Flyer» camino de Chicago. Oscar le hablaba de un mundo que, para ella, había sido hasta entonces de colores, pero plano, un misterio geográfico de dos dimensiones; de sus trabajos en una región maderera de Rusia —país en el que algún día había de haber una revolución—; del Tirol
—combinaba su ateísmo con una furiosa fe en que las vacas del Tirol hablaban en sus establos la noche de Navidad—; de las carpas de Fontainebleau, que salían de sus estanques para pedir migas de pan; de las murallas de Cartagena, que tenían tres metros de espesor y estaban llenas de oro ocultado en ellas por los piratas; de los barcos en que había navegado como grumete; del leproso solitario de Barbados, que se pasa el día rezando, sentado en la playa y mirando hacia el mar; de la clase de zapatos que usaba la emperatriz Eugenia; de los primeros ministros, de los tavaroshes y los vogis, de los pescadores de Islandia, de los numismáticos, de los Erzhergozen y de mil clases de hombres desconocidos en Waubanakee, hasta que el socialismo, al que Oscar la convirtió, llegó a confundirse en su mente con las novelas de Kipling.
Mientras hablaba a la niña, que le escuchaba sentada en un taburete, ruborizada y con los ojos brillantes, Oscar Klebs seguía claveteando sus zapatos, produciendo con el martillo un ruido semejante el redoble de un pequeño tambor.
Y Adolfo hacía su aparición.
El muchacho no se sentaba nunca. Era difícil imaginarse sentado a aquel chico parecido a un resorte de acero. No pertenecía a la generación locuaz y sedentaria del padre, sino a la nueva e inquieta edad de las máquinas, de los brillantes ejes, del pulido acero, de los pistones que se hundían en un infierno de gas inflamado, de las dínamos de indescriptible potencia. Si hubiera sido un chico de 1931, en lugar de serlo de 1901, hubiera respondido a las graves frases del padre con un «¿Oh, sí?». Pero, en 1901, su «¡Sí, desde luego!», era igualmente impertinente, agudo y enemigo de toda filosofía. Alto, burlón, vivo, arrimado a las puertas y paredes como si se dispusiera a dar un salto, con las manos metidas siempre en los bolsillos, Adolfo era para Ann Vickers el héroe más perfecto que ella había conocido hasta entonces.
En el pueblo se pensaba que Ann recibía una educación esmerada de sus padres, de las escuelas públicas de Waubanakee, y de la escuela dominical de la Primera —y única— Iglesia Presbiteriana de Waubanakee, y que los distinguidos hijos del banquero Evans le servían de guía en la sociedad.
Pero, en realidad, de quien aprendió más cosas fue del zapatero y de su hijo, y también de su padre, cuyos vicios eran la lealtad y la puntualidad en el pago de las deudas; y como estas enseñanzas eran duales y contradictorias ella fue también toda su vida dual y contradictoria. El viejo Oscar le enseñó que una de las cosas más importantes de la vida, es presentir la Utopía, y Adolfo le enseñó que lo más interesante era ser dura, saber dominarse y estar dispuesta a cualquier cosa.
Una o dos veces, mientras descansaban a orillas del río Waubanakee —
que no era tal río, sino un riachuelo—, Ann trató de dar a conocer a Adolfo cuáles eran sus ideas.
Que Oscar tenía razón y que era preferible que tuviéramos inmediatamente un Estado socialista en el que, como los monjes, trabajaríamos los unos para los otros.
Que no era nada agradable beber cerveza ni tomar parte en ciertas revelaciones curiosas que solían hacerse detrás de los graneros, ni averiguar las pequeñas diferencias que había entre los niños y las niñas.
Que el álgebra era bastante fácil una vez que se pasaba del principio.
Que los Idilios del Rey, de Lord Tennyson, eran muy emocionantes.
Que si Jesús murió por nosotros —como, sin duda, ocurrió—, era sencillamente horrible el levantarse tarde los domingos, y no bañarse a tiempo para no llegar con retraso a la escuela dominical.
Adolfo sonreía siempre mientras ella hablaba con seriedad, del mismo modo que sonreía al oír hablar a su padre. Toda la vida sonreiría mientras los demás hablaban. Pero aquello cortaba a Ann y la hacía volverse tímida, porque tomaba muy en serio las «ideas» que le exponía con tanto detenimiento, sentados en una barcaza arenera, junto al lento río que se deslizaba bajo los sauces, mecidos por las brisas tibias del mes de agosto.
Pero ni Ann ni ninguna otra persona pudo decir jamás si su desdeñosa sonrisa se debía a una sabiduría superior, de acuerdo con el acero de la edad del maquinismo, o a una espléndida y total falta de inteligencia. Años más tarde, Adolfo sería gerente de un buen garaje de los Angeles y Oscar dormiría para siempre en el Cementerio Católico de Waubanakee (Illinois).
Aun sin el viejo Oscar, Ann no habría sido nunca del todo una conformista. Y demostró por primera vez sus ideas feministas en la clase intermedia para niñas de la escuela dominical. Era la maestra la señora Fred Graves, esposa del expropietario del aserradero.
La lección trataba de la destrucción de Sodoma, aunque se habían omitido en ella los pasajes más fuertes. La señora Graves zumbaba monótonamente, como un abejorro:
—Pero la mujer de Lot, volvió la mirada hacia la horrible ciudad, en lugar de desdeñarla, y se convirtió en estatua de sal, lo cual es una importante lección para nosotros, porque nos muestra cuál es el castigo de la desobediencia y, además, que no debemos mirar ni desear las cosas o gentes malas. Porque eso es tan malo como si nosotros participáramos en lo que hacen o cediéramos…
—¡Perdón, señora Graves! —la interrumpió Ann con voz ligeramente chillona—. ¿Por qué razón, la mujer de Lot no iba a volver la mirada hacia su ciudad natal? Todos sus vecinos estaban allí y, a lo mejor, había pasado momentos muy agradables con ellos. ¡Quería despedirse de Sodoma!
—¡Vamos, Annie, te vuelves más sabia que la Biblia!… La mujer de Lot desobedeció; ¡quería hacer preguntas y discutir cómo ciertas niñas que yo conozco! Mira, el versículo diecisiete dice: «No mires hacia atrás». Era un mandato divino.
—Pero ¿no podía el Señor volver a convertirla en mujer, después de haber sido tan severo con ella?
La señora Graves había adquirido un aire de santa indignación. Sus ojos centelleaban, y le temblaban los lentes que colgaban sobre el severo busto, cubierto de seda. Las otras niñas se encogían, asustadas… y porque tenían ganas de reírse. Ann se dio cuenta del peligro, pero tenía necesidad de comprender aquellos problemas que tanto le habían preocupado mientras estudiaba su lección de la escuela dominical.
—Pero ¿no podía el Señor darle una nueva oportunidad, señora Graves?
¡Yo lo habría hecho si hubiera sido Ël!
—En mi vida he oído tales sacrilegios…
—No, pero… ¡Lot era un indecente! ¡No se compadeció de su mujer, ni siquiera intentó llevarla un trecho! ¡Se contentó con irse y dejarla allí sola, convertida en estatua de sal! ¿Por qué no le habló de ella al Señor? En aquellos tiempos, la gente hablaba muchas veces con Dios; así lo dice la Biblia.
¿Por qué no fue a ver al Señor y le dijo que no debía perder tan fácilmente la paciencia?
—¡Ann Emily Vickers, esto tengo que contárselo a su padre! ¡Nunca oí hablar de ese modo! ¡Márchese ahora mismo de esta clase y de esta escuela dominical, y luego hablaré de esto con su padre!
Aturdida, rebelde ante aquel primer descubrimiento de la injusticia, pero, al mismo tiempo, demasiado desconcertada para provocar una revuelta, Ann atravesó la nave de la iglesia, cruzando entre las niñas que se reían de ella y le hacían muecas para avergonzarla, y salió a un mundo en el que no cantaban los pájaros, un mundo lleno de terrible y acusadora piedad.
Sin embargo, su indignación había comenzado a despertarse y, cuando llegó a su casa y se encontró con su padre, que había acabado de vestirse para ir a la iglesia, bañado, con el calzado brillante y la levita puesta, la niña no pudo contenerse más y, le contó de cabo a rabo la historia de su martirio.
Él se echó a reír:
—Bueno, bueno, Annie, la cosa no me parece muy grave. No te preocupes demasiado por lo que vaya a decirme la Hermana Graves.
—¡Pero la conducta de ese antipático Lot es algo muy importante!
¡Tengo que hacer algo!
El padre abrió la puerta de la calle, riendo aún.
La niña cruzó corriendo la cocina, pasó frente a la asombrada sirvienta, que preparaba el fricasé de pollo, atravesó el patio de atrás y se dirigió hacia Sycamore Hill, gruñendo mientras corría:
—Sí, los hombres como Lot, el Señor y papá… ¡se ríen!, y las mujeres somos las que tenemos que cargar con todo lo malo —no miró hacia atrás; siguió dándole al pueblo la espalda, hasta que hubo llegado a la mitad de la cuesta.
Luego se volvió, tendió las manos hacia los tejados de Waubanakee y exclamó:
—¡Adiós, adiós! ¡Sodoma, te adoro! ¡Ahora te toca a Ti, Dios!
Y alzó al cielo sus ojos expectantes.
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