Cárceles de mujeres
Capítulo XXXVII
EN NADA, ni siquiera en las costumbres recurrentes del borracho, de un hombre de mal carácter o de una mujer desconfiada, se repite la vida de un modo tan seguro como en el matrimonio. Ann, que no había sido nunca una esposa cariñosa para Russell, no pudo seguir siéndolo más de dos semanas, y bien pronto volvió a las andadas, combatiendo con gran abundancia de palabras a los astutos opositores de una mayor libertad condicional para los presos que no habían cometido más que un delito, olvidándose de que, para Russell, su marido, era una persona tan importante que debía dedicarle todos sus sueños románticos, en vez de malgastarlos en comprobar las equivocaciones de un informe de Rhode Island acerca de la reincidencia.
La ruptura se produjo de un modo asombroso.
Russell volvió radiante a casa. Tenían la velada libre, un espléndido bistec para la cena y el porvenir se presentaba de color de rosa.
Al verle tan alegre, Ann comprendió que él tenía un secreto y por eso, cuando le preguntó: «¿Se puede saber lo que me ocultas? ¿Algo desagradable?», él se levantó de un salto y exclamó:
—¡Escucha, nena, se me ha presentado la mejor oportunidad de mi vida! ¿Conoces al viejo Shillady, el dueño de la cadena de hoteles… un hombre que ha dado mucho dinero para >ICO? Pues bien, se le ha ocurrido la idea de que en lo por venir no se ganará dinero con los hoteles grandes —
después de todo, están ya demasiado explotados—, sino con hoteles baratos para obreros. Se le ha ocurrido crear una cadena de grandes hoteles baratos, en realidad, pensiones de cierta categoría. Pues bien, como yo he dirigido para el >ICO muchas pensiones, comedores y cosas por el estilo, y conozco
cómo se hacen esas cosas, él me ha ofrecido el puesto de subgerente de toda la cadena, con doce mil dólares anuales; ¡piensa bien, el doble de lo que gano ahora!, y buenas perspectivas de llegar a ser un gerente y ganar hasta treinta mil dólares anuales per annum, per sécula seculórum. ¡Dios mío!
¿Verdad que es maravilloso?
—Pero… ¡Oh, Russell! ¿De veras tienes ganas de dedicarte a los negocios?
—¿Por qué no?
—¡Oh, es tan terriblemente estúpido!
—¡Diablos, muy bonito! ¡Y que seas tú la que me dices eso! ¡Tú, que siempre estás dudando del valor de la caridad, que siempre te estás metiendo con las personas que creen que pueden «salvar al mundo» por medio del impuesto único o aboliendo los cigarrillos!
—Ya lo sé. Ya lo sé. Y la doctora Wormser también duda del valor de la medicina en todo lo que no sea arreglar una pierna rota, dar sales, insulina o quinina. Pero eso no quiere decir que vaya a aceptar un empleo en un almacén, aunque le dieran un millón de dólares al año. Porque, Russell, por muy poco que consigamos, si es que conseguimos algo, el trabajador social tiene una profesión, como un abogado o un doctor, un artista, un sacerdote, un maestro o un soldado, y esa profesión tiene sus obligaciones, sus lealtades casi místicas; y si uno se ve obligado a renunciar a ella, es una tragedia. No necesitas el dinero. Entre los dos ganamos lo suficiente…
—Y ahora me figuro que me echarás en cara el que sin tu sueldo no tendríamos ni lo suficiente…
—¡Mi querido Ignatz! ¡El que diría con seguridad eso, serías tú, así que me sorprende que hables de ello!
—Bueno, pues si crees que yo he sido una rémora para ti… Dentro de unos años seré millonario y…
—¡Y te comprarás un fusil muy grande y matarás a todos los indios, y serás maquinista e irás en una de esas máquinas que hacen chu-chu! ¿Y
piensas esperar para conseguir tu millón a haber pasado de los siete años mentales? ¡Un millón de dólares! ¡Sí que no es poca elegancia! ¿Y qué piensas hacer con todo este dinero? Yo te lo diré: te convertirás en un filántropo y así podrás explicar ante una mesa llena de reformadores
jóvenes y entusiastas que, al dedicarte a los negocios, no has renunciado a ninguno de tus ideales. ¡Me voy a dar un paseo!
Luego vinieron el arrepentimiento, las excusas y las reconciliaciones; pero, por una vez, Russell se mantuvo firme. Dimitió de su empleo, comenzó a trabajar en la proyectada cadena de hoteles, y Ann, viendo la alegría que le producía el tener, por primera vez en su vida, el dinero suficiente para tomar taxis, comprendió que había sido injusta con él. Pero ella no quería convertirse en un accesorio más de las pensiones organizadas con el fin de hacer millones con los centavos de los trabajadores.
El contrato de su departamento bizantino expiraba el 1 de enero de 1930, un año y nueve meses después de su matrimonio. Russell tenía que ir a la Costa del Pacífico para tratar ciertos asuntos del sindicato de bóteles, y dejó a Ann encargada de buscar un departamento nuevo, un departamento más moderno, más de acuerdo con un joven prometedor señor de la industria hotelera, categoría casi igual en América al de un par del acero, del jabón o de los automóviles.
Ann le encontró un departamento excelente. Luego llevó sus libros, sus sillones y su ropa de cama a su antiguo departamento del hotel Portofino.
A su vuelta, él acudió furioso al hotel, pero su cólera varonil se desvaneció ante la frialdad de los ojos de Ann.
—¿Se puede saber por qué me has dejado plantado de ese modo? ¿Qué es lo que he hecho? —le preguntó, suplicante.
—Nada, querido —ella había perdido su frialdad y se mostraba bondadosa—. Pero era una perfecta oportunidad para romper, y la ruptura era inevitable. No sigamos adelante, peleándonos y volviéndonos a reconciliar, hasta que ya no podamos aguantar más, como suelen hacer otros matrimonios, antes de romper.
—¿Quieres divorciarte?
—No, particularmente.
—Entonces, ¿por qué…? ¡Oh, si lo prefieres, viviremos separadamente!
Al menos, por un poco de tiempo. Trataremos de aclarar nuestra situación.
De veras, no creo que lo que me importa es que la gente se ría de mí,
pensando que no he sabido conservarte. Es que te he amado más de lo que te ha amado nadie. ¡Te amo! ¡No comprendo lo que haces! ¡No sé qué te he hecho! ¡Ni tampoco sé qué voy a hacer sin ti!
El hombretón, humilde, de labios temblorosos, la miraba con ojos de niño aterrado, unos ojos que resaltaban extrañamente en su cara gordinflona de hombre maduro.
Y entonces se sintió más sola de lo que se había sentido nunca; mucho más sola de lo que se había sentido antes en el inhóspito hotel, porque no podía llamar ya a Lindsay Atwell ni a Russell Spaulding, y Pat Bramble Pomeroy venía rara vez a la ciudad.
Pero, sin embargo, era tal su soledad, su libertad carecía de tal modo de objeto que, cuando a fines de marzo Russell se quejó de que la gente comenzaba a reírse de él, Ann consintió en volver. Pero se dijo a sí misma que, antes de hacerlo tenía que dedicarse dos meses a sí misma, a descubrirse, a explorarse de nuevo, como lo había hecho al salir de Point Royal, después de las preguntas de Pearl McKaig, después de su temporada sufragista de Clateburn, después del settlement bouse, de Lafe, y de haber trabajado con Ardence Benescoten.
Pero no tenía mapas para realizar su exploración.
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