Cornelia de Gades
Capítulo 8
8
Tras las grandes revelaciones en el templo de Hércules, César no estaba dispuesto a perder tiempo ni movimientos. Si fuera preciso forzaría a la Fortuna para que sacudiera las alas sobre su cabeza monda. Me aseguró que regresaría con más poder y que me llevaría consigo a Roma, donde conquistaríamos el mundo y, sin más, marchó a la Urbe. Mientras observaba alejarse su barco, yo estaba convencido de que no volvería a verlo. ¿Que regresase aquel patricio romano para llevarme con él a su aventura política? ¡Absurdo!, un mero sueño, el último quizá de mi juventud. Nada más podía esperarse de aquella amistad, pensaba. César quedaría en mi recuerdo como mero viento fresco en pleno verano. Sin embargo, estaba muy equivocado.
El partido de los populares había sido derrotado en la guerra civil entre Mario y Sila. Los aristócratas vencedores eran celosos guardianes de sus privilegios de terratenientes y prestamistas que solo buscaban su propio enriquecimiento; dominaban la República desde tiempo inmemorial. Para ellos todas las ciudades de Italia, de Europa y del mundo eran arrabales de Roma. César, sobrino político del popular Mario, consideraba que los diversos pueblos debían ser integrados en una organización más amplia que la mera ciudad, que la República misma; debían construir un Estado romano más amplio que aquella. Para lograrlo, los aristócratas habrían de ser desposeídos de sus privilegios. El Senado debía abrirse a todos los provinciales. Estas eran las ideas que constituían el puerto de feliz arribada. La derrota para alcanzarlo, sin embargo, sería larga y tortuosa.
El funeral de su tía Julia, la esposa de Mario el proscrito, fue la primera oportunidad que tuvo César para significarse. Se atrevió a portar las máscaras de este en la procesión mortuoria. Si se hubiera levantado la toga en mitad del Senado y hubiese orinado delante de todos los padres de la patria, habría causado menos pasmo entre aquellos aristócratas adocenados. No contento con esto, pronunció un discurso en el que se decía descendiente directo de Venus: «Por su madre, mi tía Julia descendía de reyes; por su padre, está unida a los dioses inmortales; porque de Anco Marcio descendían los reyes Marcios, cuyo nombre llevó mi madre; de Venus descendían los Julios, cuya raza es la nuestra. Como veis, amigos, en nuestra familia se une la majestad de los reyes que son dueños de los hombres, y la santidad de los dioses, que son dueños de los reyes». Hubo quienes, atemorizados, se deslizaron entre la concurrencia y huyeron, pero los más, viejos partidarios de Mario y jóvenes populares exaltados, advertidos por el provocador de cuanto iba a acontecer, lanzaron salves a Mario y a César.
Los senadores del partido de los aristócratas que asistían al entierro no se atrevieron a hacer nada contra César, quizá atemorizados por la sorpresiva presencia de tantos jóvenes populares a los que se adivinaban las armas bajo sus togas. Fue aquella, sin embargo, la última oportunidad para que los aristócratas se lanzaran sobre la jauría de muchachos enfebrecidos por el populismo de César, pero dudaron y se escurrieron como zorros de la guarida del león. A partir de aquel acto nadie lo pudo parar. Sus adversarios fueron tomados por sorpresa, pues no se quisieron enterar de que, desde que regresara de Hispania, César recordaba en cada esquina, en cada reunión, en cada tasca, que además de descender de Venus provenía también de Eneas, pues Julo resulta ser, ni más ni menos que el mismísimo Ascanio, hijo del troyano, segundo rey de Roma. «¿No es esta la estrategia que diseñamos tú y yo, durante tantas noches mirando las estrellas en Gades, Balbo? —me escribió en una de sus frecuentes cartas—. ¿No quedamos en que era conveniente para el futuro amo del mundo darse golpes en el pecho, como aquellos monos enjaulados que vimos en el mercado cercano a tu casa, que parecían enfrentarse a sus guardianes nubios aporreando sus pechos como si fueran tambores? Tenías razón gaditano, en un país de gente indiscreta, la prudencia habría sido un gran vicio».
Yo me quedé en Gades al cuidado de la casa en mi condición de jefe de la familia; era preciso consolidar una clientela cada vez mayor, que se extendía desde Chipre hasta las islas del Bronce. Por fortuna, mi hermano Publio había mostrado siempre excelentes dotes financieras y capacidad de trabajo, por lo que yo me entregué, casi en exclusiva, al aspecto político de la gestión mercantil, no sin pocas críticas por parte de Publio, comerciante tradicional, que no entendía mis desvelos por buscar activos tan poco tangibles.
—¡Deja, Lucio, no toques esas relaciones de fletes!
—Pero…
—¡Déjalos! ¡Eres un desastre! Por mí, puedes dedicarte cuanto quieras a mariposear entre las flores…
—¿Crees que eso es lo que hago, Publio?
—Exacto, eso es lo que creo, que lo que no se suda no reporta beneficio.
—Te aseguro, hermano, que antes de que pasen diez años verás el fruto de mis contactos políticos.
—Sí, el fruto de los agujeros que tus amigos harán en nuestra bolsa…
—No te entiendo, Publio, ¿acaso padre no actuaba como yo?, ¿acaso no apoyó a Pompeyo con mucho más dinero del que yo pretendo prestar a César?
—Lo que quieras, pero Pompeyo era auriga ganador.
—¿Y César?
—Un embaucador.
Publio era un comerciante de raza y yo, también he de reconocerlo, tenía muchos pájaros en la cabeza, sí, pero la naturaleza de mis aves era muy especial, pues cambiarían de la noche a la mañana el plumón por aceradas plumas, y se convertirían, en pocos años, en águilas de garras temibles. El tiempo me dio la razón. Sin embargo me fiaba del tendero que tenía por hermano, aunque me doliera su falta de comprensión. Le dejaba hacer sin temores ni recelos porque sabía de su honradez, al menos con los suyos, y no podía ni imaginar que llegase a quitarme algo que me perteneciese, menos aún ostentando yo la condición de jefe de los Balbo de Gades.
César tenía voluntad de mantener, al pie de la letra, la decisión que tomara en el templo de Hércules: sujetar a la Fortuna por su único cabello, sin dejar escapar ni una oportunidad. Estaba convencido de que llegaría a dominar el mundo; los dioses habían enviado sus mensajes y César los había entendido a la perfección. La claridad del lenguaje divino se acomodó en su boca y pronto se convirtió en uno de los más importantes oradores de Roma. «No podemos pensar que la ciudad acaba tras sus murallas y que el mar es nuestro lago particular, una piscina de la domus romana —decía en el Senado—. Gades también es Roma, y Puteoli, y Salerno, y Tarraco, y Cartago Nova. Todas ellas requieren la misma protección que la muralla que todos podéis ver si miráis por aquella ventana. Ellas son Roma y claman por que Pompeyo destruya la flota pirata, como clamarían los paseantes del Foro si entrasen en él los germanos a caballo». Estaba claro que era una joven figura emergente en la envejecida política romana, y yo me sentía parte imprescindible de su proyecto. Sus amables y frecuentes cartas servían para avivar mi esperanza en sus promesas. Aunque alejado de mi amigo por un extenso mar, estaba cada vez más convencido de que la Fortuna miraba con un ojo a Gades, pero con otro a Roma.
Y como esta diosa es generosa con aquellos que se mantienen arrogantes, concedió su primer regalo a César. Pompeyo había sido nombrado procónsul en Asia para combatir a Mitrídates. Por las calles todos decían lo mismo, que Pompeyo tenía un pacto de colaboración con Craso, aquel desalmado que se quedara con media Roma en tiempos de las proscripciones silanas. Todos creían que, pese a llevarse mal porque los dos aspiraban a conquistar la despensa de Egipto, no les quedaba más remedio que apoyarse, aunque fuese a regañadientes. Craso se sintió acobardado por el hecho de que su brazo armado, su enemigo protector, marchara a Oriente, por lo que no tuvo más remedio que aproximarse al joven cachorro del partido de los populares, a César. «Creo que conseguiré con su apoyo el cargo de edil —me dijo este en otra misiva—, pero para ello necesito tu ayuda económica, un crédito que para ti resultará poca cosa y del que obtendrás pingües beneficios cuando acabe mi mandato. Debo deslumbrar, querido Balbo, y tú pronto estarás a mi lado».
Quedé apenado, he de reconocerlo, porque no esperaba que mi prometida ayuda fuera a exigírseme tan pronto y en tan cuantiosos términos: nada menos que sostener una campaña edilicia en la misma Roma.