Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 20 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 19

19

 

En Roma, mayo del 697

De Balbo a César:

Roma es una caldera hirviente, amigo, pero hemos logrado sembrar por sus calles nuestra red de colaboradores y los frutos están ya aquí, al alcance de la mano; esperamos una gran cosecha. Aunque los fondos que trajimos de la Galia empiezan a escasear no debes preocuparte, que Opio y yo adelantaremos cuanto sea preciso.

Trabajamos con esclavos, libertos y ciudadanos, con caballeros y hasta con optimates. Entre estos, hemos fichado a Furio Silano y a Marcio Plencio, familiares del mismísimo Catón. Funciona bien el sistema que ideamos: primero hacer el regalo, luego sugerir que César quedaría muy agradecido si se le otorgase tal o cual favor. Furio protestó al principio, pero una valiosa joya regalada a su esposa Cilina —ya sabes, la que se divorció de Escauro, de la familia de los Porcios— le animó a decidirse. Calculo que, con este método de trabajo, diez de cada cien optimates son ya de nuestra confianza.

Clodio, por su parte, hace bien su trabajo, que, tienes razón, es fundamental para consolidar el nuestro, pues siempre quedará en las mentes de los nuevos amigos el rumor de la amenaza. Sigue siendo el dueño de la calle, pero Pompeyo ha acuartelado a sus hombres, lo que nos resta fuerza; las patrullas nocturnas de la Subura ya no son tan numerosas, y esto, querido César, nos perjudica, pues temo que los optimates estén preparando sus propias banderías y empiecen con asaltos de un momento a otro. Clodio, sin embargo, está seguro de que nunca sucederá tal cosa; cree que los apaleadores enemigos se disolverán con el primer encuentro; no lo tengo tan claro.

Pompeyo, como habíamos previsto, empieza a escorar hacia el bando optimate. Ya te comenté en mi última carta que defendió en el Senado a Cicerón y que logró que se acordara el perdón, ¿recuerdas? Pues ahora te informo de que hace pocas semanas regresó del destierro. No te puedes ni imaginar la escena cuando abrazó a su mujer y a su hija en mi casa. También a mí me besó, muy agradecido por la protección dada a sus mujeres. Creo que tenemos en él un amigo para toda la vida; ahora me tocará a mí presionarlo. Fue excelente la operación que planificamos con el asalto a su casa. ¿Puedes creer que el buen Clodio aún no termina de entender la estratagema? Insiste en que teníamos que haberlas matado durante el asalto. Ya sé que aprecias a nuestro matarife, querido amigo, pero es mi deber advertirte, una vez más, de su escasa inteligencia.

Volviendo a Pompeyo, a principios de este año ha dado más pasos hacia el vacío, pues logró que se le concediera la cura annonae, con lo que tendrá poder absoluto sobre el reparto de trigo, y muchos estómagos agradecidos y comerciantes beneficiados se inclinarán hacia su bando; además, se le ha encargado el control de la flota y lo han nombrado custodio del Tesoro. ¿Cómo han conseguido nuestros enemigos que el gran hombre acepte tales prebendas de su mano?, preguntarás. Ya sabes cómo es; Pompeyo se deja querer, es su punto flaco. No se puede resistir a la adulación, toda Roma lo sabe. El otro día pude escuchar cómo un senador le decía a otro que se admiraba de que un campesino de Piceno hubiera alcanzado tan altas cumbres en la política, y cómo el otro le replicaba que tras esas cumbres le esperaban otras mayores que los mismos Alpes. Pompeyo estaba cerca y también oyó el comentario, seguro que preparado para que cayera como nieve en sus oídos. El rostro del gran guerrero se infló de dulzura, sus poros se abrieron —ya te digo que yo estaba a un palmo— y el hombre no sabía dónde mirar para no delatarse; hasta los ojos se le enramaron. Solo podemos esperar lo peor de él, César.

Sin embargo, de momento sigue encontrando resistencia entre sus inevitables futuros aliados, pues le ha sido negada por el Senado una expedición de castigo sobre Egipto, justo ahora que empezaba el hombre a acercarse a su bando. Siempre te he dicho que temo más a la maldad de nuestros enemigos que a su inteligencia, pues la falta de esta potencia aquella y los hace imprevisibles, pero en este caso sus pocas luces nos favorecen; estoy convencido de que no tendrían más que haber abierto la mano y puesto en ella un poco de trigo para que Pompeyo trepara a sus dedos y les picotease las palmas.

Respecto a Egipto, estamos aquí muy preocupados. Ya sabes lo que se puede esperar de Ptolomeo Auletes, un degenerado que no ha sabido controlar a su pueblo tras haberle entregado nosotros el poder. Ahora que las bellas posaderas de su hija Berenice se han sentado en el trono, nos pide de nuevo ayuda para desplazarla, pero no lo hace a Roma, es decir a ti, a Craso y a Pompeyo, sino solo a este último. ¿Cuánto nos dio en su día por devolverle la corona? ¿Seis mil talentos a cada uno de los triunviros? Pues sabe que ahora ha pagado diez mil, pero solo a Pompeyo. A mí esto me causa risa, César, pues no es para nosotros capital que tenga gran importancia, pero Craso, pese a bañarse en oro cada día, se ha sentido ofendido en extremo por tal pago. Sobre todo cuando se ha enterado de que el gobernador de Asia, Aulo Gabinio, el más fiel de los amigos de Pompeyo, ha marchado sobre Alejandría para reforzar las tropas del rey egipcio, y ya se están produciendo las primeras escaramuzas. Pese a nuestros esfuerzos, querido amigo, Egipto será siempre una roca insalvable en el camino de la concordia entre nuestros dos socios. Ya veremos en qué queda todo, pero me temo lo peor para la alianza a tres bandas.

Ya sabes, César, que si por mí fuera el pacto con Pompeyo nunca se rompería, que alguna ascendencia tengo sobre él como bien sabes, pero es Clodio el que parece empeñado en separaros. Verás, hace pocos días se ha producido un fuerte enfrentamiento entre los dos; ¡ay, amigo, las personas que piensan con la lengua no son muy de fiar! El hecho fue que, en plena asamblea del Senado, a nuestro Clodio se le ocurrió preguntar: «¿Quién mata de hambre al pueblo?», y como nadie respondiera, fue él mismo quien gritó: «¡Pompeyo!». Preguntó de nuevo: «¿Quién quiere apoderarse de Egipto?», y de nuevo el silencio. «¡Pompeyo!», gritó aún más fuerte Clodio. ¿Te imaginas la cara de nuestro amigo, el campesino de Piceno? Dime, César, ¿por qué el rey de los gladiadores busca la provocación? Porque está convencido de que el triunvirato ha muerto. Yo pienso lo mismo y tú también, estoy seguro, pero aún creo que debemos tener cuidado; la República no está del todo madura para el cambio.

De hecho, mientras escribo esta carta, acabo de recibir la noticia de que un grupo de desalmados, al mando de un tal Milón, sabueso de los optimates, ha atacado una de nuestras hermandades en la Subura. La guerra callejera ha comenzado, César, y antes de lo que pensaba.

Dejo de escribirte porque voy a recabar información sobre estos hechos. Te tendré informado.

Salve.

Lucio Cornelio Balbo Maior.

Post scriptum: Se me olvidaba. Acaban de interponer una denuncia contra mí en la que se discute, ¡admírate, amigo!, mi ciudadanía romana.