Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 69 de 70

Páginas del PDF

Cornelia de Gades

Algunas aclaraciones

 

NOMBRES DE LOS DIOSES. ¿Con qué nombres designaban los romanos a sus dioses, con los latinos o con los griegos? Creo que de manera indistinta, con predominio de la denominación griega. Así se deduce de la inmensa mayoría de las fuentes. Es algo muy natural, porque ¿quiénes eran los que escribían? Está claro que los miembros de las clases cultas, es decir, las más helenizadas. Por eso, en esta novela, narradores y personajes usan tanto nombres latinos como griegos, si bien se valen más de estos últimos.

OCTAVIO. Octavio es el primer nombre del que hoy se conoce como Augusto. Cuando fue elegido como sucesor de César, adoptó el de Cayo Julio César Octaviano. Solo después de obtener todo el poder, tras la tercera guerra civil, pasó a llamarse Augusto. Sin embargo, en la novela se mantiene el nombre de Octavio en los tres períodos con el fin de no confundir.

MAIOR Y MINOR. También para evitar confusiones, he preferido designar al primer Lucio Cornelio Balbo como «Maior» y a su sobrino como «Minor». En realidad, al tratarse de un mero adjetivo identificador latino, diferente al praenomen, al nomen y al cognomen, debería escribirse en minúscula y en cursiva, pero en atención al lector no experto en estas sutilezas, nos tomamos la licencia de elevar estas partículas a la categoría de nombre propio, con lo que nuestros personajes centrales serán Maior y Minor. Eso sí, para no irritar en demasía los ojos de los expertos, hemos decidido no tildarlos.

Entre Maior y su hermano Publio no existía relación de paterfamiliaridad. Cada uno era paterfamilias de su casa, pues la autoridad del pater no llegaba hasta los hermanos. De la misma manera, Maior no es paterfamilias con respecto a Minor, su sobrino, pero, sin embargo, sí era el jefe de la familia, pero en sentido amplio, una especie de hereu o, mejor, de padrino.

NÁPOLES. Todos saben que el origen de la palabra «Nápoles» procede de «Neápolis» («ciudad nueva»). Pero en nuestro caso, para no confundir al lector con la Neápolis gaditana construida por los Balbo, designaremos a la italiana con su nombre actual.

ACENTUACIONES Y CURSIVAS. Los romanos no usaban acentos, pero yo me he tomado la libertad de aplicar a las palabras latinas las normas ortográficas del español en lo tocante a la acentuación; creo que así serán más digeribles por el lector.

Por otra parte, he preferido españolizar términos romanos: por ejemplo, el «garum», la famosa salsa alimenticia del sur de Hispania, a la que designo como «garo», o las caligae, a las que llamo «cáligas», o «domina», que escribiremos como «dómina», y muchas más; sin embargo, hay términos que no encuentran acomodo, ni aproximado, en castellano; en tales casos, aparecen en cursiva.

HISTORICIDAD. Aunque en mi opinión los elementos históricos de un relato dan verosimilitud a los ficticios, a la vez que los ficticios refuerzan la credibilidad de los históricos, generalmente tan necesitados de esta cualidad literaria, y que es labor compleja trazar la línea divisoria entre ambas categorías, entiendo la curiosidad malsana de los lectores. Así, debo informar de que Cornelia existió, que fue la hija única de Minor, que se casó con Norbano Flaco y que fue madre, como se indica en el texto, de Lucio Norbano Balbo y de Cayo Norbano Flaco, los cuales llegaron a alcanzar el consulado. Las relaciones entre todos estos personajes, tal y como se desarrollan en la novela, no son improbables. También Acilia Antuca es un personaje histórico, así como Lucio Valerio Fécula, cuyas tumbas han aparecido recientemente en El Puerto de Santamaría, y lo más curioso es que la tal Acilia Antuca murió, según se puede leer en la lápida, a la edad de ciento dos años. Los únicos personajes ficticios de la novela son Acilina, sirvienta de Cornelia, y su esposo Berro. La ascendencia de los Balbo también es ficticia: Adma, Ishat, Sexta Manlia, así como la nuera Numeria y los nietos Marco y Luscinila. Respecto a los hechos, todos los que se cuentan están sacados de los libros de Historia, salvo el desfile de un elefante por las calles de Gades, cuestión que los mismos narradores ponen en duda. También parece ser que Maior escribió una obra autobiográfica, hoy por desgracia perdida, a la que tituló Ephémeris. Por último, de entre la numerosa legión de libros que he manejado, cabe destacar los tres siguientes: Confidentes de César, los Balbos de Cádiz, Juan Francisco Rodríguez Neila, Editorial Sílex, Madrid, 1992; El puerto gaditano de Balbo. El puerto de Santa María. Cádiz, Juan José López Amador y Enrique Pérez Fernández, Ediciones el Boletín, Gades, 2013, y El proceso contra L. C. Balbo «Maior»: estudio jurídico, Bernardo Periñán Gómez, Editorial Aranzadi, Pamplona, 2012.