Cornelia de Gades
Capítulo 18
18
Despidió, amigable, a cada uno de sus oficiales y les impartió las últimas órdenes concretas con la recomendación de que lo tuviesen informado por escrito. Era César un gran documentador, le encantaban los volantes, las minutas, las comunicaciones en clave.
Volvió con nosotros y nos invitó, de nuevo, a sentarnos. Él mismo colocó una jarra de vino sobre la mesa, después de que yo me apresurara a enrollar el mapa de operaciones elaborado por Mamurra. Éramos sus hombres de mayor confianza y César se podía distender.
—Ante todo, amigos, hemos de agradecer a Balbo la creación del magnífico sistema de espionaje en la provincia. Es toda una obra de arte, una red de informadores que nos permite conocer en todo momento la actitud de las diversas tribus respecto a Roma, un entramado que se extiende desde la tierra de los belgas a Aquitania y desde Armórica hasta el Rhenus. Que se sepa, esto jamás se había hecho, y no hay tratados militares que hablen de tan imponente táctica: potenciar la guerra escondida, silenciosa e implacable de los espías, esa segunda línea de acción que permite a un ejército adaptarse al terreno y, ya lo veréis amigos, al final, vencer. Ahora, creo que va siendo preciso que hagamos lo mismo en Roma, que en cada casa haya un hombre nuestro, que cada fuente escuche las conversaciones de las aguadoras, que cada mujer sea un caudal de información sobre las actividades de sus maridos y que estos sean reflejos de la actitud política de sus mujeres, que no se mueva un sestercio si no queda registrado en nuestros libros secretos, que seamos capaces de entender por dónde van a ir los pensamientos de los optimates antes, incluso, de que tomen sus decisiones, antes de que piensen, siquiera, en tomarlas. ¿De acuerdo? Bien. ¿Qué dices, Hircio, sobre el sistema de claves que te encargué?
—Aquí está, César.
Le extendió un papiro en el que no había hueco libre de tan relleno como estaba con palabras, flechas y signos.
—He traído copia para ellos dos.
—Correcto. Solo nosotros cuatro conoceremos este sistema de encriptación. Esta noche lo memorizaremos y mañana quemaremos el documento. ¿Qué opinas, Balbo, de este método?
—¡Es magnífico! Para decir que César ha enviado una legión a luchar contra los bretones hay que anotar: «El cerúleo puerco se apresta a encontrar a la puerca bella».
Todos rieron, apuraron sus vasos y se sirvieron más.
—Has hecho un buen trabajo, Hircio.
César se levantó; había de revisar los trabajos de fortificación. Nosotros también nos incorporamos.
—¡No, no! Vosotros seguid sentados hablando de cómo podemos organizar nuestro servicio de información en la misma Roma. De ese trabajo llevará la dirección Balbo y vosotros dos le ayudaréis. Tú, Hircio, además, serás el encargado de enlazar el frente con Roma. Y pedid cuantos fondos sean precisos, que ya hemos comprobado que en la Galia no falta el oro. Tened la seguridad de que no os dejaremos de la mano en ningún momento. Sabed, amigos, que la auténtica guerra no es esta, sino la que se libra en Roma.
Los tres jefes del espionaje cesariano levantamos las copas y brindamos por el procónsul y por su fortuna.
—Por cierto, amigos —preguntó César desde la entrada de la tienda—, ¿cómo se diría con nuestra clave la frase: «Balbo precisa más fondos urgentemente»?
—Creo que «monta en el burro y arrea fuerte» —respondí fingiendo inseguridad, mientras simulé revisar con cara de no comprender el intrincado papiro que tenía entre las manos—: «¿es así, Aulo?».
Hircio asintió y rio con ganas. Opio no podía frenar el ataque de hilaridad que lo acometió y César salió riendo del pretorio.
Entre risas y bromas habíamos puesto la primera piedra del más eficaz servicio de espionaje jamás conocido. Nuestras cartas encriptadas nos mantuvieron informados a César, a Hircio, a Opio y a mí, de los movimientos de la guerra y de las conspiraciones, día a día. Los mejores caballos y los más experimentados correos estaban a nuestra disposición y el secreto de nuestras claves nunca fue desvelado.