Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 7 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 6

6

 

Congeniamos en el acto. El recién llegado carecía de doblez aparente. Lo invité a visitar las bodegas de mi casa, donde, inspirados por el fraternal Baco, fijamos los pilares de una amistad que duraría hasta el fin de nuestras vidas. Acompañé a César a visitar los escondrijos de la pequeña ciudad, que él contempló admirado. Era evidente su cortesía, pues aquellos ojos habían ya acariciado los imponentes monumentos de Roma y de todas las ciudades del Lacio, aparte de Atenas, Mitilene, Éfeso y Bitinia.

Por la noche disfrutamos en brazos de las más afamadas cortesanas de Gades y a la mañana siguiente nos acercamos a las caballerizas de la ciudad, donde varios hombres intentaban herrar a un caballo rebelde.

Se llamaba Fulmen y acababa de ser domado. Su pelambrera, blanca entreverada con hebras de oro. Los esclavos que se le acercaron con la herradura iban en exceso confiados, y el animal se rebeló contra su torpeza. Lanzaba furia y rabia por los belfos volcánicos.

—Dejadme probar a mí —dijo César.

Se acercó despacio. El caballo piafaba inquieto, pero César logró acariciarle las crines. Luego se aproximó aún más, tomó la oreja de la bestia entre sus manos, la retorció con suavidad y, sin dejar de bisbisearle al oído, indicó a los hombres que podían herrarlo sin temor, que ya no se movería.

—¡Este hombre dominará al mundo! —gritó un sacerdote de Apolo que estaba presente. Hasta el nombre del caballo parecía apropiado para la ocasión: Fulmen, el rayo. César dominaría al rayo.

Pese a lo que arriba acabo de decir, que es en resumidas cuentas lo que nos narra la historia oficial, tengo ahora mis dudas sobre la veracidad de mis recuerdos. Son tantas las mentiras acumuladas unas sobre otras a lo largo de todos estos años que las imágenes inventadas se superponen a las reales en la memoria. Esta vacilación surge porque mi querida niña, Cornelia, me acaba de asegurar que la escena es imposible. En ocasiones los jóvenes son exasperantes. «¿Por qué?», pregunté, y me aseguró que ella era una experta en todo tipo de caballerías… «¿A tu edad?». «¡Sí, pregúntale a mi padre!». Parece ser que en Gades no pasaba semana sin que acudiera a las cuadras que su familia tenía en las afueras del puerto Menesteo, donde los capataces le enseñaron mucho sobre caballos. Asegura que esa técnica de domeñar a los équidos retorciéndoles la oreja no se da con animales superiores, con caballos al menos, ni siquiera con burdos percherones, aunque sí con burros, y que ella la aprendió de un esclavo mauritano. Cuando llegaba a una finca en época de herrada procuraba hacer uso de ese arte para dejar boquiabiertos a los aldeanos por el dominio que la frágil niña tenía sobre los asnos, a cuyas orejas tenía que escalar con la ayuda de una banqueta. Su sinceridad me pasma, y la frescura con que critica mi obra me hace sonreír y dudar. ¿No sería más bien un burro lo que César domeñó? ¿Habré sido yo el inventor de aquella historia por mi voluntad de favorecer a César ante la opinión de los romanos? ¿Será posible que, de tanto repetirla, la hazaña haya llegado a alcanzar la categoría de verdad indiscutible? Esta pequeña me hace dudar de todo, pero ¡cuánto la quiero! Es todo muy posible; soy tan viejo y he hablado tanto que he llegado a creer en la veracidad de los monstruos creados por mí mismo.

 

Aquel mismo día glorioso de la doma del caballo, al anochecer, fui testigo del emocionado llanto de César frente a la bella estatua de Alejandro instalada en el atrio de mi casa —otros dicen que esta escena tuvo lugar ante la imagen del héroe en el Herakleion, pero se equivocan—. Pidió una silla para sentarse frente a ella y contemplarla mejor. Aseguró que nunca había visto nada más bello. Yo ordené que allí mismo se le sirviese vino, pero rechazó el ofrecimiento y durante largo rato se perdió en la contemplación del macedonio. Por su rostro corría una lágrima.

—¿Qué te sucede, César?

—¡Oh, Júpiter! —gritó—. ¡Alejandro a mi edad ya había conquistado el mundo, Balbo!

—Pero tú has dominado un caballo esta mañana.

—No te burles, amigo. En realidad nada he hecho digno de mención.

Fue una larga noche en la que el futuro dictador de Roma me confesó sus más profundos secretos y ambiciones. Me sentía exultante al comprobar que mis sentimientos y los de César corrían parejos. Velamos a la luna aquella noche, armados de vidrios finos y de los mejores frutos de Baco. El dios aprovechó para penetrar en nuestras almas y fijar en sus paredes el acta de la amistad que nos uniría para siempre. Al día siguiente decidimos acudir al templo de Melkart-Hércules para hacer una ofrenda.

Es aquella una vieja construcción al lado del mar, alejada de la tierra por una delgada lengua de arena. Allí están escondidos los tesoros de la ciudad. Nuestras voces, alteradas por el vino trasegado, rebotaban en las paredes de granito humedecidas por el salitre de los siglos. Cuentan que justo al lado del templo se extendía hace tiempo una amplia tierra fértil con bosques de palmeras y plantaciones de todo tipo de frutas con las que se podía rellenar el cuerno de la abundancia, pero que el mar la había devorado. Ilustré a mi huésped con todo lo que sabía sobre las leyendas del protector de la ciudad, hasta que a César le entró sueño. Las conversaciones y libaciones de la tarde y la noche anteriores se hacían notar; yo también me sentía agotado.

Era ya mediodía y ordené que unas bellísimas jóvenes, venusinas, nos sirvieran un pequeño refrigerio allí mismo, en presencia del Dios, pues nada habíamos echado al estómago desde el día anterior. Tras comer nos invadió de nuevo el sopor, y nos rendimos a la voluptuosidad el sueño. Una de las muchachas, tañedora de lira, permitió que la cabeza de Julio reposase sobre su regazo. Tras la colación, quedamos profundamente dormidos.

Al poco tiempo, los gritos de César me despertaron; había sufrido una pesadilla. Las muchachas se asustaron.