Cornelia de Gades
Capítulo 44
44
El abuelo Publio era un hombre obsesionado con el dinero. Todas las noches ordenaba que le llevasen el arcón con las ganancias del día, y casi le sorprendía el alba contando y recontando. Tenía más de doscientas grandes bolsas de ases, semis, trientes, cuadrantes y sextantes, y cuatro esclavos clasificaban en ellas las diversas piezas menudas según sus procedencias de acuñación, mientras él se dedicaba a tocar, amontonar, ordenar y, en ocasiones, morder los denarios y sestercios de plata y los codiciados áureos de oro. A estos los disponía en columnitas de a diez, e imaginaba que cada una de ellas era un hombre; distribuía luego las columnas en diez cohortes, de cuatrocientas ochenta cada una; dentro de cada cohorte delimitaba manípulos, centurias, grupos y hasta centuriones, para los que elegía las monedas de plata con mayor rodaje en los mercados, las más usadas, y las colocaba sobre las nueve piezas de oro que hacían las veces de un oficial. Le encantaba completar legiones enteras relucientes. Cuando lograba montar una, pedía que le sirvieran vino sin aguar, y se agachaba para ver las perspectivas de filas y cuadros, por delante y por detrás, a ras de mesa o a vista de pájaro; eran sus tropas, compuesta cada legión por cuarenta y ocho mil áureos. «Mi ejército es diez veces más poderoso que el romano», decía. En el gran almacén en que daba rienda suelta a tales delirios, había instalado más de diez mesas de tres pasos de largo por uno de ancho; en cada una descansaba una legión, la I, la II, la III, con las que el financiero invadía imperios en su imaginación, sobornaba políticos, compraba tierras y cercaba ciudades. Jugaba, en definitiva, a ser su hermano Lucio Cornelio Balbo Maior, y no lo sabía.
Muchas noches Minor, el padre aún adolescente de Cornelia, observaba los desvelos militares del avaro Publio desde una claraboya abierta en el tejado de aquella habitación secreta hasta la que trepaba para espiar y ser testigo de aquella manía que absorbía la vida de su padre; la familia no contaba para él, solo vivía para sus monedas armadas, y Minor lo odiaba. Era Publio un padre negativo, un ejemplo que un joven sano no podía sino repudiar y, por extensión, el rechazo del muchacho alcanzaba a todos sus ancestros, no muy diferentes a su padre, en su opinión.
Estaba Minor desquiciado, abandonado, perdido en una pubertad turbulenta. Fueron nueve años azogados. En una ocasión soltó una docena de gatos sobre las legiones numismáticas desde la claraboya del despacho secreto del padre, los cuales se encargaron de hacer un destrozo completo entre las aguerridas y refulgentes tropas, como horda de germanos pintarrajeados; la inmensa mayoría de los centuriones, denarios de plata sobre cuerpos de dorados áureos, fueron decapitados, y el estrépito despertó a toda la servidumbre.
En otra ocasión, montado en un caballo negro reluciente y seguido por una pandilla de púberes tan alocados como él, también jinetes, atravesó las calles de Gades derribando personas, puestos y tiendas. Llegaron hasta la lonja donde su padre amontonaba fardos y se detuvieron en la puerta, pero él encabritó al caballo destrozándole los bajos con las espuelas, y logró que penetrase en el interior y lo atropellase todo, incluso a su padre, que resultó herido. Los castigos fueron sonados en todo Gades: azotes, días a pan y agua, cárcel y encadenamiento. Todo le era indiferente. «¡Eres carne de cruz!», gritaba Publio a cada latigazo.
El adolescente también odiaba a su tío Maior, pues, en su inexperiencia, no apreciaba las diferencias entre este y Publio, su padre. Los dos hermanos se parecían en lo físico, en los gestos, en el ademán tranquilo y reposado, gordezuelo y sonriente; hasta sus calvicies eran similares. En una ocasión en que el tío estaba leyendo una carta en los jardines de la mansión familiar, quizá misiva del mismo César, Minor, especialista en felinos hechos a reventar legiones, le arrojó desde el árbol en que estaba encaramado un manípulo de germanos con bigotes y dagas en las uñas, bien agitados y rabiosos por haber permanecido encerrados en un saco. Arrojar gatos era la broma preferida del tierno infante, y hasta llegaron a llamarlo Minor Feles. Sin embargo, esta vez no recibió castigo, porque el mismo Maior se curó las heridas en silencio, y sostuvo que habían sido causadas por cierta felina de dos patas algo díscola. Nunca llegó el gato Minor a apreciar aquel gesto, y quizá ni se enteró.
No sabe Cornelia cómo serán sus nietos Marco y Luscinila, a los que pronto espera ver en Roma, pero Minor a su edad odiaba a todos los familiares y hasta a los criados y esclavos, a los gaditanos y a los romanos, a los vivos y a los muertos. Pasados los años, sus correrías y maldades fueron en aumento, hasta el punto de que, en previsión de que tanto desmán se saliera de los cauces legales que la familia podía controlar, Publio decidió casarlo con Sexta Manlia, joven de excelente familia y de notables gracias, por ver si se le pasaban los furores juveniles. Fue su salvación.
Sexta lo llevó de la mano por caminos insospechados, entre besos y caricias, atenciones y cariño, que era lo que el joven necesitaba para calmar sus rabias volcánicas. Lo domesticó con una voz capaz de calmar las borrascas y dirigir los pensamientos; llegó a ser su maestra y amante exclusiva y excluyente. En una ocasión Cornelia, siendo niña, contempló admirada el trabajo de un encantador de serpientes que provenía de Persia o de más al Oriente aún; el terrible animal parecía indefenso e inofensivo con la cabecita cada vez más fuera del cesto, cimbreándose al ritmo de la música; ese debía de ser el efecto que producían las palabras de Sexta Manlia cuando salían por su boca. ¡Cuánto le hubiera gustado a Cornelia haber podido escucharla, sobre todo porque aseguraban que su voz se parecía a la de ella!
Mucho le hablaron sobre las andanzas infantiles de su padre Kalinai y Demócrito, la pareja de libertos a cuyo cargo quedó cuando Minor se marchó a Roma. Ella era una cotilla que contaba maravillosos cuentos, vidas y milagros de vecinos, familiares, amigos y enemigos, y Demócrito un sabio heleno que la enseñó todo cuanto sabía de lógica y griego, de geografía y matemáticas, los primeros copos del saber sobre los que se posó luego la nieve fina de las enseñanzas paternas. Ella le hablaba de su madre, de su belleza, de su inteligencia, de su gracia, de su voz; él de los sabios antiguos, de poesía, de canto, y se dirigía a ella siempre en griego. Kalinai decía que Cornelia se parecía a su abuela Adama, la esposa de Publio el adusto, el avaro, la callada e inteligente belleza morena que se marchitó al lado de aquel arbusto que jugaba a soldaditos con sus millones de áureos. Demócrito la hacía razonar y practicaba con ella los primeros ejercicios retóricos que luego, pasados los años, fueron completados con las sabias enseñanzas de Minor, recibidas a su vez de la cristalina Sexta. La liberta le contaba también historias de su bisabuela Ishat, madre de Publio y de Maior, esposa del legendario Melk Balbi, el primero de los Lucios Cornelios, el venerado, mujer con ciertas capacidades adivinatorias que se negó en redondo a aprender latín. Así fue creciendo sin la presencia del padre ni el cariño de su buena madre Sexta, a la que mató el parto de un hermano que también nació muerto. Cuentan que su padre estuvo a punto de morir de hambre, pues se negó a comer durante casi un mes. Cuando partió, Cornelia le regaló un monito; no tendría más de cinco años, pero aún recuerda la cara del pobre animal, que no quería separarse de ella. Luego se sintió feliz cuando se enteró de que Minor lo había cuidado como si fuera una persona, que hasta le había hecho una habitación a medida y puesto un esclavo a su servicio. Su padre la quería, y mucho más cuando comprobó, al retornar a Gades años después, que tenía la misma voz que su esposa Sexta. El monito había vuelto vivo y reconoció a su antigua ama, y le contó que Minor lo había cuidado muy bien…
Cornelia siente el calor de la manta que Acilina ha echado sobre su cuerpo. Dormirá feliz entre las frescas paredes de aquel templo, acompañada de sus mejores recuerdos.
—Descansa, dómina —escucha que dice Acilina, y siente el beso de esta en la frente.