Cornelia de Gades
Capítulo 54
54
En la lujosa vivienda de Mencio el Galaico, el hombre de los Balbo en Cartago Nova, Quinta Junia, la dama más respetable de la ciudad, es presentada a Cornelia. Tintinean sus pulseras, que deben de ser del más puro oro de tanto como brillan; parece querer alcanzar el cielo su peinado de monumento, moño sobre moño; muestra su sonrisa una dentadura blanca y cortés, acogedora; impregna el aire su aroma comprado a los perfumeros antioquenos, a razón de un áureo el frasco; vuelan con sus movimientos circulares, lentos, regios, los pliegues de la túnica adornada con lentejuelas de plata; se alza su mirada para ver por encima del hombro con holgura; se agazapan las arrugas de su cuello bajo un pañuelo ajustado con un broche de oro que desvía las miradas de la piel colgajosa, de la carne flácida que escapa por arriba o por debajo del trapillo. El cuello es el lugar de aquel cuerpo en el que se posa la mirada de Cornelia, su punto flaco. Por él siempre ha conocido la gaditana la edad de las mujeres; esta es mayor que ella, sin duda. ¿Qué se habrá pensado la coqueta? Si llega a saber que vendría a visitarla, se hubiera vestido con sus mejores galas. ¡Qué rabia!
—No me digas que no me conoces, Cornelia.
Esta la mira con cara de sorpresa.
—¿No te acuerdas de Gades, de cómo correteábamos por la playa de niñas, de cuando nos subíamos a la muralla? ¿Es posible que no me reconozcas?
—Pero si tú eres…
—La misma, Cornelia, la misma…
—¡Quinta Junia!
—Claro, Cornelia, soy tu amiga Quinta… ¡Estás como siempre, hija, parece que fue ayer…!
—Tú también estás primaveral.
«Era una fresca, Cornelia; me acuerdo bien de esta Quinta, una fresca, te lo digo yo». «Mujer, Antuca, han pasado muchos años…». «¡Ay, pequeña!, era una correntona de cría, y te diré que a ti también te gustaban mucho sus cochinadas». «Pero ¿qué dices?; refunfuñas porque toda la gente con la que me encuentro te desagrada, y no sé por qué…». «Eres una desconsiderada conmigo, niña, siempre fui tu amiga y aún velo por ti…». «Lo que quieras, pero te juro que ahora no sé bien qué eres, si amiga, enemiga o qué…».
—¿Qué dices, querida Cornelia?
—No, nada, cosas mías, llevo tanto tiempo sola que en ocasiones me hablo a mí misma…
—¡Qué graciosa!
Quinta Junia no entenderá esto, creerá que está loca; lo que es la vida, pues de joven era ella la que hacía locuras cuando acompañaba a su familia de visita a Gades; se volvía loca detrás de todos, incluso de los esclavos más atractivos, en eso Antuca tenía razón, y Cornelia la admiraba por ello, era cierto, pero la muy cochina solo pensaba en eso, y ahora está hecha una pura vieja; es más joven que ella, pero se conserva fatal, con ese cuello de ridícula anciana afeitada y los pies inflados, enormes, de elefante; seguro que está enferma. Pronto comprobará la repolluda lo que es tener cerca a una Balbo, verá sus modelos, sus joyas, sus peinados. La ha tomado por sorpresa, pues no esperaba verla tan pronto, incluso tenía intención de no pasar a saludar a su familia, aunque resultase una descortesía, porque, en el fondo, los Balbo no están obligados a tratarse con cualquiera, y los Junio Peto de Cartago Nova son unos advenedizos; ciudadanos, sí, pero recientes por concesión de su antepasado Tito Didio, un propretor insignificante que prohijó al padre de esta vieja Quinta. ¿Cuál era su nombre fenicio…? Ya recuerda, Baal Petúnico, ¡qué ridículo! Se hacen pasar por ricos, eso está claro, pero es todo artificio. Ha dicho que la va a llevar a conocer la ciudad; no cree Cornelia que llegue muy lejos con un paquidermo como guía, pero, en fin, tendrá que ser amable, pues Quinta también lo es, y la primera virtud de toda dama es responder con bien al bien que a una le hacen.
—Pues, la verdad, querida Cornelia, te conservas de maravilla, nadie diría que pasas de cincuenta años.
—Sí, estoy contenta, tengo bien las piernas y la mente, que no es poco, pero a ti, dime, ¿qué te sucede en las pantorrillas?
—No sé, hija, apenas orino, y dicen los galenos que el líquido se queda ahí acumulado.
—Eso le sucedía a mi suegra, y terminó sin poder andar, la pobre, con lo que le gustaba tomar el sol frente al mar…
Quinta se levanta con una exhibición de agilidad de la silla en la que está encajonada, aunque se le nota el esfuerzo en su rostro crispado.
—Esta muchacha tiene las manos preciosas —dice Junia refiriéndose a Acilina—, ¿es tu esclava?
—No, mujer, es mi escribiente, ciudadana romana, como su difunta abuela, la que vive en mí.
—No entiendo, Cornelia, ¿qué quieres decir?
—Pues eso, creo que respiré el neuma que escapó del último suspiro de la infeliz, y, ya ves, se ha quedado conmigo y no se anima a cruzar la Laguna.
—Eso es tremendo…
—Sí, pero no me importa, nos llevamos bien.
Quinta será la compañera de Cornelia durante las visitas a la vieja ciudad. Empezarán por el Augusteo, el templo más reciente de Cartago Nova, levantado al dios Octavio, con su suelo de mármol de cuadrados blanquinegros que causará la admiración de la gaditana. Luego recorrerán las cinco colinas, empezando por la más cercana a los puentes, la que llaman el Castro de Asdrúbal, pues fue el campamento base de la fuerza cartaginesa que creó la ciudad. En su cima hay un pequeño templo dedicado a Venus, pero, según Quinta, los vecinos rinden culto en ella a su deidad fenicia, Atargática, más seria que la romana y, sobre todo, mucho más milagrosa. Seguirán hacia la colina de Cronos, aunque la estatua de la cima más se parece a Baal Hannón, el Saturno africano. Pasarán luego al monte Aletes, donde Quinta irá quedando rezagada en la leve subida. La invitada buscará siempre la ventaja de ir por delante como para mostrar lo bien que tiene las piernas; serán pequeñas delanteras como es uso en las carreras de caballos, donde sacar medio hocico al contrario es suficiente para ganar; aquí Cornelia no perderá movimiento para quedar siempre por delante de la buena anfitriona. En la cima del Aletes verán una estatua a Eloí, entre las de otros muchos dioses. Cornelia se prosternará ante ella, aunque con cierta precaución por la suciedad y descuido del lugar, con la mayor parte de las divinidades rotas y descabezadas, tirados sus restos por todos los lados. De Eloí, el dios fenicio de los ancianos, solo quedará el rostro barbado y bondadoso, y hasta diez gallinas silvestres verán aseladas sobre una estatua de Diana Cazadora, sin hueco ya en sus fuertes brazos para más regalos blancuzcos. Otro día irán al monte de Hefaistos, y serán testigos de las Vulcanalia, una de las fiestas más famosas de Cartago Nova; verán cómo cerca del templo de planta redonda, niños y niñas desnudos, solo cubiertas sus frentes con guirnaldas de flores, encenderán una pequeña hoguera a la que arrojarán peces que pronto terminarán carbonizados. Por último, llegarán a la alta colina de Esculapio, que es la más pronunciada de las cinco. Desde su cima divisarán chicas las otras cuatro, diminutas las calles, como procesiones de dados sobre una sábana blanca. A la izquierda, el puerto bullicioso, enjambre de actividad, hormiguero al que se le ha levantado la piedra que lo cubre, un ir y venir de esperanzas con proas. Al fondo, los dos largos puentes que llevan a las minas, las canteras con las que se construye el mundo, la materia prima de los pensamientos de Cornelia. A la espalda, el mar y el horizonte recto, una línea que llegará hasta Roma. ¡Roma!, en la que ha de entrar para las Saturnalia. ¡Roma!, donde la esperan los brazos fuertes de su hijo Lucio, el cónsul, que le harán olvidar las arideces del otro, del gaditano cuyo nombre tanto le cuesta pronunciar. ¡Roma!, donde los pequeños Marco y Luscinila quizá estén deseando ver a su abuela. En las cinco colinas de Cartago Nova, la bella ciudad reconstruida por orden de Octavio, Cornelia se encomendará a cuantas divinidades las pueblan, tomará vahos de humos de colores en la fortaleza de Asdrúbal, sacrificará palomas en el templo de Cronos, rezará a Eloí en el monte Aletes, arrojará pescados al fuego en el Hefaístos y probará la sangre de la Gorgona en el alto monte de Asclepio, y todo con un solo fin: expulsar de su cuerpo a Antuca, pese a que sabe que esta se sujetará como garrapata a las vísceras, y siempre por delante de Quinta Junia, quien, con sus pies de elefante, desistirá de seguir compitiendo con la infatigable gaditana.
Fécula habrá renunciado a acompañarlas por más tiempo, desde que en el monte de Asdrúbal Cornelia le obligara a tomarla en brazos para subirla a una peana desde la que se divisaban los puentes, lo que ella aprovechó para restregar en demasía su cuerpo sujeto por aquellos brazos aún forzudos del hombre. Luego, la gaditana se reirá por la estampida de su antiguo amante, y comentará a Junia lo que le gustan al pobre Lucio Valerio Fécula las jovencitas, comportamiento ridículo en un hombre ya viejo. Junia, agotada, asentirá con la cabeza y esbozará un amago de sonrisa cómplice.
Berro sí que las acompañará con la disculpa de la protección a la dómina y el mando sobre sus germanos. Buscará cualquier esquina o boscosa hendidura para conversar con Acilina. Durante esos días de visitas, templos, sacrificios y agotamientos, aquellos amores crecerán y madurarán por decreto indiscutible de Venus.
Tras la última excursión al monte de Asclepio, Cornelia cree conveniente hablar con Acilina. Estuvieron desaparecidos ella y Berro durante toda la visita, y no pudo la dómina contemplar el juego de su amor.
—Tienes que procurar no apartarte de mí durante el día, Acilina —le dice al anochecer, con un leve toque de reproche, cuando se dispone a dictarle sus reflexiones diarias—. No me debes dejar sola, que cada día me duele más la cabeza por culpa de tu abuela. Ya sabes que vive dentro de mí y me desespera a veces… No, si en el fondo la quiero y no me molesta, pero, hija, a veces pienso que manipula mi cuerpo por dentro… Sí, lo que oyes, y me da la impresión de que se venga de mí y me maltrata con estos dolores, pero no sé por qué lo hace; yo creo que siempre me porté bien con ella, aunque con los sirvientes nunca se sabe… No pongas esa cara de susto, muchacha, tú eres sincera conmigo, ¿no es cierto?, pues dime, ¿has tenido ya amor con ese guardia germano, Berro?… Sí, ya sé que no es germano, pero poco le falta… ¿No? ¿Pero por qué bajas la cabeza, si no hay más que veros? Y haces bien, porque ese muchacho parece hombre de una pieza, no como muchos militares que no son trigo limpio, como era el mismo César, el más grande de los guerreros de Roma, aunque eso es algo normal entre los soldados… ¿Que no me entiendes, que cómo era César? Bueno, verás, es una leyenda lo de que el calvorota se acostase con tantas mujeres… Veo que te he sorprendido, ¿verdad? Pues sí, querida, es cierto que todo el mundo habla, aún hoy día, de su famosa espada, del ariete que abría todas las puertas o las ventanas de Roma, pero todo es mentira. Cuentan de su gran hazaña, el asalto al lecho de Porcia, hija de Catón y esposa de Bíbulo, el que fuera eterno rival de César, de la huida por el balcón, del accidente al caer sobre el inocente marido… ¿De verdad no has escuchado nunca esta comidilla? Pues no te has perdido nada, porque, te lo aseguro, Acilina, todo es rematadamente falso, que la misma Porcia me aseguró lo contrario, ella, que murió de vieja, como yo moriré, como tú morirás, como murió tu abuela, porque las mujeres no nos llevamos tan malos disgustos como los hombres y sabemos guardar nuestro corazón para mejores usos. Creo, querida, que César de mujeres nada de nada salvo, quizá, Servilia Cepiona, la madre del que lo asesinó a los pies de la estatua de Pompeyo… Sí, quizá esta pudo ser una excepción, no lo sé. Ella sí, me consta, estaba enamorada de él, así como tú de Berro, y, como todo el mundo recuerda, que nada nuevo voy a contarte, ella le envió una carta de amor al Senado, justo cuando se estaba discutiendo sobre la conspiración del malhadado Catilina, ya se sabe, hace mucho tiempo, antes de que César regresara de Hispania con Maior. Mientras él miraba arrobado aquella misiva que le acababa de llegar, Catón se percató de la lectura secreta del senador, y, como si fuera un alumno de escuela pillado con el billete de una amiguita del foro, se la reclamó, ¿te imaginas? Catilina estaba en la otra punta del hemiciclo, abandonado por todos, y Catón pensó que habría pedido auxilio extremo a su buen amigo César… Pues verás lo que sucedió: Catón le acusó a este de traición, pensando que lo tenía ya en sus manos; le reclamó, como te digo, el pergamino, y César se lo entregó risueño. «¡Eres un mal hombre y un borracho!», le espetó el purísimo senador cuando constató el contenido de la amorosa misiva, ¡menuda escena! Pues sí, Acilina, eso es lo único que tengo claro de las andanzas entre sábanas del gran hombre. El resto, invenciones, y lo de Porcia, insisto, radicalmente falso… Pero, a lo que íbamos, ese muchacho, Berro, parece otra cosa… ¿Qué te pasa, niña?, ¿por qué bajas la cabeza? Anda, ¡mírame! Así… ¿Por qué esas lágrimas? No seas boba, confía en tu dómina, chiquilla, que te aseguro que es un buen partido, y además tu abuela, que vive dentro de mí, aprueba que yo favorezca vuestro amor, aunque me ha costado mucho convencerla, no creas… No, no me pasa nada, ha sido solo un fuerte pinchazo en las sienes… Bueno, basta ya de charla, muchacha, deja que descanse, es como si me estuvieran clavando alfileres por dentro… ¡Anda, ayúdame a entrar en el lecho!
Acilina desviste con cuidado a la permisiva dómina, la acuesta, la arropa y acaricia su cabello blanco, lacio y escaso. Las últimas palabras antes de caer en el sueño liviano de los viejos son de cariño hacia sus nietos y hacia su hijo de Roma.
De puntillas deja la muchacha la habitación; ya Venus ha aparecido al lado izquierdo de la luna en creciente, y la hembra siente la llamada del sudor compartido, del ruidoso entrechocar de humedades, la salsa de la concha que parió a la Gran Madre.
—Por cierto —dice Cornelia sin abrir los ojos, antes de que la joven abandone la estancia—, dile a Lucio Valerio Fécula que quiero que mañana, en el teatro, se siente junto a mí mi amiga Lucila Prisca, la actriz; que mueva los hilos que tenga que mover y que pague lo que tenga que pagar, que ya me conoce y que no le perdonaría un fallo al respecto. Gracias, hija.