Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 2 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 1

1

 

Esta mano que guía el cálamo es la de Lucio Cornelio Balbo Maior, gaditano de origen, ciudadano de Roma. Estamos al filo del 715 y el 716 de la fundación de la Urbe. Es el fin del año y los festejos atruenan el aire de Nápoles, pero por fortuna los «Io Saturnalia» y las cantinelas de los borrachos no llegan hasta Capri. Acaba de concluir mi mandato como cónsul de Roma y el cuerpo me pide descanso; se lo concederé gustoso y aprovecharé para cumplir un viejo deseo: escribir mi biografía, mi Epheméris, un recordatorio de los grandes acontecimientos de la Historia de Roma, que coinciden con los hitos de mi propia vida. Ya se lo he dicho con claridad a Octavio: «Me voy porque me considero un humilde mortal que quiere aprovechar sus últimos momentos de vida». No quiso entenderlo. Le aseguré que, más bien pronto que tarde, él se convertiría en dios y su luz me deslumbraría. Se rio y me miró con torcida picardía. «¡Te lo has merecido, Lucio Cornelio! —me dijo—. No puedo censurar, buen amigo, que te retires para disfrutar de la vida. ¡Mucho te debe Roma!». En el fondo, sabía que Octavio prefería tener a su lado a mi sobrino Lucio Cornelio Balbo Minor. ¡Es natural, somos tan diferentes…! Minor, alto y fuerte, aguerrido combatiente bajo el mando de César primero y de Octavio después; yo, el viejo Maior, un tipo gordo y bajito que siempre deseó ser soldado como niño al que se le antojase la luna; él, abierto al mundo, exigente de su dignidad; yo, siempre, a ser posible, oculto; él, rápido en las decisiones, brillante en los resultados, pero de movimientos muchas veces torpes; yo, lento en el pensar pero segura la resolución tomada; él, parecido a César; yo, más parecido a Octavio. Sé que este lo prefiere, quizá porque sea tan diferente a él. A los grandes hombres les sucede con los consejeros de confianza igual que con los amantes, que buscan en el otro el complemento a sus limitaciones. «En Capri estarás bien y serás feliz —aseguró Octavio—, porque, amigo, no hay quien tenga finca tan hermosa como la tuya», me dijo. Bien sabía que en mi testamento se la he cedido a la familia Julia, y que muy pronto podrá disfrutarla él mismo.

No ha de creerse, sin embargo, que me haya llevado mal con mi sobrino. Todo lo contrario. Aparte de las diferencias propias que separan a los jóvenes de los viejos, la rebeldía de aquellos y el conformismo de estos, Minor ha sido siempre un hijo para mí, y sé que los intereses de Roma estarán seguros en sus manos, a la sombra de Octavio. Es un hombre de gran experiencia, pues se ha nutrido de la vida de César, aparte de con mis conocimientos, por eso llegó a ser uno de los más competentes militares de este.

Mientras escribo estas letras, escucho el revoloteo de una golondrina a mi alrededor; es la pequeña Cornelia Balbina, que juega con varias esclavas a atrapar mariposas por entre los parterres. Viene todos los meses con su padre desde Roma y permanece conmigo una semana. Tiene dieciséis años y es la luz de esta casa, el amanecer que se refleja en el Tirreno, el gorjeo de los pájaros que pueblan la isla, la alegría de mis últimos días. Hace poco llegó de Gades para vivir al lado de su padre, Minor. Dice este que su voz es igual a la de la madre, la legendaria Sexta Manlia, su esposa y maestra, una mujer capaz de dominar a cualquiera con la mirada y la palabra. Yo no la conocí, pero no puedo sino estar enamorado de la voz de la hija. Además, la chica es trabajadora y diligente. Ama la Historia y me ayuda en la redacción y en la composición de mis escritos; me anima, en fin, a seguir viviendo. Lo único que me preocupa es su futuro. Minor está dispuesto a casarla con Cayo Norbano Flaco, y a ella le gusta el muchacho, pero yo sé que no es buena la encarnadura de ese hombre, un joven fatuo que solo atiende al caer de su cabello y a que se marque el contorno de sus músculos cuando corre en el Campo de Marte. Espero, sin embargo, equivocarme.

 

Pero, en fin, decía el gran Aristóteles que las historias épicas han de narrarse comenzando por el principio, siguiendo por la continuación y terminando por el final. ¿Qué puedo hacer yo, ignorante gaditano, sino seguir tan sabias instrucciones?

Nací en Gades, hacia el 657. Mi nombre fenicio es impronunciable para los romanos y, la verdad, casi lo he olvidado. Melk Balbi fue mi padre, una especie de rey al que no le hacía falta corona para ser el dueño de Gades. Cuando adquirimos la ciudadanía romana pasó a llamarse Lucio Cornelio Balbo el Viejo, pero todos siguieron llamándolo Melk. De mi madre, Ishat, bella como Astarté, dicen que recibí la inteligencia, que yo juzgo insuficiente, pues con un poco más de ella habría sido capaz de comprender el mecanismo que mueve las estrellas. Siempre me reñía, la pobre, porque aseguraba que la inmodestia era una serpiente que me comería las entrañas; con los años aprendí a controlarla. Mis primeros recuerdos están repletos de correrías por las estrechas callejuelas de Gades, de chapoteos entre barcos, de luchas a pedradas en la playa, de reprimendas por robar fruta, de los primeros amores entre las ruinas de un viejo templo, de los recitales de La Ilíada junto al gramático, de los ejercicios retóricos y de los juegos con espadas de madera. Pero la primera aventura que corrí, mi primer contacto con la vida que me esperaba tras la pequeña isla de Gades, fue aquella vez que mi padre me encargó defender nuestras tierras, que se hallaban hacia el norte del puerto Menesteo, por si algún grupo rezagado del ejército de Sertorio que acababa de desembarcar cerca de nuestra ciudad tenía la ocurrencia de asolarlas.

En mi ignorancia, marchaba feliz y arrogante al frente de mi aguerrido ejército; seríamos cincuenta, entre esclavos y hombres libres, para enfrentarnos si preciso fuese al curtido ejército del que pronto se convertiría en el terror de Roma. No pasaría yo de los quince, más o menos como Cornelia hoy, un niño un tanto abotijado pero ágil, con gran pelambrera que pronto perdí. Mi padre creyó que aquel ejercicio serviría para hacerme sentir responsable de una misión. En el fondo apenas corríamos riesgo, pues se sabía que Sertorio había desembarcado cerca del peñón de Calpe, y que tenía prisa por unirse a su ejército de lusitanos. No era previsible que el rebelde se entretuviera en escaramuzas en torno a Gades, pues no lo seguirían más de mil soldados, pero existía un cierto riesgo de que una cola dispersa de aquel pequeño ejército golpeara en nuestras tierras. Además, entre mis hombres, todos jovencísimos, contaba con la experiencia de un esclavo de casi cuarenta años, llamado Cérulo, que era el jefe de la expedición en la práctica. Vestíamos con clámides, calzábamos cómodas sandalias de pescadores e íbamos armados con espadas al cinto unos, con lanzas otros, con escudo cuatro o cinco, dos con casco. Nuestro objetivo eran las viñas de la familia, a setenta estadios, más o menos, al norte del puerto Menesteo.

Cuando llegamos a nuestra tierra nos agazapamos entre los arbustos que la bordeaban, bien camuflados con ramajes sobre los hombros y cabezas, confundidos con la tierra; Cérulo era todo un experto en hacer invisibles a los hombres. Contuvimos la respiración cuando nos señaló una nube de humo que se aproximaba. Ya estaba encima el ejército de Quinto Sertorio. El paso era ligero, como si aquellos hombres tuvieran prisa por enfrentarse a las legiones romanas que los esperaban en las proximidades del Betis. Los vimos pasar con sus rotas cotas de malla, despenachados cascos y sus estandartes al viento ensangrentado. Caminaban silenciosos, con regular paso, los rostros abofeteados por la mala fortuna, los surcos de la guerra resbalando en regueros de cicatrices desde sus sudorosas frentes, los hierros de las botas saludando a la estruendosa tierra, como queriendo clavar todos a la vez su furia en la ramera hispana que tan mal los había tratado hasta el momento; eran gentes alucinadas, azogadas, enfebrecidas por los padecimientos y por la inquebrantable determinación de sobrevivir siempre caminando. Parecían piratas o bárbaros, pero eran romanos y muy romanos, aunque maltratados en exceso por el Destino; la única relación que tenían con la piratería era que habían sido auxiliados por la flota cilicia para pasar a Hispania, pero las águilas aún se veían orgullosas en sus astas; además, estaban convencidos de que eran los legítimos representantes de la República. Si seguían adelante era por la voluntad de pedernal de su jefe Quinto Sertorio, que cabalgaba en medio de las águilas, hacia el centro de la formación. Se decía en Gades que aquel general era una voluntad ambulante sobre dos piernas zambas, siempre en retirada o sobre un caballo que solo tenía grupa y rabo, o sobre un buque que bebía el viento para escapar más rápido hacia la abrupta costa de los salvajes. También se aseguraba que el general díscolo del viejo Mario había pasado a la acción y tomado la iniciativa, y alguno como Melk Balbi, mi padre, viejo comerciante acostumbrado a olfatear los vientos cambiantes del Destino, creía que la Fortuna había sido vencida al fin por el tesón de aquel romano y que, enamorada de su fuerza y pasión por ella, estaba dispuesta a favorecerlo.

Correría el año 671. Cuatro años atrás había muerto Cayo Mario, el enemigo del dictador Lucio Cornelio Sila. En principio la guerra entre los dos bandos estaba liquidada a favor de los aristócratas de Sila frente a los populares de Mario, pero las fronteras entre la paz y la guerra han sido siempre difusas en nuestra República, pues continuaba resistiendo un foco de partidarios de Mario en Hispania, a cuyo mando se encontraba Quinto Sertorio.

Cérulo se reía al ver nuestras caras de susto ante la contemplación de aquellos formidables guerreros; uno solo de ellos habría bastado para ponernos en desbandada a los cincuenta aldeanos de Gades. Cuando se hubo disipado el polvo levantado en el camino por aquel consumido ejército de mirada victoriosa y desesperada, yo decidí seguirlos por ver en qué consistía la guerra. Por supuesto, Cérulo se opuso con energía, pero me mantuve. Varios me apoyaron y, al final, se impuso mi autoridad de dueño, y el esclavo Cérulo, aunque solo debía obediencia a mi padre, no se atrevió a enfrentarse conmigo y decidió acompañarnos. Yo sabía que más allá, antes de llegar al gran río, habrían de enfrentarse los invasores con las tropas del pretor Fufidio, que, seguro, los harían retroceder hasta el mar. «¿Cómo será una batalla? — pensaba—. ¿En qué consistirá el poder de los romanos? ¿Serán los legionarios más rudos que los andrajosos piratas de ojos afiebrados, de pechos de hierro y espadas hambrientas cuyo avance habíamos contemplado?». Tendríamos que seguir adelante para comprobarlo; quizá, llegado el caso, podríamos auxiliar a las tropas de los aliados de Gades contra el indigno rebelde. Sertorio era un traidor que había servido al difunto Mario en la Galia y en Hispania, y que alcanzó el cargo de cuestor en la Cisalpina. ¿Qué pretendía? ¿Marchar sobre Roma como un nuevo Aníbal tras haberse apoderado de toda Hispania?

Así pensaba yo entonces. Menospreciaba a Sertorio, pero estaba muy equivocado. El que ya consideraba como nuestro enemigo era un experimentado militar que pronto reconstruiría con contingentes bárbaros el esquema y funcionamiento de las legiones, lo que tiene su mérito. Estaba lejos de pensar que ese Sertorio, cuyo semblante sombrío había contemplado desde la lejanía, tuerto y cargado de mil cicatrices, no era un cualquiera, un provinciano, un mero rebelde, sino todo un portento de militar, el último de los seguidores de Mario, un dios para sus hombres, quienes aseguraban que una cierva blanca le hablaba al oído para transmitirle mensajes de Diana.

Cérulo insistía en que descansáramos, pero yo arrastraba a los demás: leones fieros rugían en el interior de mi pecho. Al final, el camino nos rindió y a los trescientos estadios no podíamos con las piernas. Agotados, nos tumbamos a descansar. Entre el ejército de Sertorio y nosotros se levantaba solo una leve colina. Las legiones de Roma no debían de estar muy lejos. Seguramente desde ella se podría contemplar la batalla, pero no nos quedaban fuerzas para continuar. Cérulo se arrebujó en su manta el primero, y se durmió indiferente a nuestras ansias y temores. Era evidente que sin él mis seguidores se desbandarían, por lo que no tuve más remedio que resignarme a descansar también, pese a estar a un palmo de lograr nuestro objetivo: contemplar una batalla. Dormimos durante horas.

A la primera del alba nos despertó un estrépito lejano, como de tormenta seca. Echamos mano de nuestras miserables armas y proseguimos el camino hacia el norte. El horrísono clamor de la batalla dibujaba en el aire el olor de la sangre, como si se hubiera hecho acompañar del arrebol de la aurora que ya teñía el horizonte. Muchos intrépidos expedicionarios decidieron regresar a Gades; los restantes, no más de cuatro incluido el fiel Cérulo, seguimos nuestro camino de puntillas y llegamos al altozano. Desde allí se divisaba el valle y al fondo el gran río; el sol ya estaba alto.

Ante nuestra vista se extendía un mar de cuerpos reventados, un bosque de lanzas y dardos crecidos en los pechos o clavados en la tierra; algún estandarte roto que pendía del asta quebrada nos saludaba agitado por el viento; lamentos de heridos que clamaban por agua nos dieron la bienvenida. Habíamos llegado tarde. La mayor parte de los cadáveres y de los agonizantes estaban bien uniformados; los escasos cuerpos rotos de los desharrapados invasores quedaron salteados en aquel campo de batalla; sus victoriosos camaradas ni siquiera se habían entretenido en quemar a los muertos; la estrella del general Quinto Sertorio los empujaba, imperiosa, hacia el norte.

Nos paralizó el mar de caídos pero, repuestos de la impresión, decidimos ayudar a los más cercanos. Todos pedían agua; la muerte parecía importarles bien poco; su única esperanza era la de beber hasta saciarse. Que diluviara y los llevase la riada era poco importante; ellos solo deseaban morir ahítos de líquido. A lo lejos, algún bulto negro pululaba agachado entre la carne despedazada. ¿Serían saqueadores? Temimos que se nos confundiera con ellos, y huimos de aquel campo arañado por la muerte.

El Destino, sin embargo, nos tenía preparada una pesada broma; pagaríamos un alto precio por nuestra curiosidad.