Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 22 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 21

21

 

Pocas semanas después del pacto de Lucca con el que fue reforzado el triunvirato, se abrió juicio contra mí bajo la acusación de haber usurpado la ciudadanía romana quince años atrás. La denuncia se había presentado seis meses antes, cuando se suponía que la ruptura entre los tres aliados era inminente y la posición de nuestro partido débil.

Acudí al acto con toga blanca y pude notar la rabia de mis enemigos al verme ostentar vestimenta senatorial. Eran ya muchos los que me odiaban: primero, por pertenecer al círculo íntimo de César, pero también al de Pompeyo, los dos hombres fuertes de la República; segundo, porque ya entonces era inmensamente rico y mis bienes se enroscaban entre las raíces mismas de la economía romana como hiedra que se ocultara en el subsuelo para pasar inadvertida; tercero, porque para ellos no pasaba de mero provinciano, de simple fenicio oportunista, de advenedizo y soberbio que se atrevía a afirmar ante cualquiera que su Gades natal tenía más años que la misma Urbe. ¿No eran acaso motivos suficientes para juzgarme? Además, ensañándose conmigo, atacaban a mis mentores Pompeyo y César, que quedaban demasiado altos para los acusadores. Preferían lanzar a sus perros contra alguien considerado impopular en lugar de enfrentarse a tan poderosos enemigos; además, todos sabían que yo era el muñidor de las operaciones políticas que se cocinaban en las pailas de los triunviros.

Mis defensores eran los mejores: Pompeyo y Craso; César no compareció en el juicio porque permanecía en la Galia sofocando la rebelión de los vénetos. Pero, por encima de estos grandes apoyos, tenía de mi parte a Cicerón como orador principal.

Resultó una sesión larga, en un espacio oscuro y caluroso. Afuera el otoño arrancaba ya las hojas de los árboles y el sol caía pronto. En el interior de aquella curia provisional, varios hachones iluminaban la escena, pues las altas luceras apenas permitían que se filtrara la cola de un rayo de luz. Una lástima la inundación del Foro a consecuencia de las últimas lluvias: habría sido más lucido el juicio a la vista de Roma entera. Pero, con todo, quizá lo más insufrible fuera el barullo que armaba aquel populacho alborotador y alegre que pugnaba por ocupar los mejores asientos, aparte de que en el salón contiguo se enjuiciaba a varias del gremio de las prostitutas, la gente más ruidosa de Roma. La sala en la que estábamos era lo mejor que se pudo habilitar en la ciudad, embarrada por las aguas del Tíber tras la última crecida, para dar cabida a los hombres más importantes de Roma. Allá estaban Craso y Pompeyo. ¡Qué bellas sus vestimentas, qué sencilla la toga de Pompeyo! Las estatuas de cuatro dioses, talladas en madera (Apolo, Minerva, la Justicia y la Fortuna), hacían de columnatas, y el público abarrotaba los bancos colocados entre las ceñudas deidades. El hedor de toda esta humanidad no era fácil de soportar, pero, por fortuna, pronto se iniciaron los ritos preparatorios, con abundante quema de incienso en los pebeteros.

Sobre la tarima, en sendas sillas, se sentaban los cinco jueces y el pretor urbano. Aquellos habían sido elegidos por sorteo entre los nombres del listado de judiciables proporcionado por los comicios. La ley reguladora del procedimiento de aquel juicio era una vieja disposición que tenía cien años de antigüedad, nacida porque muchos transpadanos se afincaron por aquel entonces en Roma y se hicieron pasar por ciudadanos sin serlo. Fue, sin duda, una ley acertada contra aquellos impostores, pero, lo que es la vida, pasado el tiempo se pretendía aplicar la vieja norma para hundir al más fiel servidor de Roma. Decir que yo no era ciudadano romano equivalía a asegurar que Apolo era un simple dios de los penates, ¡vamos, una pura risa! ¡Cómo era posible que quisieran hacerle tal jugarreta a un hombre al que el mismo Pompeyo concedió la ciudadanía hacía más de quince años! Era un sinsentido, y estaba ya escrito que perderían el juicio los acusadores, todo el mundo lo sabía; por eso la sala estaba abarrotada, porque venían a contemplar el espectáculo; especialmente se esperaba que estuviese brillante Cicerón.

Era una farsa inevitable, pues la denuncia se había interpuesto antes del pacto de Lucca, en un momento bajo de las relaciones entre los triunviros. El pacto que se selló en esa localidad fue una de mis mejores obras; nadie daba un as por la renovación de la alianza tripartita, pero no solo logré de nuevo su unión, sino que también conseguí que esta saliera reforzada, como lo demostraba la presencia de Craso y Pompeyo en aquel acto. Lo cierto fue que a los acusadores no les quedó más remedio que seguir con la acción judicial, pese a que el viento soplaba en su contra, si no querían arriesgarse a ser condenados por perjuros. Para nuestra causa el juicio era una oportunidad única, un inesperado regalo propagandístico gracias al cual mostraríamos a Roma entera la renovada fuerza del pacto tripartito.

A la izquierda de los jueces, de pie, estaban los acusadores. Uno de ellos era un viejo conocido de Gades con el que muchas veces había jugado cuando era niño. Se llamaba Hannibel, un envidioso de la tierra, un aventurero que tras este juicio no podría volver a su patria, todo un especialista en tribunales, acusador profesional pagado sin duda por los optimates; además, según mis informadores, tiempo atrás había perdido su propia ciudadanía, y era norma bien conocida que si lograba vencerme y quitarme la mía recuperaría la suya.

Junto a él su abogado, Cilio Hortensio, el hijo del famoso orador que fuera vencido hacía muchos años por Cicerón, y que pasó al ostracismo frente a este coloso de la oratoria, mi gran defensor en aquella jornada. Antes del pacto de Lucca, Cicerón era uña y carne con los optimates; ahora que el triunvirato se reforzaba, había aceptado mi defensa con gran alegría, justo lo que predijera César en sus cartas: que el abogado tenía en su vestuario togas de todas las tallas.

Los sacerdotes de Apolo ahumaron la sala con varas de incienso; por lo menos la catinga que emanaba del pueblo quedó neutralizada.

A continuación soltaron dos palomas, una blanca y otra negra, que escaparon por sendas luceras del techo: la Verdad y la Justicia tomaron su rumbo por el ventanuco adecuado. Era un buen augurio.

El pretor se puso en pie y se hizo el silencio.

—En nombre del Senado y del Pueblo de Roma, debo juzgar sobre la acusación presentada por Hannibel, natural de Gades, ciudad federada, contra Lucio Cornelio Balbo, de origen también gaditano, pero ciudadano romano por virtud de la lex Gellia Cornelia. La acusación será llevada por el abogado Cilio Hortensio y la defensa, por Marco Licinio Craso, por Cneo Pompeyo Magno y por Marco Tulio Cicerón. ¡Hable la acusación!

Cilio Hortensio inició su discurso a la vista de un público hostil. Se le notaba agitado y nervioso.

—Balbo no pudo haber obtenido en su día la condición de ciudadano — empezó diciendo.

Luego se refirió a los pactos de federación firmados entre Roma y Gades en tiempos anteriores a la concesión de la ciudadanía a Balbo, pactos que no reconocían expresamente la ley romana que autorizaba al entonces propretor Pompeyo a concederla a quien tuviese méritos para ello.

Cuando Pompeyo escuchó su nombre en boca de aquella ave de mal agüero, un miserable dispuesto a defender a criminales contra hombres justos, se levantó.

El silencio se hizo en la sala, el orador también calló y una ráfaga de aire frío que entró por las luceras despertó a las gentes, dispuestas a dormitar ante el aburrido discurso que se avecinaba. Pompeyo se limitó a atusarse la toga, limpió el asiento con la mano, como si estuviera sucio y fuera a sentarse en él por primera vez y, sin mirar al demudado y boquiabierto abogado contrario, se sentó con mucho aparato e hizo un gesto con la mano para que continuase el acto, como si él mismo fuese el pretor que lo presidía.

Cilio Hortensio retomó el discurso y balbució unas palabras ininteligibles, pues había perdido el hilo; tosió y carraspeó mientras lo buscaba, con no poca comicidad. Esto hizo que la sala toda prorrumpiera en una estruendosa carcajada que lo turbó aún más. Atreverse a juzgar el comportamiento de un hombre como Pompeyo era el colmo y el pueblo había percibido con claridad, gracias al silencioso gesto del preclaro general, el fondo desquiciado de aquella acusación.

Le llegó luego el turno a Marco Tulio Cicerón. En su condición de coordinador de la defensa, se levantó parsimonioso y se dirigió al atril, sobre el que desplegó un rollo, pero, justificándose por cierta incapacidad para perorar desde él, lo abandonó y se encaminó hasta el entablado donde se sentaban los jueces y allí, de pie, tras toser levemente, dio principio a su discurso. Expectación en la sala. No miraba a nadie mientras hablaba, sino que se componía con displicencia la toga sobre el brazo con gestos elegantes.

—Jueces, este caso podría ser sentenciado, casi, sin necesidad de mayores gastos para el Erario Público…

A una de las palomas, la negra, la que representaba a la Justicia, le entró en gana, en ese justo momento, reaparecer por la alta lucera del tejado. El público miró expectante hacia arriba y las exclamaciones de asombro acallaron la voz del orador. El ave dio varias vueltas, bajó, revoloteó entre las cabezas del público, muchos se agacharon sobrecogidos, y tornó a ascender y a colarse por la lucera por la que antes saliera la paloma de la Verdad, la blanca.

—Sin duda, jueces, acabamos de presenciar un prodigio, una señal inequívoca de los dioses —continuó Cicerón, reforzado su prestigio por este inesperado regalo argumental—: la Justicia retorna por ver cómo se defiende la verdad en este acto; ese es el significado del augurio, comprensible para cualquiera. Y la verdad es que Cneo Pompeyo Magno, adalid de Roma, primero entre sus pares, triunfador sobre todos y cada uno de los pueblos de Asia, destructor de cientos de ciudades, restaurador de las libertades, vencedor del rebelde Sertorio entre otros muchos que levantaron sus armas contra la patria, la verdad es, digo, que Cneo Pompeyo Magno, en el año 681 de nuestra ciudad, otorgó la ciudadanía a Lucio Cornelio Balbo y a toda su familia, en virtud de los grandes servicios prestados a la República. Pero no hizo tal concesión por su gusto, sino en cumplimiento de las facultades concedidas por la lex Gellia Cornelia, en beneficio de la política de Roma y, por supuesto, oído su consejo militar. ¿Puede censurarse al gran Pompeyo su actuación? ¿Puede censurarse al mismo Balbo haber aceptado el inmenso honor que se le ofrecía? ¿Acaso habría estado en su mano rechazarlo? Mi opinión es que no, como quedará cumplidamente demostrado en este juicio.

El orador se sentó. Voces de aprobación y conformidad entre el público. Cabeceo admirativo de los jueces. Tras los primeros alegatos, se procedió a la práctica de la prueba.

La aportada por Cilio Hortensio fue pobre y documental. Sacó viejos rollos escritos en latín y fenicio que pretendían ser copia del pacto de federación gaditano, pero no pudo probar con ellos que existiera una prohibición expresa para que un ciudadano de Gades estuviera obligado a rechazar la ciudadanía romana concedida como premio por un general.

En cambio, la prueba de la defensa fue contundente. Hicieron comparecer como testigos a los componentes de una delegación gaditana. Nadie sabía de su presencia en Roma. Fue una excelente operación clandestina de Craso que los tuvo casi encerrados en su casa para que nadie los viera. Venían ataviados con las insignias de sufetes gaditanos, las máximas autoridades de la ciudad. Jueces y público quedaron impresionados. Lo primero que hicieron fue postrarse ante Pompeyo y ante mí, pues yo era por aquel entonces el hospes publicus de la ciudad hispana en Roma, su representante plenipotenciario. ¿Qué iban a declarar aquellos prohombres sobre mi condición de romano sino que Gades no solo no se opuso a la concesión de la ciudadanía al más preclaro de sus vecinos, sino que lo festejó durante una semana seguida? Fue un gran golpe de efecto.

Con esto terminó la primera jornada del juicio. Al día siguiente se llenó de nuevo la sala de la curia. El público era más numeroso que el día anterior; muchos estaban de pie. Sería un gran espectáculo. El pretor cedió la palabra a la acusación para que hiciera su alegato de conclusiones.

Cilio Hortensio se levantó y, nervioso, se dirigió hasta el atril. Se le cayó un rollo que intentaba aposentar en él. Al agacharse para recogerlo, tropezó con una esquina. El público se rio, lo que contribuyó a azorarlo aún más. Era grande para él aquel momento en el que podría vengar las humillaciones que su padre sufrió en los estrados a manos de Cicerón, pero empezaba muy mal. Había preparado un discurso meticuloso, complejo, repleto de referencias a leyes antiguas que analizó una a una. ¿Es Gades una ciudad federada? ¿Es de aplicación el derecho gaditano preferentemente al romano? ¿Estaba realmente facultado Pompeyo para dar la ciudadanía a cualquiera que se le antojase? ¿Reunía Balbo las condiciones para que le fuera otorgada la ciudadanía? Cada una de estas preguntas fue desgranada en otras diez por Cilio, con sus correspondientes alternativas y citas, con ejemplos por miles y con todo el detalle posible.

El público no prestaba atención. Unos dormían, otros sacaban trozos de pan y queso de sus zurrones y buenos zaques de vino corrían de banco en banco. Los gritos de los juicios a las prostitutas, en la sala de al lado, obligaban al orador a aumentar el volumen de su voz, que no era especialmente buena. Todos cuchicheaban y reían. El pretor exigió que se mantuviera el orden, lo que consiguió solo a medias. Durante las dos horas que duró la disertación del cachorro de Hortensio, los cinco jueces no encontraron acomodo en sus sillas: ora cargaban sobre una nalga, ora sobre la otra. Por fin Cilio concluyó y todos nos distendimos. El murmullo contenido se transformó en una fiesta.

El primero en hablar por parte de la defensa fue Marco Licinio Craso, que realizó una larga enumeración de concesiones similares de ciudadanía a vecinos de ciudades federadas, y afirmó que él mismo, incluso, se la había concedido a un ciudadano de Avennio, y añadió:

—Por lo tanto, mi situación es igual a la de Pompeyo, y si su gestión al frente de los ejércitos y de la ley romana en Hispania es censurable, también lo es mi comportamiento, y merecería la misma condena que él.

Su breve discurso logró inquietar a los acusadores, que negaban con las manos y con gestos, como dando a entender que nadie acusaba a Pompeyo. El público y los jueces también fueron sacudidos por aquel latigazo retórico, breve y contundente; las gentes se agitaron en un murmullo amenazante y los juzgadores cuchicheaban uno al oído del otro. ¿Podía estar el triunvirato más unido? ¡Craso y Pompeyo, los dos eternos rivales, unidos en fraternal abrazo ante una injusta acusación hacia mi humilde persona!

Luego tomó la palabra Pompeyo.

El gran hombre se levantó. Su toga era la más blanca de todas, como se usaba en tiempos de Tarquinio, el último rey de Roma, que había ordenado la diferencia de blancuras a favor de las togas de su casa. Habló despacio, agotadoramente despacio, con un discurso que, se notaba, había sido preparado por Teófanes, mi padre adoptivo. Fue una intervención en extremo ponderativa de mi persona, incluso hizo referencia a mis heroicidades militares en las batallas contra los lusitanos, a mi apoyo al sistema logístico de suministros y a la actuación como falso mercader en la toma de Cartago Nova; me puso, en fin, sobre las barbas de Neptuno. El público me miraba como para ver en mí alguna señal física de tanta magnificencia y, seguramente, se admiraban de no encontrarla.

Pese a su plúmbea oratoria, nadie osó reír. Solo en alguna esquina se veían gentes dormidas con la cabeza hacia atrás y la boca abierta. Los que roncaban eran severamente zarandeados por sus vecinos de banco.

Por fin, se levantó Cicerón, y con los mismos gestos ampulosos del día anterior se compuso los pliegues de la túnica y se hizo el silencio.

—¡Jueces! ¡Pretor urbano! ¡Que los dioses nos iluminen a todos! Ayer tuve que escuchar, lleno de pasmo, a alguien que no conoce a fondo las leyes de los fenicios de Gades. Yo le perdono a mi ilustre colega que no tenga noticia de la legislación gaditana, ¿pero cómo podremos disculpar la ignorancia de las leyes romanas? Ha llegado a decir que ningún hombre de un pueblo federado, si dicho pueblo no consiente en ello, puede llegar a la ciudadanía. ¿Qué es sino impericia decir que corresponde a los pueblos federados dar su consentimiento a la política de Roma? Cuando se trata de asuntos particulares, amigos jueces, el mandato de Roma bien puede ser ponderado por la ciudad federada, pues, en cuestiones privadas, absurdo sería someterla por la fuerza. Pero cuando se trata de cuestiones públicas, Roma no tiene que consultar a nadie, ni nadie ha de consultar tratado alguno para que las leyes de la Urbe sean reconocidas. ¿Y qué asunto es más público que recompensar con la ciudadanía por los servicios prestados? ¿Acaso Roma no estaba por encima de Gades en todo cuando se firmaron aquellos pactos? Pompeyo hizo lo que tenía que hacer, ni más ni menos. Lo mismo hicieron otros grandes romanos de la antigüedad. Así, Mario dio la ciudadanía a Annio Apio, de Iguvium; condenar a Balbo obligaría a condenar también a Mario; y ya hemos escuchado lo que dijo Craso, aquí presente: que él se la concedió a Sila el masaliota, a Aristón y a nueve gaditanos; que Quinto Metelo Pío a Fabio, de Sagunto; y hasta el mismo Pompeyo ha repartido otras ciudadanías, como al también gaditano Asdrúbal, a los Ovios de Mesina y a otras gentes de Útica y Sagunto. ¿Estaban mal concedidos esos reconocimientos? No, en absoluto. Es más, yo me atrevería a sostener que nadie jamás ha sido condenado por usurpación de ciudadanía cuando uno de nuestros generales lo ha gratificado con tan honroso título. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Pero claro, la acusación se ha erigido en intérprete del derecho, en celadora de los derechos muertos de la antigüedad remota, en correctora y reformadora de nuestras costumbres y, de paso, en inventora del derecho cuando le conviene…

Se oyeron sonoros aplausos difícilmente acallados desde la tribuna; el orador se había ganado al público.

Cicerón siguió envolviendo los argumentos, vistiendo las ideas, adornando los conceptos, instruyendo a los ignorantes y encaminando los pensamientos de los jueces; deleitando, en fin, a todos.

Durante dos horas desmontó los argumentos del contrario para, una vez desmenuzados, rebatir cada uno de sus elementos. Evitó con disimulo el escollo de mis méritos para adquirir la ciudadanía, pues mi actuación como soldado en aquellas guerras hispanas fue muy limitada. Además, en tanto que consejero de los generales romanos, me encargaba solo de confeccionar listas de embarque y poco más. En lo tocante a mi apoyo económico a Roma, por otra parte, algo de beneficio saqué, como es lógico. Este era mi punto flaco, pero Cicerón supo envolverlo, cubrirlo y disimularlo. La voluntad globalizadora de la defensa hizo el resto; ese afán por contarlo todo, sin destacar y matizar lo más importante, permitió a Cicerón obviar este pequeño escollo con soltura.

Su lenguaje era ondulante, como las olas del mar, que cuando han partido ya están de nuevo de vuelta. Finalmente, tras largas horas sin tocar una tablilla, ayudado solo por su memoria, el gran orador lanzó su último dardo contra la acusación:

—Por último, ¿creen los actores que Pompeyo actuó mal, con dolo y mala fe?

Ellos, sin hablar, negaron moviendo la cabeza con energía, atemorizados frente al gesto desafiante del aludido.

—Pues si ellos no creen que Pompeyo actuó mal, tampoco actuó con engaños Balbo, pues el gran general lo habría detectado, ¿o acaso no habría podido el gran Pompeyo percatarse de un burdo engaño? Luego, si mi defendido no actuó intencionadamente, es decir, con dolo manifiesto, de nada se le puede acusar, y menos de haber violado una prohibición que no figura de forma expresa en lugar alguno de los supuestos pactos gaditanos. Además, bueno estaría que un simple tratado fuera interpretado en contra de la soberanía inalienable de Roma… ¡Pido, pues, la absolución para Lucio Cornelio Balbo! ¡He dicho!

La sala lo aclamó y los abucheos arreciaron contra la acusación. El pretor reclamó un débil silencio que a duras penas se abrió paso entre gritos, aplausos y brincos.

Los jueces, tras una breve deliberación, sacaron sus tablillas de votación y las introdujeron en la urna procurando que no se vieran las letras A, de «absolvo» o C, de «condemno».

El pretor luego, con gran pompa y aparato, volteó la urna y revisó las tablillas. Eran cinco los jueces; los cinco me absolvieron.

Me cuenta mi sobrina Cornelia que una de las tareas que le encomienda su padre en Roma es la de acudir al Foro para ver juicios. Al retornar a casa debe hacerle un resumen de cuanto haya escuchado, de las posturas de unos y de otros, de los puntos flacos de sus argumentos y, además, valorar el estilo de cada orador. No puedo entender la razón por la que Minor enseña tales cosas a su hija. ¿Habría preferido que fuese varón? ¿Es ese su problema? ¿Por qué le enseña política, retórica, filosofía, matemáticas? Al fin y al cabo, ¿para qué le van a servir tales conocimientos?, ¿para debatir con su musculoso esposo antes de yacer?, ¿para hacerlo después? Debo de estar envejeciendo, pues no entiendo a los jóvenes.