Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 12 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 11

11

 

Para mi sorpresa, Publio me ofrecía aquel día pecho con una sonrisa bonachona. Con nuestro abrazo sellamos una paz que jamás se resquebrajaría. Publio, mi hermano menor, había constatado la evidente presencia de la diosa Fortuna en aquel barco que nos llevaría a César y a mí al encuentro de nuestro Destino.

Aún no había llegado el propretor que lo sustituyera y ya César iba a Roma para concurrir a las elecciones consulares del año próximo.

Gades se empequeñecía. Lo último que dejamos de ver fue la isla Heraklea. Acodados en la borda, mirábamos al sol naciente que asomaba desde Roma.

—Pedir el triunfo por la victoria de la isla de Saturno, volver a conquistar al pueblo, ganar el consulado, asumir luego, ya como procónsul, el mando de una provincia en la que pueda haber algo de lucimiento militar y, sobre todo, amigo, dejar en Roma un buen equipo de camaradas dispuestos a defender mis intereses en todo momento; ese es mi plan, ¿qué te parece? ¿Callas? Dime solo una cosa, Lucio Cornelio Balbo: ¿estarías dispuesto a dirigir mi Estado Mayor en Roma?

—Yo siempre estaré a la espalda de César.

—¡Cambiaremos la Historia, Balbo, haremos que la Urbe se funda con el mundo!

—Sí, César, pero en silencio.

—¿Como dicen los viejos de Gades que caza el lince?

—Así es, que Pompeyo no piense que has dejado de ser un muchacho fatuo y sin grandes miras.

—Eso es fácil de lograr.

—Que Craso no sospeche que deseas algo más que oro para gastar en fiestas.

—Seguiré gastando mucho, Lucio, por eso tampoco hemos de preocuparnos.

—Y yo estaré siempre a tu disposición, César.

Este, afectuoso, me tomó del hombro.

—Lo sé, Lucio Cornelio, pero te garantizo que no voy a desplumarte más; ahora nos toca lograr que otros muchos pongan sus fortunas a favor de nuestra causa, y que lo hagan con alegría.

—El sol ya está alto, no podemos mirarlo de frente.

—Algún día seremos dioses, como Helios.

—Tú quizá sí.

Esto último le ha gustado a mi sobrina. Su padre le ha hablado mucho de César. Sé que Minor está depositando en su mente abundantes retazos de nuestra historia. Hace una semana escuché la lección magistral que daba a la muchacha sobre la guerra de la Galia, sobre los diferentes modelos de César y de Octavio a la hora de gobernar, sobre las distancias que separan a unos y otros partidos. Minor es un auténtico maestro y, la verdad, desconocía esta faceta suya; hasta retórica le enseña, que el otro día los vi practicar el juego de las ampliaciones y las reducciones; ella tenía que pronunciar un discurso a partir de una pequeña frase de La Ilíada, para después reducir un largo parlamento de un párrafo de La Odisea. ¿De dónde ha sacado mi sobrino tanta sabiduría? Se me hace difícil creer que todos estos conocimientos se los transmitiera su joven esposa Sexta Manlia, pero todos decían que era Minerva en persona. ¡Lástima que no la llegase yo a conocer! En cualquier caso, redimió a Minor de su turbulenta juventud. Da gusto ver lo bien que se lleva con Cornelia. Anoche cenamos juntos y me confesó, con los ojos enramados por la emoción, que la chica le recuerda mucho a su difunta esposa. ¡Cuánto siento que ya hayan partido hacia Roma! ¿Qué sería de mí sin sus visitas?

 

Amanecía en el puerto de Ostia cuando nuestra nave atracó en él. Antes de que el buque estuviera ajustado de proa y popa, salté al muelle y alquilé una caballería con la que recorrí las millas que me separaban de Roma. Al llegar a esta abandoné en la posta el caballo y seguí a pie. César también entraría en la ciudad, pero se acomodaría cerca del Campo de Marte, en casa de Clodio Púlquer, sin osar atravesar el pomerium, porque, si lo hacía, no podría celebrar el ansiado triunfo sobre los lusitanos, fastuoso acontecimiento que predispondría a los ciudadanos a votarlo en los inminentes comicios. A los no nacidos en Roma siempre nos pareció ridícula esa ley según la cual la vieja muralla de la ciudad era el límite que no podía traspasar ningún hombre armado, y como a tal se consideraba a un general victorioso que quisiera desfilar en triunfo por sus calles. ¡Qué raros eran los dioses que exigían tales comportamientos! En definitiva, que César quedaría encarcelado en la bella mansión de Clodio, fuera de la vieja muralla, fuera del recinto sagrado que era la Urbe misma, imposibilitado de todo movimiento, pero yo era sus pies y su corazón, sus manos y sus piernas. Mi gestión no admitía demora.

Caminaba alocado por las calles de Roma. A punto estuve de caer tras tropezarme con unos barriles. Tenía prisa por llegar a la casa de Cneo Pompeyo en el Quirinal. Aquella marabunta de alocados insectos que ni se miraban al pasar, cada uno con su quehacer perentorio; aquellas mujeres sucias, como cucarachas parlantes, negras, harapientas, que mendigaban y se disputaban la escasa sombra con chillidos de hiena; aquellos carros cargados de ánforas, o de sacos, o de fruta que hincaban las ruedas en la calzada sin partirse en mil pedazos al llegar a las curvas; aquellos chiquillos corriendo tras los perros martirizados con sonajas en las colas; aquellos comerciantes que competían a gritos, desde las tiendas abiertas en la planta baja de las ínsulas, por llegar a los oídos de los posibles clientes; aquel olor a frutas podridas, a orines, a fritanga, a polvo que se clavaba en las gargantas como agujas de sastre; aquel ensordecedor bullicio era la deseada, la reina de las urbes, en la que yo, Lucio Cornelio Balbo Maior, había puesto todas mis esperanzas; aquello era Roma.

Pero no podía entretenerme en contemplaciones. El tiempo era mi principal enemigo; también para César. Fluía ante nosotros, se nos escurría de las manos, se escondía tras las esquinas y nos hacía burla, pero terminaríamos por darle alcance y ponerlo a nuestro servicio. Era necesario retenerlo, hacerlo líquido, computable, y beberlo rápido, con ansia. Coincidíamos en todo hasta parecer un alma desdoblada en dos cuerpos. En las largas conversaciones sobre la cubierta de la nave que nos había traído desde Gades cotejamos nuestras respectivas visiones del mundo, y certificamos que corrían parejas, como aquellas dos cabritillas recién nacidas, albinas y gemelas, que viera cuando era niño en la hacienda de Menesteo. Y, entre tan profundas convicciones, la necesidad de usar el tiempo como eje de la futura actuación, de convertirlo en el huso del molino en torno al cual girarían nuestras convenciones tácticas, sería nuestra diferencia con respecto a los demás hombres, a los demás políticos: sabríamos aprovechar el tiempo, llegaríamos a domeñarlo.

Tropecé con un esclavo que portaba dos ánforas y a punto estuvo de dejar caer una al suelo. Su furia se desató en un extraño idioma e hizo ademán de sacar una daga.