Cornelia de Gades
Capítulo 13
13
¿Acaso Marco Licinio Craso pertenecía al bando de los aristócratas? Estaba claro que ellos lo temían por su dinero y sus relaciones, y no sería de extrañar que él se sintiera decepcionado por aquella casta de inútiles. Confesé a Pompeyo mis pensamientos y a este le sobrevino un ataque de risa.
—¡Qué ideas tienes, Balbo! Nada menos que una alianza con Craso… Pero hombre, ¿no sabes que no nos hablamos desde hace diez años? Es un desgraciado que no tiene más horizonte que Egipto. Sería feliz asolando ese país, y te aseguro que no lo permitiré mientras viva…
El gran hombre se estaba irritando.
—La verdad, creo que la peor gestión es la que no se llega a ejecutar, ¿por qué no intentarlo?
Pompeyo tornó a reír. Era una idea loca de un joven carente de la más mínima experiencia política. Tanto Balbo como César no pasaban para él de inocentes criaturas manejables.
—Tienes razón, Balbo, ¿por qué no intentarlo? Pero te aseguro que en cuanto conozca de mi presencia en esta alianza te dará la espalda.
—Tú déjame hacer a mí.
Le pedí una escolta de esclavos porteadores y un palanquín. También que enviase un mensajero para avisar a Craso de que partía hacia su casa.
—Pero bueno, ¿ahora mismo?
—La Fortuna es hembra exigente, Pompeyo; no le gusta que la hagan esperar.
En efecto, perder un día podía suponer entregar todo lo logrado a las trituradoras ruedas del tiempo.
Y tuve suerte; también convencí a Marco Licinio Craso, el hombre más rico de Roma, de la conveniencia de un pacto. Mis palabras cayeron sobre los oídos del magnate como el agua fresca tras la canícula. Craso era un hombre exquisito, amable, adulador, con dobleces en cada arruga de su rostro, que enarcaba una ceja mientras su interlocutor hablaba, que tomaba sin pausa vino no aguado y que rellenaba con insistencia la copa del visitante, con lo que probaba su capacidad para la bebida, indicador para él de fiabilidad y buena crianza política. Estaba rodeado de un lujo intimidante como nunca había visto en Gades. Brillaban los anillos en sus dedos y al cuello colgaban varias ristras de collares como longanizas. Comprendí que aquel hombre estaba solo pese a sus riquezas, o precisamente por el temor que ellas despertaban entre los envidiosos aristócratas, y le hice la propuesta tentadora: «Querido Craso, nuestro amigo Pompeyo está solo y necesita tu fuerza inapreciable, al margen de las diferencias que hayáis tenido en el pasado. ¿Qué son esos pequeños escollos en comparación con lo que podréis ganar los dos juntos al lado de César? ¿No te das cuenta de que el prestigio de Pompeyo es de mero relumbrón, que necesitará siempre de tus inagotables fondos? ¿Y de César, qué te voy a contar que no sepas? Bien conoces de su habilidad para nadar y guardar la ropa, ¿entiendes?, nadar y guardar la ropa; siempre lo supo hacer y siempre lo sabrá, no sé si me explico… Sin duda, vuestra fuerza no solo se sumaría con la unión, sino que se multiplicaría. No lo dudes, sería el mejor negocio de tu vida y, además, a los aristócratas los tomaríamos por sorpresa… ¡Nadar y guardar la ropa, querido Craso! Eso sí, el pacto debería ser secreto de momento; que se conozca más adelante por los hechos consumados, cuando os repartáis el poder por mano de Julio una vez elegido cónsul». Insistí mucho en lo de nadar y guardar la ropa, para que recordase cómo César había descabezado las conspiraciones que instigara él mismo, incluida una cercana a la de Catilina, en la que Craso había estado implicado, según me confesara César. Gracias a la generosidad y a la capacidad oratoria de este, el ricohombre logró zafarse de las acusaciones que amenazaban su cabeza en aquellas tormentosas reuniones del Senado. Captó muy bien el mensaje.
Cuando salí de la casa de Craso, el consulado de César estaba garantizado, pero no sabía dónde posar la cabeza a cada bandazo de la litera, tal era el mar de vino que había trasegado para mayor gloria de mi mandante. Todo aquel exquisito caldo se me revolvía en la bodega. Terminé vomitando en plena calle el precio de mi éxito. Reía y vomitaba, vomitaba y reía. Los esclavos pensaban que estaba loco. Por lo menos llegaría a casa de Clodio sereno. César iba a quedarse boquiabierto por el resultado de mi gestión.
César no daba crédito a lo que oía. En el mismo día de nuestra llegada a Roma acabábamos de formar un triunvirato capaz de remover los cimientos de la República. Todavía sería preciso afinar el pacto, limar asperezas, redondear posturas, definir pretensiones, atinar con las propuestas, pero los pilares del edificio acababan de clavarse, por sorpresa y de un solo martillazo, en la fértil tierra de la Urbe. La Ocasión había puesto su pie fugaz sobre la Rueda de la Fortuna y la habíamos apresado del cabello, algo tan difícil como atrapar una mosca al vuelo con los dedos índice y pulgar. ¿Quién podía dudar de que Venus, la estrella tutelar de César, nos acompañaba?
Este recibió la noticia del duplicado éxito mientras tomaba un baño en la lujosa terma adosada a la casa de Clodio. Nada dijo, pero se sumergió y buceó hasta la esquina opuesta de la amplia piscina. Al emerger de nuevo, sacó los brazos y chapoteó en el agua como un niño. Se acercó luego hasta el borde de la piscina, donde yo me encontraba, y me agarró del hombro. Me hizo repetir las palabras: «Sí, tenemos un pacto con Craso y con Pompeyo».
César se echó de espaldas sobre el agua y braceó lentamente, en silencio, la mirada perdida en los frescos de las paredes, mosaicos repletos de monstruos marinos, tridentes y plutones. Le costaba reaccionar ante la impresionante noticia.