Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 5 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 4

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Parecía una operación en extremo arriesgada, pero logré convencer al general sertoriano para que aceptara cuanto le llevaba, aunque los elevados precios hubieran desaconsejado transacción tan desigual a cualquiera menos necesitado. Sin embargo, creo que fue mi tacañería al aferrarme a los precios, sin ceder mucho en el regateo, lo que hizo verosímil mi condición de mercader fenicio. Eran productos básicos, vino y harina fundamentalmente, esta con algo de gusano, y carne no del todo sana. Más tarde, de nuevo en Cartago Nova, con el beneficio de la operación, compré a los mercaderes surtos en el puerto los mejores vinos y el mejor pescado en salazón que repartí generoso entre nuestros soldados para que festejasen mi atrevimiento. Nunca pensé que la crónica de aquella gesta, adobada con generosidad en las consejas contadas a la luz de las hogueras, pudiera llegar a alcanzar tanta popularidad entre la tropa.

El general Memmio murió en Turio atravesado por varias flechas enemigas cuando intentaba llegar hasta el mismo Sertorio y tuve el honor de atenderlo en su último aliento: «Ponme una buena pieza en la boca, gaditano, para que el barquero no me haga esperar», dijo, y se hundió en el silencio. Fue aquella una batalla memorable y triste, en la que de nuevo me vi arrollado por el torbellino de la lucha, y tuve que matar para defender mi vida. Se puede decir que en ella perdí, definitivamente, el miedo a los hierros acerados, a la sangre y a la muerte violenta, aunque no por ello se solventó mi desencuentro con la milicia. También Pompeyo se libró por poco de caer prisionero de Sertorio, quien se lamentaba de no haberlo capturado para enviarlo a Roma después de propinarle una buena tanda de azotes, como a un muchacho impertinente.

Tras estos tristes acontecimientos, acompañé a Pompeyo a una ciudad del norte de Hispania, donde nos refugiamos para pasar el invierno. Con el tiempo aquel villorrio tomaría el nombre del general: Pompaelo.

—Escribe una carta al senado, gaditano —me ordenó un día el gran hombre—, ha llegado el momento decisivo.

Yo tomé recado de escribir, pues en la práctica ejercía como secretario de confianza de Pompeyo, y me dispuse a escribir al dictado.

—Anota solo lo siguiente: «Esta guerra no durará siempre. O Sertorio o yo hemos de ser vencidos».

—¿Nada más?

—Nada más, ellos entenderán.

Y entendieron. Enviaron varias legiones y la casa de los Balbo se encargó del abastecimiento terrestre y marítimo. El dominio del mar y la alianza con Gades facilitaron el triunfo de Pompeyo en aquella guerra, con lo que este, hombre respetuoso con los aliados, quedó obligado de por vida con mi familia.

Pasados los años, Pompeyo se convirtió en enemigo de César y también mío, claro está. Todos saben que en aquella guerra, sobre la que más adelante me explayaré, nuestro bando cesariano disponía de un servicio de propaganda como nunca se había conocido, al que yo contribuí no poco a formar. ¿Cómo dibujamos a Pompeyo, el gran enemigo? Cuatro fueron las ideas que nuestras cartas, publicaciones y volantes repitieron hasta la saciedad: era un hombre grande, poderoso, soberbio y un tanto lento de movimientos, aunque, eso sí, merecedor de todos sus triunfos, pues esta ponderación del enemigo redundaría en la gloria de su vencedor. En contraposición, nuestro general, César, era presentado como un dechado de virtudes, de magnanimidad, de lucidez y de habilidad militar. Es decir, que nuestras crónicas pintaban a Pompeyo un tanto desfavorecido con respecto a César, vencedor a la postre de la guerra que se desató entre ellos dos. Algo de verdad había en aquellos cuadros, pero ahora que han muerto los protagonistas puedo hablar con claridad. Nadie niega que el campesino de Picenum fuese un tipo estirado, que parecía ciertamente que se había tragado un pilo por accidente, pero algún atractivo tendría cuando era querido hasta el delirio por sus hombres, y no solo porque jamás se retrasaba en pagarles la soldada, sino porque los conocía a todos por sus nombres y los trataba con cortesía medida, aunque cálida. Era, en realidad, un excelente militar, ponderado con justicia por todos cuantos con él habían servido. Después de la guerra los hombres de César logramos que el vencido desmereciera con respecto a la brillantez del vencedor, para lo que era imprescindible presentarlo como un general torpón y lento en sus planteamientos estratégicos, aunque genial, claro, un digno enemigo para César. Hoy el tiempo ha pasado, yo he envejecido y la Historia ha corrido más de lo que es habitual. Ahora puedo ya hablar con sinceridad. Estoy convencido de que cuando el volcán está a punto de entrar en erupción poco importa cuál sea la gran piedra que salga escupida la primera. Quiero decir que si hubiera vencido Pompeyo también habría intentado someter al Senado, y que César habría pasado a las crónicas como un descerebrado dilapidador, como un volatinero de tres al cuarto, con cierta habilidad militar, sí, pero muy inferior a Pompeyo en todo. En definitiva, que no son los hombres los que crean la Historia, sino esta la que se encapricha con el primero que encuentra, pues todos los héroes son intercambiables. Además el agradecimiento, una de las primeras virtudes, o de los primeros males según se mire, que escapó de la caja de Pandora, me obliga a plasmar la verdad en esta historia, pues Pompeyo concedió la ciudadanía a los Balbo de Gades y me apoyó, generoso, en el juicio que promovieron los aristócratas contra mí al poco de llegar a Roma. Además, sin la gran estima en que Pompeyo me tenía, no se habría podido forjar el triunvirato, como luego contaré. ¿Cómo es posible olvidarlo? Hice lo que debía cuando, como soldado, busqué la manera de degradar la memoria de Pompeyo; hago lo que debo ahora que cuento la verdad, y reconozco que el cultivo de mi amistad con este gran romano fue el eje en torno al que se forjó la Historia.

Tras muchas idas y venidas por Hispania, ora corriendo tras los sertorianos, ora delante, durante las que no me separé ni un momento de Pompeyo, nos vimos frente a las murallas de Calagurris, último acto de la guerra. Pero el cerco se alargaba más de lo previsto y el general precisaba recomponer su clientela hispana tras aquellos duros años de lucha. Yo partí con él, pues también debía atender a los negocios de la familia. Melk-Balbi, mi padre, estaba muy enfermo y, al cabo, yo era el mayor de los hermanos.

Sin embargo, como historiador me habría gustado contemplar el fin de aquella heroica ciudad. Sertorio había sido un general justo en el fondo, he de reconocerlo. Trató a los hispanos como a hombres, no como a alimañas. Fue capaz de atraer a muchas tribus que pensaban que Roma era el enemigo a abatir hasta que conocieron el buen hacer de un romano diferente. Calagurris, tras el asesinato de Sertorio por su general y amigo Perpenna, fue el acto final de esta larga contienda. Hasta tal punto llegó la locura combativa de los calagurritanos que las mujeres y los niños fueron devorados por los mismos defensores para mantener sus fuerzas y poder seguir haciendo frente a nuestras legiones. «Hambre calagurritana —dijo Pompeyo cuando se enteró de estos hechos—, ese es el destino de los que se oponen a la Urbe». «¿Quién ha vencido en realidad la batalla, general?», pregunté. «¡Que Minerva nos libre de victorias como esta, Balbo!».

¡Quieran los dioses que mi pequeña Cornelia no contemple jamás una guerra así!

 

En fin, que partí hacia Gades, donde había de organizar el final de la contienda. Terminar una guerra es siempre mucho más difícil que iniciarla y, en cuestión de finanzas, este tipo de negocios deja muchos cabos sueltos. Sin embargo, he de reconocer que los Balbo nunca perdimos una moneda en nuestro apoyo a Roma. Las apuestas que hicimos por la causa de Pompeyo primero, por la de César después, por la de Octavio hoy han sido las mejores inversiones de la familia desde que el oro de la destruida Cartago viniera a parar a nuestras arcas.

Me preguntó un día la pequeña Cornelia que quién me parecía más guapo, si César o Pompeyo. Yo le dije que los dos eran máscaras de teatro; de tanto como habían fabricado su imagen se la llegaron a creer ellos mismos. Esta fue una de tantas preguntas en los primeros tiempos de sus visitas a la isla. Más adelante sus dudas se han ido complicando hasta el infinito y yo no doy abasto para satisfacer su curiosidad. Minor hizo un buen trabajo intelectual con ella, hay que reconocerlo.

 

Desde la isla de Gades contemplaba el espectáculo. Aún estaba maravillado de que los lugartenientes de Pompeyo hubieran aceptado aquel extraño homenaje a su general.

Cerca del puerto Menesteo, un grupo de hombres pretendía subirlo sobre una enorme balsa. El elefante se agitaba, barritaba, elevaba la trompa, se revolvía. Lo querían pasar a la isla de Kotinoussa. Uno de los hombres cayó al agua y a punto estuvieron de ir tras él los demás.