Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 6 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 5

5

 

Era un hermoso animal, caprichoso y rebelde, alocado y de muy malas formas. Un movimiento en falso y la sorpresa que teníamos preparada para Pompeyo habría terminado en el fondo del mar departiendo con los peces. Tras muchos esfuerzos lograron transportarlo hasta la Isla, donde lo engalanaron con descomunales gualdrapas de color púrpura, rebordes y grecas de oro. Sobre su lomo, una cestilla a la que escalaron tres hombres: el conductor y los dos encargados de controlar, por medio de palancas, unas enormes varas que parecían salir de los costados de la bestia y formaban un amplio ángulo por delante de ella. Entre los dos largos lanzones, situaron a cuatro briosos caballos: piel negra, raza árabe, sol en las grupas, vestidos con telas blancas; parecían senadores nubios con los culos al aire. Cada uno de ellos estaba sujeto del ronzal por un espolique vestido con cortas sayas plisadas.

Queríamos halagar a Pompeyo. Lucio Cornelio Léntulo me había comentado que ocho años atrás, antes de la guerra con Sertorio, el nuevo amigo de Gades fue humillado por Sila, quien se negó a concederle un triunfo en Roma con el argumento de que su ejército era privado. Al final cedió porque el gran hombre, como de rondón, llevó sus tropas hasta las puertas de Roma y la vieja águila hubo de agachar la cabeza. Aunque solo lo hizo en parte, pues primero se concedió un triunfo de autobombo, ya que hacía mucho que no montaba en el carro dorado, luego le permitió celebrar su desfile a Quinto Cecilio Metelo, militar de méritos muy inferiores a los de Pompeyo y, por último, al joven Pompeyo. El hombre de Picenum, cuando le llegó el turno, quiso dejar a todos pasmados y no se le ocurrió otra cosa que llevar un elefante al desfile triunfal, pero la desgracia lo acompañó, pues el maldito animal no cabía por ninguna de las puertas de Roma, y Pompeyo se vio obligado a renunciar a su espectáculo; fue todo muy ridículo.

Esta vez el general victorioso podría desquitarse. Captaría el mensaje que queríamos enviarle los gaditanos agradecidos: los hermosos caballos, adornados con vestimentas de senadores, representaban la fuerza de Roma y el elefante, con sus grandes varas laterales, parecía encarrilar a tan briosos corceles; era Pompeyo conduciendo a Roma.

La procesión, precedida de flautas y pífanos, había llegado hasta la vivienda en la que se aposentaba el gran hombre, la más lujosa de nuestras casas en Gades. Él se asomó, admirado, a la ventana. Además del elefante, un grupo de bailarinas gaditanas interpretaba la danza ancestral que ha hecho del ombligo de nuestras artistas el más genuino representante de Gades en el mundo. En un carro se amontonaban armas recogidas en los campos de batalla, y cinco esclavos maniatados, con vestimenta de oficiales, representaban a generales vencidos. El espectáculo, si no era excelso como el triunfo romano, sí al menos resultaba colorido y, por supuesto, dispendioso.

—¡Pompeyo! —grité desde la calle—. ¡Gades, humilde ciudad federada, no puede concederte un triunfo, pero te ofrece su amor incondicional!

El general se emocionó, salió del palacio en que se hospedaba y me abrazó llorando. Sorprendía tanta facilidad para la lágrima en un hombre de su temple. Me abrazó y me besó, y también lo hicieron Varrón y Lucio Cornelio Léntulo. Era un momento solemne, el aire vibraba. Pompeyo, agradecido, anunció que había decidido conceder a los Balbo la ciudadanía romana. Nuevos abrazos, brindis, estrépito en la calle, los ombligos de las bailarinas oscilando en círculos al ritmo de grandes panderos, tintineo de cascabeles colgados de sus caderas, algarabía infantil y el oportuno barritar del elefante, del que yo temía cualquier desmán de última hora; pero Diana, protectora de las bestias de la selva, por fortuna lo calmó.

Todo estaba preparado, muñido por el genio organizador de Lucio Cornelio Léntulo Crus. Días antes me había informado de que Pompeyo, reunido su consejo militar, decidió concederme la ciudadanía en aplicación de los poderes otorgados por la lex Gellia Cornelia, no solo a mí, sino también a la familia al completo. Yo, entusiasmado, sugerí la idea del elefante triunfal que tuvo excelente acogida en el alto mando; todos aseguraban que a Pompeyo le encantaría tal detalle, como así fue.

Se situó el general en el puesto de honor de la procesión, sobre un carro tirado por cuatro caballos blancos, similar al que se usaba en los triunfos de Roma aunque adaptado a la estrechez de las calles gaditanas. Abrieron el desfile los augures y sacerdotes de la ciudad, siguieron las bailarinas, tras ellas los caballos pastoreados por el elefante púrpura y luego Pompeyo, detrás del cual marchábamos los nuevos ciudadanos, la familia Balbo al completo: mi hermano Publio y yo a caballo, luego el viejo Melk Balbi en palanquín, el resto a pie, todos bajo una lluvia de flores. Cerraban la cabalgata los atabales y las tubas de la legión y, al fondo, el extasiado y ruidoso pueblo gaditano. Nos dirigimos al pretorio donde el cuatorviro procedería a la inscripción de los nuevos ciudadanos en las tablillas que periódicamente se enviaban a Roma.

Nadie había contado con aquellos diminutos gaditanos empeñados en tirar de la cola al elefante. El peor, mi sobrino Minor, ¿qué tendría?, ¿cuatro años quizá? Era bello como un Apolo niño.

El rostro de su hija, mi pequeña Cornelia, me recuerda al de aquel mequetrefe empeñado en acabar con la fiesta.

 

Era el jefecillo de otros cinco rapaces de su misma talla que se esmeraban, por turnos, en tirar de la cola al paquidermo. El auriga de Pompeyo hacía maravillas con las riendas para no arrollarlos. El elefante, quizá por puro nerviosismo, levantó el rabo y disparó varias andanadas de consistencias en exceso plásticas, que rebotaron en el suelo y salpicaron las engalanaduras de los bellos caballos pompeyanos, e incluso hay quien dice que el mismo general fue alcanzado en parte por uno de los proyectiles; en cualquier caso, no resultó malherido, al menos en apariencia. Digno fue de verse el espectáculo: las risas de la chiquillería, las carreras de la pobre Adama, madre de Minor, para agarrarlo; su padre, Publio, bajándose del caballo para propinar una tanda de azotes al agitador, Pompeyo, que parecía contrariado y burlado, pero, en fin, el orden triunfó sobre la anarquía y la procesión continuó su recorrido.

Al llegar al pretorio, salió a recibir al gran hombre y a los Balbo el sacerdote mayor de Júpiter Óptimus Máximus en Gades, quien previamente había oficiado un sacrificio rebosante de buenos augurios.

—¿Qué nombre ostentará el paterfamilias? —preguntó el oficiante.

El viejo Balbo, Melk, ya anciano, enfermo y demacrado, sin poder salir de la litera, me señaló para que hablase en su lugar.

—Lucio Cornelio —dije, y miré sonriente a Lucio Cornelio Léntulo Crus, quien, viéndose patrono, se infló de orgullo. En realidad, el viejo deseaba tal nombre en recuerdo de Lucio Cornelio Sila, tan admirado por él, aunque no se hubiera dignado conceder a los Balbo la ciudadanía en su momento.

Se inscribieron los nombres de todos nosotros: Lucio Cornelio yo, el hijo mayor, y Publio, el menor, en recuerdo de los hermanos Escipiones; y Lucio Cornelio también el hijo de Publio, el torturador de elefantes, el padre de mi querida Cornelia, al que llamaríamos, a partir de entonces, Minor, para diferenciarlo de mí, su tío Maior.

—¿En qué tribu os integráis?

Esto también estaba pactado; sería la misma del padrino de la ceremonia, Léntulo.

—En la Palatina.

Con el tiempo, pasamos a integrarnos en la tribu rústica clustumina gracias a ciertas manipulaciones mías, por las que fui muy criticado. Era una tribu de mayor categoría —a ella pertenecía el mismísimo Pompeyo—, una de las veintiuna fundadoras de Roma, y alguien que pretendiera alcanzar el máximo poder no debía conformarse con menos. Sucedió años después, cuando César accedió al consulado y yo era su hombre de confianza, uno de los mejor informados de la ciudad. Frecuentaba a gentes de leyes que me mostraron una antigua norma según la cual si un ciudadano era condenado por corrupción, el promotor de la denuncia tenía derecho a integrarse en la tribu del vencido. Con esta idea promoví un pleito adecuado a mi fin último, vencí y pasé con mi familia a la nueva tribu. ¿Actué mal?, ¿quizá fuera de la estética al uso que exigía diplomacia y prudencia? Cada uno puede pensar lo que quiera, pero César y yo teníamos acordado no dejar pasar oportunidad por remilgos de formas. Habíamos llegado a Roma para hacerla arder… y ardió.

Aquel memorable día en que se nos concedió la ciudadanía recibimos parabienes de todos, abrazos, saludos, llantos; todos veían, sentían, olían y oían a través de los ojos, oídos, narices y pieles de sus patronos, los Balbo.

Con mucha ceremonia yo, el flamante Lucio Cornelio Balbo Maior, agité el badajo de una campanilla y comenzó la fiesta. Todo Gades saltó y bailó. Ningún instrumento musical permaneció ocioso. Las bailarinas rotaron sensuales, volátiles, redondas. Los niños gritaban y los ciegos daban gracias a Júpiter. La alegría de los Balbo era la alegría de Gades. En agradecimiento por su afecto, proporcionamos a la vieja ciudad un festín que duró varios días y que se recordaría durante generaciones.

Me cuenta la pequeña Cornelia que ella vivió algo similar cuando César, veintiséis años después, tras la batalla de Munda, concedió la ciudadanía romana a toda la ciudad de Gades. Ella rondaría los nueve años. También fue una gran fiesta, asegura, y por supuesto inolvidable, pero la joven había oído decir a los viejos que no se podía comparar a la dada por los Balbo en aquel memorable año de 681. Recuerda, sí, mucho colorido, bailes, música y comilonas, pero no elefante. Una lástima, dice mi querida Cornelia, pues a ella también le habría gustado tirarle de la cola para ver lo que sucedía.

 

Tras la guerra llegaron los buitres. Pupio Friso Frugi fue nombrado propretor de la Hispania Ulterior y Lucio Valerio Flaco su cuestor. A las órdenes de este, en apretada fila toda una cohorte de desalmados que, fasces en mano, creían tener licencia para enriquecerse sin justa causa.

Este tal Lucio Valerio Flaco diseñaba cada semana un impuesto nuevo que exigía a la siguiente. En pocos meses, los hispanos quedaron exhaustos. Gades, la ciudad más rica de la Ulterior, sufría las furias de esa ave carroñera, prototipo del partido de los aristócratas.

—¡Mira, Balbo! Gades no existe —me dijo con prepotencia un día en que lo había invitado a mi casa—. Solo existe Roma.

—Pero muchos gaditanos somos ciudadanos.

—No es igual nuestra categoría, Lucio Cornelio, reconócelo.

—¿Dónde está la diferencia?

—En que nosotros podemos hacer lo que queramos con vosotros y a vosotros os queda aguantar.

Me reí con ganas, mientras por dentro sentía cómo una bola de fuego me abrasaba el pecho. Siempre tuve la virtud de disimular los sentimientos y de contagiar a los demás mi risa. Él también rio y hasta le entró la tos, atragantado por una pepita de uva, lo que generó más hilaridad aún; las lágrimas empañaban nuestros rostros. Era Lucio Valerio Flaco un tipo gordo, grasiento, desapacible. Le encantaba marearse mirando los turbulentos vientres de nuestras bailarinas mientras libaba los ricos caldos que mi prodigalidad le ofrecía. ¿Cómo podría comprender el desgraciado cuestor que su desgracia iba tomando forma y certeza en la mente de aquel rico provinciano que parecía ya un amigo de toda la vida?

Hice descender a todos los dioses cuando cerré la puerta tras el insolente. Me quemaba la mano por haber palmeado su espalda en el momento de la despedida. De inmediato hice llamar a un hombre de confianza que había actuado en ocasiones para la familia en funciones de testaferro, Décimo Lelio, y estudiamos la forma de presentar una denuncia por corrupción contra el alto magistrado, pues no solo robaba a los gaditanos, sino que también defraudaba a la misma Roma. Nuestro plan fue ejecutado con gran precisión y yo tuve oportunidad de declarar como testigo en su contra. ¡Cómo me sentí al contemplar su compungido rostro de acusado en las indagaciones previas al juicio en Roma! Su superior, el procónsul Pupio Piso, se vio obligado a controlar su natural rapacidad, y todos los funcionarios inferiores hicieron lo propio. Más adelante nos enteramos de que Lucio Valerio Flaco fue condenado a destierro en Sicilia. Era la primera actuación de la familia Balbo en defensa de la República que acababa de acogerla. Un hecho muy sonado.

¡Qué diferencia había entre Pompeyo y los aristócratas! Aquel usaba su poder para lograr el acercamiento al pueblo, la buena administración provincial, la búsqueda de la equiparación de los ciudadanos no romanos con los de la Urbe. La fortuna lo llevó a apoyar a Sila y a forjarse su estrella como arma de los aristócratas, es cierto, pero estos siempre desconfiaron de él. Sirva para ilustrar lo que digo el diferente comportamiento de Pompeyo y el de Quinto Cecilio Metelo Pío, su colega de armas contra Sertorio. Este había sido un segundón respecto al general campesino que lloraba antes de entrar en combate, pero nada más acabar la contienda, partió hacia Roma en el más veloz de los barcos que encontró en el puerto de Tarraco, para recibir un triunfo en solitario. Era la segunda vez que se adelantara a Pompeyo, pues también desfiló antes que este en aquella famosa ocasión del elefante que no pudo pasar por las puertas de Roma. ¡Menuda diferencia! A uno le interesaba sujetar la tierra conquistada, echar raíces, formar clientelas; al otro la bambolla de Roma. ¿Quién de los dos pasó a la Historia? Lo que le perdía a Pompeyo en aquellos momentos iniciales de su carrera era la escasa ambición, pues solo pretendía que en la Urbe se lo estimara pese a su condición de pueblerino. Pasado el tiempo, cuando el enfrentamiento entre César y Pompeyo se hizo inevitable, apenas se distinguían sus formas de hacer política, pues ambos bandos perseguían transformar la Urbe, hacerla universal. César y Pompeyo creían que ninguna paz duradera y real podría esperarse para la República si en Roma se consideraba normal, y hasta justificable, que los magistrados pensasen que al tomar el mando de una ciudad tenían permiso para robar a su antojo.

Dos años después de estos hechos, en el 684, fue nombrado para el cargo de propretor de la Hispania Ulterior Cayo Antistio Veto. A sus órdenes llevaba un nuevo cuestor: Cayo Julio César, hecho que cambió mi vida.

Tendría César unos treinta y tres años, yo veintiocho, y los dos éramos jóvenes y con ideas radicales respecto a los destinos de la República. César había llegado a Gades hacía dos días, pero no salí a recibirlo; al fin y al cabo no era yo autoridad oficial y no estaba obligado a cumplimentar a los altos funcionarios que llegasen a la ciudad. Fue el mismo Julio quien se acercó a mi lonja. Yo estaba ordenando el embarque de unas delicadas ánforas rumbo a Chipre. Lo vi llegar rodeado de un enjambre de mujeres y críos. Los guardias que lo acompañaban intentaban acercarse para protegerlo, pero no lo lograban. Él sonreía, acariciaba a los niños y coqueteaba con las mujeres. ¿Cómo era posible tanta popularidad? Más tarde me enteré de que la noche anterior había invitado a medio Gades a comer y a beber en una fonda portuaria de mala muerte y peor fama. Curioso asunto, un cuestor que daba sin quitar, al menos aparentemente.

Se movía con lentitud, como un monarca afable. Vestía toga blanca, era calvo y no muy alto. Su labio inferior le colgaba en exceso. De complexión fuerte aunque un tanto obesa, tenía el rostro marcado con las arrugas de la risa perpetua. «¿Se habría producido el milagro? —pensé—. ¿Habría cambiado Roma de la noche a la mañana?».

—¿Eres Lucio Cornelio Balbo? —preguntó el cuestor en cuanto lo dejaron entrar en la lonja.

Los que lo seguían quedaron un tanto rezagados por respeto a la vieja estirpe de la casa. Yo, con toda mi fama de hombre social y afable, debía parecer un cardo frente a la simpatía del recién llegado.

—Pues, amigo, yo soy Julio César, un nuevo regalo de Roma, otro ladrón.