Cornelia de Gades
Capítulo 39
39
El viaje no comienza bien. La caravana ha disminuido la marcha porque el puente de barcas que une Portus con la otra orilla, a pocos metros de la residencia de Cornelia, parece anegado en su centro. Se escuchan gritos de aviso. Dos pantalanes se han hundido justo en su centro. Un hombre entrado en años, acelerado y con cara de angustia se acerca a la litera de la dómina para informar.
—¿Cómo es posible que esté de nuevo hundido el puente de barcas, Fécula? ¿Acaso no podías haber comprobado su estado ayer tarde, mastuerzo?
—Os aseguro…
Apenas tiene resuello el pobre desgraciado, pero ella es perra vieja y sabe que se hace el agobiado para dar pena y para que le sean perdonadas sus negligencias, que cada vez son más y de mayor calado. Una lástima, pues Lucio Valerio Fécula fue siempre el hombre de confianza de Minor, y no lo habría sido de carecer de las habilidades necesarias, pero, en fin, los años ya se sabe, no pasan en balde, aunque Cornelia, la verdad, se encuentra muy bien de suelo y techo, de piernas y de mente, que los pilares y el tejado son los elementos que más sufren en un edificio. El aspecto de Fécula es lamentable: la toga llena de barro, pues en el centro del puente hasta media pantorrilla cubre el agua sucia de la crecida; la lengua fuera, sin resuello; está avergonzado por haber sido cogido en falta. También los porteadores pueden resbalarse, y Cornelia les ordena que caminen con cuidado. Además, están casi ya en el centro del puente, donde se han roto las dos barcazas.
—¡Os aseguro, os aseguro…! ¡Qué inutilidad! ¡Deteneos todos!
Fécula se ha parado en seco y resopla con las manos en las rodillas, encogido.
—Te he hecho una pregunta sencilla, Fécula: ¿por qué sigue sin arreglarse el puente de barcas? ¿Podrás contestarme?
—Sí, dómina…
—¿Y bien…?
—Sí, dómina… Se han roto las dos del centro, se las ha llevado la subida…
—¿Crees que soy ciega o tonta? Desde cuándo están rotas es lo que te pregunto. ¿Desde hace un mes? ¿Desde hace dos? ¿Tres…? Yo te lo diré: desde hace seis meses, que ya estaban sueltos los botes en mayo… Sí, no pongas esa cara, que lo sabes muy bien, que mi hijo Cayo no sé en qué está pensando… ¿No te ha dado órdenes para que mandes diseñar un puente como es debido? ¿Cómo que tiene otras prioridades? ¿Puede haber algo más importante que culminar el tramo de la vía Augusta hasta Gades con un puente de piedra en Portus? ¿Acaso no están ya construidos los cabezales? Sí, los castilletes de cada orilla, ¿no los ves acaso? ¿Por qué no aprovecha las estructuras que ya existen? ¿El acueducto de Gades? ¿Que no puede acometer esta obra porque la reparación del acueducto de Témpul a Gades le ocupa todas las horas del día? Pero ¿qué clase de Balbo es ese? Su abuelo construyó Neápolis, la vía Augusta, el anfiteatro, la muralla y el mismo acueducto a la vez; y llevó también la guerra contra los Garamantes y fue declarado imperator por sus tropas. ¡Balbo imperator!, ¿entiendes?, todo a la vez; para ello hay que tener lo que hay que tener, ser un hombre, y si no puedes dormir, pues no duermes… ¿No entiendes esto, botarate? No te azoto porque no quiero humillar a un ciudadano de Roma en presencia de los esclavos, que si no… ¡Vamos! ¿A qué esperas?, ponte aquí delante para que me suba a tus espaldas, que no me gusta ese tramo de las barcas rotas… ¡Y vosotros, cuidad de que no se mojen las literas, por la cuenta que os trae! Espero que, por lo menos, encuentre la comitiva preparada; mira, Fécula, que no veo muchas luces en el edificio de la aduana, y ya sabes que me gusta salir con el alba, y está a punto de amanecer… Bueno, a ver si es verdad lo que dices, pero comprenderás que no podría soportar un nuevo fallo… ¡Pero estate quieto, hombre! Te tiemblan las piernas, ¿es que no puedes con este cuerpo viejo?
—Sí, dómina, tranquilízate.
¡Ay, infeliz! Si supieras lo tranquila que está la dómina, lo que disfruta con este pequeño incidente, el hormiguillo que le recorre el cuerpo, lo que le entusiasma el acometer este viaje… No entiende a esas mujeres que cuando llegan a viejas se quedan en casa y no vuelven a salir, que engordan y terminan con las piernas de elefante, llenas de aguas purulentas y de úlceras. Ella es todo lo contrario: no puede dejar de moverse.
—Que tres esclavos tomen a mis sirvientas sobre sus hombros; a Antuca entre dos, que es muy vieja.
—Sí, dómina.
Siempre le gustó este hombre, Lucio Valerio Fécula; era muy activo de joven y con no mala planta. Ahora se le notan los costillares, que bien los palpa a través de los muslos. Él percibirá el calor de su entrepierna, seguro que le dará asco, ¡qué viejo verde!, pero ahí está, con amoríos cada noche con esclavas jóvenes y frescas. Es un guarro, pero dúctil. Cornelia disfruta castigándolo como hace años; tras aquellos juegos hacían el amor y el muy cochino se volvía loco hasta convertirse en un león de Numidia… «O, tempora», como diría Cicerón. Pero Cayo hace de él lo que quiere, y, en consecuencia, Fécula le ha perdido el respeto, a ella, que fue la creadora de esta maravilla de Portus, con su canal y su calzada, con su activo comercio del que hoy no se podría ya prescindir en Gades. No, Cayo no es buen hijo; qué menos que venir a esperarla a la statio ad portum, ¿qué le costaría? ¿Acaso lo van a registrar a él los aduaneros? Pero no, atender a una madre será siempre la última consideración.
Ya llegan a la parte firme del puente de barcas. Cornelia le arrea en los ijares para que se mueva, el muy vago… ¡Ya quisiera tener las piernas como ella! Al otro lado, la mole de la statio ad portum. No le quedó mal este edificio, recio, rectangular, toda una fortaleza y un buen bolsón para el dinero de los impuestos… ¡Qué bien entraba la riqueza por este portazgo! Ahora con Cayo el agua de aquella fuente de oro ha dejado de manar, ¡parece mentira!
—Déjame junto al altar de Hércules… ¡Antuca, Acilina! ¡Venid conmigo! ¡Fécula! ¿Encargaste dos palomas blancas para el sacrificio?
—Sí, dómina.
¡Qué lenta está Antuca, qué vieja! ¿Será cierto que pasa de los cien? Es muy probable. Conviene que la sujeten entre las dos, eso es, paso a paso… Pero tiene el cerebro de una niña. Nunca conoció Cornelia mujer tan inteligente; también su nieta parece lista, aunque no cree que alcance a la abuela; eso sí, su letra es preciosa.
—Mira, Antuca, mira lo bella que es la estatua del dios…, ¿ves? Pues la de Gades es cien veces más alta.
El sacerdote se esmera en practicar el rito con todo cuidado y minuciosidad: sabe que si se ve obligado a repetirlo, la dómina puede desterrarlo al desierto de África. Es otro truhan de buena planta, lástima que Cornelia no sea más joven. Los augurios son muy buenos, según acaba de anunciar el oficiante; ¡como para no serlo, con lo que han costado! La dómina se aproxima a una ventana mientras se entonan las oraciones rituales, ¿estará ya la caravana lista? Parece que sí; quince escoltas de la guardia germana, tres literas con sus porteadores: una para ella y su escribiente Acilina, otra para la vieja Antuca y la tercera para los documentos… ¡Bien! Doce porteadores de refresco y un carro con los pertrechos tirado de una mula… ¡Vaya! Y eso que ella les había dicho que llevaran dos… ¡Ah, sí! Ahí ve la otra. No se portan mal cuando quieren, pero por temor al palo, que cada vez tiene Cornelia menos paciencia con los tontos. El sol está por salir; la ceremonia ha finalizado a tiempo. La caravana toma su camino.
—Acilina, ¿tienes a mano el recado de escribir?
—Sí, dómina.
—Pues vamos allá, que he de transcribir ciertas instrucciones para que los obreros encargados de reformar la lonja de Portus sepan dónde tienen que buscar los materiales y a cuánto han de comprar, que no me fío de los contratistas; son unos ladrones.