Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 3 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 2

2

 

¿De dónde surgió aquella flecha que atravesó el pecho de Cérulo? Sonó a madera crujiente. Estaba a mi lado. Sus ojos incrédulos miraban al cielo. Lo sujeté con cuidado. La punta del dardo le salía por la espalda. Su sangre empapaba mis manos; ardía. En derredor solo había silencio. ¿De dónde pudo haber surgido el ataque? Entre todos lo llevamos tras la colina, rodando más que corriendo, al lugar donde habíamos pasado la noche. Aún vivía. Con sus ropas, que hicimos jirones, logramos taponar el surtidor de sangre y, arrancando ramas, construimos unas parihuelas sobre las que depositamos al infeliz.

El regreso a Gades fue un tormento. No sentíamos los pies; espartos hacían las veces de lenguas; parecíamos nosotros los derrotados, como si los cadáveres nos hubiesen contagiado su sed. Toda nuestra agua era para el desgraciado Cérulo, que no lograría sobrevivir, bien lo sabíamos. Cuando, por fin, llegamos a las cabañas de las tierras para cuya defensa se formara la expedición, fuimos atendidos por los lugareños y allí, entre lamentos, pues todos conocían y apreciaban al buen esclavo, Cérulo murió.

Por orden mía, se le rindieron los mejores funerales posibles en una tierra pobre. Fue incinerado como un guerrero. ¿Qué sentía yo entonces? Una difusa animadversión hacia Sertorio, responsable de la muerte de Cérulo, a quien yo apreciaba desde niño. En mi furia juvenil me sentí enemigo natural de aquel general rebelde y fantasmagórico por cuya culpa había muerto mi esclavo. Me creía el primero de los romanos, el más fiel soldado de la República. La sangre me hervía de indignación, una sangre de romano, como si nada más nacer me hubiera limpiado con agua del Tíber.

Ahora sé que mis mayores no pensaban igual. Gades estaba con la Urbe nada más que por el interés, que ningún gaditano se sentía, en el año 671, romano ni en todo ni en parte. Las togas blancas impolutas festoneadas de rojo, las barbas rasuradas, la afición por los peinados, las sirvientas, los rizos recogidos en crinalia ajustados o en cirri tras las nucas, los vestidos de estola griega de abundantes pliegues sugerentes, la afición por las termas, los peristilos y los triclinios vendrían más adelante, cuando Pompeyo concediera la ciudadanía a los Balbo, y cuando César la extendiera a toda la ciudad. Pero por aquellos años de mi juventud Sertorio era considerado un grave peligro para nuestro mundo. Como buenos comerciantes, los gaditanos solo estaban interesados en el orden. ¿A quién iban a seguir? ¿A advenedizos como Sertorio, o a la flor y nata de Roma? No había tendero en Gades, armador o industrial que no temblase pensando en Sertorio, imaginando sus almacenes incendiados y a su familia esclavizada mientras su cabeza contemplaba el espectáculo desde lo alto de una pica. Si el rebelde se hiciera fuerte en Lusitania, tornaría a por Gades, ¿cómo no?, la ciudad más próspera de Hispania. Por eso nuestros padres miraban a Roma como perros a los que fueran a apalear, pues tampoco se fiaban de que la protectora acudiese presta en su auxilio en caso necesario. El pacto con la Urbe era muy antiguo, de los tiempos de Escipión y Aníbal nada menos, y no favorecía mucho a los nuestros. Todos temían que un ataque de Sertorio contra la ciudad fuera vengado tarde por los poderosos aliados, una vez destruida aquella y dispersos los supervivientes, como ocurriera antes, hacía más de ciento treinta años, con Sagunto. Ningún gaditano quería celebrar el triunfo póstumo de las armas romanas esclavizado en el fondo de alguna mina mauritana.

El recuerdo de Cérulo nos acompañó durante todo el camino de retorno a Gades. Cuando llegamos al caserío de Menesteo, desde el que se divisaba la Isla como una gran nave fondeada, respiramos por fin tranquilos. El graznido familiar de las gaviotas ahuyentó los pavorosos chillidos de las carroñeras que aún retumbaban en mi recuerdo. Hablaría con mi padre para que me permitiese entrar a servir al ejército de la Urbe.

Dos años después me llegaría la edad militar y, con la bendición de Melk Balbi, partiría a la guerra contra Sertorio, a las órdenes de Memmio, lugarteniente del famoso Metelo.

 

Marchar y marchar, esa era la única actividad guerrera para los reclutas de Quinto Cecilio Metelo Pío. En las cáligas ferradas las puntas parecían crecer hacia adentro; las plantas llagadas de los pies gritaban su dolor a cada paso, las chinas del camino eran pedruscos ciclópeos; las cuestas, el infierno de Sísifo, condenados a empujar nuestro armamento hasta la cima; las selvas, agobiantes cabelleras de Gorgona entre cuyas guedejas parecían acecharnos mil ojos hostiles.

Por fin, escuchamos el barritar de las tubas que ordenaban descanso. Me senté como pude, agotado, el gladio trabado entre las piernas, pero ni me molesté en retirarlo; me quedé tumbado, la espalda sobre la mochila; la postura no podía ser más incómoda, pero así, al menos, me permitía mirar al cielo, donde el sol ya declinaba. ¿Tendríamos que levantar la empalizada? ¿Cuatro horas más de trabajo? Estábamos en una colina rodeados de pallozas vacías y protegidos por una muralla; quizá no fuera necesario. Por fortuna, los toques de ordenanza mandaron montar directamente las tiendas. Sería el descanso total, sin interrupciones, la felicidad. Lo primero era soltar mis cáligas; solo deseaba caminar descalzo por aquellas tierras arenosas.

—¡Ni se te ocurra, soldado! —ordenó un centurión—. Desata solo dos correas, que si sacas el pie no podrás volver a calzarlo.

Dirigiéndose a todos los demás, repitió la orden y añadió que debíamos estar preparados porque esa noche tendríamos visita.

—¡No, novatos de mierda, no es lo que estáis pensando! Tened preparada la espada y a mano el casco.

Quinto Cecilio Metelo dispuso una trampa para atraer a los lusitanos: las escasas defensas eran el reclamo, pues los oteadores le habían informado de que el enemigo observaba sus movimientos desde el mediodía. Creerían que era una ocasión única para sorprenderlos desprevenidos, pero los legionarios agazapados, bien formados y prestos a la defensa, los sacarían de su error cuando ya fuera demasiado tarde para ellos. Se alcanzaría, sin duda, una notable victoria nocturna. El lugar de tan inevitable como gloriosa batalla había de llevar un digno nombre para el recuerdo, y el propretor hizo grabar uno en un gran madero que colgó a la entrada del villorrio, su propio nombre: Castra Caecilia.

Ningún recluta pudo dormir aquella noche. Todos los sonidos nos parecían señales del enemigo, ese gigante que crece y crece antes de dar la cara, que aterra antes de mostrar sus fauces, que llega a enloquecer de miedo a los inexpertos. No debíamos movernos ni hacer ruido alguno. ¿Qué se sentirá al remejer el hierro en un vientre? Y si es uno el ensartado, ¿dolerá mucho o apenas se notará más que un golpetazo en el lugar por donde penetra el arma? Pronto alguna de mis preguntas obtendría cumplida respuesta, pues el ataque se produjo ya próximo el amanecer.