Cornelia de Gades
Capítulo 32
32
Cidamo es una ciudad blanca, de adobe y cal, que parece nacida del desierto mismo, transformadas sus arenas en casas rodeadas de palmares, como si aquel paisaje se rebelase contra su fama de árido. Ahora las palmeras son antorchas y las casas piras que arrojan gritos por las ventanas, los alaridos de los que en ellas se dejan abrasar por no salir a enfrentarse a los diablos del norte, de más allá del mar, gentes de capas rojas, ojos sangrantes, gladios mordientes. A las cohortes de Balbo les ha costado llegar hasta allí, días de caminata bajo el sol picajoso, las axilas llagadas por el roce de las cotas de malla, los odres extenuados, las lenguas de esparto, las almas derretidas. Pero frente a la muralla de serrín de la ciudadela han renacido aquellos guerreros amamantados por la loba Luperca. La han asaltado con método consolidado por los siglos de despojos, en secuencia de dardos, escalas, arietes, ascenso de la muralla, acuchillamiento, persecución, violación, robo e incendio. Un hombre destaca entre todos aquellos endemoniados locos, capa morada, armadura de plata, casco con penacho colorado de frente a nuca terminado en cola de caballo, visible a distancia por el último de sus legionarios y por todos sus enemigos, reclamo para mil dardos y flechas. En lo alto de la muralla, al frente de los suyos, no pierde movimiento: taja de arriba abajo, su escudo contiene más de una docena de dardos frustrados por no haberlo podido morder. Apoya el pie en los pechos de las víctimas para recuperar el gladio y acomete sin descanso. Sus hombres han superado ya la muralla y se desperdigan por la ciudad en busca de tesoros escondidos. Solo los legionarios de la primera cohorte, que ya lo conocen desde Dirraquio, están a su lado extinguiendo los últimos amagos de resistencia; solo ellos secundan el rugido de aquel coloso que los ha dirigido a la victoria; solo ellos gritan las palabras sagradas: ¡Balbo Imperator! ¡Balbo Imperator! ¡Balbo Imperator!, rugido de la tierra desangrada.
Grande ha sido el botín, pero Minor no puede conformarse con él. Los carromatos cargados hasta hacer temblar las ruedas son dirigidos hacia la costa por la X cohorte; nada debe temer por su seguridad mientras los gétulos estén entretenidos por Marco Lurio en la región del noroeste, en la Mauritania. Dos días descansan los legionarios en la maltratada Cidamo, de la que pocos habitantes quedan para satisfacer su lujuria carroñera, su gula de osos tras la hibernada, su sed de ballenas recién liberadas en la anchurosa mar.
Al cabo, Minor ordenará el avance sobre la inaccesible Garama, la ciudad legendaria de la que nadie puede hablar porque nadie ha llegado jamás a ella. Pero el gaditano se ha hecho con los mejores guías de la zona y atraviesa la llanura hirviente del monte Ater, a la que se sube con facilidad, la que atraviesan los soldados de Roma con la cabeza gacha y los pies dormidos por tantos pasos lentos, pesados, insensibles, agotadores bajo el peso del armamento y la impedimenta, y caen también por sorpresa sobre unas murallas que se confunden con las arenas del desierto. ¡Allí está, por fin! ¿Clavará sus dientes en ella la loba Luperca?