Cornelia de Gades
Capítulo 10
10
Un extenuado mensajero arribó a Gades con la petición de auxilio. ¡César me llamaba junto a él! Necesitaba que llegase con cuantos barcos pudiera poner a flote. Esta operación, de salir mal, podría suponer la ruina de la familia, pero ya no podía retroceder. ¡No era el momento para dudas! Montaba en la misma estrella que César. Saldría con la flota al océano y tomaría la costa de Lusitania en dirección norte hasta llegar al campamento de mi amigo.
Los vientos contrarios nos hicieron perder cinco días intentando doblar el Promontorium Sacrum, que, según me aseguró un geógrafo poco antes de zarpar del puerto de Gades, es el cabo más hacia poniente de toda la tierra conocida. También nos puso en guardia sobre los vientos contrarios que soplan en la primavera desde el océano y devuelven a los buques a las Columnas de Hércules. La flota pasó navegando en conserva, muy pegada a la costa para no exponerse a los vientos. Nunca había visto tan de cerca los farallones cortados, aquel tajazo en la roca en cuyo alto borde se distinguía un templo, dicen que consagrado a Saturno. Nos encomendamos al dios con oraciones y jaculatorias y seguimos adelante; César nos necesitaba. Mi barco marchaba hacia la mitad de la larga formación de otros ochenta que la ciudad federada de Gades ponía a disposición del propretor de la Hispania Ulterior.
A los diez días de turbulenta navegación, llegamos a nuestro destino: el campamento avanzado de Roma en la costa lusitana. Corría el año 692 y César estaba varado frente a la isla de Londobris, en la que se habían hecho fuertes los lusitanos y que el propretor no era capaz de asaltar.
—¡Gracias por tu diligencia, Balbo! ¡Ya sabía yo que no podía abandonarme aquella buena estrella que vimos en Gades!
Me abrazó y su dorada coraza musculada, que nunca se quitaba en campaña chocó contra mis collares.
La tienda de César nada tenía que ver con la opulencia que había visto en el pretorio de Pompeyo durante la guerra sertoriana; parecía el habitáculo de un estoico más que la de un rey persa: rústicos los muebles, llenos del polvo de la guerra los uniformes de sus oficiales, escasos los esclavos, sobrias las copas y malo el vino.
—¿Cuántos barcos has traído?
—Ochenta.
—¡Magnífico! Pero…
Me miró con la mueca de picardía bonachona que utilizaba cada vez que pretendía sorprender a alguien, bien para perderlo, bien para encumbrarlo; debió de copiarla de los gladiadores de la Subura con los que tanto convivió.
—Pero ponte cómodo, Lucio Cornelio Balbo, que te voy a dar una buena noticia… ¡Venga una copa de vino para mi amigo, pero no del que nos dais a nosotros, del otro, de ese que tenemos escondido!
—¿Esa es la sorpresa, César, una copa de vino?
—¿Qué menos puedo ofrecer sino un vino de la mejor calidad a mi nuevo praefectus fabrum?
¡Jefe de armamento! Era más de lo que podía esperar. Mi objetivo estaba cumplido, tantos desvelos pagados. Aquel cargo me daría la gloria y, además, si la campaña fuese afortunada, me recompensaría con largueza de las angustias por el temor a que se desfondara la caja de los Balbo.
Disfrutamos del reencuentro; por fin de nuevo juntas nuestras dos fortunas. La de César empantanada en una guerra ridícula contra los lusitanos del Herminio, la mía en ascenso. No era improbable que el gran hombre hubiera pensado que si procuraba que mi fortuna medrase, la suya la seguiría, pues eran dos yeguas salvajes que cabalgaban parejas, y en su mano estaba acrecentar la del amigo.
Al día siguiente, ya revestido de mi nuevo cargo y con una armadura dorada que me sentaba como la toga a un cerdo, participé en las reuniones de los oficiales. La situación militar no dejaba de ser comprometida.
He leído lo anterior a Cornelia, y varias páginas más en las que describía los movimientos guerreros con cierta minuciosidad. No le han gustado. Me ha comentado que se pierde con tanta ida y venida entre lugares que ni siquiera sabe dónde están, que si César había desplazado a ciertas unidades a tal o cual castro, que si la tribu de los estos o los aquellos se había negado a abandonar el monte Herminio y establecerse en la llanura, que fueron atacadas las guarniciones tal y tal, compuestas por tantos hombres, al mando de fulano o zutano, que desplegó a las centurias IV y V en torno a un castro, que se trabó una feroz batalla, que primero atacaron los honderos, que luego lo hicieron los arqueros, que por fin salió la caballería… Todo ello es excesivo, dice. Cada día me maravilla más esta muchacha metida ahora a crítica literaria, además tan certera. Tampoco a mí me gusta esta forma de narrar, ya lo he dicho arriba, solo que pensaba que en este caso podía ser de algún interés, ya que yo ocupaba un destacado cargo en el Estado Mayor cesariano, pero ella tiene razón; lo importante es que el lector no se aleje de la sustancia del relato. ¡Oh, Zeus, cuánto me agrada que esta musa revolotee a mi alrededor! Yo, Lucio Cornelio Balbo Maior, que llegué a ser cónsul de Roma, estoy dispuesto a hacer todo cuanto me diga una mariposa.
Los lusitanos, perseguidos pero no derrotados, cruzaron el mar y se refugiaron, como dije, en una isla cercana a la costa, la isla de Londobris. César había intentado un asalto, pero fracasó con gran pérdida en hombres y material. Con la llegada de la flota gaditana logró, por fin, una sonada victoria y, sobre todo, que los legionarios lanzaran el grito de la gloria: ¡César Imperator! ¡César Imperator!, el rito imprescindible para poder aspirar a la ceremonia del triunfo por las calles de Roma. Subimos luego hasta la Brigantium celta y sometimos a los galaicos.
Así de humilde fue nuestra victoria. Por aquellos tiempos el gran César era poco más que un grano en las posaderas de los aristócratas, y no dejaba de tener gracia que pretendiésemos que se le otorgara un triunfo por la ridícula victoria sobre los lusitanos que se refugiaron en una isla más chica que Pandataria. Con el tiempo toda Roma supo que aquel joven extravagante era capaz de camuflar sus debilidades como el mejor de los magos: hacía grande lo pequeño, atronaba con sonidos minúsculos, gastaba como si tuviera un capital inagotable y mataba como si estuviera perdonando la vida.
El siguiente escalón de la carrera de César sería la conquista de Roma, pero esta vez yo lo acompañaría. Él era mi inversión, mi apuesta personal, y no permitiría que se me escapase. No estaba dispuesto a ser un amigo en la distancia. Además él me necesitaba y nuestras ideas eran idénticas. Roma y la gloria aguardaban.
Aquella campaña lusitana no fue del todo productiva, pero sí lo suficiente como para que nos reembolsáramos una parte importante de los fondos que adelantamos a César; estaba claro que el apoyo político a su causa prometía ser en extremo rentable.
Publio poco podía objetar ya a mi conducta a la vista de los resultados, aunque no por ello se privaba de regalarme con su ademán más adusto. Hasta el momento mismo en que pisé la escala del buque que me llevaría a Roma, mantuvo su pose ofendida y hosca. Esto era lo único que me preocupaba al dejar Gades. Me giré entristecido pensando que la actitud del hermano pequeño me daría problemas en un futuro.