Cornelia de Gades
Capítulo 15
15
Decían que eran el pueblo, seguidores de César. El orador hacía unos días había salido de Roma al exilio voluntario. ¿Cuál fue el delito de Cicerón para recibir tal castigo de Clodio, la marioneta de César?
Cuando, años antes ocupara el consulado, había condenado a muerte a Catilina, quien en el fondo, aunque nunca se llegó a demostrar, era socio del mismo César. Por aquel tiempo yo aún seguía en Gades. Pasados los años, cuando este alcanzó el consulado apoyado por los otros dos triunviros, Clodio, nuestro brazo ejecutor, acusó a Cicerón de haber matado sin juicio a Catilina, ciudadano romano. El abogado huyó justo a tiempo, pues sabía que aquella mala bestia de Clodio husmeaba sus pasos. Había dejado a su esposa y a su hija seguras en la casa del Palatino, pues no podía concebir la idea de que sus enemigos se atrevieran a asaltarla. Pero la plebe, que no era otra cosa que los secuaces de Clodio agrupados en logias tabernarias de la Subura, casi todos sus miembros gladiadores, enardecida por aquel, arrasó las propiedades de Cicerón en Túsculo y Formio. Tras ello, marcharon decididos a hincar los colmillos en la finca del Palatino, donde se encontraba el mejor botín, material y humano, del orador.
Terencia y Tercia, esposa e hija, estaban acurrucadas en un rincón de la cocina, dentro de la leñera. Los nuestros golpeaban ya la puerta y utilizaban como ariete un banco. Cedió aquella y los primeros gladiadores del pueblo penetraron en la cocina. Rebuscaron, husmearon, arrojaron al suelo cuanto encontraron a su paso; las mujeres, aterradas y despavoridas, contemplaban a través de las rendijas de la portilla del tabuco en el que se escondían las piernas de los desalmados… Hasta aquí todo terrible, de una violencia inusitada, lo reconozco. Pero, en esto, la sorpresa: alguien con voz de mando increpó a los revoltosos. Las mujeres escucharon gritos destemplados, golpetazos, patadas y una voz ronca con acento hispano que imponía silencio. Las dos infelices fueron liberadas y se arrojaron a los brazos del hombre calvo al que habían visto en varias ocasiones en su peristilo; siempre les cayó simpático y agradable; ahora era su salvador. Él las llevó a su casa y las trató como si fueran su madre y su hermana. Aquel hombre era el mismo que escribe estas líneas, Lucio Cornelio Balbo Maior, y en mi casa vivieron hasta que retornó Cicerón.
La consecuencia inmediata de esta acción fue que el gran abogado siempre me estaría agradecido por tan buenos oficios. Confieso, sin embargo, que actué por calculado interés; aquella violencia estaba planificada con compás y regla y, a cambio de ella, obtuvimos la neutralidad de Cicerón durante casi cinco años. Si se hubiera pasado al bando de los optimates con armas y bagajes, nuestra victoria final habría sido mucho más difícil y, de haberla alcanzado, las aguas del Tíber aún bajarían rojas hoy día, más de veinte años después. No hay que olvidar que la oratoria de Cicerón obnubilaba a los ricos hombres dedicados al comercio y la industria, a los tenderos y a todos aquellos que tenían mucho que perder en una revolución como la que nosotros pretendíamos, por lo que no se inclinaban ni a favor ni en contra de nuestras decisiones políticas. ¿Fue aquella una actuación contraria a la moral? Por supuesto que no. ¿Puede considerarse inmoral el uso de una pequeña violencia para evitar otra muy superior?
Tras leer esta explicación, la muchacha ha guardado silencio. Su actitud respetuosa dice mucho de ella, aunque no puedo saber si la he convencido.
Su criada Antuca no para de moverse de aquí para allá, como atenta a todo y a nada a la vez, en guardia. Es muy molesta.
Una fuerte tormenta legislativa se abatió sobre los que a sí mismos se llamaban los boni, los perfectos, los optimates. El primer objetivo que nos marcamos, recién llegados al poder, fue el de cambiar las leyes agrarias, tema pendiente desde los lejanos tiempos de los hermanos Graco. Era preciso que con el dinero traído por Pompeyo de Oriente se comprasen tierras en Italia para repartir entre los veteranos de su ejército. Pero no nos conformamos con esto; en otra ley logramos que se repartiese el campo público, propiedad del Estado, entre los colonos pobres de Campania, con lo que logramos rebajar el precio de la tierra.
Los optimates clamaban a los dioses. Aquello sería, pensaban, el fin de sus privilegios de terratenientes. No comprendían que habían de satisfacer al ejército, que nadie en su sano juicio tensaría más la cuerda de la que pendía la República misma. ¿Creerían que su grandiosa dignidad sería capaz, por sí sola, de contener a los germanos en sus fronteras? Parecía que sí, que según ellos un rudo arverno, o un suevo, arrojaría sus armas al suelo, aterrado ante la imagen de la loba y los fasces de Roma portados por impolutos togados. Su locura política había llegado muy lejos. Nosotros creímos que para hacerles entrar en razón solo cabía la violencia legislativa apoyada por las hordas de gladiadores populares. Era el precio que la sociedad tenía que pagar por tan profundas transformaciones.
Además, nos procuramos el apoyo de las más variadas gentes. César pretendía sentarse en la cumbre de una pirámide cuya base fuera enorme. Así, aprobamos también normas como la del soborno máximo, un tope para que los magistrados romanos no pudieran recibir regalos de los provincianos a partir de cierta cantidad, medida muy beneficiosa para granjearnos el aplauso de las provincias. También los triunviros apoyaron las peticiones de las sociedades recaudadoras de impuestos para que aumentasen sus ingresos, con lo que nos ganamos a los caballeros en bloque para nuestra causa. Los optimates no pudieron disimular su furia; nunca nadie se había atrevido a tanto.
César, cónsul electo, y yo, su brazo ejecutor, consideramos que los viejos aristócratas no tenían ya capacidad para conducir a Roma y aceleramos las reformas. Cada vez participaban menos senadores del bando contrario en las sesiones deliberativas hasta que, finalmente, solo acudían a ellas los aliados de los tres hombres fuertes. Los demás temían que en cualquier momento se desencadenase contra ellos una cruel persecución como las que fueron habituales en los tiempos de Sila y Mario. Aun así, César acudía en ocasiones a la Asamblea del Pueblo para aprobar sus leyes, pues en ellas no había ni sombra de discusión sobre sus propuestas, y porque así lograban que el pueblo se sintiera importante.
En una ocasión, tras la presentación de una ley agraria en el Senado, volvieron los triunviros a la asamblea del pueblo y César pronunció un memorable discurso para pedir, al final, el apoyo a sus reformas. Las aclamaciones no cesaban, y arreciaron cuando Pompeyo subió al estrado acompañado de Craso. Levantó los brazos César para imponer silencio y, dirigiéndose a Pompeyo, le preguntó: «¿Si alguno usare la fuerza contra estas leyes, te pondrás de parte del pueblo?». El Magno contestó: «Sin duda, y contra los que amenacen con espadas traeré espada y escudo». Al día siguiente el cónsul Marco Calpurnio Bíbulo, del que ya he hablado, el eterno contrincante institucional de César, se dirigía al Senado acompañado por Catón cuando, en las cercanías de la Curia Hostilia, sufrieron el asalto de la plebe. Fueron rodeados por la multitud, zarandeados, escupidos y cubiertos de inmundicias. Los lictores intentaron defenderlos, pero los populares les rompieron los fasces en las cabezas. Nunca se cometió en Roma sacrilegio tan grande. El equivalente a aquel acto de barbarie sería el de ver, hoy día, cómo alguien arroja al suelo al príncipe Octavio y defeca sobre su cabeza. Los dos senadores consiguieron escapar a duras penas de la furiosa multitud. Al fondo de la calle formaban fila los soldados de Pompeyo que no intervinieron. Iban armados con espada y también con escudo, como había prometido el triunviro. Bíbulo se escondería en su casa y no volvería a salir de ella mientras durase su mandato consular como compañero de César.
Catón, sin embargo, sucio, maloliente y magullado, consiguió llegar al Senado. El griterío del exterior hizo callar las voces del enconado debate sobre la concesión a César del gobierno de Iliria y de la Galia Cisalpina. Catón irrumpió enfurecido, la toga desgarrada, el rostro ensangrentado, la mirada febril, y lanzó una violenta perorata contra los triunviros. Su potente oratoria se enroscaba al silencio de los sorprendidos y temerosos senadores, trepaba por las columnas y se desplomaba poderosa, precisa, plúmbea sobre las cabezas de los padres de la patria. Los insultos, rabiosas imprecaciones y oprobiosos epítetos eran flechas disparadas desde su boca contra los triunviros. Pompeyo, a su vez, no pudo contenerse y expulsó de sí la furia acumulada desde hacía varios años contra los ingratos optimates y, en especial, contra Catón, el perfecto. Dos potencias se enfrentaban ante el atemorizado auditorio: la virtud y las armas. El orador lanzó hacia el militar el famoso dedo de las acusaciones, largo, huesudo, nudoso y rematado por su uña cuadrada e impoluta.
—¡Caerán sobre ti, Pompeyo, caerán sobre tu cabeza las violencias que están generando tus asesinos, y sobre las de César también!
—No sabe de qué habla, este viejo ha perdido la razón…
—¿La razón dices, Pompeyo?, ¿la razón? Tú sí que verás nuestras razones cuando terminemos armándonos; nos estáis obligando a ello, es como si deseaseis el fin de la República… ¡Impíos!
Los demonios de la oratoria, desatados y sin freno, se dispararon por la boca de Catón; nadie sería ya capaz de contenerlos. Tan pesado se puso, tanto vociferaba, tan alto subió el tono retórico, duro y medido de aquella voz apaleada, que parecía como si las gradas se inundasen por momentos con una locuacidad líquida, pastosa, asfixiante. César no lo pudo soportar por más tiempo, se tapó los oídos con ambas manos, se cubrió la cabeza y se dedicó a balancearse adelante y atrás, como un lunático. Había llegado al límite de resistencia y, de repente, se incorporó y ordenó que se arrestara al vociferante.