Cornelia de Gades
Capítulo 56
56
Es la última noche en Cartago Nova. El anfitrión, hombre de los Balbo en la ciudad, Mencio, pretende superar a Pílades de Malaca en agasajos; a sus oídos ha llegado la magnificencia de las cenas en casa de este, y él no será menos. Ha invitado a Quinta Junia, a Lucio Valerio Fécula y a Cornelia. Acilina y Berro también están en la sala, aunque en mesa aparte junto con la servidumbre. Mencio, flor cultivada en maceta, se desvive con Cornelia. Quinta ha hecho que le lleven su garo, pues no soporta la salsa de los demás, y Fécula busca la manera de tocar las nalgas de las esclavas negras que les sirven. Acilina y Berro juegan con sus ojos y sus manos con cierta desvergüenza fomentada por la permisiva Cornelia. Esta bebe y se anima. De vez en cuando Acilina la mira preocupada. A ratos, Fécula se olvida de las negras y observa también a la dómina, como preguntándose por dónde saldrá en esta ocasión.
Mencio el galaico, mariposa errante, da órdenes afectadas para que vengan unos y otros platos, para que los acróbatas que ha contratado hagan bien su trabajo con los cuerpos cubiertos de aceite, y los manjares se suceden en fuentes adornadas con flores y frutas.
—¿Es de tu gusto la cena, Cornelia? —pregunta con la boca llena de miel Mencio.
—Todo estaría bien, excepto por el garo.
Junia se sobresalta.
—¿Qué quieres decir? —pregunta a su vez Fécula.
—¿No os dais cuenta de que ya huele mal?
El crecido moño de Quinta Junia parece estremecerse.
—Pues has de saber, Cornelia, que este garo que he traído conmigo…
—¡Ah! ¿Es tuyo? No lo sabía.
—Pues sí lo es, y de los más caros. Hoy es el día en que aún nadie ha dicho que no le gustase…
—Porque la gente no entiende, Junia. Verás, el problema que tiene es que es de escamas, ¿ves?, aquí en la jarra lo dice: «Castimoniarum». No es de los mejores, y les suele pasar esto. De todas formas, es algo que siempre podrás arreglar, Quinta. Mira, tomas una vasija vacía y la empapas con una solución de laurel y ciprés, que estén las paredes bien impregnadas; luego viertes en ella el garo que huele mal y lo dejas al oreo durante una noche y la podredumbre se irá de inmediato, te lo aseguro. Eso para el mal olor, que si el problema es que está muy salado, le echas un sextario de miel y lo remueves; también sirve el mosto fresco, pero, mira, yo te recomiendo que compres siempre el garo negro, el que hacemos en Gades, aunque ya sé que aquí en Cartago Nova lo hay de muchas clases, pero como el de mi casa…, ¿qué quieres que te diga?, porque mi padre se esmeraba en elegir las mejores caballas para fabricar el producto, no mezclaba otros pescados jamás, que es como se debe elaborar el garo, y con la sal justa, lo cual muy pocos logran, pero es que él estuvo trabajando durante varios meses en una de esas fábricas; fue cuando se escapó de casa de muy joven, antes de que se casara con mi buena madre Sexta, que lo domesticó. Al pobre Minor le gustaba mucho recordar estas andanzas juveniles cuando se convirtió en duunviro de Gades tras la batalla de Munda, en la que fue uno de los más importantes hombres de César… Si supieras cómo corrieron los pompeyanos, querida, cuando él se hizo cargo de la Ulterior en calidad de cuestor… No dejó a ninguno vivo, e incluso recuperó alguna de nuestras viejas costumbres, como esa de las ejecuciones en la hoguera, que sí, que no es muy romana, pero hay que reconocer que resultó eficaz con nuestros enemigos… «¿Pero no te das cuenta, tonta Cornelia, de que esta Quinta no te perdonará lo que estás diciendo? Cuando bebes te pones pesadísima, hijita, ¿acaso no sabes que la familia de Quinta Junia era pompeyana, y que han venido arrastrando su mala fortuna desde que apostaron por el carro perdedor? ¿No te das cuenta de que si te soportan es solo por tu dinero y por los negocios que tienen con tu familia? Mira, querida, saben que te llevas a matar con Cayo, pero si se hubieran enterado de que ya no eres nadie en tu casa, te echarían de la suya a patadas…». «La verdad, Antuca, eras mucho más soportable viva que muerta; entonces callada, ahora insolente; entonces eficaz, ahora inútil…». «Tengo ciento dos años de viva y muchas semanas de muerta, ya te lo he dicho, ¿qué quieres? ¿Que todo siga igual, dices…?». «¡Ay, mira, déjame ya!».
Por fin, la necesidad de aire ha callado a Cornelia, que respira y bebe más del excelente vino sin aguar de Mencio. Los comensales han aguantado con firmeza y respeto la perorata de la dómina de Gades, mezcladas sus hirientes palabras con las respuestas incoherentes del final. Acilina la mira con pena. Berro toma la mano de esta y la aprieta. Fécula intenta despistar la conversación llevándose a la irritada Quinta, el moño casi ya deshecho, a otros temas de la cotidianeidad municipal de Cartago Nova. Los platos siguen viniendo, las jarras corriendo, los acróbatas saltando, unos músicos del fondo que los van a sustituir afinando sus instrumentos. Mencio se dispone a absorber en solitario la charla dispersa y alumbrada de la dómina.
La mente confusa de Cornelia encuentra en Mencio, rosa de mayo, el hombro amigo dispuesto a escuchar sus cuitas. Los demás se han desentendido de ella y del sufrido anfitrión, que escucha sin oír la cháchara de aquella mujer poderosa, y, a lo que se ve, demente. No sabe Mencio, amapola silvestre, por qué caminos el monólogo de la infeliz ha llevado hasta aquí, pero decide escuchar, no solo asentir, para que la dómina no llegue a irritarse.
—¡Castra Cecilia! —está diciendo esta en el momento en que Mencio se anima a prestarle atención—. El campamento de Metelo sobre cuyas ruinas mi esposo Cayo Norbano Flaco construyó, muchos años después, Norba, nuestra ciudad, Norba Cesarina, ¡qué pretencioso! Pero era alto y guapo, con aquella cabellera tan ensortijada que parecía también gaditano; tan amable y cortés que una se derretía cuando la tocaba, ¿te lo imaginas, Mencio? ¿En qué quedó todo aquello al cabo de bien poco tiempo? ¿A dónde fueron los once años que vivimos en aquel lugar inmundo apartado de la civilización, en plena barbarie? Mis únicos recuerdos agradables, ya muy difuminados, evocan los nacimientos de mis pequeños, y la dedicación a su cuidado. Lucio era un niño rubio y regordete, olía a vainilla; Cayo también era hermoso, olía a albahaca, ¡lástima que crecieran! ¿Norbano, mi marido? ¿De veras quieres saberlo, Mencio? Pues al poco tiempo de llegar se olvidó de mí y de los niños. A ellos no los veía durante semanas y a mí casi tampoco; sus infidelidades eran conocidas en toda la colonia y, la verdad, si no me puso la mano encima fue por temor a la reacción de Balbo Minor, y razones no le faltaban para ser cauto; aún recuerdo cuando, varios años después, ya en Roma, padre lo arrojó a una piscina. Sí, fue una tarde en nuestra Villa Ulpiana, la del Quirinal, al lado del templo de la Fortuna. Padre estaba sentado bajo los sauces, en una mesa délfica de tres patas, lo recuerdo bien, y revisaba los documentos que le iba presentando un esclavo. Norbano discutía conmigo, me reñía por no haber sido diligente en la compra de siervas, por haber llevado a casa las más horribles que había encontrado; y he de confesarte, Mencio, que tenía algo de razón, pues el desgraciado no dejaba de perseguirlas, y esto me llenaba de vergüenza, que no otro sentimiento tenía yo hacia aquel hombre más parecido a un burro semental que a un marido. Lo cierto fue, querido, que hizo ademán de levantarme la mano… Sí, sí, como lo oyes. Yo estaba aterrada porque aquel comportamiento desabrido era todo un avance en su menosprecio hacia mi persona, suponía un salto adelante que no iba a permitir, o al menos eso pienso ahora que pensaba, no sé… Hoy me siento fuerte, pero entonces era una mujer asustadiza. Todo fue muy rápido. Padre se abalanzó sobre él por sorpresa, lo levantó a pulso y lo arrojó a la piscina para espanto de los esclavos. No se me volvió a acercar. ¡Lástima que Cayo sea como él! De pequeño era un niñito dulce y blando, torpe para arrojar el trompo y débil para correr tras el aro, con sus ricitos tapándole casi los ojos, que yo no se los cortaba para que disimulasen su escasa frente. Cuánto me habría alegrado si los dos hubieran nacido hembras, aunque creo que Lucio tiene, en cierto modo, alma femenina, sentimiento, pero no te escandalices, Mencio, a veces pienso que pertenecer a uno u otro sexo es mera casualidad, o mejor, mera apariencia; tú mismo no sé bien si eres rosa o clavel, clavo o agujero… No te rías, hombre, que yo no me asusto… Sin duda Lucio tenía que haber nacido mujer… Pronto lo veré, y también podré abrazar a mis nietos Marco y Luscinila, y les entregaré la historia de mi tío Maior, aunque quizá no la ponderen en su justo valor, ¿no crees?, o puede que no tenga ninguno, que, al cabo, lo importante es el camino, Mencio, pero caminos de verdad, no como los viales que descuida Cayo. Un portento como obra de ingeniería fue en su momento la vía Augusta que nos une con Corduba, una gran obra que construí en nombre de Minor, en especial la calzada sobre los arenales, frente a Portus… Pero ¿te estoy aburriendo con mi cháchara, Mencio?
—De ninguna manera, dómina… Permite que te sirva ahora de este vino especial que traigo de las tierras del Tajo…
—Creo que me está sentando algo mal… «Estás ya borracha, Cornelia, aún no te repites mucho, pero te falta poco; ¿por qué no dejas de hacer el ridículo y te retiras y, de paso, te llevas contigo a mi nieta? Creo que la fruta está más que madura y no conviene aún que la muerda ese germano». «No es germano, solo está cojo, pero es un buen hombre que le conviene a la muchacha».
—¿Qué dices, dómina?
—Nada, Mencio… ¡Anda!, que mi asistente me acompañe, y despídeme de todos. ¡Qué vergüenza si mis nietos me vieran así!