Cornelia de Gades
Capítulo 64
64
El día decimotercero de las calendas de diciembre, llega a Pestum Lucio Norbano Balbo con su esposa Numeria y sus dos hijos, Marco Norbano y Prima Norbanila, a la que su abuela llama Luscinila. Al siguiente darán comienzo las Saturnalia. Acilina no se aparta de la cabecera en que Cornelia respira con dificultad; mira sin ver, escucha sin oír, tose con dolor y se sujeta el pecho con las manos crispadas, para que el corazón desacompasado no deje escapar aún la vida.
Lucio, cónsul electo, está muy cansado. El viaje desde Roma ha agotado a la esposa, que ha de recomponer su aspecto, atendida por diez esclavas que ha llevado consigo. También los muchachos se sienten agotados, aunque más por el peso de la obligación de acompañar a sus padres para conocer a una abuela loca que porque sus cuerpos no respondan como se espera de la juventud. También Lucio necesita descansar, pues la dolencia que sufre en el hígado le obliga a una vida más que sedentaria por prescripción de los tres físicos que lo acompañan. Ya llegará el día siguiente y visitarán todos a la vieja gaditana.
Cornelia respira con dificultad, mira sin ver, escucha sin oír, tose con dolor y se sujeta el pecho con las manos crispadas, para que el corazón desacompasado no deje escapar aún la vida.
Cayo ha acudido a recibir a su hermano Lucio, y a acompañarlo a la vivienda que ha alquilado para él muy cerca de la suya. El recién llegado desciende de la litera con cuidado, pues su hígado enfermo, dice, está lleno de clavos. Es Lucio espigado, rechoncho Cayo; con notable pelo aquel, calvo este; ojos de halcón el del hígado lloroso, redondos de perro los del hermano mayor; huesudos los dedos del menor, regordetes y plagados de anillos los del primogénito. Cayo abraza a la cuñada Numeria, entre loro y vaca, y también a los jóvenes sobrinos: Marco, a medio camino entre el bello Apolo y el cojo Vulcano, recio el rostro aburrido, fría la mirada huidiza; y Luscinila, dulce su faz de musa coqueta, con ojos ávidos por saber si es contemplada por los demás. Cayo los torna a abrazar y todos ellos perciben el cariño de sus ojos y la simpatía de los dedos gordezuelos que les acarician los rostros.
—La madre se muere —anuncia Cayo triste—, está en mi casa.
—En cuanto nos compongamos y nos recuperemos del viaje iremos a verla —responde Lucio.
Entre tanto, Cornelia respira con dificultad, mira sin ver, escucha sin oír, tose con dolor y se sujeta el pecho con las manos crispadas, para que el corazón desacompasado no deje escapar aún la vida.
Al día siguiente, en el Foro, se consagrará el templo de Saturno. «Io Saturnalia», gritarán las jóvenes vestidas de blanco, engalanadas las cabezas con diademas. «Io Saturnalia», vocearán los jóvenes sátiros, cíclopes, contrahechos, centuriones, senadores, gigantes, cabezudos, negros de namibia, sacerdotes de Baco, amos, perros, animales bicornes, leones de Arabia, osos de Hibernia. «Io Saturnalia», chillarán las madres con sus hijos en brazos, los padres con sus jarras de vino en la mano, los abuelos sentados en el suelo, las abuelas regañonas. «Io Saturnalia», atronarán los habitantes de Pestum, ciudad a la que todos llamarán hoy Posidonia, como engalanada de honorable antigüedad, mientras se encienden unos a otros las velas rituales. «Io Saturnalia», dirán los esclavos que reparten la comida entre los presentes, pagada por el municipio, la comida que nadie puede catar hasta que el sacerdote no obtenga las vísceras de la víctima y grite, a su vez: «Io Saturnalia». Será la señal para que todos coman, beban, bailen, se abracen, hagan sonar los panderos y tañer las flautas, los cascabeles y las cajas de madera, los palillos y las carracas. Unas vestales de pega con los pechos al aire arrastrarán a los hombres en una cadeneta interminable; varios esclavos impúdicos, de falos trucados y enhiestos, acosarán a las jóvenes, que huirán riendo por entre la multitud. Todos irán contra todos, todos irán hacia todos, todos se medirán con todos, choque de alegrías y ansias, pálpito de corazones al unísono, vida desatada. Las Saturnalia del 772 han quedado inauguradas.
Un día más y Lucio y los suyos siguen sin sentirse con fuerzas, salud ni ánimo para comparecer ante su madre. Cayo, pese a la tristeza que le causa tal comportamiento, evita cualquier comentario que pueda parecer una exigencia; sabe que el afecto es algo que se siente o no, y que nadie debe interponerse entre las personas. Sí pide a la familia, sin embargo, la audición del curioso discurso de Cicerón, el pro-Balbo, el resumen de la defensa en el famoso juicio, uno de los más importantes documentos que han viajado con Cornelia desde Gades. Ninguno de los presentes sabía de su existencia, y fingen quedar maravillados por la ponderación que Marco Tulio Cicerón hace del tío Lucio Cornelio Balbo Maior, y de las alabanzas vertidas hacia este en los testimonios de personajes históricos como Cneo Pompeyo Magno y Maco Licinio Craso.
Cayo, que ha leído durante los últimos días la Ephemeris de Maior, en ocasiones con lágrimas en los ojos por la emoción, ha hecho una introducción para que los ignorantes familiares conozcan el contexto de aquella pieza sin igual de la oratoria. Todos hacen aspavientos de admiración pasmada, pero, avanzada la lectura, Lucio bosteza por la fatiga residual del viaje, la cual aún pisotea sus blandas carnes, hasta el punto de quedarse dormido en su triclinio. Su esposa deja de moverse, pues no encuentra acomodo para todas las carnes que sobresalen del estrecho sillón en que se sienta, fabricado por ebanistas que no sospecharon que en él se llegaría a posar la Humanidad toda. Los muchachos, olvidada la tristeza por haber abandonado Roma en fechas de tanta alegría, escuchan huraños aquellas palabras ininteligibles; Marco ha acudido disfrazado de cómitre de trirreme y Luscinila de ninfa de los bosques galaicos; allí han de estar, aburridos, mientras sus recientes amigos danzan por las calles persiguiéndose y cantando. Cayo observa a los presentes con gesto hosco, pues solo Lucio Valerio Fécula, viejo amigo y mero familiar de los Balbo, parece disfrutar con las medidas palabras del orador de Arpino. Acilina no está, pues asiste a Cornelia, que respira con dificultad, mira sin ver, escucha sin oír, tose con dolor y se sujeta el pecho con las manos crispadas, para que el corazón desacompasado no deje escapar aún la vida. Pronto, ha dicho Lucio, irán a ver a la abuela.
Por fin llega el día en que el magnífico hijo cónsul, con su hígado perforado por dolores incontinentes, Numeria con sus carnes inmanejables, Marco con sus correajes de cartón manchados de vino y látigo de sarmiento, y Luscinila con su cándida y cansada mirada de ninfa lechosa, han ido, acompañados por Cayo, hasta los aposentos de Cornelia, que ha sido acomodada en su lecho, sentada entre almohadones.
—Sorprendidos os quedaréis todos —anuncia Acilina a los recién llegados.
—Hola, madre, ¿qué tal te encuentras? —pregunta Cayo.
—Renacida —responde la constructora, la mujer imposible, la anciana indómita—, aunque por poco tiempo.
Lucio se acerca a ella y le besa las manos. Numeria lo intenta, pero no consigue hueco entre tantos como están en torno al lecho, aunque debe acercarse más, porque si muere no quiere tener remordimientos cuando le toque parte de la herencia. Luscinila se sienta a un lado de la cama, junto a su tío Cayo. Marco, tras su padre.
—Os conozco muy bien a todos, queridos —dice con voz débil pero firme la enferma en su último momento de lucidez previo al fin—. Tú eres Lucio, mi bien amado hijo de Roma; y tú Cayo, que bien te conozco, no creas, al que he de pedir perdón por los destrozos que he causado en su vida. Y vosotros, Marco y Luscinila, venid hasta mí para que os vea. Sois muy guapos. Lástima que no pueda ver a tus hijos, Cayo, ni siquiera me despedí de ellos en Gades, y esa es la gran pena que me llevo.
Todos guardan silencio. Lucio y Numeria temen que sobreviva. Marco, agarrado por la mano huesuda de la abuela, no puede disimular el asco que su tacto viejo le produce. Cayo llora. Acilina, a la cabecera, acaricia el pelo de la anciana. Luscinila ha abierto mucho los ojos claros, transparentes; se está abriendo al misterio.
—No temáis. Me estoy muriendo aunque mis palabras sean claras. He recuperado la cordura, pues mis huéspedes me han dado licencia para hablaros con claridad, y para pediros perdón por haberos hecho daño, por no haberos dado a cada uno lo vuestro: a ti, Cayo, el cariño que te negué; a ti, Lucio, y a vosotros, nietos, mi presencia, que os escatimé. Perdonadme, hijos, por las veces que os habéis avergonzado de mí, aunque yo siempre he creído que vivía con honestidad.
Las recias piedras de la mansión no pueden sofocar el griterío de la calle, aunque ya ha cedido, pues las fiestas llaman a su fin. El silencio de los presentes cuando el débil chorro de voz de Cornelia se acalla para tomar aire hace estruendosas las risas del exterior.
—Aunque falta un día para la fiesta de Sigilaria, tengo preparado para vosotros, pequeños Marco y Luscinila, un regalo especial que os entrego ahora porque no estoy segura de que llegue el Sol Natalis antes de que la oscuridad se apodere de mí.
Marco ha logrado soltarse de la mano de la abuela y situarse tras su padre. Luscinila no puede dejar de mirar aquellos ojos brillantes, acuosos, que parecen querer decirle algo más de lo que los labios de la anciana pronuncian.
—Cuando erais pequeños os regalaba figurillas de barro, canicas, muñecos, caballos de madera, ¿os acordáis? En esta noche de Sigilaria Hércules ha traído algo especial para vosotros.
Acilina acerca a la anciana el tambor con los papiros de la Ephemeris. Luscinila, sentada en el lecho, próxima a la abuela, no puede resistir las lágrimas. Ha sido vencida por la solemnidad del momento, mientras el hermano desea partir lejos de aquel lugar maloliente y oscuro. Lucio no sabe a dónde mirar y Numeria lamenta no tener a mano un buen trozo de cebolla para provocar unas lágrimas que la harían quedar muy bien.
—Es la historia de la familia y también de Roma, hijos, pues debéis estar orgullosos de pertenecer a los Balbo y…
Es el momento. Atropos ha decidido intervenir y cortar el hilo de aquella vida que ya pesa a los dioses. El silencio es completo. Los estertores de la moribunda se acentúan. Acilina toma su cabeza entre las manos, la besa en la frente, la empapa de lágrimas. Luscinila ha quedado con su mano aprisionada entre las de la abuela, que se cierran con fuerza de leñador.
—Se está muriendo —dice Cayo.
—Sí, se muere por fin —comenta Acilina.
—Le llegó la hora —dice Lucio incapaz aún de llorar.
—La pobre… —afirma Numeria entre pucheros secos.
—¡Vaya! —exclama Marco.
—¡Abuela! —llora Luscinila con la mano aún aprisionada.
Lucio Cornelio Fécula calla.
Desde la calle arrecian los panderos, que no se resisten a dejar pasar sin ruido los últimos momentos de las Saturnalia. Es la mejor fiesta entre todas las de Roma, según dijo Cayo Valerio Cátulo hace muchos años. Durante estas fiestas se logra la armonía de las gentes, que los dueños pasen a ser siervos y los siervos dueños, que la Humanidad se iguale en un abrazo fraternal. Es la mejor época para morir. Cornelia lo sabe y no sufre tanto como se imaginan los temerosos dolientes. Bajo el almohadón ha ordenado que dejen preparada una moneda de bronce para Caronte; no hay que pagarle más de lo debido; es un egoísta.
—¿Debemos dejar que descanse? —pregunta Cayo indeciso.
—De esta no saldrá —comenta Acilina.
—Sí, es mejor dejarla sola —ordena Lucio con autoridad de cónsul, incapaz aún de llorar.
—Así terminaremos todos —afirma Numeria entre pucheros secos.
—¡Uf! —exclama Marco.
—¡Abuela! —llora Luscinila con la mano aún aprisionada.
Lucio Cornelio Fécula calla.
Todos salen de la habitación, pero, pasados los años, creerán que estuvieron con ella hasta el último momento. Hasta Acilina ha obedecido la orden tajante de Lucio, el cónsul. Todos ellos sienten pánico por ver la faz de Atropos, o a los demonios que habitan en el interior de la mujer. Solo Luscinila está apresada por la muerte. La dejan sola, prisionera de la mano moribunda, aterrada.
—¡Abuela! —llora la chica, encadenada a la muerte.
Morir es el acto más privado que existe, y por mucho que el viajero esté rodeado de dedos que lo toquen o atusen su cabello, este partirá solo. Incomprensible la magia final para los vivos.
—¡Abuela! —insistirá la prisionera Luscinila, incapaz de escapar, hipnotizada, olvidada por los suyos, cuyos comentarios en la estancia cercana llegan hasta la habitación de la agonizante, acompañados por toques de panderos e Ios a las Saturnalia que se van para no volver: se está muriendo, «Io Saturnalia», sí, se muere por fin, le llegó la hora. ¡Vaya! «Io Saturnalia», debemos dejar que descanse, sí, es mejor dejarla sola, así terminaremos todos, ¡uff! «Io Saturnalia», y el pandero que retumba en el aire viciado de la muerte, y la flauta que hiere el corazón triste, y Luscinila agarrada por la anciana que ha soltado presa con el último suspiro, y los cantos desesperados porque se acaba la fiesta, y el «¡Abuela!» aterrado de la muchacha ya libre que, sin embargo, no huye de aquel espanto tan natural y tan desconocido, tan seguro y tan aterrador.
Luscinila, armada de coraje, rebusca entre los almohadones y encuentra la moneda de bronce. Escucha cómo todos los que se han refugiado en la habitación de al lado retornan acelerados. ¡Ha muerto! ¡Ha muerto! «Io Saturnalia».
Nada más depositar la moneda en la boca, tropezados los dedos torpes de la muchacha con los labios secos de la abuela, del cuerpo de esta escapa un hálito, un intenso vaho de olor amostazado y, hasta podría decirse que de color amarillento. Es una viscosidad que flota en el aire, que se remueve, que se dirige hacia Luscinila, que penetra por su boca y cae en su pecho como fardo arrojado en una bodega.
Los demás se acercarán al cadáver y estallarán los llantos de la vida, de los cadáveres que lloran por sus muertos.