Cornelia de Gades
Capítulo 17
17
Estábamos en la terraza de la casa de Clodio. Desde allí se podía contemplar la Roma gatuna de los tejados. César parecía algo bebido y, a su lado, el anfitrión, que tenía la boca cerca de su oído, me miraba con socarronería y sonreía.
—¿No pretenderás casarme?
—¡De ninguna manera! El matrimonio es negocio muy complicado, más que cualquiera de esos que te traes entre manos, y yo te necesito de cuerpo entero para mis asuntos.
Miré a César con los ojos muy abiertos para aparentar más sorpresa de la que tenía. Le conocía lo suficiente como para saber que estaba haciendo teatro. Ya soltaría lo que llevase dentro, había que dejarlo. Clodio, entre tanto, no cesaba de reír, y hasta arrojó su copa al suelo mientras se doblaba para intentar contener la risa. Varios esclavos corrieron a limpiar el vino derramado. ¿A qué podría deberse tan tonta hilaridad?
—No te casarás, Balbo, pero serás adoptado por Teófanes, tu colega en el bando de Pompeyo, su consejero más personal.
Apuré mi copa de un trago y pedí más vino.
—Es todo un filósofo, como tú, un estoico de fama, con el que aprenderás mucho…
—Y al que ayudarás a contar su oro —añadió Clodio aún risueño—. Dicen que es más rico que Craso.
No era mala la idea. También por adopción se podían consolidar las alianzas familiares, y Teófanes tenía fama de reconocido sabio, aparte de ejercer como mano derecha de Pompeyo. De esta manera, este estaría sujeto por el lecho y por la cabeza. Mantuve, sin embargo, un silencio serio, deliberativo. Al final sonreí y me limité a poner como condición que no me obligasen a prescindir de mi apellido.
—Eso ya está hablado, Lucio Cornelio, no tienes por qué preocuparte.
Lo que me extrañaba de aquella propuesta no era la conveniencia o inconveniencia de un compromiso familiar con el filósofo de Mitilene, asunto sobre el que hacía tiempo César y yo habíamos discutido, aunque sin concretar personas, sino el hecho de que mi amigo hubiera tomado una decisión de tanta envergadura sin primero consultarme. ¿Sería Clodio un competidor por el favor de César?
Teófanes y yo, que siempre nos habíamos llevado bien, aceptamos con alegría aquella relación paternofilial que se nos proponía. Con el tiempo terminaríamos en bandos diferentes, pero esto en nada afectó a nuestra fraternal y mutua consideración. Éramos los planificadores en la sombra de las respectivas políticas de Pompeyo y de César, y teníamos mucho en común, en especial nuestra afición por las artes y las letras… y también por la riqueza, todo hay que decirlo. Sobre esto, muchos, pasado el tiempo, me acusaron de haberme quedado con el patrimonio completo de mi padre adoptivo, una de las abundantes calumnias que sobre mis actividades mercantiles circularon por Roma, interesadas y torticeras todas. Cierto que tuvimos muchos negocios en común basados en la buena fe familiar que nos unía, pero siempre guardando el equilibrio entre las partes y la paridad contractual.
Mi querida mariposa ya no revolotea a mi alrededor, pero tampoco pierde su mirada en el silencio de la tarde. Su presencia es frágil y etérea, pero consistente y ondulante. Guarda muchos silencios, pero comprende lo que le digo, los comentarios que le hago, las peripecias de esta historia que le leo. No está despistada ni perdida, sino atenta y reflexiva…, serena. Nunca la he visto tan mujer como ahora. Sin duda se está viendo con Cayo Norbano. ¡Qué permisivo es Minor! ¿No comprenderá que ese muchacho es una araña que planea sobre su patrimonio? ¿No se percatará del cerco sobre Cornelia? Siempre sostuve que los esposos no debían conocerse más que de vista antes de llegar al matrimonio. Pero ¿acaso no actuaría yo igual? ¿Podría negarle algo a esta chiquilla? ¿Chiquilla? Dos años hace que una semana al mes me visita en mi retiro, dos años en los que solo vivo para esperar su llegada; mi trabajo con César y la Historia me han privado de esa paternidad que envidio de Minor…, pero ¿no será que estoy sintiendo celos?
Nuestras armas acababan de triunfar sobre los helvecios. Los derrotados esperaban en fila para ser internados en un cercado donde se los marcaría con el primer fuego, el del vencedor de la batalla de Bibracte. Olía a sangre, a carne quemada y a orines.
En el interior del pretorio se escuchaba la recia voz de Tito Labieno, toro bramante, que clamaba por la persecución de los huidos, todos pertenecientes al clan de los verbigenos; el exterminio del enemigo había de ser total. Labieno era el mejor general, sin duda, de Julio César. Algunos decían que incluso superaba a este en habilidad militar y que la brillante carrera del procónsul de la Galia había sido fabricada con el arrojo del combatiente de Piceno. Pasados los años se pasaría al bando pompeyano porque, según él, César nunca le reconoció su valía. En realidad, durante aquellos tiempos de la guerra de la Galia, Labieno obedecía al encargo de Pompeyo para que le informara de cuanto sucediese en el entorno de César. Era fiel a aquel, su familiar, vecino y amigo, y, más que el odio hacia su general, o el rechazo de su política, sería la fidelidad hacia el patrono lo que le llevaría a pasarse al bando pompeyano con cuatro mil jinetes durante la guerra civil. Por supuesto que tenía razón, que había de perseguirse a los huidos, y si no se podía directamente, pues eran ellos los que mejor conocían el terreno, sería preciso contactar con tribus galas fieles a Roma para que les diesen muerte, pues no fue escaso el botín alcanzado y bien se podía con él hacer frente a aquel gasto inevitable.
César escuchaba atento las explicaciones de sus oficiales sin interrumpirlos, con ademán serio pero amable. Lucio Julio César, el pariente lejano del comandante en jefe, discrepaba de la propuesta de Tito Labieno, pues, a su entender, la batalla estaba ganada y bien ganada. Siempre fue un conciliador como su amigo Cicerón, pero César gustaba de rodearse por gentes de valía, aunque de temperamentos y opiniones dispares.
Yo también participé en aquel consejo militar, vestido con la armadura propia del praefectus fabrum, el jefe de armamento, que más me asemejaba a una tortuga que a un oficial de César. Mi mirada estaba pendiente del que era el auténtico segundo en el mando, Marco Vitrubio Mamurra, todo un competidor. Había fabricado el puente de barcas para pasar el río Arar y diseñó un eje especial para los carros, forrado de hierro, de manera que no se atascaran con los barrizales ni se perjudicasen con las lluvias incesantes de aquel país horrible. Era Mamurra un notable inventor que merecía las felicitaciones de César cada día. Se le tenía, en la práctica, por su mano derecha en la Galia, pero yo no me sentía afectado por mi postergación. Si estaba atento a él era para saber, en el fondo, qué intenciones tenía; pretendía catalogarlo en alguno de los tres tipos de hombre que componían aquel grupo: los que disponían de un alma generosa, una minoría; los que se sentían siempre ofendidos, otra minoría, y la gran masa de los que estaban en medio de ambos extremos. César sabía que yo siempre permanecería a su lado y que nunca me quejaría de mi fortuna. Mi amigo no había dejado de apreciarme aunque pasaran días sin hablar conmigo; muchos fueron los sueños comunes mirando al cielo y muy lejos habíamos llegado juntos en su realización para que yo tuviera dudas sobre el afecto de César.
A la izquierda del propretor se encontraba Décimo Junio Bruto Albino, notable militar callado y seco que estaba de acuerdo con Tito Labieno y que, pasado el tiempo, se jactaría de ser el tercero en apuñalar a César a los pies de la estatua de Pompeyo; en aquella infausta fecha tendría el encargo de convencer a su víctima de que no hiciera caso del aciago sueño de su esposa Calpurnia, por medio del cual los dioses querían avisarle de que algo grave iba a suceder durante los idus de marzo. Décimo era el tío de Marco Junio Bruto, hijo de Servilia, la reconocida amante de César, y decían las malas lenguas que este era su padre, el retoño que también apuñalaría al odiado dictador, pero después de su tío Marco Junio, claro, que las jerarquías familiares debían ser mantenidas. Pocos de aquella corte militar que acompañaba a César en la Galia, pasados los años, quedarían libres de achaques de traición. Así, Quinto Tulio Cicerón, al que yo no tenía cerca de mi ángulo visual, pues se había sentado en una esquina de la mesa, era otro futuro traidor que a punto estaría de morir, cuatro años después de esta reunión, cercado en un fuerte por el eburón Ambiórix, ratonera de la que sería rescatado por Tito Labieno; era hermano del famoso orador y, con el paso de los años, entraría también al servicio de Pompeyo.
Al lado derecho de César se situaba otra de las dagas que habrían de bucear en su costado, la de Cayo Trebonio, su asesor jurídico recomendado por Cicerón, un hombre que declaraba a voz en grito a todo el que quisiera oírle que lo único que le interesaba de la política era el oro que en labores militares y senatoriales pudiera obtener.
Y entre tanto buitre de cara torcida, Aulo Hircio y Cayo Opio, mis amigos personales, con los que compartía intereses culturales y hasta negocios. Aulo era un hombre larguirucho de nariz recta y oscuros pelos lacios. Fue el admirado escritor que, según siempre sostuve en privado y dejo ahora aquí por escrito, redactó la conocida obra La guerra de las Galias, y las que luego siguieron: La guerra civil y La guerra en Hispania, atribuidas por nuestra propaganda al mismo César. Era un notable guerrero, pero también destacado poeta; durante los escasos momentos de quietud que nos permitía nuestra agitada vida al servicio de la causa cesariana, la poesía fue siempre nuestra compañera inseparable.
Opio, sentado junto a Hircio, era bajo, regordete, parecido a mí en cuanto al cuerpo pero con mucho más pelo y cejas pobladas; ejercía de banquero ecuánime, de amigo fiel, de cerebro discreto. Todos estábamos de acuerdo en no dar tregua al enemigo y perseguirlo allá donde se escondiese. Era preciso destruirlo, bien por nuestra mano o por la de terceros, para que el resto de las naciones galas supieran lo que les sucedería si levantasen sus armas contra Roma.
César dio por terminada la reunión:
—¡Con vosotros tengo que hablar! —nos ordenó a Hircio, a Opio y a mí.