Cornelia de Gades
Capítulo 65
65
—¿Estás ahí, Antuca?
—Sí, Cornelia.
—Ahora estamos juntas, muy juntas. ¿Qué lugar es este?
—¿No lo adivinas?
—No sé qué decirte, querida, pero juraría que acabo de morir.
—Bienvenida a la otra parte, Cornelia de Gades.
—Pero este lugar…
—¿No aciertas a saber dónde estamos? Te daré una pista. Yo ahora soy feliz, no como antes, cuando vivía en ti. Ahora me siento cómoda de verdad.
—Si tú estás muerta y yo también, Antuca, ¿dónde estamos? ¿Es lo que pienso? ¿Me quieres decir acaso que estamos escondidas en mi nieta Luscinila?
—¡Mira, vieja amiga! ¡Fíjate en estas vísceras tan sanas! ¡Estos pulmones repletos de aire puro, este corazón que bombea con fuerza, estos muslos prietos, este intestino limpio, este útero a estrenar, estas costillas macizas, estas tetas robustas!
—¡La pobre!
—¿Por qué «la pobre»? ¿Acaso no están todos los vivos repletos de muertos?
—Sí, pero ella es muy joven, Antuca.
—Tienes razón, Cornelia, vamos a descansar y a dormir unos cuantos años.
—Eso, ¡dejémosla vivir un tiempo más!
—Sí, hasta que la juventud reviente en su pecho.