Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 60 de 70

Páginas del PDF

Cornelia de Gades

Capítulo 58

58

 

Cuando Cornelia despierta, Acilina está sentada al borde de su cama y le acaricia el pelo sudado por los sueños. La dómina se incorpora de golpe, sorprendida por la luz, por el rostro que la contempla, la mano aún entre sus piernas. Pide agua, bebe con ansia, la noche ha sido muy ajetreada. Necesita hablar, contarlo todo a esa ingrata que la ha dejado sola, ¡qué sueños horribles!

—No pienses que no te he escuchado llegar, Acilina. ¿Crees que estas son horas de regresar a casa? Seguro que has estado con él otra vez, pero no bajes la cabeza, hija, esta vieja te entiende y sabe lo que pasa por tu cuerpo, cómo se te arruga la piel cuando piensas en sus manos, cómo te burbujea la sangre cuando te sientes llena de él, ¿crees que tan atrás me quedaron esas sensaciones? No, hijita, no es eso lo que me preocupa, sino que te hayas atrevido a dejarme sola. No, no bajes la cabeza y mírame… Veo que estás cansada, pero a mí me apetece charlar un rato, he tenido unos sueños horribles… Eso es, ponte cómoda… ¿Te recuestas? Bien, pero no te quedes dormida aún, que te tengo que contar lo que me ha sucedido; si no, reviento; de hecho, estaba esperándote para que me escuchases… Verás, esta noche he tenido dos, de uno no me acuerdo, solo que me desperté llena de sudor, creo que estabas tú en él, pero es que no consigo acordarme de nada; luego me dormí y soñé que estaba en el monte Aletes con Quinta Junia, ¿sabes?, en la cuarta colina de esta ciudad, pues en la cima hay una estatua de Eloí, entre las de otros muchos dioses, ya sabes, el dios de los ancianos, al que tanto amaba tu abuela. También había muy poca gente porque…, pero sí, ahora recuerdo, había un gallo blanco que me atacó por la espalda, a traición, eso es, y me picó en la pantorrilla. Me volví dolorida, pues los picotazos de gallo son como pequeñas cornadas de toro, y vi cómo Junia lo azotaba con un palo y cómo él se le enfrentaba y, pese a los golpes, seguía atacando. ¿Puedes creer que tuvimos que huir? ¿Y sabes de quién era la cara del gallo? De tu amigo Berro, como lo oyes; la verdad, el corazón se me escapaba de tanto latir y dar brincos, y, mira tú, creo que en el otro sueño que tuve, del que no me acuerdo, también estaba tu hombre… ¿Duermes? Bien, mantente despierta, es lo único que te pido, creo que me lo debes… Decía que estaba muy asustada y que huyendo del gallo dimos con el rostro de Eloí, que nos miraba desde una barda rebosante de moras. Te juro, Acilina, que la mirada vacía de aquel dios me trastornó, algo sucedió por mi cuerpo, sentía como carreras por el interior, como si tu abuela se estuviera revolviendo, como si quisiera salir por algún agujero y no diera con él. Junia me obligó a tumbarme en la hierba, junto a una estatua de Baco, y me sugirió que separara las piernas, que estaba produciendo efecto el mejunje que me diera la sacerdotisa de Venus Atargática, y que la anciana invasora quería salir. La obedecí, y, no sé si me creerás, por mi sexo salió tu abuela, diminuta como uno de esos muñequitos parlantes que mueven con hilos los charlatanes de Gades, ¿te lo imaginas? Y tras ella salió otra Antuca, y otra y otra, hasta cerca de un centenar parí, y, lo que es más raro, no me dolió nada. Se pusieron a bailar delante de mí, pues unas cuantas llevaban panderos también diminutos y cornamusas que habían sacado de mis entrañas, ya sabes que siempre me gustó la música. Todas eran tu abuela, pero muy diferente a como la recordamos, más jóvenes, muy parecidas a ti, niña, alguna de ellas embarazada, muchas embarazadas, todas, creo que estaban embarazadas… No, querida, no es un sueño, te juro que lo vi tal y como te lo cuento, y que es testigo de todo mi amiga Junia, que miraba la escena horrorizada. «¿Por qué te asustas tanto?», pregunté, y ella señaló a mi entrepierna, por donde asomaba el cordón, largo, largo. Tiré de él y salió en ristras todo mi intestino. Me vaciaba, ¡qué sensación, Acilina!, era el final, la muerte inevitable. Empecé a sangrar, a orinarme y a gritar, no quería morir. Mis chillidos acabaron con el jolgorio y los bailes de las pequeñas Antucas. Me miraron sorprendidas, hicieron un breve conciliábulo y vinieron todas en tropel hasta donde yo yacía llorosa, revuelta entre mis jugos, la placenta y la sangre, mientras veía cómo se me iba la vida. Eran un ejército de amazonas preñadas que, con las togas remangadas, alguna perdiendo ya los hijos, acudían en mi ayuda. En cada una de ellas vivía la chispa amable y resuelta de tu abuela. Como hormigas obreras, me metieron las tripas, de nuevo, en las entrañas, las colocaron en su sitio y hasta me sellaron la vagina con una extraña pasta, y sí, fíjate, aún la tengo pringosa. ¿Que cuándo sucedió todo? Por la mañana; cómo será que hasta hace un rato no he podido orinar… ¿Qué es un sueño? No, hija, no, despierta y bien despierta estaba… Pero deja que termine: luego fueron metiéndose por mi ombligo, regresando a mi interior, como a descansar por tanta fiesta. Me hacían muchas cosquillas y, ya dentro, sentí cómo sus cuerpos se iban unificando en la Antuca vieja que suele vivir ahí dentro, entre mis costillas y mis tetas. ¿Pero no lo crees? ¿Por qué te levantas? No, duerme tú, que yo no lo necesito… No, déjame, no me cedas tu lecho… ¿Por qué me abrigas, si no hace frío? No entiendo lo que me dices… ¡Ah, que descanse…! Pero hija, si no estoy cansada… Me besas en la frente, pero ¿por qué resbala una lágrima por tu rostro? ¿Crees que estoy enloqueciendo…? No sé, quizá sí tenga ganas de descansar, ha sido una noche horrible… Estoy agotada…

—Descansa, dómina, hasta el mediodía no saldrá el barco.