Cornelia de Gades

Javier Tazón Ruescas · Capítulo 49 de 70

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Cornelia de Gades

Capítulo 47

47

 

En la cubierta de una nave que zarpa de Gades

—Escribe, Acilina, que esto que te voy a dictar es muy importante: «Hace poco menos de ochenta años, una nave salía de Gades por este mismo derrotero rumbo a Roma. En ella viajaban Julio César y Lucio Cornelio Balbo Maior, mi tío abuelo; ambos pretendían salirle al encuentro a su destino. Igual que hoy, Gades iba quedando atrás, chiquita, chiquita. Las órdenes de mando no habían cesado y los marinos seguían acelerados en sus labores: unos guardaban todavía los bicheros, otros tensaban con las jarcias la vela que se acababa de desplegar; el tambor remero marcaba cadencias lentas, y el sol recién salido los acariciaba por babor. Gades cada vez más al fondo, más y más pequeña. Igual que tú y yo disfrutamos ahora de la brisa marina, igual que yo vierto sobre tu oído mis palabras y que tú las grabas en la Historia para mis nietos, aquellos grandes hombres se estremecían pensando en el futuro, dibujando en el aire los trazos de lo que sería su política genial, y Gades cada vez más diminuta, ya casi un punto en el horizonte, y las tierras de Hispania una simple línea. Como hoy, pasadas dos vueltas del reloj de arena, doblarían por las columnas y el sol, ya alto, les daría de frente, igual que ahora nos deslumbra también a nosotras…». Debes cambiar de postura, Acilina. Siéntate aquí, sobre estos cordajes, que estarás a la sombra de la vela. Eso es… ¡Sigo!: «Casi ochenta años. Yo no había nacido; lo haría seis años más tarde. ¿Es correcta la cuenta? Veamos, César acababa de derrotar a los lusitanos y galaicos, y pasaría de los cuarenta; Maior se había hecho con el poder en la familia y mi padre, Minor, jovenzuelo de cañones en la barba, empezaría a sufrir la enfermedad de la sangre hirviente, la juventud en erupción. Sí, han pasado setenta y nueve años, pues navegamos hacia Roma en el 772 y ellos lo hicieron en el 693, no me equivoco. Hoy Tiberio se ha impuesto a todos y cuentan que se refugia en la isla de Capri, la que perteneció a la familia, en la que Maior escribió su Ephemeris.

»Cuando la vieja nave de César y Maior surcaba estas mismas aguas, nadie mandaba en Roma. Los optimates del Senado temían a Cneo Pompeyo; este no se veía fuerte aún; Marco Licinio Craso desconfiaba también del Senado y del mismo Pompeyo; todos recelaban de todos y los hilos del poder pasaban de mano a mano, se desajustaban y rompían, lo contrario de aquellas drizas que tensan las velas y las hacen permanecer en la adecuada postura, la única posible para poder cazar al viento.

»En el año 694, la Fortuna había llamado a las puertas de César y se había transformado en su estrella, en Venus, la que se contempla por las mañanas, ese punto aún visible al lado de la luna que se difumina poco a poco, como resistiéndose a dejar de estar presente en el firmamento, pese a que el sol pronto empezará, cruel, a calentar la cubierta del buque. Siempre pensé que la luna era la misma Rea, la madre de todo, obligada a esconderse del Helios invasor…». Me he perdido… ¿Dónde estábamos…? ¡Ah! ¡Ya recuerdo! ¡Escribe!: «César perseguía su estrella; ¿qué persigo yo una vida después? Creo que también voy tras mi destino, que no se completará hasta la muerte. ¿Podría alguien afirmar lo contrario?

»Aún hay sol en las bardas. Me han echado de mi casa, de mi tierra, y camino por esta vía ancha y perdurable, por estas calzadas de horizontes por cunetas, las que no necesitan remiendo porque están hechas de espuma. Camino por ellas hacia el futuro. El que vea la muerte más cercana que otros poco importa para este trabajo; al contrario, apostaré contra Atropos a que logro mi objetivo antes de que coloque entre los filos de su tijera el hilo de mi vida; yo solo temo que se plante frente a mí antes de tiempo, antes de que llegue a Roma, antes de que pueda abrazar a mis nietos, antes de que pueda regalarles la obra del tío Maior en las Saturnalia. Las historias de César y de Maior, de Octavio y de Minor serán el hilo conductor de mis pensamientos. Tú, Acilina, la mano hábil que cace estas mariposas del pasado que salen por mi boca, pero mi propia historia, la que me cuento a mí misma, la que se dispara a cada objeto que veo, a cada sonido que oigo, a cada olor que me penetra, esa historia de lo cotidiano, de lo minúsculo, ese recuerdo que me permite vivir aún, mi propia historia, la contaré, digo, entre dientes, me la contaré a mí misma. No me rodean sino sombras del pasado, que las historias de mi tío y de mi padre vienen a cementarse con las mías, ¿o son estas complemento de aquellas? Ellos, los grandes hombres, modificaron la Historia, y los seres intrascendentes como yo la plasmamos en papiros, y al fondo Roma, nuestro destino y faro, donde están mis queridos nietos, donde podré ver a mi hijo Lucio y, al abrazarlo, morir; quizá dentro de pocos años ya sea cónsul…».

«Te equivocas, querida Cornelia, Lucio es cónsul ya, para este año precisamente. ¿No recuerdas? ¿Acaso no se celebró una gran fiesta en Gades? ¿Tan pronto te estás haciendo vieja? Hace cuatro fue cónsul Cayo, el mismo año en que a Sejano lo nombraron prefecto, ¿es posible que lo hayas olvidado?».

—¿Has oído, Acilina? ¿Has oído esa voz?

—No, dómina.

—Bueno, no importa, tacha lo último que has escrito. Hazlo bien, que no se note el borrón. ¡Escribe!: «… ver a mi hijo Lucio y, al abrazarlo, morir. Morir en los brazos del tercer cónsul que ha dado el frondoso árbol de mi familia hasta ahora. ¡Hoy sí que podemos decir que, por fin, somos romanos los Balbos de Gades!». Bueno, ahora deja de escribir, que te veo algo mareada, Acilina, y ve a tumbarte en la cámara, pero antes pregunta al armador cuándo llegaremos a Malaca.

—Sí, dómina.

—Pregúntale también si sabe de quién es aquella nave que, desde que zarpamos de Gades, navega por delante de nosotras. ¿No la distingues? Es aquel punto en el horizonte.

—Sí, dómina.

«¿Acaso no sabes tú qué nave es aquella, Cornelia? ¿No la viste zarpar?». «¡Mujer, sí que vi una nave partir, pero no tiene por qué tratarse de lo que tú dices!». «Soy yo la que está dentro de ti, querida, la que lee tu pensamiento, y no al revés…». «Lo que quieras, pero nos conocemos hace muchos años, Antuca, sé que crees que en esa nave viaja Lucio Valerio Fécula con el encargo de protegernos, y que se ha echado a la mar por orden de Cayo; yo rechacé su protección, claro, tú misma me lo dijiste, que era un falso, que no podía dejar partir a su madre anciana sin una escolta adecuada, que la gente tendría mucho que decir en caso contrario y que, aunque me odie, lo primero es el honor de la familia, pero que todo era falsedad… Yo, como puedes comprender, no quise darle gusto a ese hijo mío, y le dije que ni se le ocurriese poner matones tras mis pasos…». «Bueno, bueno, Cornelia, no sigas, que yo soy vieja y veo mucho, aunque esté muerta, ¿crees que no me percaté de cómo mirabas a Fécula en el puerto? No soy tonta, muchacha, y sé que ves con buenos ojos esa protección pese a lo que dices, pero te recuerdo que eres una vieja, que todo lo tienes arrugado y maloliente, y que Lucio Valerio Fécula solo cata jovencitas, eso lo sabes bien, ¿verdad? O sea, que no te hagas ilusiones». «¿Podrás dejarme en paz?».

—¿Con quién hablas otra vez, dómina?

—¿A ti qué te importa? ¡Anda, anda, haz lo que te he dicho!

—Sí, dómina.