El quinto evangelio
Capítulo 2
origen alemán y con evidente trastorno mental.
–¿Vossius? ¿Vossius? – Anne estaba segura de haber oído este nombre. Sí, el día antes de desaparecer, Guthmann aludió a ese Vossius, aunque en un contexto completamente distinto: Vossius había pasado media vida ocupándose de Barabbas. En este contexto Guthmann indicó que alguna gente tenía por loco a Vossius.
No venía muy a mano trazar un arco desde el atentado con ácido a la pintura de Leonardo da Vinci hasta el pergamino desaparecido, y sin embargo había un nexo desconcertante: ¡Barabbas! Guthmann había leído
«Barabbas» en el pergamino y Vossius había investigado el fantasma Barabbas.
Las últimas semanas le habían enseñado que cosas que sobrepasaban su capacidad de entendimiento, por raras que parecieran, podían convertirse en realidad. Un profesor que se precipitaba contra un cuadro de Leonardo, tenía que ser sin duda bastante raro; que además tal vez se hubiese ocupado de la investigación del nombre Barabbas rayaba en la locura, y esta reflexión hizo madurar en Anne von Seydlitz la determinación de ponerse en contacto con el profesor loco.
2
En esto que recibió una llamada telefónica desde París, de un hombre que en una época jugó cierto papel en su vida, aunque hacía mucho tiempo. Se llamaba Adrián Kleiber, un talentoso fotógrafo y reportero de París Match.
Anne no era del todo ajena a la carrera de Adrián en París. Adrián fue el mejor amigo de Guido hasta que ambos anduvieron a la greña por la cuestión de cuál de los dos podía hacer valer sus derechos más antiguos sobre ella, Anne.
En aquella época, hace diecisiete años, querían dilucidarlo seriamente con un duelo, que no se celebró sólo porque Anne los amenazó con que, si se enfrentaban con armas, no tomaría a ninguno de los dos. Por motivos que ella misma no podía recordar, Adrián dejó el campo libre y se fue con su dolor y su rabia a París. Hasta hacía seis o siete años, nunca olvidó mandarle flores por su cumpleaños (tal vez para irritar a Guido), pero desde entonces no había dado señales de vida.
Ahora Kleiber llamaba de pronto por teléfono. Su voz sonaba extraña, en todo caso la recordaba distinta. Pero al fin y al cabo había pasado una eternidad desde su última conversación. Estuvieron charlando por teléfono más de una hora y Anne tenía dificultad para explicar a Kleiber la muerte de su marido y las misteriosas circunstancias que la rodeaban. No aludió al nombre de Vossius, sólo dijo que deseaba hacer indagaciones en París y le preguntó si podía ayudarla. Adrián Kleiber se mostró entusiasmado, le ofreció su vivienda y le prometió recogerla en el aeropuerto.
Kleiber entendía algo de mujeres, nadie que lo conociera -incluso hombres-podía dudarlo. Era todo menos guapo, no demasiado alto y con una notable abundancia de pelo rizado, pero poseía inteligencia, chispa y buen gusto, por este orden. Acentuaba su encanto tal vez el hecho de estar soltero, sin sufrir en absoluto por ello, a una edad en que otros ya llevan encima por lo menos un divorcio. Realmente disponía de aquella porción de amor propio que hace feliz a la gente, pero sin poner nunca de manifiesto una actitud repulsiva de egoísta enfermizo. Parecía no tener problemas; en cualquier caso su expresión favorita era «¡ningún problema!», cuyo uso frecuente podía irritar a quien no le conociera. Quien le conocía lo creía.
Habían pasado, pues, diecisiete años largos desde que se vieron por última vez, y durante el vuelo Anne pensaba en cómo sería Adrián después de tanto tiempo.
El AF 731 aterrizó puntualmente a las 11.30 horas en el aeropuerto de Le Bourget y, después de atravesar diversas galerías y de salvar varias escaleras, Anne salió por las puertas automáticas de vidrio al vestíbulo del
aeropuerto; llevaba una pequeña maleta.
Adrián le hizo señas con un gigantesco ramo de rosas y, mientras la abrazaba, levantó a Anne del suelo dando dos vueltas sobre su propio eje.
No había cambiado. Anne se secó un par de lágrimas en los ojos; y eso que se había propuesto firmemente no mostrar ninguna emoción.
Ambos se examinaron con cierta turbación, y Adrián empezó a coquetear con su figura, diciendo que no era atractiva para las mujeres, por esto no había encontrado aún a la mujer de su vida.
–¿Qué quieres oír? – rió Anne con picardía-. ¿Que eres el soltero más guapo, más inteligente y más apetecible de París? Pues bien, eres el soltero más guapo, más inteligente y más apetecible de París. ¿Te sientes mejor ahora?
–¡Mucho mejor! – gritó Kleiber-. Sobre todo porque lo has dicho tú.
Con Adrián es sencillamente imposible permanecer seria, pensaba Anne mientras reían y bromeaban; se sentía liberada, pero se sorprendió con la duda de si este amable muchacho estaría en condiciones de ayudarla.
–Una historia desagradable -observó de pronto Kleiber, mientras iban en su coche, un Mercedes-Pontón negro, en dirección al centro de la ciudad.
Como si hubiese adivinado los pensamientos de ella, de repente Kleiber pareció muy serio.
–¿Fuisteis felices?
Anne no comprendió la pregunta en seguida.
–¿Quieres decir si Guido y yo…? – Se encogió de hombros. Anne tenía la mente ocupada con las cosas que habían ocurrido después de la muerte de su marido. Al mismo tiempo tenía reiterada conciencia de haber reprimido considerablemente la muerte de Guido.
–No he venido -empezó ella por fin- a desahogarme contigo. Necesito tu ayuda para saber en qué situación estoy envuelta, ¿entiendes? Me volveré loca, si esto continúa así.
Kleiber colocó su mano derecha sobre el antebrazo izquierdo de ella.
–Tranquilízate, Anne, puedes confiar en mí.
Con satisfacción registró Anne el contacto cariñoso y prorrumpió desde lo más íntimo:
–Tengo miedo, ¿entiendes?, tengo un miedo terrible, miedo de la incertidumbre, el miedo más espantoso que existe. ¡No sé si lo comprendes!
–No lo comprendo -respondió Kleiber con seriedad-, pero intentaré entenderte. Ahora por lo pronto estás aquí y tus problemas están lejos, en algún lugar.
–¡No, no, no! – gritó Anne excitada y Adrián retiró el brazo, asustado-. Por esto estoy aquí, porque espero poder dar aquí un paso más hacia la solución.
Kleiber guardó silencio. No entendía lo que Anne quería decir, pero sentía que esta mujer arrastraba consigo algo terrible y que habría sido torpe quitar importancia a sus sentimientos como si se trataran sólo de fantasías. Anne miró a Kleiber: por lo que a él respecta, sin duda no conocía el miedo. Vio en él un tipo con agallas y sin duda por ser así había salido airoso incluso en los escenarios bélicos de Corea y Vietnam. En cambio Anne sabía que no tener nunca miedo roza a veces la necedad, pero hasta ahora había vivido bien con esta convicción.
–Todavía no te lo he contado todo -observó Anne mientras él abandonaba la autopista metropolitana girando hacia la rué Belgrand.
–¿No es todo?
–Quiero encontrar aquí, en París, a un profesor alemán, es el único que tal
vez pueda ayudarme en mi situación.
–¿Cómo se llama?
–Marc Vossius.
–No lo conozco.
–Peor aún: está internado en el manicomio y tienes que ayudarme a encontrarlo.
–¿Un profesor alemán en un manicomio de París?
–Sé lo que piensas -objetó Anne-, pero este hombre es para mí de gran importancia, es de momento mi única esperanza.
Kleiber pisó el freno de su automóvil y lo condujo al margen derecho de la calzada.
–Un momento -dijo-, los periódicos publicaron una noticia de un profesor que perpetró un atentado con ácido en el Louvre sobre una pintura de Leonardo da Vinci…
–Exactamente a éste me refiero -respondió Anne.
–Pero está loco. Lo han encerrado, ¿entiendes? – Kleiber se golpeaba la sien con el índice.
–Es posible -observó Anne sin perder la calma-, pero cuando pienso en lo que ha ocurrido a mi alrededor en las últimas semanas, no me parece su hecho una locura mayor.
Kleiber sostenía el volante agarrándolo con las dos manos y miraba fijamente la calle a través del parabrisas. Callaba, pero Anne podía imaginarse lo que sucedía en su interior.
–Yo sé -dijo ella finalmente- que todo esto no es fácil de comprender y no podría tomármelo a mal si llegases a la convicción de que yo de algún modo no estoy bien de la cabeza. A veces incluso yo misma dudo de estar en mis cabales.
–Bah, tonterías -respondió Kleiber-. Sólo que no veo ninguna relación entre el profesor demente y tu historia, aparte de que tal vez -hizo una pausa- la una suene tan disparatada como la otra. Quiero decir que nadie en su sano juicio se va a echar ácido a un cuadro de incalculable valor, incluso diría que se le puede desear al profesor que sea declarado loco, de lo contrarío no tendrá más alegría en su vida por las demandas de indemnización de los daños.
Anne mecía la cabeza de un lado a otro.
–Naturalmente, yo hice mis reflexiones. Un trastorno mental puede tener causas muy diversas, sobre todo puede estar provocado por ellas y desaparecer de nuevo. Una persona que hace algo como este Vossius no necesariamente tiene que haber perdido el juicio. Tal vez esté loco respecto a su acción, pero por lo demás podría estar completamente cuerdo y ser una eminencia en el terreno científico.
Su explicación sonaba bastante aceptable, aunque siempre quedaba esta objeción:
–¿Qué tiene que ver Vossius con tu caso?
Anne rió con cierta amargura.
–En realidad, sólo existe una palabra que nos une. Es un nombre, por lo demás bastante raro: Barabbas.
–¿Barabbas? Nunca lo he oído.
–Por esto mismo. Este nombre aparece en el pergamino desaparecido, que Guido tenía consigo. Por lo menos así lo afirmó un famoso coptólogo a