El quinto evangelio
Capítulo 6
–Gracias, Georgios -dijo y estrechó la mano al griego. Luego le entregó el dinero y empezó a quitarse los zapatos y los calcetines. Mientras se arremangaba el pantalón, dijo tranquilamente-: Si en una semana no le he dado señales de vida, avise a la policía.
–Me temo que no servirá de nada. Desde que existe el mundo, no se ha perdido por aquí ningún uniforme de policía.
Anne hizo un gesto tranquilizador con la mano: está bien, y se fue.
6
A pocos metros de la choza, donde el rayo de luz echaba un círculo de claridad sobre el camino, entró en el arroyo y vadeó por el agua helada, colocando cuidadosamente un pie detrás del otro. Sostenía el bolso y los zapatos apretados contra su pecho. Por suerte el agua sólo le llegaba a las rodillas. Así, más fácilmente de lo que esperaba, alcanzó la otra parte del puesto de guardia.
Al abrigo de la oscuridad se puso los zapatos y continuó subiendo cuesta arriba. El camino estaba ahora por la derecha encajado en la roca, mientras que por la izquierda la montaña bajaba en un abismo abrupto ofreciendo la vista de un tenebroso y pedregoso valle.
Cuando Anne rodeaba un saliente de peñasco, se detuvo como pasmada: delante de ella se levantaba en la soledad de las montañas una pequeña ciudad vivamente iluminada. Casas y callejuelas parecían como surgidas del terreno. Como si quisiera quitarse un sueño de la mente, Anne se pasó la mano por el rostro. En esto que dirigió la vista hacia arriba y lo que vio casi la dejó sin respiración. Otras casas estaban pegadas a las rocas a una altura
de vértigo, pero, a diferencia de las de la ciudad baja, estaban a oscuras, como si ocultasen un lóbrego misterio.
La ciudad de ensueño estaba despoblada. Ni siquiera podía escucharse el ladrido de un perro. Esto hacía la aparición todavía más irreal. Sobre todo la luz penetrante que bañaba las casas de la ciudad baja daba una impresión fantasmagórica, metafísica, como si un rayo hubiese eliminado la vida. ¿Era esto Leibethra?
Al acercarse notó Anne que esta ciudad, que brillaba como la luz diurna, no tenía farolas en las calles; sin embargo, las casas estaban iluminadas de manera inexplicable. Aunque el pueblo estaba pegado a la pendiente de la montaña como una fortaleza inexpugnable, una alta alambrada lo rodeaba en la parte del valle. El camino pedregoso desembocaba en un amplio portalón de entrada. Estaba abierto de par en par. Más allá la calle estaba adoquinada y limpia como un escenario antes del estreno, y de algún modo esta ciudad fantasmal vacía recordaba a un decorado de teatro. Para que pareciese una ciudad real, faltaban el polvo de la calle, los papeles que generalmente hay tirados por el suelo y la hojarasca otoñal de los árboles, pero sobre todo faltaban los sonidos que emite también una ciudad dormida.
Mientras Anne contemplaba el espectáculo de Leibethra como una aparición extraterrestre y pensaba qué debía hacer ahora, sucedió lo más inesperado, escuchó una voz humana monótona, que se acercaba desde el fondo resonando cada vez más fuerte por las calles. Anne pensó de pronto en un sereno medieval, así sonaba por lo menos su clamor, pero al aproximarse reconoció Anne el texto latino de una coral gregoriana.
Atravesó de prisa el portalón y se escondió en la entrada de la primera casa, desde donde, protegida por una columna de piedra, podía divisar toda la calle principal. No tardó mucho y apareció de una de las callejuelas laterales la figura de un hombre. Tenía la cabeza pelada y vestía un ropaje claro, largo, una especie de hábito de fraile, que caía en amplios pliegues de su cuerpo magro. Cantaba su piadosa coral con el fervor de un devoto en la iglesia.
Anne se sobresaltó. ¿La había descubierto? El hombre venía directamente hacia ella mientras seguía declamando con voz firme. Temerosa buscó protección detrás de la columna. Entonces el calvo se detuvo, extendió los brazos y gritó en la noche de modo que resonaba en las paredes de las casas:
-Qui amat animam suam, perdet eam; et qui odit animam suam in hoc mundo, in vitam aeternam custodit eam. -Luego se giró en sentido opuesto y anunció-: Ego sum vía, veritas et vita. Nemo venit ad Patrem, nisi per me.
El hombre vestido de blanco daba una impresión de desvarío. Dejó caer lentamente los brazos y miró al cielo. Así se quedó inmóvil, rígido como una estatua. Anne esperaba que alguien se sintiera molesto por el declamador solitario, que en alguna parte se abriera una ventana o que alguno saliese a la calle. Pero nada parecido ocurrió. Se podía pensar que el calvo era el único habitante de Leibethra.
¿Debía hablarle? Antes de haber tomado una decisión, Anne salió de detrás de la columna, de modo que el otro tenía que verla. Él, sin embargo, permaneció en su postura estática y no se dejó incomodar ni por unas tosecillas insistentes que Anne estaba segura él había oído.
–¡Hola! – gritó Arme y avanzó un paso hacia el calvo-. ¡Hola!
Entonces éste ladeó la cabeza hacia ella y abrió los ojos con infinita lentitud. No daba la impresión de haberse sorprendido, incluso casi parecía que la estaba esperando, pues le sonrió bondadosamente y le alargó una mano. Sin embargo, lo insólito fue que empezó a hablar y dijo:
–¿Quién sois vos, forastera?
–¿Usted entiende mi lengua? – replicó Anne, asombrada.
–Entiendo todas las lenguas -respondió indignado el calvo, como si fuera lo más natural-. No habéis contestado a mi pregunta.
–Me llamo Selma Döblin -mintió Anne. Porque no se le ocurrió otra cosa, empleó el nombre de soltera de su madre.
El calvo asintió:
–No puedo revelaros mi nombre. No me está permitido. Os asustaría. Yo soy la discordia personificada. Llamadme Discordia.
–Curioso nombre para un monje piadoso -replicó Anne.
–Entonces llamadme Soberbia si os gusta más -contestó el hombre-, o Híbrido, pero por el diablo no me llaméis piadoso.
Anne se estremeció porque los ojos antes bondadosos del calvo de un momento a otro habían adquirido una mirada punzante que daba miedo.
Discordia o Soberbia o Híbrido o como quisiera llamarse el hombre sostenía la mirada fija, casi hipnótica dirigida a Anne, que vio en él la faz de una persona en la que se mezclaban milagrosamente la estupidez de un demente y la sagacidad de un filósofo, y comprendió en seguida que el hombre calvo que estaba frente a ella pertenecía a aquel círculo protector humano con que se rodeaban los órficos para protegerse de intrusos no deseados. Pero también percibió que este hombre podría serle útil si se daba buena maña.
–Habéis violado la ley -dijo el calvo con voz helada-. Ningún habitante de Leibethra abandona su casa de noche sin ser castigado. Esto debéis saberlo, aunque seáis nueva. Informaré del incidente. – Diciendo esto señaló con el índice hacia el cielo, donde se erigía la ciudad alta en la oscuridad-. ¡Y
ahora venid!
El desmirriado monje agarró con fuerza el brazo de Anne y la arrastró junto a él como a una ladrona camino del interrogatorio. Hubiera podido huir, pero en tal caso surgía la pregunta ¿a dónde? Así que se dejó llevar y recorrió con el hermano Discordia toda la calle principal hasta un cruce. La casa de la esquina a la derecha tenía dos pisos igual que las demás, pero era más amplia y tenía muchas ventanitas. Un pasillo desnudo conducía a una