El quinto evangelio
Capítulo 4
Así lo prometió Kessler -qué otra cosa podía hacer-, pero al regresar a casa, al convento de los jesuitas en el Aventino, donde residía desde que inició su labor en la Gregoriana (otros jesuitas, desacostumbrados a la vida conventual, vivían en pensiones de la ciudad), no se le quitaba de la cabeza la idea de que se veía envuelto en una sutil red de conexiones, que parecían a propósito para turbar la armonía de los frailes. ¡Qué quiere decir concordia! Desde hacía semanas, experimentaba Kessler la mórbida sensación de que se erigía entre sus cofrades un muro invisible que los dividía en dos bandos, sin poder distinguir a qué bando pertenecía él.
4
El comportamiento de los jesuitas, alejado de todo temor de Dios y de toda piedad, llenó de ira a Kessler y se sorprendió en los días siguientes poniendo más interés en el comportamiento de sus cofrades que en el trabajo científico. Losinski vivía como él en el convento de San Ignacio en el Aventino, incluso tenían la habitación en el mismo pasillo, pero hasta ahora no se había fijado en el polaco. Los jesuitas son clérigos regulares, es decir, se distinguen de otras órdenes por prescindir del hábito propio, visten el hábito de los clérigos seculares en el lugar en que se encuentren.
Tampoco conocen el servicio de coro y su vida está impregnada menos del espíritu monacal que del mundano.
Así Kessler observó, al fijarse más en el polaco, que éste algunas tardes abandonaba el convento y no regresaba hasta medianoche, lo que no llamaba la atención en la ilustre comunidad, si no fuera por lo regular de sus salidas. Kessler dudaba si decírselo a Losinski o si, sencillamente, una tarde debía seguirlo. Se decidió por pisarle los talones como un lacayo a su señor.
Por la tarde siguiente, alrededor de las 20 horas, abandonó Losinski su habitación, dejó, como de costumbre, la llave en la portería, subió a paso
rápido por la via di Santa Sabina hasta la piazzale Romulo e Remo, donde subió a un taxi. Kessler lo siguió en un segundo automóvil. El trayecto transcurrió por la margen del Tíber hasta la piazza Campo dei Fiori, donde Losinski se apeó del taxi y torció por una callejuela lateral oscura, que conduce al Corso Vittorio Emanuele. Allí desapareció por la entrada de un edificio alto de seis pisos.
Kessler no tuvo el valor de seguir inmediatamente a Losinski en la casa. Por esto dejó pasar cierto tiempo esperando en la acera de enfrente. Los dos primeros pisos estaban a oscuras, el tercero, cuarto, quinto y sexto estaban iluminados. Finalmente se atrevió a cruzar la calle.
Los portales de los edificios romanos son un capítulo aparte; dan la impresión de pompa y prosperidad, incluso cuando detrás sólo se esconde una casa de pisos de alquiler venida a menos. Esto podía aplicarse a esa entrada. Cuatro placas pulidas de latón indicaban un abogado, dos médicos y una agencia de publicidad llamada Presto. El cuadro de timbres pasado de moda, como podía distinguirse con la pobre iluminación, abarcaba ocho nombres que no merecen ser citados. La puerta estaba cerrada y Kessler regresó al convento y reflexionó.
Presa de aquella curiosidad pecaminosa que puede convertirse en anhelo insaciable como la pasión por una mujer, decidió Kessler averiguar a escondidas lo que hacía Losinski. Apenas el cofrade dos días después abandonó su celda y tomó la dirección de la piazza Romulo e Remo, Kessler se fue a la portería, tomó del clavo la llave de la habitación de Losinski, colocó la suya en el mismo lugar y se proporcionó el acceso a la habitación del cofrade.
El cuarto no era muy distinto de su propia celda: un armario con tres puertas de la época de Pío X, negro, majestuoso y construido a conciencia, apropiado para guardar el Codex Juris Canonici; un escritorio aún más antiguo con puertas simétricas en ambos lados, adornada cada una con un corazón, y en un estado que parecía haberse salvado no sin daños de los disturbios de Colonia acaecidos bajo Gregorio XVI (la silla que se le había destinado, con respaldo alto y provista de tablitas verticales, no hacía juego
con el mobiliario del estudio sino por su fealdad); y un lavabo cuadrado de madera con la fuente hundida, de apariencia insignificante como Benedicto XV, pero igual que éste de extrema utilidad, por lo que se refiere a su propia misión. El mueble más moderno era el lugar de reposo del tiempo de Pío XII, una cama turca monstruosa, color rojo oscuro, cuyo pedestal levantaba la caja de la cama.
El mobiliario descrito se apretujaba en una superficie de no más de tres por cinco metros. Del techo colgaba una bombilla blanca para la iluminación.
Había una sola ventana alta en la parte estrecha encarada a la puerta. Una alfombra de palmito, que alguna vez fue roja y se había vuelto marrón por las numerosas pisadas, cubría el parquet de madera, que a cada paso gemía y crujía ligeramente como el velamen de una vieja goleta.
Kessler se movía de puntillas por la celda, aunque ello no impedía los ruidos, y abrió el ala izquierda del armario. El interior rebosaba de libros, documentos manoseados y fajos de cartas distribuidos en cuatro compartimentos (el caos del arca de Noé antes del diluvio no sería mayor).
Detrás de las dos puertas que se abrían en el centro, había a la izquierda ropa interior amontonada; separada por una tabla vertical, la parte derecha contenía la vestimenta de Losinski, trajes oscuros cuidadosamente planchados y un abrigo negro, como a los jesuitas les gusta llevar.
Bajo el compartimiento de la indumentaria había colocado transversalmente un saco repleto, no muy diferente de los sacos marineros en los que la gente de mar guarda su ropa. Dos cinturones de cuero con hebillas mantenían cerrada la abertura en la parte de arriba. Kessler palpó con las manos el contenido anguloso, pero cuanto más palpaba el misterioso saco mayor era su curiosidad por saber lo que se escondía en el saco de lona verde. Con decisión rápida, abrió las hebillas.
–¡Jesús, María! – exclamó el jesuita y una vez más-, ¡Jesús, María! –
Kessler sacó del saco un zapato de señora rojo como el fuego, con tacón alto y fino; nunca en la vida había tocado un calzado tan pecaminoso. El pie diminuto que alguna vez llevó esta obra de arte debió formar curvas excitantes y su portadora daría sin duda la impresión de que estaba siempre
de puntillas con el propósito de que sus piernas pareciesen más largas de como las concibió su creador. Probablemente llevaba medias transparentes de color negro y una costura como una línea de lápiz desde la pantorrilla hasta el muslo.
Confuso por los pensamientos sucios metió Kessler de nuevo el pecado rojo en el saco y quería cerrarlo con asco, pero no pudo sin echar antes un vistazo al resto del contenido: numerosos zapatos sueltos de distinto modelo, sandalias aireadas, rígidos botines negros, incluso había una bota alta con el tacón tan afilado como un lápiz.
Llamó la atención de Kessler una forma blanca como la nieve con largas cintas blancas, tenía que sacarla. Su intuición no lo engañó: se trataba de una zapatilla de ballet de una bailarina.
–¡Jesús, María! – ¡Qué suave era la suela de cuero! Kessler metió la mano dentro, pero la sacó en seguida como si hubiera cometido un sacrilegio.
Este zapato sólo había sido hecho para las piernas cubiertas con medias blancas de una muchacha joven, que como tallos de flor desaparecen debajo de un vestidito arremangado en alto. Kessler se detuvo.
De pronto comprendió que la colección de calzado reunida con sucias intenciones por Losinski le proporcionaba los mismos pensamientos pecaminosos que al polaco, al que había condenado por lo que descubrió.
Con gran confusión, Kessler cerró el saco y lo colocó de nuevo en el armario. Estaba a punto de cerrar la amplia puerta, cuando su mirada se posó en un maletín marrón nada vistoso, no mayor que un misal, que estaba arriba sobre el monstruoso armario.
Tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar la maleta. Estaba cerrada. En el primer cajón del escritorio Kessler encontró tres llaves distintas, de las cuales la más pequeña parecía ser de la maleta. Lo era. Tras la experiencia del saco pecaminoso, Kessler estaba preparado para todo, y sin embargo no daba crédito a sus ojos cuando levantó la tapa: la maleta contenía dinero, billetes de veinte y cien dólares cuidadosamente apilados.
Kessler, que carecía de cualquier relación con el dinero, no tenía idea de cuánto podía ser, ¿diez, cincuenta o cien mil? Pero este descubrimiento le confirmó la opinión de que algo no cuadraba con Losinski, y mientras cerraba la maleta, la subía sobre el armario y volvía a poner la llave en el cajón, Kessler reflexionaba sobre el juego que se traía el cofrade, si tenía cómplices y qué fin perseguía.
Situaciones como ésta son adecuadas para atraer un perro rastreador a una falsa pista, porque un olfato cubre todos los demás. Por esto Kessler no se detuvo en otras reflexiones y buscó indicios adecuados para desenmascarar de algún modo a Losinski.
Las gavetas del escritorio, tres en una parte, tres en otra, de cuyo contenido Kessler se prometía lo mejor, revelaron pocos resultados, porque en el desorden, más propio de una mente trastornada que de un miembro de la Societatis Jesu, no pudo hallar ningún objeto que permitiera sacar conclusiones sobre las intenciones o las relaciones de Losinski.
Así que repetidas veces se dirigió Kessler a la puerta izquierda del armario, detrás de la cual sabía que estaban los documentos y los libros. Los libros delatan; pero más pérfidamente delatan los libros que uno no tiene. Un breve repaso le bastó a Kessler para comprender que a Losinski no le interesaba la literatura constructiva obligada para un cristiano piadoso y muy poco las obras teológico-filosóficas de tradición jesuítica. En su lugar acribillaban sus ojos impresos heréticos como The History of the Knights Templars, o El movimiento mesiánico de independencia desde la aparición de Juan el Bautista hasta la caída de Jacobo el Justo, según la nueva valoración de la Conquista de Jerusalén de Flavio Josefo y las fuentes cristianas, o La esperanza bíblica en el Salvador como problema religioso-político, o La imposibilidad fisiológica de la muerte de Cristo en la cruz, o La transmisión de milagros de los sinópticos en relación con la transmisión oral, cada uno de ellos adecuado para difamar la fe cristiana.
¿Tenía razón Manzoni al decir que Losinski era un hereje? ¿Por qué diablos empleaba entonces a ese hereje en un proyecto de interés tan fundamental para la Iglesia?
Para Kessler sólo había una explicación: Manzoni podía despreciar a Losinski, incluso odiarlo, pero necesitaba su saber. Era incuestionable que el polaco era más culto que el resto; únicamente esto le había creado muchos enemigos. ¿Pero era Losinski insustituible? ¿No se imponía aquí la pregunta de que el menospreciado Losinski era mantenido en sus filas porque en cualquier otro lugar podría causar más daño que en la Gregoriana?
¿Qué sabía Losinski?
Entre las tapas de los documentos, Kessler encontró copias, bosquejos, reconstrucciones y reproducciones de antiguos papiros y pergaminos escritos en idioma griego y copto. Cientos de referencias bibliográficas estaban escritas en los márgenes con una caligrafía diminuta y depurada, que contradecía el desorden del resto, y permitían sacar la conclusión de que Losinski había hincado el diente en este problema como el lobo que no abandona la oveja una vez que la ha apresado. A Kessler le faltaba el sosiego para contrastar cada hoja, pero en un primer repaso pudo constatar que se trataba en general de textos protocristianos y cristianos primitivos, la especialidad de Losinski. Numerosos dibujos y fotografías del Arco de Tito, una construcción romana del emperador del mismo nombre, sólo permitían sacar una conclusión, que Losinski se ocupaba o se había ocupado de un problema al margen de la Gregoriana.
Una hoja guardada con especial cuidado entre dos gruesos cartones atrajo el interés del joven jesuita, porque, cerrada al vacío con un papel transparente, era exactamente igual que aquel fragmento cuya traducción había entregado pocos días antes. Sin embargo, la apariencia engañaba, ya que el texto copto era parecido al suyo pero en ningún caso igual. Este escrito fragmentario estaba extraordinariamente bien conservado y legible, de modo que Kessler, sin querer, trató y luego procedió a descifrar el escrito parduzco, primero ocupándose de las palabras más fáciles de leer como nombres propios y topónimos o el sujeto de la frase si se hallaba claramente al principio, tal como suelen hacer los paleógrafos.