El quinto evangelio
Capítulo 5
–¡Vaya! – dijo Guthmann-, que lo entienda quien quiera, yo no lo entiendo.
Helena buscaba evasivas.
–No puedo hablar de ello -dijo con amargura-, y mucho menos a uno nuevo.
Guthmann no se explicaba esa perturbación, pero supo incitarla con su silencio, de modo que ella de pronto se puso a hablar.
5
Mientras sus ojos observaban la sala con inquietud, Helena opinaba que la bella apariencia era un espejismo. Dicho más exactamente, que cada uno era casi un enemigo para el otro. Que en Leibethra, donde debía reinar la sabiduría, reinaba realmente la inmoralidad, la negación de todos los valores morales, poniendo el conocimiento por encima del bien y del mal.
Pues el saber era una droga. Que la admiración y la duda, orígenes de la filosofía, fueron degradados en Leibethra a atributos ridículos. Que lo que contaba aquí era el poder. Y saber es poder.
Hasta apenas un momento, Helena daba más bien la impresión de ser una mujer consciente, fuerte, casi altiva y fría, ahora de pronto hablaba el miedo a través de sus palabras, y este temor no parecía injustificado. Guthmann imaginó que ella buscaba ayuda en él y le preguntó discretamente si podía hacer algo por ella.
No obstante, con su pregunta Guthmann no cosechó sino incomprensión, en Leibethra nadie hace algo por otro, a menos que se lo encargue un superior.
La jerarquía de Leibethra es rígida como la del Vaticano, y sólo existen dos alternativas: servir o abandonar. O despeñarse.
Guthmann no se atrevió a preguntar hasta qué grado de esta jerarquía había llegado Helena. Pensó en el nivel que le correspondería a él. De repente comprendió por qué Thales lo había martilleado tanto diciéndole que, una vez emprendido, no había camino de regreso y que el camino era pedregoso.
–Mirad a esos tres -dijo Helena dirigiendo los ojos a la izquierda, donde dos hombres y una mujer estaban junto a una columna hablando tranquilamente entre ellos. La mujer, de unos sesenta años y aparentemente muy dinámica, se destacaba por su pelo excesivamente corto y por una gran rata viva que llevaba sobre el hombro-. Se sienten como los dueños secretos de Leibethra.
Son los tres investigadores del cáncer más importantes del mundo: Juliana dirigía el hospital Bethesda de Chicago hasta que, llevando encima una cogorza del dos por mil de alcohol en la sangre, envió al otro mundo a una anciana. Arístipo, el barbudo, procede de la Charité de Berlín, donde era
odiado porque trabajaba para la Stasi[4]. Y Crates, un investigador italiano,
abandonó la Universidad de Bolonia porque a causa de su juventud no le
daban ninguna oportunidad, dígase: dinero para sus proyectos de
investigación. La rata es el símbolo del éxito de Juliana. En ella consiguió
por primera vez transformar células cancerosas en células normales, eso al
menos asegura.
Cuanto más se enteraba Guthmann de lo que sucedía en Leibethra, mayores eran sus dudas sobre si él era el hombre adecuado para ese lugar. Cierto que no le había faltado reputación en su campo; era uno de los dos coptólogos más importantes de Europa. Pero comparado con las investigaciones que se realizaban aquí, consideraba su trabajo más bien anodino. También Thales hasta ahora, cuando salía la cuestión de lo que a él, Guthmann, le esperaba aquí, se había mostrado bastante hermético y decía que podía seguir su trabajo de investigación como hasta el presente.
Más tarde (la cena se prolongó hasta primeras horas de la madrugada), tomó Thales al nuevo junto a sí y le dijo que deseaba presentarle a Orfeo.
Orfeo, bajo, con pelo rubio largo, una cara suave y redondeces en el cuerpo, daba también en sus movimientos la impresión de que se ocultaba una mujer en el severo traje masculino. Sin embargo su voz sonaba varonil y dominadora y emitía aquella frialdad que a veces caracteriza a los fiscales.
Orfeo intentaba darle la bienvenida inclinando de vez en cuando amablemente la cabeza, incluso cuando guardaba silencio.
Finalmente Thales sacó la cuestión de cómo debería llamarse Guthmann en adelante y Orfeo aludió al nombre de «Menas», el sabio copto, y preguntó si estaba de acuerdo.
Guthmann inclinó la cabeza en señal de asentimiento; estaba asombrado de que Orfeo conociera este nombre, que por lo general sólo es corriente entre los iniciados. Después de que Orfeo se hubo manifestado con desenvoltura sobre la importancia de los textos apócrifos coptos en relación con las religiones cristianas, demostrando con ello unos conocimientos que dejaban anonadado, lo despidió con un gracioso movimiento de mano y Thales anunció que a la mañana siguiente instruiría al nuevo eleático en sus deberes.
Para el resto, que hasta este momento no se había fijado en Guthmann, la conversación con Orfeo debió de parecer el examen de ingreso en la comunidad órfica, pues uno tras otro se presentaron a Menas diciendo su nombre en la orden y estrechándole efusivamente la mano. La ceremonia, y evidentemente se trataba de esto, no transmitía sin embargo un mínimo de cordialidad; la mayoría consideraba el desfile más bien una pesadez y esta actitud no pasó inadvertida a Menas. Helena al parecer no había exagerado.
Tú eres otro y todo lo que está en tu pasado no tiene importancia a partir de ahora. Las palabras de Orfeo le vinieron a la mente, al subir Menas, totalmente fatigado, la empinada escalera que conducía a su habitación. Tal como estaba, se dejó caer sobre la cama, entonces llamaron a la puerta.
–¿Sí?