El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 50 de 89

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El quinto evangelio

Encuentro Inesperado

estaba envuelto en negocios poco claros y sucios.

Kessler no se atrevía a decidir si se trataba del proyecto secreto de la Gregoriana o de otro asunto; tampoco se atrevía a hablar de ello a Losinski, porque éste lo negaría todo y lo acogería con tanto resquemor, que Kessler nunca más podría averiguar el trasfondo. Pero quería averiguarlo.

Cuanto más reflexionaba sobre ello, tanto más crecía en Kessler el convencimiento de que entre todos los cofrades de la Societatis Jesu reinaba la desconfianza y la sola idea de que en su falta de prevención pudiera ser utilizado lo irritaba violentamente. Tan violentamente, que se propuso ir al fondo de la cuestión.

Capítulo séptimo

ENCUENTRO INESPERADO

Soledad

1

Desde aquella terrible aparición, Anne von Seydlitz evitaba su propia casa.

Se había propuesto no pasar ni una noche más en esta casa hasta que se aclarase el asunto. Durante los dos días que estuvo en Munich y que empleó en cambiarse de ropa interior y ordenar asuntos comerciales, tomó una habitación en el hotel en el que también había vivido Kleiber.

Lamentaba lo ocurrido con Adrián, pero en cierto modo estaba contenta de que las cosas hubieran ido así, pues tenía la impresión de que Kleiber se interesaba más por ella que por sus problemas. Y si algo no necesitaba en esta situación, era la persecución de un hombre. Ciertamente que, si viniera, le tendería la mano, y en esto le acudieron a la boca las palabras de su madre adoptiva que con voz severa le enseñó que no se debía nunca rechazar una mano así, ni siquiera la de un enemigo, pero por ahora podía estar segura de que este encuentro no se produciría. Por el momento se acumulaban en la cabeza de Anne tantos pensamientos, que sencillamente no había sitio para un hombre.

Es el orgullo lo que empuja a una mujer engañada hacia una increíble actividad. Increíble habría sido antes para Anne von Seydlitz, apoyada sólo en sí misma, seguir una pista que la llevaba a medio mundo, unida a riesgos y peligros, sólo por aclarar un asunto que, si alguna vez llegara a aclararse, no le proporcionaría la más mínima ventaja. Pero entre ella y lo desconocido, lo enigmático y misterioso, parecía haberse establecido una relación mágica; en cualquier caso Anne se sentía incapaz de renunciar.

¿Era la magia de la maldad, tantas veces descrita, lo que la mantenía presa, lo que se apoderaba de todos sus pensamientos y no la soltaba? ¿Por qué lo hacía?

Ideas como ésta sólo ocupaban en su vida un espacio marginal. En la presente situación estaba bien así, pues de lo contrario Anne von Seydlitz se habría dado cuenta de lo mucho que había cambiado. Nunca en su vida estuvo obsesionada por una idea y miraba más con desagrado que con admiración a las personas que perseguían un objetivo menospreciándose a sí mismas. Ahora, fascinada por una idea, ya no se reconocía, lo postergaba todo, el amor, la vida, el negocio, pero no se daba cuenta. Hay cosas de las que uno no puede huir.

Las pesquisas en California reforzaron en Anne la convicción de que su marido Guido debía de estar metido en un complot de ámbito mundial, con o sin su conocimiento, esto no deseaba decirlo de momento. El