El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 22 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 3

quien pedí consejo. También dijo que hay un profesor llamado Vossius que se ocupa de investigar esta figura sin duda histórica.

–¡Ahora lo entiendo! – exclamó Kleiber entusiasmado-. ¿Qué otras cosas dice el viejo pergamino?

–No lo sé -contestó Anne-. El día después que estuve con él, el coptólogo desapareció sin dejar rastro junto con la copia del pergamino.

Kleiber meneó la cabeza.

–Esto es una locura, una locura -dijo-. Tenemos que encontrar a ese Vossius y lo encontraremos. He descubierto a otros que estaban mejor escondidos.

¡Ningún problema!

3

Adrián Kleiber vivía en un apartamento amplio con grandes claraboyas, situado en la avenue de Verdun entre el Canal Saint Martin y la Gare de l'Est, arriba, sobre los tejados de París. El imponente edificio reflejaba el típico encanto de las casas de París de finales del siglo pasado, con una puerta de entrada adornada con cristales rojos y azules, un ascensor de madera cubierto de latón con crujientes puertas plegables y una gran escalera, un poco gastada, lo suficiente ancha como para desfilar un ejército.

Puertas blancas pintadas de blanco que nunca se cerraban separaban las habitaciones de la vivienda, comunicadas entre sí. Adrián había comprado objetos artísticos y mobiliario, sobre todo modernista y arte islámico, en tiendas de antigüedades y en los rastros de París, sintiendo más inclinación por el bric a brac que está entre la Porte de Clignancourt y la Porte de

Saint-Quen. Algún objeto valía hoy una fortuna, calculó Anne con la mirada de experto.

Con el ruego de que se sintiera como en su propia casa, Adrián Kleiber destinó a su visita la más pequeña de las cuatro habitaciones, cuyo único hueco de ventana se abría a un pequeño balcón circular que daba al patio trasero. Un sofá blanco y dos cómodas oscuras antiguas componían toda la decoración; más no habría cabido en el reducido espacio. En comparación con las dimensiones y la soledad de su propia casa, Anne se sentía aquí amparada, sobre todo se sentía protegida por Adrián.

Adrián entretanto le había tomado gusto a la historia como periodista, y perseguía el objetivo con la curiosidad y el espíritu aventurero propio de los periodistas. Sólo necesitó hacer unas llamadas por teléfono, en las que Anne pudo constatar que él tenía amigos o contactos en todas partes, para averiguar el paradero del profesor internado, el hospital psiquiátrico de St.

Vincent de Paul en la avenue Denfert-Rochereau.

Kleiber y Anne von Seydlitz determinaron la estrategia a seguir para aproximarse a Vossius, mientras cenaban en Chez Margot, un pequeño local de no más de cinco mesas situado junto al Canal y con un ambiente de sala de estar (de ahí que Margot, una cuarentona apacible con la cara llena de colorete, lo mismo cocinase que sirviese, cosa que naturalmente exigía cierto tiempo).

No parecía aconsejable comunicar el motivo de sus investigaciones, la verdad en estos casos sólo era un estorbo. Así decidieron que Anne se presentase como sobrina y única pariente del profesor para llegar de este modo hasta Vossius sin llamar la atención.

Kleiber llevaba una minicámara fotográfica escondida bajo el abrigo, porque sin cámara se sentía desnudo como un emperador sin corona, y ni las objeciones de Anne al entrar por el acceso lateral de St. Vincent de Paul, donde estaba el letrero «Psiquiátrico» corroído por el tiempo, pudieron disuadirlo. Adrián, que hablaba el francés casi sin acento, intentó explicar al portero vestido de blanco, que estaba detrás de una ventana corrediza, el