El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 52 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 3

Sólo Georgios Spiliados, el panadero ambulante, cuyo negocio rodaba por las calles sobre tres ruedas (la parte trasera consistía en una vieja bicicleta incluidos los pedales, la delantera en cambio en una caja de madera con dos ruedas, que era el embalaje de una lavadora que el electricista del pueblo había vendido hacía diez años y en el que Georgios había colocado unas ventanas de cristal para que todo el mundo en la calle pudiera admirar sus baklava y kataifi recién tostaditos), sólo el panadero Spiliados inició una conversación con Anne, cuando ella le compró una pasta, que Georgios envolvió en un papel de estraza por motivos higiénicos. Resultaba que Spiliados antes, hacía ya mucho tiempo, había trabajado en Alemania y ahora se ganaba la vida como autónomo. En el pueblo conocían su nombre griego -y señaló el nombre escrito en su vehículo-, aunque para la mayoría seguía siendo «el alemán».

Si ella pasaba las vacaciones allí, quiso saber Spiliados, entonces había escogido la peor temporada, abril era la época más bonita en Katerini, suave y con aromas de flores. Anne lo negó riéndose y preguntó a su vez si Georgios sabía algo de Leibethra. Entonces el panadero pisó el pedal para largarse cuanto antes; pero antes de conseguirlo, Anne lo agarró del brazo y lo retuvo.

A su pregunta de por qué quería poner los pies en polvorosa, respondió Georgios con otra pregunta: si era de ellos (así se expresó). Sólo cuando Anne le aseguró que no, por Dios, que le interesaba aquella gente por otros motivos, se quedó.

Georgios Spiliados, que generalmente empleaba bastante desparpajo en el trato con la gente, se limpió la frente con la mano y habló en voz baja. Si ella era periodista, quería recordarle que un reportero del Daily Telegraph que anduvo vagando por los alrededores recogiendo información sobre las gentes de Leibethra -incluso pagó dinero por ello-, fue hallado un día con el

cráneo hundido. Oficialmente se dijo que se había caído de un peñasco en el Olimpo, pero Joannis, que lo encontró y era amigo suyo, aseguró que en el lugar del hallazgo no había peñasco alguno. Lo mejor sería que se marchara cuanto antes.

Para Anne, Georgios Spiliados era el único hombre que podía ayudarla. Por ello entregó al panadero un billete, que éste rechazó ofendido. No pasó mucho rato para que la ofensa se perdiera en trivialidades y Georgios pusiera el dinero en el borde interior de su gorra. Anne hizo jurar a Spiliados que no revelaría a nadie su interés por Leibethra. Georgios lo prometió.

Quedaron citados para la tarde en su tienda, dos calles más abajo. Si él se retrasaba, avisaría a Vanna, su mujer. Llamarían la atención si seguían hablando mucho rato allí, a la vista del público.

Cuando Anne más tarde entró en la tienda, Vanna asomó la cabeza por una especie de cortina de cordones de plástico en la parte trasera de la tiendecilla embaldosada. El recinto de venta constaba de un mostrador largo y estrecho y de una estantería lisa de madera adosada a la pared, en la que sólo había para vender unas cuantas tortas. Con su bigote y su rostro lleno de arrugas, Vanna hubiera podido ser tomada más bien por la madre de Georgios.

La habitación trasera, a la que invitó a pasar a la extranjera, no estaba provista con menos escasez: en el centro una mesa cuadrada de madera lisa con cuatro sillas, un armario alto sin puertas con vasijas de colores, al lado un lavamanos blanco, en frente un anaquel sostenido en la pared con anchas escuadras. Vanna trajo raki y dijo bitte, la única palabra alemana que conocía.

Poco después apareció Georgios. Anne intentó explicar al hombre por qué había venido a Katerini. Contó el misterioso accidente de Guido y las pesquisas seguidas hasta ahora, que la habían llevado hasta aquí, y cosechó la sincera compasión de Georgios. Éste escuchó su narración, luego bebió de un trago un vaso de raki aguado, cerró la puerta de la tienda, regresó y se

sentó de nuevo a la mesa cuadrada. Con los dedos golpeaba la tabla de la mesa; lo hacía siempre que se esforzaba en reflexionar.

La luz pálida de una bombilla desnuda colgada del techo encalado invadía la habitación. Los ojos de Anne iban cambiando del rostro a las manos nerviosas y de nuevo al rostro de su interlocutor. Georgios miraba fijamente frente a sí, callaba, y cuanto más largo era su silencio, menores eran las esperanzas de Anne de que la ayudaría.

–Una historia increíble -dijo finalmente-, increíble de verdad.

–¿Acaso no me cree?

–Claro, claro -exclamó Georgios tranquilizándola-. Me parece que esta gente es realmente peligrosa. Nosotros apenas sabemos algo de ellos. Lo que se cuenta en el pueblo son sólo rumores. Uno se lo dice a otro al oído.

Alexia, la mujer del herrero, pretende haber visto que queman a personas en hogueras y danzan alrededor. Y Sostis, el dueño de la cantera en la pendiente oriental, dice que son locos que se matan unos a otros. Que se trata de personas nueve veces más inteligentes, lo oigo por primera vez.

¿Cómo dijo que se llamaban?

–Órficos, discípulos de Orfeo.

–Demencial. Realmente demencial.

–Creo -explicó Anne al griego- que divulgaron a sabiendas estos rumores por el mundo para desviar la atención de lo que están haciendo.

–Oficialmente -informó Georgios-, Leibethra es un centro de atención para retrasados mentales; pero lo que realmente sucede detrás del muro que impide el acceso al valle no lo sabe nadie. Se abastecen a sí mismos como los monjes del monte Athos, tienen sus propios vehículos con los que efectúan sus copiosas compras en Salónica y el jefe de correos dice que incluso tramitan su correspondencia directamente con la central de correos en Salónica.

–Y disponen de una fortuna inimaginable -añadió Anne.

Georgios meneó la cabeza, incrédulo.

–¿Y cómo puedo yo ayudarla? – preguntó finalmente el griego.

–¡Quisiera que usted me llevase a Leibethra! – dijo Anne von Seydlitz con voz decidida.

–Está usted loca -dijo excitado-. Yo no hago eso.

–¡Le pagaré bien! – replicó Anne-. Digamos… doscientos dólares.

–¿Doscientos dólares? ¡Usted está realmente loca!

–Cien ahora y cien cuando lleguemos al lugar.

La fría tenacidad con que negociaba Anne von Seydlitz sacó de quicio a Georgios. Se levantó de un salto e iba de un lado a otro en la pobre habitación. Anne lo observaba atentamente. Doscientos dólares era mucho dinero para un panadero de Katerini. ¡Madre santísima, doscientos dólares!

Anne sacó un billete de cien dólares del bolso y lo extendió en el centro de la mesa. De pronto Georgios, sin decir palabra, desapareció por la puerta trasera. Anne escuchaba sus pasos, que subían por la gimiente escalera de madera al piso de arriba. Se maravillaba de su propio valor, pero ahora estaba dispuesta a todo. Si había una oportunidad de echar luz a todo este tenebroso asunto, debía ir a Leibethra.

No sabía exactamente lo que le esperaría allí. Pero como una atracción misteriosa, que reúne al asesino y a su víctima, así sentía Anne la imperiosa necesidad de echar un reconocimiento al monasterio colgado en los peñascos del Olimpo, como si estuvieran allí escondidos todos los secretos.

Con la cabeza hundida en sus manos y la mirada fija en el billete de cien dólares, esperaba Anne el regreso de Georgios.

Éste vino con un viejo mapa desplegado. No dijo nada, tomó el billete y en su lugar colocó el mapa plegable.

–Ahí -murmuró y señaló con el dedo medio de su derecha un punto concreto del mapa-: Leibethra.

El lugar estaba marcado con un símbolo, un círculo con una cruz dentro.

Indicaba un monasterio. Faltaba la denominación del lugar. En silencio siguió con el dedo la carretera de Katerini a Elasson, indicó una línea delgada y enredada, que probablemente señalaba un camino de herradura poco firme que se perdía en algún lugar de las pendientes del Olimpo, e indicó con un par de movimientos nerviosos que el camino seguía por allí en algún sitio.

–En cualquier caso -murmuró entre dientes de mala gana-, se debe intentar a primeras horas de la tarde. De día lo ven venir a uno de lejos.

–¡De acuerdo! – replicó Anne como si fuera la cosa más natural del mundo, y valerosamente añadió-: ¿Cuándo?

Spiliados se levantó ceremonioso, apagó la luz y miró al cielo por la ventana.

–Es buena época -dijo-, tenemos media luna. Si usted quiere… mañana.

Después que Georgios hubo encendido de nuevo la luz, se sentó a la mesa junto a Anne. Inclinados sobre el mapa, trazaron un plan para el día siguiente. El griego tenía una moto, una Horex, que no llamaría la atención en la carretera a Elasson. Spiliados la esperaría a las cuatro con la moto detrás de la herrería. No quería armar escándalo, y Anne se adhirió rápidamente al plan. No debían ofrecer a la gente de Katerini motivos para el chismorreo.