El quinto evangelio
Capítulo 8
también simulado!
–¡Que te crees tú eso! – gritó Oldenhoff, desarmado-. Fue la pura verdad.
Cuando los órficos averiguaron que el pergamino no lo tenías tú, sino que yo debía tenerlo escondido, me secuestraron al modo de los mafiosos sicilianos. Realmente no sé cómo me llevaron a Leibethra ni lo que me hicieron para obligarme a revelar el escondite del pergamino. El hecho es que te debo la vida; pues si hubiesen averiguado que el pergamino se hallaba desde hacía tiempo en manos de los fundamentalistas, probablemente me habrían matado.
Anne von Seydlitz miró al falso Kleiber a la cara. Lo odiaba; pero no como se odia a un enemigo o a un adversario, Anne odiaba a Oldenhoff sólo y exclusivamente porque era Oldenhoff y no Kleiber. Pero esto era una de aquellas clases de odio que fácilmente se convierten en amor, y este punto estaba más cerca de lo que ella creía.
8
Desde aquel encuentro en el edificio trasero de la Via Baullari había pasado exactamente una semana. Anne von Seydlitz se había retirado a Capri para reponerse con unas vacaciones, para reflexionar. Vivía en una suite del Hotel Quisisana, perversamente caro… se lo podía permitir. Donat le había entregado un cheque por un millón de dólares; pero a pesar del dinero, Anne no era feliz. Le parecía haber vivido durante los últimos meses la vida de otra persona, y tardó mucho hasta que sus dudas se convirtieran en sorpresa y su sorpresa en convicción de que no lo había soñado, sino realmente vivido.
En largas noches de insomnio golpeaba un eco maligno en su mente: Barabbas, Barabbas, Barabbas. Hacía daño como un sordo dolor de cabeza
y Anne estaba al borde de la desesperación. Intuía lo que vendría, era una de las pocas personas capaces de intuirlo, pero no podía imaginarse en modo alguno cómo se produciría esta catástrofe (no podía llamar de otra manera lo que se avecinaba). Una vez se sorprendió enviando una jaculatoria al cielo, algo que borrase lo sucedido hasta ahora como la lluvia que limpia una imagen del adoquinado.
Naturalmente era descabellado, puesto que se puede influir en el futuro, pero no en el pasado. Y así forjaba Anne von Seydlitz planes sobre el modo de cómo podría escapar de la catástrofe en un lugar lejano. Sin embargo, luego ocurrió todo de forma muy distinta.
Lunes, 5 de marzo de 1962.
Vuelo ALITALIA 932 Roma-Ammán. A bordo, 76 pasajeros y ocho miembros de la tripulación. En la fila 8 A y B un hombre regordete y calvo.
Junto a él, su mujer inválida. Inscritos en la lista de pasajeros: Donat, señor y Donat, señora. Ambos fueron conducidos a bordo por una vía separada de los demás pasajeros. La señora Donat, en silla de ruedas. Al sobrecargo le llamó la atención el maletín que la mujer inválida llevaba atado con una cadena en la muñeca.
En la fila 6 en el asiento D, un señor vestido de oscuro con pelo gris corto.
Adornaba la solapa de su traje con una cruz dorada del tamaño de una uña.
Inscrito en la lista de pasajeros: Manzoni, señor Manzoni llegó a bordo en el último minuto. Llevaba consigo una bolsa de viaje negra.
En breves intervalos durante el vuelo, Manzoni se giraba y miraba hacia Donat y su mujer inválida. Ambos lo miraban provocativamente a los ojos.
Manzoni sonreía satisfecho, desvergonzadamente. Parecía como si cada uno se sintiera vencedor sobre el otro, los Donat sobre Manzoni, Manzoni sobre los Donat.
Tras ochenta minutos de vuelo Manzoni agarró la bolsa negra. Buscaba algo dentro con los dedos. Donat vio aún que sacó la mano de la bolsa y riendo