El quinto evangelio
Capítulo 7
escalera con peldaños de piedra y con una barandilla angulosa de hierro.
Parecía una jaula gigantesca, porque entre cada piso se había colocado rejilla. Igual que las calles la escalera estaba vivamente iluminada.
Anne intentó no pensar en lo que podía ocurrirle. Lo has querido así, se decía. Sin soltarla, el calvo la condujo, a través de una puerta, a una gran sala en el primer piso. Aquí reinaba una luz crepuscular y Anne reconoció unas veinte literas en las que dormía gente. El dormitorio parecía estar limpio, pero la idea de que uno de los durmientes pudiera de pronto abalanzársele tenía algo de amenaza.
Discordia le indicó una litera vacía cerca de la ventana y desapareció sin decir palabra. Antes del amanecer, esto lo tenía muy claro, tenía que huir de aquí. Discordia iba a delatarla y quién sabe lo que harían con ella.
7
Mientras estaba sentada allí reflexionando, con la cabeza apoyada en las manos, tuvo la sensación de que alguien se le acercaba por detrás, creyó incluso sentir una mano en su pelo. Con un impulso se giró, dispuesta a abalanzarse sobre el atacante, entonces vio la cara asustada de una muchacha, casi una niña, de facciones suaves, delicadas. La muchacha se protegió el rostro con las manos como si temiera ser golpeada. Anne se contuvo. Cuando la muchacha notó que la extranjera no quería pegarle, se acercó, puso su mano en el pelo de Anne y lo acarició como algo muy valioso. Anne comprendió: el pelo de la muchacha estaba cortado al rape.
Todas las cabezas en esta habitación estaban rapadas.
–No tengas miedo -susurró Anne, pero la tímida muchacha se asustó y fue a esconderse bajo la manta de su cama.
–No os entiende -llegó una voz del rincón trasero-, es sordomuda, además sufre infantilismo, si sabéis lo que es. – La mujer era vieja, fuertes arrugas cruzaban su rostro y sus párpados caídos transmitían la impresión de una tristeza infinita. Aun así parecía bastante inteligente. Esto no lo podía disimular ni siquiera el pelo rapado, que degradaba a todos a la condición de internos del establecimiento.
Anne examinó a la anciana. Ésta colocó la mano sobre el pecho y dijo casi con orgullo:
–¡Esquizofrenia hebefrénica, ya entendéis! – Y al cabo de un rato, mientras gozaba del estupor de Anne-: ¿Y vos?
Anne no sabía qué responder. Ostensiblemente la vieja se interesaba por el motivo de su internamiento.
–Podéis hablar abiertamente conmigo -opinó finalmente-, soy médico. – La anciana hablaba bastante alto y Anne temía que los otros del dormitorio despertasen. Como Anne no respondía, la vieja se levantó de su cama.
Llevaba una camisa larga de dormir, bajo la que asomaban unos pies blancos anormalmente grandes, y se le acercó.
–Ningún temor -dijo en tono más bajo-. Soy la única normal aquí. Doctora Sargent. Permitidme adivinar por qué estáis aquí. – Diciendo esto se colocó frente a Anne, le apretó con los pulgares los huesos de las mejillas y le levantó el párpado derecho-. Yo diría catatonía perniciosa, si sabéis lo que es.
–No -replicó Anne.
–Bien, la catatonía, es decir extravío a causa de la tensión, se manifiesta a través de trastornos de la función motriz, estados de ansiedad y excitación psíquica. En determinados casos va unida a una subida general de la temperatura del cuerpo. Entonces hablamos de catatonía perniciosa. No deja de ser peligrosa, mi niña.
Los conocimientos y la claridad con que hablaba la anciana, dejaron atónita a Anne. ¿Qué debía pensar de esta enigmática doctora Sargent? Debía reconocer que su pulso iba a toda velocidad, la inesperada situación la inquietaba profundamente y era posible que sus movimientos pareciesen incontrolados; ¿cómo diablos pudo reconocerlo tan rápido la vieja?
–¿Qué os ha dicho? – preguntó la doctora Sargent de repente.
–¿Quién?
–¡Johannes!
–No quiso decir su nombre. A propósito, me llamo Selma, Selma Döblin.
La anciana asintió:
–Llamadme simplemente doctora. Todos aquí me llaman doctora.
–Pues bien, doctora. ¿Por qué usa usted este extraño tratamiento, por qué dice «vos»?
La doctora Sargent levantó las manos:
–Órdenes de arriba. Todo lo que ocurre aquí viene ordenado de arriba. Os aconsejaría no contrariarlos. Aplican duros castigos… ¿Os ha convertido Johannes a la fe cristiana?
–Recitaba algo en latín.
–Pobre muchacho. No lleva mucho tiempo aquí. Es un ex sacerdote que perdió la razón y ahora se cree el evangelista Juan; canta día y noche fragmentos de los evangelios y pretende convertirlos a todos. Un caso típico de paranoia. Sería interesante saber por qué se desató. Existen momentos en que blasfema como un picapedrero. Por lo demás es inofensivo.
–Dijo que nadie podía salir de noche a la calle, que era contrario a la ley.
–Es cierto -respondió la doctora Sargent-, todos lo cumplen menos Johannes. Goza de cierto privilegio. Por qué, nadie lo sabe.
Anne tenía en la punta de la lengua la pregunta: ¿por qué está usted aquí, pues?, ¿acaso no da usted la impresión de ser normal? Sí, se agolpaban todavía muchas preguntas: ¿por qué no se hace usted una idea de dónde pueda venir yo a altas horas de la noche?, ¿por qué conversa conmigo como si llevara tiempo esperándome?, ¿por qué no se interesa con más detenimiento por mi estado mental? Pero todo esto no lo preguntó Anne von Seydlitz. No se atrevió.
–Os harán un diagnóstico -empezó la doctora Sargent de nuevo-, y es recomendable cumplir el cuadro clínico de este diagnóstico. – A Anne le parecía como si la mujer hubiese adivinado sus pensamientos- Dadles el gusto -siseó fuertemente- y no lo pasaréis mal aquí. De lo contrario…
–¿De lo contrario?
–¡Nadie ha salido de aquí sin el permiso de arriba! Yo por lo menos no he oído de ningún caso.
Después de estas palabras se hizo una larga pausa, en la que cada una reflexionaba sobre la otra. Finalmente Anne se armó de coraje y preguntó:
–¿Lleva mucho tiempo aquí, doctora?
La doctora Sargent bajó la vista y Anne temió haber tocado con su pregunta un punto sensible, apropiado para dar un vuelco al estado psíquico de la doctora Sargent; pero al cabo de un rato la mujer respondió resignada, aunque controlada:
–Vivo en Leibethra desde hace doce años. Si bien aquí -y golpeó con el índice el borde de su cama- llevo un año. Esquizofrenia, afirman. ¡Oídlo, esquizofrenia! En realidad mis investigaciones ya no se adaptaban a sus planes.
De pronto la doctora Sargent colocó el dedo sobre su boca. Se oían pasos en el corredor.
–Ronda de control -dijo la doctora-, ¡rápido bajo la manta! – Y antes de darse cuenta, la doctora Sargent la atrajo bruscamente a su cama y estiró la manta de lana cubriéndolas a las dos hasta la cabeza.
En el mismo instante entraron en la sala dos vigilantes uniformados y echaron una ojeada sobre los durmientes. Llevaban gorras de cuero y correaje del que pendía la porra y el estuche de la pistola. Cuando hubieron abandonado la sala, la doctora Sargent retiró la manta y dijo:
–Ahora tendremos paz hasta la mañana. No es recomendable relacionarse con estos tipos. Son brutales, creedme, verdaderos perros sanguinarios.
Anne se levantó. El breve rato con la doctora Sargent debajo de la manta le había proporcionado un profundo malestar. Fue a su litera y se acostó.
Ahora notaba el esfuerzo que le había exigido llegar hasta aquí y sus miembros se volvían pesados. Estaba tendida rígida y embotada y escuchando, Anne escuchaba en la noche porque no podía creer que viviera en una ciudad sin sonidos.
Así cayó en un sopor, en un estado de duermevela, aunque una parte de su cerebro no podía dejar de imaginar cómo iba a pasar el día siguiente, no podía dejar de pensar si no sería mejor huir de allí y esconderse. Pero para ello estaba demasiado cansada. La pesadez de su cuerpo la mantenía pegada a la dura litera y Anne tenía la sensación como en sueños de querer huir y no poder porque sus miembros no obedecían.
Así estuvo dos, tres horas entre la tortura y la recuperación, cuando desde fuera se aproximó una voz quejándose llorosa; la voz de hombre repetía la misma palabra. En el silencio sepulcral, Anne encontró el grito interminable bastante extraño, pero de pronto le pareció como si alguien voceara su nombre.
Anne se incorporó. Escuchó con la boca abierta, y ahora lo oía claramente:
–Anne… Anne.
Con cuidado, para no hacer ruido, Anne se levantó y se deslizó hasta la ventana próxima.
En medio de la calle vivamente iluminada, a una distancia de no más de cincuenta metros, había un hombre vestido de negro que llamaba la atención por su cara pálida. Guido. Anne tragó saliva. Se restregó los ojos.
Con la derecha se pellizcó la mano izquierda hasta que dolió, pues quería asegurarse de que no estaba soñando. Anne quería gritar. No pudo. Como si el hombre vestido de negro supiera que ella estaba detrás de esta ventana, volvió el rostro hacia ella: era él.
Anne se fue de puntillas a la doctora Sargent. Pero ésta dormía. Primero tuvo que sacudirla para despertarla e incluso cuando estuvo despierta apenas pudo conseguir que mirase por la ventana.
–¿No oye usted al que grita? – susurró Anne, apremiante.
–Es nuestro evangelista Johannes -refunfuñó irritada la doctora Sargent.
–¡No! – replicó Anne-. ¡Mire por la ventana!
–Entonces es Mauro, el bailarín de ballet. A veces tienen que capturarlo de noche. Afirma haber bailado antes en el Bolchoi.
Anne agarró del brazo a la doctora Sargent.
–Por favor, venga. Sólo quiero que me confirme lo que veo.
La doctora Sargent se opuso.
–¿Confirmar? ¿Por qué tengo que confirmarlo?
Anne respondió tartamudeando:
–El hombre que está en la calle… creo… estoy segura… el hombre que está en la calle es mi marido.
–¿Está aquí?
Al cabo de un largo rato:
–Hace tres meses que murió en un accidente de tráfico.
La inesperada afirmación despabiló a la doctora Sargent. Miró a Anne a la cara y se levantó contrariada como si quisiera decir: si no queda otro remedio. En cualquier caso, con sus gruesos calcetines, que no se quitaba ni de noche, se dirigió a la pequeña ventana y miró hacia fuera. Anne oía aún el grito lastimero:
–Anne… Anne… Anne.
Irritada, la doctora Sargent movió la cabeza a un lado y a otro, se puso de puntillas para ver mejor, luego dio la vuelta y gruñó, mientras volvía a su litera:
–¡No veo a nadie en la calle!
–¡Pero escuche los gritos, pues!
–No oigo nada ni veo nada -respondió la doctora Sargent bruscamente-.
Alucinación junto con acoasma, enfermedad orgánica de los lóbulos de la sien en el cerebro. – Luego se cubrió con la manta de lana hasta la cabeza dando la espalda a Anne.
Anne no entendió sus palabras, pero escuchaba todavía los gritos y apretó su frente contra el cristal de la ventana: Guido había desaparecido. Sin embargo en su cabeza resonaba el eco maligno: Anne… Anne. Sus ojos perforaban el adoquinado desde donde resonaron los gritos, pero el