El quinto evangelio
Capítulo 9
Debían tener dudas respecto a si el hombre, según lo acordado, aparecería de nuevo al día siguiente para intercambiar nuevas informaciones por el resto de la cantidad prometida. La velada transcurrió con la discusión de lo que podían esperar del enfermero, tejiendo aventuradas fantasías sin aproximarse ni un paso a la solución. Al final, pasada medianoche, llegaron a la conclusión de que el enfermero les revelaría el nombre del asesino. Fue distinto.
Según lo convenido (el dinero no mancha el honor), el enfermero apareció la tarde siguiente a la misma hora en el bistró, cogió el resto del dinero y puso sobre la mesa, con la serenidad de un profesional, un sobre marrón cerrado.
Kleiber lo abrió.
–¿Una llave? – dijo Anne en un tono que no ocultaba su desengaño.
El sobre contenía una llave de seguridad con la inscripción «Sécurité France», como miles de otras; aparte de esto, nada.
–¿Eso es todo? – inquirió Kleiber.
El enfermero contestó:
–Sí, es todo. La llave parece no tener importancia, pero si les digo que Vossius la guardaba debajo de la almohada envuelta en un pañuelo, tal vez cobre mayor importancia.
Kleiber se puso la llave en la mano y cerró el puño.
–Quizá tenga razón -dijo después de una breve reflexión-, sólo que mientras no sepamos a qué cerradura pertenece, no sirve de nada.
–El resto es asunto suyo -dijo el enfermero. Inclinó brevemente la cabeza y se alejó sin despedirse.
Los dos días siguientes pasaron como en una pesadilla. Incluso Adrián, que nunca perdía el ánimo, parecía agotado e intentó convencer a Anne de que tomasen el primer avión para tomar el sol en Túnez o en Marruecos, en cualquier caso la apremió para que no viajara sola de vuelta a Munich.
Anne sonrió fatigada. En el fondo, todo le daba lo mismo. Se apoderó de ella el miedo terrible de que Adrián pudiera ser el próximo en sufrir las consecuencias. No se atrevía a decirlo, pero todo giraba en torno a esta aprensión sin que el otro lo notase, y maquinaba la posibilidad de mantener a Kleiber apartado del asunto. Por otro lado, se sentía demasiado débil para proseguir con la historia ella sola, sin la ayuda de Adrián, y estaba a punto de acceder a la propuesta de Kleiber de realizar juntos un viaje de vacaciones, cuando de repente se toparon con una pista que lo cambió todo de nuevo.
Anne había dejado a Adrián el negativo de las fotos del pergamino y Kleiber había encargado al laboratorio nuevas copias con el propósito de buscar ahora por sí mismo un experto que pudiera traducir el misterioso texto, del cual sólo se conocía el nombre de Barabbas. Y puesto que las fotografías eran «una chapuza», como dijo el técnico del laboratorio, éste hizo una buena docena de ampliaciones, diferenciadas una de otra por la luz y el contraste, de manera que el texto aquí y allá fuese más legible.
No fue sólo este resultado lo que excitó fuertemente a Anne, sino los cuatro dedos al margen de una de estas ampliaciones (evidentemente el original era sostenido por un ayudante ante la cámara, lo que explicaba la mala calidad de la foto). Para ser más exactos, se trataba de tres dedos y medio, pues faltaba la parte de arriba en el dedo índice del desconocido.